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sábado, 3 de octubre de 2009

Pastel de zanahoria especialmente especiado: carpe diem / Specially Spicy Carpe Diem Carrot Cake / Gâteau aux carottes Carpe Diem

Aunque este año no tengo tanto tiempo para disfrutar del principio del otoño, mi estación favorita en Quebec, esta semana me había prometido que tenía que hacer una receta otoñal, para obligarme un poco a meterme en el air du temps, o, por citar al poeta y así dar un tono aún más patéticamente pedante a esta frase: parar y oler las rosas (o más bien recogerlas mientras aún pueda).

O, más acorde con el espíritu de esta cocina, recoger las zanahorias en el mercado Jean-Talon, en el que se encuentran en una sinfonía de colores sorprendentes, y oler el pastel de zanahoria en el horno, aroma que, personalmente, prefiero al de las rosas. Yo soy así: a mí se me conmueve más con un manojo de zanahorias que con uno de claveles.

Ya sé, ya sé, está la tesina por terminar (ya casi, casi), el parterre asilvestrado, las parkas por llevar a la tintorería (la nieve está casi al caer), los jerseys de lana por airear, hay que impermeabilizar las botas, cortar las garras a mis dos felinos antes de que pasen la jornada entera enganchados al sofá, lavar las cortinas y sacar los edredones, todas esas cosas que se hacen para preparar la madriguera antes del invierno.

Pero qué demonios, le fond de l'air est doux, hace un sol radiante, las hojas de los árboles empiezan a cambiar de color, las ardillas me están birlando las pocas frambuesas que quedan en las matas del patio en un ataque frenético de actividad preinvernal, los días se acortan rápidamente (ya se hace de noche a las siete menos cuarto). No dispongo de un número infinito de otoños por vivir, así que hay que aprovechar éste. Carpe diem.

Permitidme una arenga plastosa: mandad a paseo por una tarde todas esas cosas tan ridículamente urgentes que os agobian tanto, llamad a vuestro compañero/hijo/perro (o los tres a la vez, si disponéis de todos, sois gente afortunada) e iros a dar un paseo. Como dice mi amiga Marona: está lo urgente, y está lo importante, y a menudo los dos no coinciden. La vida es corta, aunque en la cola de Hacienda os parezca larguísima. Echadle especias, miel. Saboreadla un poco, caray.

Ésta debe de ser mi versión del concepto zen del momento presente. Me lo temía: mi versión del zen engorda.


PASTEL DE ZANAHORIA ESPECIALMENTE ESPECIADO "CARPE DIEM"

(Receta personal, fusión de muchas recetas leídas y muchos experimentos fallidos. Si os gusta, dadme un poco de crédito. Para una que no tomo prestada de Martha...)

INGREDIENTES DEL BIZCOCHO

(Para un pastel -una fuente rectangular de pyrex de tamaño pequeño - y unos 7 muffins, o dos fuentes pequeñas. Yo siempre hago un pastel para comer en el momento, y los muffins para conservar, ya que se congelan y descongelan mejor.)

- 3 tazas de zanahorias ralladas fino

- 1 taza de aceite vegetal (de maíz, por ejemplo)

- 1 taza y ¼ de miel

- 4 huevos a temperatura ambiente (si queréis controlar un poco el colesterol, 3 y una clara)

- 2 tazas y media de harina integral (blanca si no os entusiasma la fibra)

- 2 cucharadas de té de levadura en polvo (tipo Royal)

- 2 cucharadas de té de bicarbonato

- 1 cucharada de té de sal

- 1 cucharada de té de clavo

- 1 cucharada de té de nuez moscada

- 1 cucharada de té cardamomo

- 1 cucharada sopera de canela (sed generosos, éste es un pastel especialmente especiado :-)

- 2 cucharadas soperas de jengibre fresco rallado (si no encontráis fresco, en polvo os puede sacar del apuro, pero no está tan rico)

- ¼ de taza de buttermilk -suero de leche- (o de yogur natural, o de crema agria)

- 1 taza de nueces picadas (pueden ser de Pecán)

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PREPARACION DEL BIZCOCHO

Precalentar el horno a 190º. Mezclar bien el aceite y la miel. Añadir los huevos uno por uno, incorporando bien cada uno antes de batir otro. Añadir el suero de leche o yogur.

En un gran bol aparte, tamizar la harina y todos los demás ingredientes secos, salvo las nueces y la zanahoria y el jengibre rallados. Mezclar los ingredientes secos con la mezcla de miel, aceite, suero y huevos, y batir lo mínimo posible, rápidamente, hasta que desaparezcan los grumos. Batir lo justo para obtener una mezcla homogénea, pero no demasiado, (es importante no excederse con el batido para que el pastel sea ligero y esponjoso).

Para terminar, mezclar con una cuchara o una lengua de gato la zanahoria y el jengibre rallados, y las nueces. Si preparáis el pastel con un robot culinario (tipo Thermomix o Kitchen Aid), mezclad la zanahoria a mano, porque tiene la tendencia a pegarse a la hélice del robot y formar una bola.

Hornear en dos fuentes rectangulares de pyrex previamente engrasadas o en aproximadamente una docena y media -depende del tamañ0- de moldes de muffin. Los primeros 15 minutos mantener la temperatura a 190º, después bajarla a 180º. El tiempo de horneado para los muffins será aproximadamente de 35 minutos, y de 45 a 50 minutos para los moldes de pyrex (pinchar con un palillo el centro, cuando salga limpio están hechos).

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GLASEADO CLASICO (DIRECTO A LAS ARTERIAS)

(Éste no es el glaseado que suelo hacer yo, porque me parece demasiado dulce y porque anularía el intento de hacer de este postre algo más bien sano. Pero si queréis obtener un glaseado firme, que solidifique al secarse, y poder jugar con la manga pastelera, ésta es vuestra receta. Alternativa menos nociva más abajo.)

- 1 tarrina de queso Philadelphia a temperatura ambiente ( tenéis que sacarlo unas horas antes del frigo si no queréis que el glaseado os quede grumoso)

- ½ taza de mantequilla a punto pomada

- 4 tazas de azúcar glas (tamizarla si véis que tiene grumos)

Mezclar el queso y la mantequilla hasta que la mezcla tenga un aspecto liso y suave. Incorporar el azúcar glas taza a taza, y seguir mezclando. Glasear el pastel cuando haya enfriado completamente (importante). Si se quiere, reservar una parte del glaseado, colorearla con colorante alimentario (mejor en gel que líquido) rojo y amarillo, y formar zanahorias con la manga pastelera (o una bolsa de congelación a la que hayáis cortado una punta). Formar las hojas de las zanahorias con hojas de cilantro fresco.

GLASEADO MENOS MACIZANTE (PERO IGUAL DE SATISFACTORIO...)

- 1 tarrina de queso Philadelphia bajo en grasa, a temperatura ambiente

- sirope de arce (cómo no :-) o miel líquida

- 1 cucharada sopera de ralladura de naranja muy fina

Batir el queso con la ralladura hasta que quede liso, añadir gradualmente sirope de arce - o miel - hasta que obtengáis una crema fácil de untar, pero bastante espesa. Este glaseado es delicioso, pero como no lleva las toneladas de azúcar del otro, ni la grasa adicional de la mantequilla, se mantendrá cremoso y no llegará a solidificar (como se ve en mis fotos, las zanahorias tienen un aspecto húmedo). Si hacéis el pastel para adultos a los que la decoración no les importa tanto como el sabor - o la línea-, ésta es una buena alternativa.

(Ah, para los que se sorprenden de este ramalazo petardo-espiritual que me ha dado hoy, que lo sepáis : el pastel de zanahoria puede inspirar todo tipo de cosas. Quizá tenga también algo que ver el que hoy, sábado, me vaya a una conferencia que da el Dalai Lama en Montreal, acompañada de monsieur M. (cómo no) y de Lady D. A ver si me transmite un poco de sabiduría por ósmosis. Falta me hace. Yo le llevo un pedazo de pastel, pero no sé si me dejarán dárselo.)

sábado, 19 de septiembre de 2009

Blueberry Muffins Blues / El blues de los muffins de arándanos


Lo más característico de vivir en un país en el que los cambios de estaciones son muy marcados (veranos muy calurosos, inviernos muy fríos con mucha nieve), es esa impresión que uno tiene de que los ciclos empiezan y terminan, y vuelven cada año de forma inexorable.
Las primeras fresas y el ruibarbo anuncian el verano, las primeras hojas rojas, los crisantemos y las calabazas en el mercado, el otoño; los gansos salvajes volando en formación, cruzando el cielo por encima del patio trasero, la llegada de los primeros fríos. Cuando se escucha desde la cocina a estos ruidosos escuadrones aéreos pasando por encima del cielo montrealés, ese ruido no engaña: si los gansos emprenden el largo camino del sur, el calor se terminó.

La seguridad de poder anticipar el cambio que se avecina es extrañamente tranquilizadora. Si hay algo con lo que podemos contar siempre, son los cambios. Y la fugacidad de las estaciones que pasan, brillando brevemente, nos urge a aprovecharlas hasta la última gota. Creo que por eso me gusta tanto Quebec, a pesar de sus largos inviernos. Es fácil sentirse vivo cuando se vive en una naturaleza siempre cambiante. La nostalgia de lo que se termina siempre se alivia con la impaciencia de lo que viene.
Los arándanos, fruta de la mitad final del verano, anuncian que el otoño está a la vuelta de la esquina. Uf, nostalgia de final de verano y "fugacidad" en un mismo post. Tempus fugit y muffins. Creo que es hora de que termine.
Por cierto, la receta.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Barras diligentes de dátiles "vuelta al cole" / "Back-to-school" Dutiful Date Squares / Carrés aux dattes de la rentrée

"I didn't do very well in my math test —I couldn't seem to persuade the teacher that I hadn't meant my answers literally."
Calvin

"My education was dismal. I went to a series of schools for mentally deranged teachers." ("Mi educación fue siniestra. Fui a varios colegios para profesores con problemas mentales.")
Woody Allen

Yo no sé si a vosotros os pasa, pero a mí, como a todos a los que nos ha gustado ir al colegio y estudiar, cuando llega la vuelta al cole me entra un ramalazo de envidia al ver a los peques desfilar el primer día con sus flamantes mochilas nuevas. Tampoco vayáis a pensar que yo estudié en una escuela idílica y maravillosa, no, mi colegio andaba muy lejos de ser Hogwarts. Sufrí mi dosis de profesores amargados y de compañeros de clase odiosos. Pero también tuve algún buen profesor, me gustaba aprender, me gustaba la rutina escolar (sí, sí) y a finales de agosto yo era una de esas niñas bastante nerdy que miraba con arrobamiento su goma de borrar y su lápiz nuevos, abría sus libros y los hojeaba con entusiasmo. Tantas páginas con delectable olor a libro nuevo, tantas promesas de aprendizaje masacradas luego por enseñantes incompetentes... Creo que ese amor por la escuela debe de ser la razón por la que tantos desequilibrados como yo terminan por ser profesores.

En Quebec los chavales volvieron al cole la última semana de agosto, así que Monsieur M. (que comparte conmigo ese amor por la escuela, pero que es demasiado estable mentalmente como para trabajar en la enseñanza) y yo ya hemos pasado nuestro momentito de nostalgia de cada septiembre, que invariablemente superamos comprándonos un cuaderno cada uno. Como este año no trabajo en la escuela, mi caso se ha agravado un poco, y he tenido que acompañar el cuaderno de un diccionario nuevo, cosas ambas que han hecho que me sienta mucho mejor.

Una de las cosas que vuelve con la vuelta al cole (la rentrée, en Quebec) y la agenda bien apretada, es les collations, o las cositas para picar que una lleva en el bolso, para remediar posibles bajones de energía durante la jornada.
Aquí hay una excusa pseudomédica que se estila mucho para justificar esos picoteos: "Soy hipoglucémica", pero en la mayoría de los casos es una forma más refinada de decir: "Soy bastante tragona". Que lo soy, por Júpiter. Aunque tengo que decir en mi defensa que el hecho de que mi bolso, esa caverna de Alí Baba, contenga siempre algo de comer en forma de cookies de avena, manzana y otras frutas, queso, almendras o similares, me impide caer en la tentación de comer una de esas MacMarranadas que tanto abundan por aquí. Porque yo cuando tengo hambre no tomo prisioneros. Y la conciencia nutricional se me va al garete. También hay que decir que el variado contenido de mi bolso, a pesar de ser objeto de mofa y befa por parte de mis amigas, les ha sacado de penas más de una vez. Es mi instinto nutridor, que me puede. Parezco una madre, repartiendo comida y toallitas limpiadoras a derecha e izquierda. Caray.

Una de esas cosas muy socorridas para llevar en el bolso, por lo compacta, poco perecedera y porque no se aplasta en el fondo convirtiéndose en un pegote irreconocible, son las barras de cereales. Cuando llegué a Canadá, la moda aún no se había extendido a España, pero aquí era la fiebre de la super-nutrición-en-barra. Barras de granola, barras de fruta deshidratada, barras de proteínas. Y cuando uno mira los ingredientes de cerca, se da cuenta de que la mayoría de las marcas más populares contienen sobre todo un ingrediente: azúcar. O sirope de glucosa, sirope de maíz o fructosa, todos ellos igual de poco saludables que la buena y vieja azúcar. A eso le añades unos cuantos cereales rancios, aceite de palma hidrogenado, lo bañas de una capita de chocolate malo, y voilà!. Mierda en barra. Perdón. "Barra energética", lo llaman por aquí. Que la mayoría de las bienintencionadas madres meten en los almuerzos escolares de sus hijos pensando que es alimento, cuando equivale a un KitKat. Pero sin el placer culpable.

Si eres un poco exigente y quieres algo bueno (con frutos secos y nueces, sin azúcares refinados, con miel, con cereales integrales...) te dejas una pasta. Así que hoy os propongo una receta clasiquísima en Quebec, de las de la abuela, en versión -muy- ligeramente remozada, de un postre que también puede servir de merienda energética para los chavales (y no tan chavales), muy rico y nutritivo. Una buena solución para la "bolsa marrón". Y se hace en menos de lo que tardas en decir "barras energéticas".
Otra receta con avena. Ultimamente mi médica no para de cantarme las alabanzas de la avena y sus efectos anticolesterol, así que ando comiéndola cual caballo percherón. Ahí va:


BARRAS DILIGENTES DE DATILES / CARRÉS AUX DATTES

Ingredientes para el relleno:

- 500 gr. o 4 tazas de dátiles, cortados por la mitad y deshuesados

- 1 taza (o más, depende de lo frescos que estén los dátiles) de agua caliente

- 1 cucharada sopera de zumo de naranja

- 1 cucharada sopera de Maizena

- 1 cucharada de té de extracto de vainilla

- 1 pizca de clavo molido (esto es mi toque personal)

Ingredientes para la masa

- 1 taza y media de harina integral

- 1 taza y media de avena

- 1/2 taza de azúcar moreno (o miel, o sirope de arce)

- 1/2 taza de mantequilla, margarina o aceite vegetal ( no de oliva, algo de sabor más neutro)

- 1 cucharada de té de bicarbonato

- 1/2 cucharada de té de sal

Preparación

En un cazo a fuego medio, mezclar los dátiles con el zumo, la vainilla y el agua (previamente calentada en un cazo aparte). En una taza aparte, disolver la cucharada de Maizena con un poco del agua caliente y mezclar con el resto. Revolver bien y vigilar para que no se pegue (añadir más agua caliente si es necesario), hasta que los dátiles hayan absorbido el líquido y se hayan ablandado. Como la cantidad de agua es variable, el resultado debe ser un puré bastante espeso. Retirar del fuego y pasar un poco por la batidora, si os gusta un relleno de aspecto uniforme. Si lo preferís chunky, dejar enfriar tal cual.

Precalentar el horno a 190 º. En un gran bol mezclar los ingredientes secos: la harina, el azúcar, la avena, la sal y el bicarbonato. Añadir la mantequilla en pedacitos pequeños y mezclar un poco con los dedos . La mezcla será seca y muy grumosa, no os esperéis una masa de bizcocho.

Cubrir el fondo de una fuente de horno rectangular -previamente engrasada- de la mitad de la mezcla para la masa, apretándola un poco con las palmas de las manos. Verter uniformemente el relleno de dátiles y extenderlo, alisándolo bien. Echar por encima el resto de la masa, distribuírla de forma uniforme y apretar ligeramente. Al horno, ¡hop!, 30-35 minutos, hasta que se dore un poco.

Esperar a que se enfríe para cortar en cuadrados -¡o barras!-, de lo contrario el relleno aún estará blando y se os desmigará todo, como me pasó a mí en estas fotos. Una excusa estupenda para comerse todos los pedazos cortados. Si aún frío os queda un poco blandito, añadid menos agua la próxima vez.

Por cierto, con dátiles también pueden hacerse otras cosas muy ricas.

lunes, 31 de agosto de 2009

Very Berry Red Crumble / Crumble de frutas rojas


De vuelta. Durante este mes de agosto no he tenido mucho tiempo ni ganas de cocinar. El verano decidió presentarse finalmente, y lo hizo de forma extrema, como para hacerse perdonar la tardanza. En Montreal hemos pasado la mitad de agosto sudando como en una sauna, y la humedad reinante, en combinación con el calor tropical, no animaba a acercarse al horno y los pucheros. Aún así, me animé con un postre en un día en el que el calor nos dio un respiro.
Por culpa de toda la lluvia que nos ha caído encima durante los meses de junio y julio, nuestra cosecha de frambuesas (la nuestra, la del patio trasero, y la de la provincia de Quebec al completo) ha sido un desastre. Pero por obra y gracia de la importación, hemos disfrutado de una cantidad -y calidad- de cerezas impresionante, y de una buena cosecha de ruibarbo.

Con mucho ruibarbo, fresas del mercado, unas cuantas rojísimas cerezas (deshuesadas pacientemente), y unas poquitas frambuesas del patio, he preparado este Very Berry Red Crumble, rojo como una puesta de sol en una tarde de finales de agosto. Riquísimo, más bien ácido, rebosante de verano carmesí.

Mientras se hornea, huele a infancia norteamericana, a tardes sentado en el embarcadero, con los pies chapoteando en el lago. Un pedazo te deja los labios maquillados con un pintalabios pegajoso y sonrientes de pura felicidad glotona, y durante un breve momento, todos los comensales sentados a la mesa vuelven a tener once años. Es verdad que hay postres con magia.


Un crumble es lo mismo que un crisp (o una croustade, en Quebec), aunque en Norteamérica se usa más crisp. El crisp también puede llevar cosas que lo hagan más crujiente, como su nombre indica, como copos de avena, o nueces picadas. Aunque en esta parte del planeta se usan los dos nombres indistintamente. Un cobbler es diferente: la masa no es tan "desmigada", se parece más a una masa de galletas que se vierte sobre la base de frutas. Un betty es un postre similar a todos los anteriores, pero en él se usa pan, el resultado tiende más al pudding.

Todos estos dulces están a medio camino entre la compota y la tarta, y son más sanotes que esta última porque generalmente contienen más fruta que masa (y no llevan lácteos, si se sustituye la mantequilla por aceite vegetal, ni huevos, interesante para los alérgicos o los intolerantes a la lactosa).


RECETA (Basada libremente en esta receta de Martha)

Ingredientes (para una fuente de horno entera, unas ocho personas):

Para la base de fruta:

- 4 tazas de ruibarbo cortado en rodajas (si no lo encontráis, podéis sustituírlo por dos tazas de fresas y dos de cerezas, o frambuesas, grosellas, moras ... frescas o congeladas)

- 1 taza de fresas, cortadas en rodajas gorditas

- 1/2 taza de cerezas deshuesadas, cortadas en dos

- 1/2 taza de frambuesas enteras

- 1 taza y 1/4 de azúcar blanco

- 4 cucharadas soperas de tapioca o de Maizena. Si os gusta un poco caldosa, estilo compota, sólo 3, si utilizáis frutas congeladas, 5 (porque desprenden agua). La diferencia entre la Maizena y la tapioca como espesantes (truco que acabo de aprender), es que la Maizena da más consistencia, pero tiene la tendencia a dar un color blanquecino, y un poco de sabor "a harina", mientras que la tapioca conserva el color de las frutas brillante y tiene un sabor más neutro, pero su poder espesante es ligeramente inferior. En el crumble de las fotos he utilizado tapioca.

- 2 cucharadas soperas de zumo de naranja, más ralladura de naranja (opcional)

-1 cucharada de té de extracto de vainilla

- una pizca de sal

Para la masa del crumble:

- 1 taza y 1/4 de harina integral (puede ser blanca)

- 1/2 taza de azúcar moreno

- 1 pizca de sal

- 1/2 cucharada de té de canela

- 1/2 cucharada de té de jengibre

- 8 cucharadas soperas de aceite vegetal, mantequilla o margarina, estas últimas frías, cortadas en pedacitos

- 1 taza de copos de avena

- 1/4 de taza de almendras o avellanas picadas

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Precalentar el horno a 185º. Mezclar el ruibarbo y las frutas en una ensaladera con el azúcar blanco, el zumo y la ralladura de naranja y revolver bien. Añadir la sal, la Maizena o la tapioca espolvoreando uniformemente (para evitar grumos), remover de nuevo. Dejar a un lado y revolver de vez en cuando.

En un bol, mezclar la harina, la sal, la canela, el jengibre y el azúcar moreno. Echar los pedacitos de mantequilla y mezclar frotando entre las manos, o con dos cuchillos, hasta formar una masa de aspecto muy grumoso (es muy rápido, ya veréis). Añadir la avena y las avellanas o nueces, y mezclar un poco más.

Verter la mezcla de frutas en una fuente para horno, y cubrir con las migas de masa. Apretar un poco con las manos. Hornear hasta que la masa esté doradita y que los jugos de las frutas borboteen como locos y tengan aspecto espesito (ehm, prever "escapes" y poner una bandeja debajo de la fuente de horno), entre 45 minutos y una hora, depende de vuestro horno.

Servir aún templado con una bola de helado de vainilla. Aspirar el perfume que invade la casa y observar las sonrisas que os rodean.

domingo, 12 de julio de 2009

Bountiful Banana Bread / Cake de plátano mm...mmunificente (y saludable)


Munificente: adj. Que ejerce munificencia.
Munificencia: f. Generosidad espléndida. Largueza, liberalidad del rey o de un magnate.
Toma ya.
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La razón número uno por la que empecé a hornear pasteles y galletas fue una falta total de objetivo último de mi vida.

Bueno, ésa igual no es la número uno. Pero hay alguna más : al haber dejado el opio tranquilizador de la religión tras de mí, con sus explicaciones prefabricadas a preguntas fundamentales como: ¿quién soy realmente? ¿qué hago aquí? ¿hay vida después de la muerte? y ¿por qué monsieur M. no mete jamás la ropa sucia en la cesta?, me quedé con muchos interrogantes y muy pocas respuestas.

También me quedé sin saber cómo funcionan exactamente la atracción entre los planetas, los agujeros negros, el origen del universo, algunas funciones de mi teléfono móvil -que enciendo raramente- y el sistema de cañerías de esta casa, misterio insondable donde los haya.

Otras razones que originaron mi compulsión pastelera fueron: tesina e invierno interminables, pasión por el dulce y colesterol alto (combinación que me impide asaltar las pastelerías tanto como quisiera) y esos genes vascos dominantes que te impulsan a, si no darle un sentido a tu existencia, al menos jalonarla de comidas -y postres- memorables. Al final, a lo mejor no sabrás por qué has vivido, pero al menos has comido de puta madre, con perdón.

Este cake (bizcocho, vaya) de plátano con harina integral, nueces y semillas de lino, igual no os aclara todas vuestras cuestiones metafísicas, pero está rico, tiene enjundia, y una cantidad de omega-3 y de fibra que seguro que mejora vuestras vidas. No les dará sentido, no, pero al menos os ayudará a ir al baño. No hay nada peor que una existencia vacua... sin evacuar. Uno puede vivir en la inconsciencia, pero no estreñido. Los estreñidos tienden a estar de un humor desabrido extremadamente desagradable para los que los frecuentan. Los inconscientes, en cambio, son personas de trato más bien fácil.

Además, esta receta es una forma perfecta de aprovechar esos plátanos "pecosos", demasiado maduros y blandurrios como para llevarlos a ningún sitio (los pobres), pero que aún merecen ser aprovechados.


La receta. El tiempo de horneado difiere bastante del indicado en la receta, mis cakes tardaron 55 minutos a 185º (y mi horno no está artrítico). Si queréis que el bizcocho sea completamente "cardiosaludable" (un buen cake para papá, si tiene el colesterol por las nubes), podéis sustituir la mantequilla fundida de la receta por un aceite vegetal (como el de girasol, yo utilicé aceite de lino).

El resultado está bastante rico, pero tengo que advertiros que no es muy dulce (los golosos no tendrán suficiente) aunque es una de las virtudes de este bizcocho, estupendo como tentempié en el trabajo o en el cole. Como apenas contiene grasa, la textura tiende a ser más de pan que esponjosa. La próxima vez añadiré un poco de yogur, suero de leche -buttermilk- o crema agria (ajustando la cantidad de harina, para que la masa no sea muy líquida), ingredientes que vuelven la textura más mullidita, y sustituiré el azúcar moreno por miel.
Ya me contaréis.

domingo, 28 de junio de 2009

Convenciendo al enemigo con tarta de higo

Este libro de cocina es bastante útil, si tenéis retoños en edad de independizarse, es la biblia culinaria que deberíais regalarles (es francés, así que espero que haya versión en español, por aquello de la cercanía).

Esta semana me hice con una cajita de higos frescos, higos que venían de muy lejos y que recibí como quien recibe una lata de caviar, de lo exóticos que son por estas tierras.

Tras comerme unos cuantos al natural, cerrando los ojos y literalmente en la higuera, decidí que esta ocasión especial merecía una receta especial.

Como soy demasiado vaga para copiarla, y como tengo un director de tesina que me tiene en muy baja estima últimamente, he sacado una foto de la receta, y ahí os apañéis como podáis, con todos mis respetos.


El único cambio que hice a la receta fue añadir un chorrito de ron a la crema del relleno, porque a monsieur M. le encanta y necesito unas estanterías en un armario, así que le doy al vil soborno repostero.


miércoles, 17 de junio de 2009

Compota de ruibarbo con fresas


El ruibarbo, esa verdura tan especial que se utiliza como una fruta, está especialmente rico si se combina con fresas. Su sabor ácido y astringente, que encaja la mandíbula de algunos, se suaviza mucho cuando se acompaña con fresas, y el punto de jengibre fresco que lleva esta receta es como el lazo que da el toque final al paquete.

Esta compota de ruibarbo con fresas es un clásico norteamericano, y aunque se puede untar en las tostadas como una mermelada -un poco líquida-, como mejor está es servida aún tibia sobre una bola de helado de vainilla. En el patio.


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INGREDIENTES:

- 3 tazas de ruibarbo cortado en pedazos, fresco o congelado
- 2 tazas de fresas cortadas en cuartos
- 1 taza y media (o 2, si sois muy golosos) de azúcar
- 1 cucharada de té de esencia de vainilla
- 1 punta (del tamaño de un dedo de chica :-) de jengibre fresco


Se ponen en un bol grande o ensaladera los pedazos de ruibarbo, se riegan con la vainilla y se espolvorean con la mitad del azúcar, mezclando todo bien a continuación. En otro bol, se hace lo mismo con las fresas y el resto del azúcar. Dejar reposar la fruta alrededor de una hora, revolviendo de vez en cuando, soltará jugo.

Se pela y se ralla el pedazo de jengibre fresco, y se estruja bien encima de un colador. Se reserva el jugo.

Poner a fuego medio el ruibarbo y todo el líquido que habrá soltado, llevar a ebullición y cocer, removiendo frecuentemente, durante unos cinco minutos. Añadir las fresas y el jugo del jengibre y seguir cociendo y removiendo a menudo hasta obtener el espesor deseado (una media hora).

Se reprime una para no comérselo todo a grandes cucharones frenéticos y dejar algo para el postre.

domingo, 7 de junio de 2009

Chewy Center Chocolate Chip Cookies : galletas no culpables hasta que se demuestre lo contrario


Sigo explorando la receta clásica de las chocolate chip cookies, porque da mucho de sí. Nada tan satisfactorio como comerse una big, fat, chewy cookie recién salida del horno, (al menos, nada que pueda hacerse vestido y con dolor de cabeza).

El secreto para obtener unas cookies "coffee shop style" realmente a la americana, es decir, tostaditas y crujientes en los bordes y chiclosillas y tiernas en el centro, es remplazar un cuarto de taza de harina de la receta por fécula de maíz (Maizena).


Dejad de quejaros por la línea: podéis empaquetarlas en una bolsa y llevároslas en una caminata por el monte. Y siempre podéis deciros que no hay ningún problema con vuestro cuerpo, son esos malditos vaqueros que no están hechos para gente real.

La gente real tiene arrugas, vello, celulitis, varices, lunares y facturas por pagar. La gente real de sexo femenino también tiene mollas que se salen parcialmente del biquini, pechos que cuelgan, y que se aplastan en posición de decúbito supino. Insisto, cuando una mujer se tumba, no es normal que sus pezones apunten hacia el firmamento y que sus pechos no se muevan del sitio, cual pétreas boyas portuarias. La gravedad nos afecta a todas, salvo si nos hemos instalado flotadores quirúrgicos.

Nadie persigue a la gente real con un Photoshop para ir borrando las imperfecciones de la carne mientras andan por la playa. Pero la gente real es realmente guapa cuando está contenta de sí misma y de lo que la vida le ha regalado, y cuando alguien le recuerda que es deseable y de agradable compañía. Y es que a fuerza de ver gente de mentira hemos terminado pensando que existen.

sábado, 30 de mayo de 2009

"Bite-me-babe" Red Velvet Cupcakes / Cupcakes Sangrientos "Terciopelo rojo"


Si no fuera porque he pasado bastantes años estudiando y que provengo de una estirpe de grandes lectores, yo hubiera sido pasto fácil de las novelas Arlequín. Parece que he hecho las suficientes lecturas de clásicos y militado en suficientes movimientos feministas como para que, a pesar de haber intentado empezar una de esas novelas, me diera la risa floja en el primer párrafo y no pudiera seguir.

Ojo, léase esto sin ningún tipo de tono condescendiente, ya sabéis que para mí la lectura es lectura, y lejos de mi intención de buscar la arenilla en el ojo ajeno, cuando el mío está llenísimo de best-sellers baratuchos.


En cierta forma, pienso que esas novelas son a la lectura de literatura lo que el porno a la lectura de revistas: porno sentimental. Y es que, sin ánimo de generalizar ni de estereotipar, creo que muchas mujeres buscan en esas lecturas el solaz de un romanticismo -muchas veces inflado al helio- que nunca obtendrán en la vida real (afrontémoslo, chicas, tras vivir juntos varios años, tenemos suerte si no eructan mientras los besamos), de la misma manera que muchos hombres encuentran en el porno lo que nunca saborearán en el dormitorio (no, el gang bang no es la fantasía número uno en el ránking de muchas mujeres).

Con esto no quiero decir que los únicos consumidores de pornografía sean los hombres (no, chicos, no sois los únicos), ni los hombres insatisfechos, aunque la mayoría del porno aún está producido por y para hombres, y en consecuencia, empapado de un machismo agresivo que deja bastante fría a una buena parte de las señoras. Sin entrar en lo de la explotación-objetivación de la mujer y blablabla, pero no quiero enfriaros el orgasmo.

Hoy el post va de libros (y series) que hacen suspirar o estremecerse, o las dos cosas, y de pastelitos que hacen relamerse, aunque el orden de los factores no altera el producto.

La serie de novelas de misterio-fantásticas-románticas (todo un cruce de géneros, voto a bríos) de la que voy a hablaros hoy está escrita por Charlaine Harris, (autora que, a juzgar por su foto, parece haberlas escrito en bata de flores y rulos), y protagonizada por Sookie Stackhouse, camarera telépata (sí, lo sé, esto suena cada vez peor) con una mezcla muy sureña de chica ingenua, anticuada, sexy y un poco trash, especialmente en su afición por los pantalones cortos muy cortos y los vestidos muy escotados.

La combinación de historia policiaca e historia de vampiros (con su historia de amor y una buena pizca de erotismo hot-hot-hot bien dosificado y sin demasiados tapujos), ambientada en la húmeda y calurosa Louisiana, con unas gotas de caricatura de la América profunda (en este caso sobrepasa lo profundo, es casi subterránea) es algo irresistible. Y yo soy una fan sin remedio de cualquier historia con vampiros desde que leí "Drácula" a una edad muy temprana y debí de entenderlo todo mal, porque Mina me cayó muy gorda, Jonathan Harker me pareció un lelo y el pobre conde Drácula, tan solitario, me inspiraba simpatía.

Los quebequeses se sienten especialmente cercanos a este estado del sur de la unión, por haber compartido una historia común, y haber conservado el francés contra viento y marea. Louisiana y su cultura cajún, los ritos vudú, la cocina criolla, el carnaval de Nueva Orleans, el jazz, el blues de los pantanos, esos pantanos rebosantes de caimanes y de mosquitos y esos bares rebosantes de rednecks, esas cadenas de radio con pastores predicando como energúmenos el Juicio Final, esas chicas decentes con minifaldas indecentes y esas bellezas negras de piel brillante y músculos tensos, todo ello sirve de tela de fondo a la historia.

El bar en el que trabaja Sookie está situado en Bon Temps, agujero perdido en la Louisiana rural, en la época actual, en un mundo en el que los vampiros han "salido del ataúd" y luchan por obtener la igualdad de derechos de una forma sospechosamente similar a cómo los negros lucharon por la misma causa no hace tanto tiempo. Teóricamente ya no necesitan beber sangre humana porque los japoneses han inventado "True blood", una nueva "bebida inteligente" que viene a ser sangre sintética, y que parece colmar las necesidades nutricionales de los ciudadanos chupasangre.


Estas novelas han dado origen a una estupenda serie (acabo de zamparme la primera temporada de una sentada y quiero más) producida por HBO, responsable de series de gran calidad como "Los Soprano", "Six feet under" ("A dos metros bajo tierra" en España) y "Sex & the city". Esta serie con mucho sexo y mucho blues está protagonizada por Anna Paquin, actriz que encandiló a muchos cinéfilos en "El piano". Para los que no la conocen y me leen desde el otro lado del charco, creo que en España salió en diciembre pasado (si wiki no se equivoca), y en Alemania acaba de salir.

Las damas ( y algunos señores, claro) estarán encantadas de ver en pantalla al guapo e inquietante vampiro Bill y sus impecables modales sureños, y los caballeros no le harán ascos a la guapa y jovencita Paquin sorprendentemente teñida de rubia y esgrimiendo lipstick rosa chicle, muy pornolicious, en hot pants y vestidos minúsculos, entre vulgar y virginal, y a menudo, ambas cosas a un tiempo. Los y las lingüistas y traductores se mostrarán interesados por ambos, disimulándolo hábilmente viendo la serie en versión original (subtitulada en inglés, si no leéis no os váis a coscar de ná), por aquello de oír el encantador y cantarín acento sureño. Estamos lejos de los Cárpatos, chicos. Para muestra, un botón.

Por si no lo sabían, caballeros, las señoras leen historias románticas mayormente porque "les ponen". Aunque luego lo disfracen de "es-que-es-una-historia-de-amor-tan-bonita". Así que si algún lector anda buscando un regalito sin complicaciones para su compañera, éste (la serie de libros o su versión televisiva) es de esos regalos que "keeps on giving". Ella pasará un buen rato leyéndolo, y hay fuertes probabilidades de que los dos pasen un buen rato cuando pare de leerlo. Pero yo no garantizo nada, ni devuelvo el dinero.

Por cierto, la receta de los cupcakes, rojos y aterciopelados, con su ligero sabor a chocolate y su glaseado de queso que sólo pide ser lamido, aquí. Ahora id a daros una ducha fría. Picarones.

domingo, 10 de mayo de 2009

Pastel sexy de Tía María / Gâteau sexy au Tia Maria avec son coulis de framboises

Desde que he descubierto los lujuriosos pasteles de chocolate negro "con cosas", me ha dado por probar todas las recetas que encuentro. El hecho de ser una chocoadicta sin ninguna esperanza de rehabilitación probablemente también tenga algo que ver.
Empecé con el "Wake-up-and-smell-the-coffee-Dark-Chocolate-Cake" (pastel de chocolate negro y café espresso que os recomiendo con entusiasmo), seguí con el fantástico "Kiss-me-I'm-Irish Guinness Cake" y hoy continúo con este lúbrico pastel marmoleado de Tía María.


En realidad, no es el pastel el que es marmoleado, sino la ganache de chocolate con la que lo recubrí. La receta original proponía una simple cobertura de chocolate negro decorada con granos de café (aquí se encuentran recubiertos de chocolate, por seguir con la redundancia café-chocolate-más chocolate), pero me apetecía jugar con una cobertura de chocolate blanco y negro. El efecto marmoleado no lo conseguí exactamente como quería, (me quedó más como un motivo de venas varicosas que como un estampado de papel florentino, que era lo que pretendía), y es que he descubierto que el chocolate blanco es muy caprichoso a la hora de trabajar con él y fundirlo. Si una se pasa aunque sea ligeramente del tiempo necesario, se vuelve pastoso e imposible. Un poco como pasa con algunas relaciones.

Tras cubrir el pastel con la ganache de chocolate negro, vertí inmediatamente la de chocolate blanco por encima y con un palillo hice dibujos. Si hubiera tenido más tiempo, hubiera pegado virutas de chocolate negro alrededor de todo el contorno.

La masa de este pastel es terriblemente líquida, si no tenéis un molde desfondable totalmente hermético (aquí los llaman spring pan porque se cierran con un resorte), os aconsejo un molde tradicional. Si vuestro molde es presuntamente fiable, aún así os sugiero hornearlo encima de una bandeja de horno, para evitar "sorpresas".

Es precisamente lo líquido de la masa y la baja temperatura a la que se hornea durante largo tiempo, junto con la enorme cantidad de buen chocolate (y hablo de chocolate en tableta, y no de cacao en polvo), lo que le da a este pastel esa textura suntuosa -y untuosa-, extremadamente húmeda, casi como de pudding, que no se parece en nada a la textura de bizcocho más tradicional de los otros dos pasteles que he hecho últimamente y que rezuma chocolate de una manera que estoy segura que el Vaticano desaprobaría. Este pastel casi remplaza el sexo, vaya. Y lo de "casi" depende del talento del partenaire.

Por esa misma razón, no necesita ser rellenado de ninguna crema, ya es lo bastante cremoso y pecaminoso en sí mismo. Un coulis o salsa de frutas rojas más bien ácidas (frambuesas o grosellas) ejercen de contraste perfecto al dulce-amargo del chocolate negro (yo lo hice con 80% de cacao) y el fondo sutil de café.


La receta la encontré en la novela "Eat cake", de la que ya os hablé, la que os he enlazado aquí es exactamente la misma. Os animo con entusiasmo a que pequéis y lo probéis.

Porque siempre hay una buena razón de sentarse delante de un pedazo de pastel de chocolate.

viernes, 8 de mayo de 2009

Muffins pop de plátano


Deliciosos, sanotes, fáciles. La receta, aquí.


La canción para acompañarlos, aquí.
Dedicados a la Lupe, por su buen humor crónico. Y porque me la recuerdan mucho :-).

miércoles, 6 de mayo de 2009

International No Diet Day: Galletas guarrísimas de Reese

Tenéis que perdonarme si a veces hablo de cosas que ya existen por España, hace ya una década que crucé el charco, y, a pesar de visitas en vacaciones, no estoy muy al día en lo que a productos que puedan encontrarse en los supermercados se refiere. Por eso a veces puedo hablar de algo que creo que os va a parecer "exótico" a los que vivís al otro lado del Atlántico, y resulta que, como la sombra de la mundialización es alargada, ya se vende por allí.

Pero algo me dice que los chocolates Reese no se encuentran mucho por la Europa no anglosajona, el abismo de las diferencias culturales es demasiado profundo. Hay que tener papilas gustativas anglosajonas (o haber vivido mucho tiempo en un país que las tenga), para apreciar esta guarrería, este epítome de la cochinada norteamericana.


Para empezar, hay que ser capaz de apreciar la mantequilla de cacahuete, y la idea de que esta pasta ultradensa puede mezclarse con cosas varias, en este caso, el chocolate. La mantequilla de cacahuete es el desayuno tradicional de Quebec. Los quebequeses la untan alegremente en sus tostadas, y monsieur M., con esa horrible exultación mañanera que le caracteriza, (horrible, porque antes de las siete de la mañana no puede ser calificada de otra manera), la unta aún más alegremente, si cabe. Y la mezcla con cosas como plátano, miel, o Nutella. Cielo santo.

Yo que me levanto con la boca seca como la suela de una alpargata, y que no puedo articular palabra hasta que no me he metido mínimo dos vasazos de agua y uno de zumo entre pecho y espalda; yo que no soy matinal, que cuando el despertador suena antes de las siete (en este magnífico país, muy a menudo) quiero morir (sólo durante los primeros veinte minutos de mi jornada); yo que amanezco con un aspecto como si una pala mecánica me hubiera pasado repetidas veces por encima durante la noche (¿quién ha dejado entrar una excavadora al dormitorio? porque esa cara yo no la tenía ayer por la noche... y luego hablan de "sueño reparador"...) y que voy a la universidad con las marcas de la almohada aún impresas en el carrillo; yo que desayuno en el metro porque a esas horas luciferinas no me entra nada en el cuerpo, veo como mi quebequés de marido mastica esa cosa pastosa y pienso que, si le doy un tiento a su tostada, no seré capaz de despegar la lengua del paladar nunca más. Inconveniente para alguien cuyo trabajo consiste principalmente en hablar en público.

Pero mi relación con la peanut butter/ beurre d'arachides ou beurre de pinottes, como la llaman en Quebec, ha cambiado extrañamente.

Todo empezó tras una gripe de caballo que pasé durante mi segundo invierno aquí, el virus me había afectado también el aparato digestivo, y hacía como una semana que no podía tragar nada. Tras muchos tosidos, fiebre salvaje y noches abrazada a la papelera de mi cuarto (por si las moscas), cuando lo peor de la gripe comenzó a ser cosa del pasado, me levanté una tarde sintiéndome una piltrafa. Como estaba solita en ese momento (monsieur M. andaba de viaje, intimidando renos en el norte de la provincia), en un país hostil (al menos, sus virus me parecían bastante hostiles, los muy canallas) y en pleno febrero, y sentía las rodillas blandas como la gelatina, me senté en la cocina pensando algo así como "quiero a mi mamá", y más concretamente, "quiero a mi mamá con una cazuela de sopa de pollo entre las manos". Así que me puse a meditar en qué podía comer que no implicara cocinar ni moverse mucho.

La revelación: pan de sándwich, mermelada de grosellas, mantequilla de cacahuete. (Aquí, podéis meter de fondo "Así hablaba Zarathustra"). Sándwich energético. Y estuve comiendo el mismo durante las cuatro tardes siguientes.

Mi relación con la mantequilla de cacahuete cambió, aunque raramente soy capaz de comerla por la mañana. Eso no ha cambiado tanto.

Pero sí que soy capaz de perpetrar unas galletas en las que he sustituído las pepitas de chocolate por pedazos de Reese (pero en lugar de poner una chocolatina entera encima de la galleta, como en la receta, las he mezclado con la masa, así la mantequilla de cacahuete y el chocolate se funden juntos, mmmmhh). En honor del día internacional sin dieta: hoy. Bonita conmemoración donde las haya. Si queréis celebrarlo pero no os apetece cocinar, podéis celebrarlo con un sándwich de plátano con miel.

Y que le den morcilla a la celulitis. Imaginaos que tras comeros este sándwich, salís de casa dándole rienda suelta a la culpabilidad, y, distraídas, os pilla un autobús al cruzar la calle. Francamente, sería bastante lamentable que vuestro último pensamiento antes de dejar este mundo fuera: "No tendría que haber comido todos esos hidratos de carbono".

domingo, 26 de abril de 2009

Cheesecake de mojito "New York Style"


Hace tiempo, leyendo el blog de Garbancita (esta chica es una profesional, y uno de mis ídolos culinarios, por lo creativa y didáctica..., son cinco mil, Garbancita), leí esta receta de pastel de queso -o cheesecake- de mojito, y la idea me encantó. Me pareció una receta interesante porque a mí también me gusta la combinación de sabores del mojito: ron, lima y menta.

Garbancita preparó un no bake cheesecake, es decir, un pastel sin horneado. Esta receta es la que más a menudo he visto por los sitios de cocina españoles. En ella se cuaja el pastel -a base de gelatina- en el frigorífico. Es un tipo de cheesecake estupendo para los meses de calor. Como aquí el calor aún no ha llegado, y como me gusta explorar con la repostería típicamente norteamericana, he decidido hacer una versión transatlántica de la receta de Garbancita, y hacer un cheesecake al estilo de Nueva York, es decir, horneado. La receta de base es ésta, aunque le añadí unas gotas de esencia natural de menta y una cucharada de té de ron, para darle el toque mojito.

La base de este cheesecake está hecha con galletas Oreo, que ofrece un buen contraste "chocolateado" con la cremosidad del relleno de queso. Otra variación a la receta de Garbancita fue la decoración, en mi caso, como no me gusta demasiado la gelatina, mi topping consistió en una buena mermelada de limón (Robertson), con unas gotas de esencia de menta (para seguir con el tema central del pastel, los sabores del mojito) y un poco de colorante verde (y voilà! el limón transformado en lima por obra y gracia del color).

El cheesecake se congela bastante bien (sin toppings). De hecho, el que véis en mis fotos aguardó dos semanas en el congelador antes de hacer aparición triunfal en una cena de familia (cumpleaños de monsieur M.), precedido de mojitos líquidos, por supuesto. Soy horriblemente temática.
En la foto que encabeza este post podéis ver el aspecto del pastel recién salido del horno. Si es la primera vez que experimentáis con este postre, os aconsejo echar un vistazo a este sitio, en el que se dan toda clase de trucos para hacerlo y congelarlo con éxito asegurado.
Ya sabéis que me gusta bautizar a mis pasteles y tartas, en el caso de ésta tarta de queso me abstuve, porque hubiera terminado llamándola "I-need-a-drink-badly Mojito Cheesecake". Maldita tesina.

lunes, 13 de abril de 2009

Tarta de limón: "Au revoir, Annette"

NOTA: (La publicación de esta entrada, programada para un poco más tarde, ha sido adelantada por esas cosas que pasan, cosas que, aunque una se las espera, siempre terminan por pillarla de improviso. El texto del post lo he dejado tal cual, sólo he cambiado el título, en pequeño homenaje a Annette, la suegra más maternal y más fácil de complacer que nadie haya tenido nunca. Le gustaban mis postres, fumar a escondidas, leer novelas, uno de los musculosos enfermeros que se ocupaba de acostarla y levantarla, tomarse una cervecita de vez en cuando y hacer chistes sobre todo.)
Tarta agria de limón para la suegra (...o tarta de limón para la suegra agria, si la vuestra lo es)... pero tampoco es cosa de ponerse ofensiva, porque mi suegra no sólo es sumamente amable y nada agria, sino que además está de un frágil que dan ganas de cocinarle postres muy dulces y ligeros, de los que casi no hay que masticar.

A la pobre, cuanto más se le va la salud, más le desaparece el apetito, y a medida de que la vida la va dejando, muy poquito a poco, se diría que las papilas le regresan a la infancia y que recupera sus gustos de niña. Así que ahora la única comida sólida que le apetece son los postres, y a estas alturas no está como para pensar en nutrición equilibrada y demás zarandajas.

Yo echo mano de recetarios de abuelitas norteamericanas y le hago postres tradicionales. Como esta tarta de limón y merengue (Meyer lemon pie), que antaño, cuando era capaz de cocinar, ella preparaba tan a menudo. Va muy bien en esta fase final de su vida: una fase agridulce. Preparada con limones meyer.

Si tenéis una suegra con un carácter muy agrio, puede ser un buen postre-indirecta. Os aconsejo entonces doblar la cantidad de zumo de limón, para que vuestra madre política ponga esa cara que dicen en inglés, "she looks like she just sucked a lemon" ("tiene una expresión como de quien acaba de chupar un limón"), que tan bien describe a la gente antipática.

Por cierto, que lo de hacer merengue es como hacer mayonesa: muy simple y complicado a la vez. Si se os resiste, he aquí algunos sabios consejos.

domingo, 5 de abril de 2009

"Kiss-me-I'm-Irish" Guinness Cake


Cuando escribí el post sobre la fiesta de St. Patrick, pasé un rato investigando un poco sobre el tema. Un postre temático recurrente en esas fechas que me llamó la atención es un cake bastante peculiar: un cake hecho con cerveza Guinness. Mi ingesta de alcohol es casi inexistente, pero si hay una sola marca de cerveza cuyo sabor me gusta es la Guinness. Al ver esta receta, pensé que ese sabor profundo de malta y el color caramelo de la cerveza negra tenían que ser interesantes en un pastel de chocolate.

Descubrí esta receta en la sección de cocina del New York Times, pero os pongo un enlace a un blog que ilustra más claramente la preparación. La receta del Times parece que viene del otro lado del charco, de un libro de Nigella Lawson.

Los cambios a la receta original fueron los habituales: aceite vegetal en lugar de mantequilla (colesterol habemus), como hay que fundir la mantequilla en esta masa bastante líquida, el cambio no influye en la textura. La receta explica que hay que calentar la cerveza en un cazo al fuego, instrucciones que me dieron bastante grima y que pasé por alto, porque me pareció que el calor iba a alterar el sabor malteado y delicioso de la Guinness. También remplacé el azúcar blanco por azúcar moreno, pero como la receta dice "superfine sugar", molí el azúcar en el robot de cocina un momento, por si acaso. Aproveché para mezclar el cacao en polvo (negro, negro) y darle un golpe más de molinillo, lo que creo que mejoró el resultado final.

El glaseado propuesto en la receta, con queso Philadelphia, no me apetecía nada, me parece que enmascara demasiado el sabor del pastel. Así que lo que véis en la foto es una cobertura (fina) de chocolate blanco, por imitar el blanco cremoso de la espuma que corona una buena pinta de Guinness.

Cuando lo vuelva a hacer, voy a intentarlo con miel o melaza en lugar de azúcar (probablemente necesitará más tiempo de cocción), porque creo que le darán un sabor aún más intenso a este pastel ya de por sí estupendo.


El resultado es delicioso como pocos bizcochos de chocolate que haya hecho en mi vida (si acaso, sólo superado por el pastel de chocolate negro y espresso que publiqué hace tiempo). Este pastel no sabe a cerveza, contra lo que podáis suponer. La única traza que deja la Guinness es un toque acaramelado de malta, que sirve de nota de fondo para el pronunciado sabor a chocolate negro.

La textura es sublime (sí, sí, sublime): esponjosa, delicada, ligera (la cerveza ayuda a levar la masa). La única palabra que puedo encontrar para describirlo es en inglés: moist. Puede traducirse por "nada seco" o "húmedo", pero ambas traducciones no tienen el toque lujurioso del adjetivo inglés.

Un buen pastel, de preparación muy simple, para un cumpleaños masculino, por ejemplo. O femenino, qué caramba. Por aquello de celebrarlo con una cervezota. Y una partida de dardos.

martes, 31 de marzo de 2009

Mejorando


Sigo horneando desaforadamente. Con el mismo método de siempre, los resultados siguen encantándome, tanto en dulce como en salado.

lunes, 16 de marzo de 2009

Wake-Up-and-Smell-the-Coffee Dark Chocolate Cake : Otro post pornoculinario

(* ADVERTENCIA: Este post puede perjudicar seriamente a vuestro régimen, aniquilar todo vestigio de voluntad dietética y desencadenar un apetito orgiástico por el chocolate negro. Si andáis mordisqueando zanahorias crudas y pasando hambre en vistas de embutiros en un biquini en los próximos meses, huid despavoridas. A no ser que tengáis una tendencia ligeramente masoquista, y os guste excitaros las pupilas -y las papilas- viendo fotos de todo lo que no váis a comer.)

Os lo advertí.

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Para darle un toque cultural a este blog lleno de glotonería, empezaré con la reseña histórica, que dignificará un poco esta entrada , entrada que, de lo contrario, podría ser juzgada como una mera instigación a la diabetes.

Los primeros colonos franceses que se instalaron en Quebec trajeron con ellos el catolicismo. Durante doscientos sesenta años la religión católica se practicó de una manera severa en Nouvelle France (como se llamaba entonces Quebec), ajena a la relajación -ligera, pero evidente- de las normas y costumbres que se produjo en la metrópoli. El catolicismo quebequés fue, hasta los años sesenta, incluso más severo que el practicado en la España franquista.

De esta manera, el ayuno impuesto durante la cuaresma no se limitaba sólo a los "días magros", como se denominan en francés los días en los que los fieles se abstenían de comer carne, también se extendía a otros placeres de la mesa, como los dulces. Durante toda la cuaresma, los quebequeses tenían prohibido comer cualquier tipo de postres, chocolates y caramelos, prohibición que para los niños resultaba una auténtica tortura. Las consecuencias negativas sobre la salud mental de esta norma tan antipática pueden ser contempladas en esta película tan apropiada para estas fechas.

Como yo soy muy escéptica en cuanto a las hipotéticas ventajas de la automortificación, la doma de las pasiones por el castigo del cuerpo, la flagelación (a no ser que se practique en buena compañía y vestido de vinilo) y la penitencia en general, y como parece que ya estoy suscrita a la condenación eterna, me lanzo sin tapujos a la incitación a la gula, y os propongo esta untuosa , oscura, profunda y pecaminosa receta.

Para tranquilizar vuestra conciencia, os diré que el chocolate -especialmente el negro-, empieza a tener buena prensa. Aparte de sus efectos euforizantes y antisuicidio al final de un invierno canadiense de seis meses y de una tesina infernal, parece que el chocolate está atiborrado de antioxidantes y, según el bioquímico estrella quebequés, Richard Béliveau, ayuda a prevenir el cáncer.

Si a todas estas ventajas añadimos una buena taza de café expreso, la combinación de los dos puede despertar a un muerto en su tumba. Especialmente si se combinan en este Wake-Up-and-Smell-the-Coffee Dark Chocolate Cake, o Pastel de café espresso y chocolate negro despierta-de-la-hibernación-y-espabila-que-casi-es-primavera.

Siguiendo mis hábitos alimenticios saludables, hoy he sustituído la comida por uno de estos pasteles en porción individual. Seguimos estando a dos bajo cero, pero estoy de mucho mejor humor.
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Ingredientes para el pastel (da para seis pasteles individuales o dos cakes)
  • 200 gr. de buen chocolate, mínimo 70% de cacao

  • 3/4 de taza de mantequilla

  • 1 taza y 1/2 de un buen café solo, fuerte, preferentemente espresso (largo)

  • 1/4 de taza de ron o de bourbon

  • 2 huevos
  • 1 cucharada de té de esencia de vainilla

  • 2 tazas de harina

  • 1 taza y 1/2 de azúcar

  • 1 cucharada de té de bicarbonato

  • 1/4 de cucharada de té de sal
En un cazo a fuego muy lento, fundir el chocolate cortado en onzas, junto con la mantequilla y el café, revolviendo sin parar hasta que la mezcla tenga un aspecto liso y sin grumos. Dejar enfriar un mínimo de diez minutos. Mezclar con los huevos batidos, el ron y la vainilla.

Precalentar el horno a 135º. Tamizar los ingredientes secos y añadirlos a la mezcla de chocolate, batiendo bien. Verter en los moldes previamente engrasados y espolvoreados con harina o cacao negro en polvo (yo prefiero la última opción). Hornear entre 45 y 55 minutos, o hasta que un palillo pinchado en el centro salga limpio. Dejar enfriar un cuarto de hora y desmoldar cuando aún esté tibio.

Servir espolvoreado ligeramente de azúcar glas y con frutas rojas frescas o congeladas (frambuesas, fresas o grosellas, yo no tenía en el momento de hacer la foto, así que me conformé con cerezas en conserva), o con un glaseado de café y chocolate (foto, abajo), o con un chorrito de nata líquida, o una cucharadita de crème fraîche.

Este pastel está especialmente indicado para seducir a mujeres en edad de merecer, para sacar de una depresión profunda a vuestro mejor amigo, o para poner al cónyuge en estado de propensión al disfrute carnal (en este caso, importante lavar los cacharros al terminar y servirlo sólo con un delantal, caballeros).

Tan bueno, que seguro que es pecado.