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miércoles, 30 de diciembre de 2009

2010 cosas por hacer : Feliz Año Nuevo


Como diría aquel ilustre personaje cultural español, si debo resumir este mes de diciembre en dos palabras: es im-presionante. Bueno, quizá aquel personaje no acababa de dominar este idioma que compartimos los que estamos en esta cocina, a fin de cuentas, sólo llevaba dos décadas y media practicándolo. Pero el sentimiento que acompaña la expresión es el mismo: no puedo creer que 2010 aún no ha empezado y ya llevo tantas cosas con retraso.

No acabo de ponerme al día con las respuestas a vuestros comentarios, y creedme que me pesa, especialmente por todas las muestras de solidaridad y el calorcillo humano que emanaban los que hicistéis a las dos últimas entradas. Creo que voy a desistir, al menos por el momento. El blog, las fiestas (de las que debería existir una versión abreviada, como bien dice mi amiga Lupe, a fin de cuentas, si hay libros de bolsillo, ¿por qué no unas Navidades de bolsillo?), la visita de Santa Madre, con la que he tenido que recorrer interminables centros comerciales para comprar ropa y botas y así evitarle congelaciones varias y amputaciones de dedos de los pies y de las manos, los pavos, las bûches, los mince pies y el pastel de pescado que me toca hacer para mañana, el pelo de gato que se acumula en los rincones más vistosos de la casa (estoy pensando en no aspirarlo, sino hilarlo con una rueca, me saldría una lana mohair de lo más aparente), parientes enfermos en el hospital y parientes hambrientos en nuestro salón, así como amigos pertrechados de botellas varias y de trineos, con los que nos lanzaremos gritando por una cuesta mañana antes de cenar (en Quebec sí que saben abrir el apetito), todo ello me impide sentarme al ordenador más de tres segundos sin ser interrumpida por una crisis diplomática o culinaria. Eso son las fiestas, me temo. Puro caos.

Así que mientras Monsieur M. elimina madejas de pelo felino de debajo de los muebles y friega pilas y pilas de cazuelas ensuciadas por mí, yo voy pasándole a Santa Madre calcetines de esquí y polares nucleares mientras ella gruñe en el probador porque odia-odia comprarse ropa; mientras la mincemeat marina en el frigo y los amigos me mandan numerosos correos con sus contribuciones a la cena comunitaria de Nochevieja; mientras pienso en cómo nos lo vamos a montar para calentar seis tartas en el mismo horno, todas ellas a temperaturas diferentes, me digo que tengo mucha suerte de que éstos sean mis peores problemas en estos momentos.
Para el Año Nuevo, os deseo que los vuestros no sean más graves que los míos. Eso significa que estáis vivos y que no estáis solos, qué demonios.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Feliz Navidad / Joyeux Noël / Merry Christmas


Entre emociones, noticias malas y buenas, amigos y familia de visita y pavos que no se descongelan, me tomo una pausa encima del rebosante mostrador de la cocina montrealesa para desearos a todos, familia lectora, una muy feliz Navidad.

Tanto a los que celebran en estas fechas con gran rigor religioso, como a los que como yo, lo llevan bastante más pagano, a los que ven nevar por la ventana como a los que están en pleno verano, os deseo unas fiestas con tiempo para cocinar y tiempo para saborear lo cocinado en buena compañía.

Sí, todos comeremos demasiado una vez más y algunos nos indigestaremos como siempre; sí, algunos beberán demasiado una vez más, especialmente ese tío materno con inconveniente afición a organizar concursos de eructos con los niños en la mesa; sí, vuestro cuñado contará esos chistes tan malos una vez más y será el único que se ría; sí, probablemente vuestra hermana os sacará de quicio una vez más y terminaréis soltándole alguna barbaridad, y sí, vuestra madre terminará llorando y en un momento dado de la velada miraréis a vuestro alrededor y pensaréis: -"¿Quién es toda esta gente y qué tengo que ver yo con ellos?".
Toda esa gente es la familia, con la que muchos compartimos poca cosa más que algunos genes despistados. Pero a pesar de que la mitad de entre ellos probablemente están locos, y que la otra mitad tiene una gran facilidad para volvernos locos e irritarnos hasta el infinito, los queremos. Y nos quieren. Al menos, la mayoría. Aunque nadie tenga ni idea de quién es realmente la persona que tiene sentada enfrente. Y bueno, al final del todo, lo único importante que nos queda es el amor, ¿no?

jueves, 17 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad : All I want for Christmas


¡BIRLUPBIRLUPBIRLUP!
Hace el ridículo timbre de estos nuevos teléfonos inalámbricos que ha comprado monsieur M. en un ataque de consumismo electrónico (no es verdad que ellos no consumen, lo que pasa es que consumen chismes aparentemente muy útiles, y generalmente muy caros).

Carreras desenfrenadas hacia el grifo de la cocina. Manos pegajosas de masa de gingerbread, de miel y de otras substancias no identificadas. Tropezón con Santa Madre, que pulula por la cocina montrealesa como lo ha hecho desde el primer día de su visita, cambiando todos los cacharros de sitio y cocinando sin parar. Desde su llegada, no ha hecho más que rebozar merluzas, alimentar en exceso a mis ya sobrealimentados gatos -que por supuesto, la adoran-, decirme que estoy muy flaca, rebozar bacalao, rascarle el cogotillo a Alfonso, decirme que estoy muy flaca y pasar la mopa de forma obsesiva.

Momento de confusión. No encuentro el teléfono. Levanto un plato de pimientos del piquillo rellenos, pimientos que vienen directos de la maleta de Santa Madre, que ha decidido que la ropa finalmente no es tan necesaria en un Montreal a veinte bajo cero, para qué traer jerseys de lana cuando se puede traer espárragos de Lodosa, pimientos del piquillo y turrón de Jijona. Localizo el auricular cuidadosamente envuelto en un trapo de cocina. Inexplicable, sí. Pero no con Santa Madre en casa.

Hija Ingrata, ligeramente sin aliento: -"Oui, allô?"

Santa Madre, con arrobamiento: -"Pero qué lista eres, y qué bien hablas francés."

Hija Ingrata, tapando el auricular con la mirada torva: -" Mamá. Por favor." De nuevo al teléfono: -"Perdone. No le he oído bien."

Pausa. Escucho, en parte con incredulidad y en parte con un poco de hartazgo de recibir siempre este tipo de llamadas. Suspiro ruidosamente. Oigo trastear a Santa Madre detrás de mí. Está sacando una sartén, probablemente dispuesta a rebozar a uno de los gatos, ahora que ya no nos queda pescado disponible. ¿Por qué me llaman todos los locos de la provincia de Quebec? ¿Por qué a mí? ¿Por afinidad? ¿Se habrá corrido la voz de que en la época en la que la veda del telemarketing canadiense estaba completamente abierta mi estilo de respuesta telefónica era, digamos, desenfadado?

Hija Ingrata, con carraspeo nervioso: -"Ajem. Perdone. Usted dice que es..."

Loco telefónico, con risotada risueña : -"Papá Noel, hija mía."
Ya empezamos. Primero una llamada de Dios, y ahora esto. Casi echo de menos los días en los que me llamaban para ofrecerme un servicio de limpieza en seco para alfombras. Santa Madre se ha desinteresado por completo de la conversación en francés, que de todas formas no entiende, y hurga furiosamente en el frigorífico. Debo de haber hecho una pausa demasiado larga para las normas de urbanidad telefónica, porque el desequilibrado al otro lado del hilo telefónico dice:

-"¿Perdona? ¿Sigues ahí?"

Hija Ingrata, respirando hondo: -"Eehm, sí. Papá Noel. O Santa Claus. O quien sea usted. Oiga, ya que estamos, ¿no habrá visto mi número colgado en algún tablón de anuncios del hospital psiquiátrico o centro de día del que me está llamando, verdad? Porque si es así, me haría un gran favor eliminándolo. Lo digo porque ya he recibido otra llamada de un interno. Y no soy un servicio psiquiátrico ambulatorio. Ni el "Teléfono de la cordura". O de la esperanza. O de lo que sea. "

Papá Noel, de excelente humor: -"¡Oh, JO, JO, JO!"

Genial. Un loco minucioso y con profesionalismo.

Hija Ingrata: -"Me alegro de amenizarle la tarde, Santa. ¿Y usted quería...?"

Papá Noel: -"El título no es necesario, guapa. Llámame Nick. O Nicolás. Llamo porque estoy repasando la lista, y no encuentro tu pedido."

Aaah. El pedido. Malditas compañías de regalos por catálogo. Esto ya no sólo es telemarketing prohibido, esto es venta agresiva. Les voy a meter un puro que se van a enterar.

Hija Ingrata, con toda la brutalidad de la que es capaz: -"Mire, Nick. Yo ya he comprado todo lo que necesitaba comprar por navidades. Acabo de terminar una larga fase de vuelta a los estudios, y soy pobre. Mucho. Enormemente. No pienso comprar nada más. Busco trabajo. No tengo dinero. Cero. Y a mi tarjeta de crédito está empezando a salirle eczema nervioso, de lo mal que lo está pasando. Y no me pregunte por mi marido, porque él medita, es zen, es budista y ha eliminado el apego, así que no hay ninguna esperanza de que vaya a comprarle algo. Así que tómese los antipsicóticos y felices fiestas."

Papá Noel: -"¡JO, JO, JO! No, no trabajo para ninguna empresa de ventas, te hablo del PEDIDO, de la carta que tendrías que haberme mandado pidiéndome tus regalos para esta Navidad."

Hija Ingrata: -"Con la de años de experiencia que tiene en su puesto, francamente, tendría que reciclarse, una formación no le vendría mal. Ya nadie escribe cartas, ahora se escriben correos electrónicos. Y yo no le he escrito desde hace un par de décadas, así que ahora no veo las prisas."

Papá Noel: -"Ah, eso de que no estoy al día es totalmente falso, guapa. Yo también pienso en ahorrar papel. Ahora puedes mandarme un correo electrónico sin problemas. Pero ya que estamos hablando, cuéntame: ¿qué quieres que te traiga este año?"

Hija Ingrata, cediendo y sentándose en una banqueta de la cocina, mientras Santa Madre abre una lata de atún y empieza a repartirla entre los dos gatos que la miran con amor absoluto :

-" Bof. Bueno. A ver... si me hubiera preguntado lo mismo hace dos semanas, hubiera pedido un buen libro para poder hacer algo que no hago desde que empecé a escribir la maldita tesina que revolucionaría el mundo de la lingüística : sentarme toda una tarde en el sofá y zampármelo de un tirón. Hace dos semanas todo lo que quería era descansar de la tesina, ir al cine, ver a los amigos, salir a cenar a Chinatown con monsieur M... todo eso. Hoy... digamos que mis prioridades han cambiado." Silencio.

Papá Noel, con voz suave: -"¿Ahora quieres pedirme otra cosa?". Breve. Invitador.

Hija Ingrata, con ojos ligeramente húmedos, saliendo de la cocina para escapar de la mirada interrogativa de Santa Madre y sentándose en el sofá, responde con voz un poco ahogada :

-" Pues mire, sí. Ha habido cambio de planes."

Papá Noel, dulce: -"¿Por qué?"

Hija Ingrata, respirando hondo, limpiándose de un manotazo una lagrimilla que se le ha escapado muy a su pesar: -"...pues porque después de la cena de celebración de final de tesina, cena abundantemente regada con champán, al llegar a casa y desvestirme me encontré un bulto en el pecho. No muy grande, Nick, no vaya a creer. Poca cosa. Un garbanzo."

Papá Noel, haciendo gala de un tacto y una capacidad de escuchar increíbles en un loco con obsesión navideña: -"...¿Y?"

Hija Ingrata: -" Y... parece mentira como un garbanzo puede cambiarle a una la perspectiva, Nick. De golpe, la tesina y sus correcciones finales no eran importantes; el que Santa Madre viniera de visita y engordara a los gatos y me irritara con sus ataques de maternidad ultraconcentrada no era nada grave; la inminente sobredosis de pavo con la familia de monsieur M. dejó de ser terrible. Y rápidamente empezó el baile: médico de cabecera, cirujano, mamografía, ecografía, posible biopsia. Nunca, al menos desde que Sobrino Espitoso puso en duda mi pertenencia al género femenino, nadie había mostrado tanto interés científico por mis tetas como durante los últimos diez días." Nueva respiración honda. Caray, lo que puede terminar contándole una a un desconocido con barba de nylon.

Papá Noel, hablando aún más bajito: -"¿Y qué te gustaría este año por Navidad, guapa?"

Hija Ingrata, con la voz temblorosa: -" Si puedo pedir realmente lo que quiera, Nick, le pediría un buen quiste mamario. O un fibroadenoma. Lo que sea, con tal de que no sea canceroso. Porque si resulta que de verdad estoy mala, los niveles de desvelos maternos de Santa Madre van a subir hasta un punto intolerable. Y hay un límite a la cantidad de comida rebozada que puedo ingerir. Tanto amor podría matarme." Mira a hurtadillas hacia la cocina. Ya lanzada, continúa:

-"Y he sido buena, Nick. Bueno, a lo mejor no todo el tiempo, pero la mayor parte. Y cuando no he sido buena, a mi compañero le gustaba. O a mis lectores . Así que no cuenta."

Papá Noel, con voz cálida y llena de confianza: -"Está hecho, guapa. Tomo nota. Feliz Navidad y un abrazo muy grande."

Hija Ingrata, ahora llorando a moco tendido, sacando un kleenex del bolsillo y sonándose ruidosamente: -"Feliz Navidad a usted también, Nick. Le dejo, antes de que mi madre indigeste a los gatos. Cuídese."

La línea me devuelve un pitido. Cuelgo, me enjugo los ojos, me insulto mentalmente por mi patética blandenguería, me repeino un poco y me dirijo de nuevo a la cocina, a seguir decapitando hombrecitos de jengibre y a repegarles las cabezas arrancadas al intentar pasarlos a la bandeja de horno. Por el pasillo advierto a Santa Madre que si Alfonso alcanza la obesidad mórbida pienso denunciarla a la protectora de animales.

Exactamente veinticuatro horas más tarde, salgo de una clínica tras hacerme la segunda ecografía en una tarde, con el diagnóstico en la mano: Papá Noel me ha traído un fibroadenoma por Navidad. De la talla de un garbanzo.

Decido andar hasta una estación de metro más lejana para darme tiempo de respirar. Paso delante de unos grandes almacenes en los que un Papá Noel flacucho del Ejército de Salvación agita una campanilla y lanza un "Jo, jo, jo" castañeteante de entre la barba postiza torcida (estamos a diecinueve bajo cero). Me paro, busco un par de dólares, los echo en el bote y a su "Merci!" respondo muy seria: -"Gracias a usted, Nick."

(Dedicado a todas las que esperan un diagnóstico, llenas de inquietud. No estáis solas, chicas).

domingo, 13 de diciembre de 2009

Pechugas (con perdón) de pavo rellenas / Poitrine de dinde farcie (et non, ce n'est pas celle de Pamela Anderson) / Stuffed Turkey Breasts for Two


Noema, la bloguera berlinesa más dicharachera e intercultural del universo culinario, me ha metido en este berenjenal del calendario de Adviento. No sin cierto resentimiento, me dispongo a cumplir con la misión encomendada: explicar una receta navideña típica de Canadá. El resentimiento es sobre todo debido a que para cumplir mi promesa he tenido que posponer mis actividades prenavideñas-post-tesina: beber eggnog calentito con abundante ron y nuez moscada (ayer nos cayó encima la primera nevada: 25 centímetros de esplendor blanco que incitan aún más a la bebida). Tras tomarme un café para espabilarme de sus efectos, palear nieve para desenterrar el coche y poder salir a buscar la materia prima para la receta, me lanzo al cumplimiento del deber.

Es verdad que en el fondo no es culpa de Noema. Ella preguntó y yo dije que sí. Tampoco es culpa suya que me haya decidido por el pavo relleno clásico, receta federalista y "pancanadiense" donde las haya, en lugar de otras recetas navideñas más quebequesas y nacionalistas como la tourtière, le six pâtes, cipâtes o cipailles, todos ellos nombres que denominan unos pasteles de carne típicos en la cena navideña quebequesa. Mi elección de receta no se basa tanto en mis opiniones políticas como en un problema de ingredientes: sé que a muchos lectores les resultaría difícil encontrar la mezcla de carnes de caza (de liebre, ciervo, caribú, que es un tipo de reno típico de estas tierras, y alce) que es la base de este pastel.

Me niego a ser declarada responsable de que una panda de gastronómos desequilibrados se pongan a disparar sus escopetas de postas en diversos puntos de Europa y de América Latina, con la intención de rellenar sus tourtières. Los pavos son más abundantes, más baratos y más fáciles de encontrar. Y suelen venderse ya muertos. Personalmente, en calidad de comedora habitual de tofu, tengo que decir que me resulta más llevadero rellenar un pavo, un animal con una papada ridícula y una mirada bastante poco inteligente, que emite absurdos ruidos como gobble, gobble (¿o era clock, clock? :-), que ponerme a saltear con cebolla un picadillo de Bambi o de Rodolfo el reno.

Si os parezco poco entusiasta, es simplemente porque aunque me gusta el pavo relleno, todas las navidades termino comiéndolo numerosas veces. Es lo que tiene vivir en un país en el que el divorcio es algo muy frecuente. La gente se casa, tiene niños, se "descasa", se casa de nuevo. Y las cenas familiares se multiplican. Paradójicamente, cuando las relaciones entre viejos "ex" y nuevas familias son buenas, la presión digestiva empeora. Un joven adulto tiene que asistir habitualmente a la cena navideña con la familia de mamá y su nuevo compañero, la de papá y su novia al día siguiente, y la de la familia de su propio novio/a. Si tienes encima la mala suerte de que tu novio/a ha estado previamente casado/emparejado y se lleva bien con su "ex", es bastante posible que también haya cena festiva con el "ex" en cuestión y su nueva familia. Sólo de pensarlo me dan ganas de correr a por la sal de frutas.

Normalmente al tercer pavo acompañado del tradicional pedazo de tourtière y regado con el tradicional ragoût de boulettes (guisado de albondiguillas), el exceso de carne y la carencia de fibra y de horas de sueño me tienen ya para el arrastre. Hacia Año Nuevo si veo otro áspic de arándanos, de col, de pepinillos, de lo que sea, acompañando al pavo mientras alguien con muy buena intención me dice que lo ha hecho "especialmente para tí, porque sé que te gustan mucho las verduras", me dan ganas de suicidarme (comiendo una ración, sería un método infalible, probablemente explotaría con gran estrépito).

Las verduras gelatinizadas no son mi idea de una guarnición de verduras. Cuando una lleva siete días seguidos trasnochando, escuchando los chistes verdes de su cuñado y sin ir al baño, entra en un estado de consciencia alternativa. Yo personalmente, empiezo a sentirme bastante Shrek. Y si propongo esperanzada: -"¿Por qué no hacemos una ensalada de lechuguita para acompañar al pavo?", la respuesta invariable, tras un largo silencio incómodo, suele ser : -"¿Por qué?". Ante tal abismo cultural no se puede hacer nada. Ir al baño pertrechado de los "Hermanos Karamazov" o una novela igualmente larga, es todo lo que nos queda. *Suspiro*.

En cualquier caso, he aquí la receta, muy rica si se come sólo una vez o, como máximo dos, utilizando las sobras frías para bocatas, o para una... ensalada.

INGREDIENTES Y MATERIAL NECESARIO

(para dos personas después de haber paleado mucha nieve, o para cuatro comensales razonables):

- Dos pechugas de pavo de talla respetable. Las pechugas de pavo son por naturaleza de talla respetable, sin necesidad de ser criadas con hormonas ni infladas al helio ni a la silicona, como las de Pamela Anderson, orgullo de la nación canadiense. Si hacéis esto para un regimiento, animaos con el volátil entero. Calculad si entra en el horno antes de comprarlo.

- Vino blanco de calidad aceptable. En la foto, un Sauvignon blanc. Oh, la, la.

- Una jeringuilla. Sí, sí, una jeringuilla. De venta en farmacias españolas. Probablemente, a no ser que España haya cambiado mucho, tendréis que explicar al farmacéutico para qué queréis la jeringuilla, delante de un montón de jubiladas que os mirarán con aprensión. Tendréis que responder: "Para inyectarle vino a un pavo". Muy posiblemente os harán repetir. Pasaréis vergüenza, sí, pero esta receta lo vale.
En este país se venden unas enormes jeringuillas de talla "malvada enfermera sadomasoquista te dará lo que mereces, pillín", como podéis ver en la foto, especialmente concebidas para chutar pavos, inspectores del fisco y otros animales de gran talla. (Este último párrafo va a disparar el número de visitas, lo sé.)

- Cordel de cocina para atar las pechugas.


PARA EL RELLENO:

- Restos de un buen pan, puede estar un poco seco, pero no verde. Ni azul. Ni peludo. Yo utilicé cinco rebanadas de un buen pan de centeno.

- Cranberries. Canneberges, en francés. Lo siento, éste es el toque canadiense de la receta. Cualquier arándano o baya ácida -comestible, ¿eh? que no quiero disgustos- a vuestra disposición puede servir. Si no encontráis ninguna, compensad con albaricoques secos, que tienen un toque acidillo interesante.

- Nueces de California y de pecán peladas, tostadas un poco en el horno para que suelten los aromas, y picadas groseramente. No diciendo groserías, sino en pedazos grandes. La cantidad va según vuestros gustos. Yo soy bastante crunchy, es mi carácter.

- 1 rama de apio picada.

- 2 o 3 cebollas verdes, o cebollino inglés, o como lo llaméis. Picadas.

- 1 cebolla de tamaño medo, bien picadita.

- Perejil picado

- Ciruelas pasas, albaricoques secos, pasas de Corinto, todos ellos deshuesados y picados en daditos. La cantidad... y yo qué sé. A ojo. Las ciruelas tienen la virtud de añadir fibra a la receta e impedir que al de una semana de celebraciones navideñas me levante de la mesa dispuesta a matar a mi familia política.

- 1 manzana ácida pelada y picada en cubitos. Idem por la fibra.

- Salvia (fresca o seca), mejorana, pimienta, sal.


COMO GUARNICION
(merde de teclado francés, no encuentro los acentos españoles en las mayúsculas):

- Puré de patatas caserito (al que podéis añadir batata si queréis un plato con toque realmente americano)

- Calabaza asada (la de la foto fue una acorn, asada a fuego lento tras ser regada con un chorrito de aceite de oliva y otro de sirope de arce que la caramelizó magníficamente, y salpimentada con amor)

- Coles de bruselas salteadas al ajillo, o vainas, o cualquier otra verdurita invernal. Esto es por pura supervivencia, mi familia quebequesa prescinde de ellas.

- Si pasáis por Ikea, podéis encontrar un bote de salsa de arándanos suecos, que puede compensar por la falta de cranberries. No, no tengo acciones en Ikea. Aunque debería.


PREPARACION:

Un día antes de cocinar las pechugas, dos si es un pavo entero, chutar sabiamente vuestro cadáver de volátil con un vasito de vino blanco. Se trata de distribuir el vino lo más uniformemente posible, no de inyectarlo todo en el mismo sitio y provocar una "ampolla" gigante. La idea es que la carne marine en el vinito y se vuelva más jugosa, porque, a quién voy a engañar, el pavo es barato y magro y sano, pero seco como una piedra si uno no tiene cuidado al cocinarlo. Lo sé, os sentiréis un poco raros con vuestra jeringuilla en la mano. Siempre podéis poneros un capítulo de "House", "ER", "Nip & Tuck" u otra serie médica en el DVD para ambientaros un poco. "Six feet under" también vale, si jugáis a que estáis embalsamando el pavo.

Cuando hayáis terminado de aplicarle este tratamiento indigno al pobre pavo, podéis frotarlo con un poquito de aceite de oliva. Si es un pavo entero, meter los dedos debajo de la piel, y salpimentarlo y sazonarlo con las hierbas que queráis, siempre por debajo; la carne se mantendrá jugosa gracias a la piel. Escatológico, sí, pero funciona.


Mientras la carne marina tranquilamente, picar todos los ingredientes del relleno (salvo las cranberries, para los que puedan conseguirlas). Mezclarlos todos en un bol, salvo las cebollas verdes, el apio y la cebolla, y sazonadlos. Regarlo todo con otro chorrito de vino blanco.

En una sartén aparte, sofreír el apio, la cebolla y las cebollas verdes hasta que estén tiernos. Esperar a que se enfríen y mezclarlos con el resto del relleno.

Es el momento de cortar las pechugas y abrirlas en forma de libro. Si no habéis visto nunca un libro, podéis ir a la biblioteca municipal, está llena. Rellenar como podáis vuestras pechugas (bueno, no las vuestras, las del pavo).



Atarlo todo hábilmente. Dar de nuevo un masajito relajante a la carne con aceite de oliva (si queréis hacerlo realmente à la canadienne, venga esa mantequilla). Salpimentar. Aceitar una fuente de horno y meterlo en el horno precalentado a 190º.

¿Cuánto tiempo? Difícil de decir. Depende de un gran número de factores: la talla de las pechugas (y dale), el estado de decrepitud del horno, el estado de decrepitud de tu cuñado, que anda por ahí rellenándote la copa de vino en la esperanza de que te dejes pellizcar cuando empieces a cocerte ligeramente... En mi caso, una hora y cuarto, más o menos. El tiempo de intimidar a mi cuñado con un cuchillo santoku, de ordenar a los vagos de sus hijos que pusieran la mesa y de hacer el puré de patatas.

Vigilar el pavo y regarlo de vez en cuando con el jugo que desprende, hará que se dore de una manera muy apetitosa. Para un pavo entero, os sugiero asarlo tapado con un papel de aluminio durante la primera hora y media, y destaparlo para terminar la cocción, para que no seque demasiado. Estará hecho cuando la carne se desprenda fácilmente del hueso y que no se vea jugo rosa al cortarla. Aquí lo explican muy bien.

A la hora de servir, advertir a los más cocidos (y no hablo del pavo) de que corten los cordeles antes de comérselos. En trozos pequeños se digieren mejor. Y contienen esa fibra tan ausente del menú clásico quebequés.

Coronarlo todo (y nunca mejor dicho) con una magnífica corona de jengibre hecha con una de mis recetas favoritas: la de cake jubiloso de jengibre. Y un vasito de Eno.

martes, 6 de enero de 2009

Los Reyes han pasado...


... y se las han arreglado para dejar un roscón, incluso a los que hemos sido buenos en Montreal. (Bueno, hay que decir que hemos sido TAN buenos, que hemos pasado toda una tarde currándonos el roscón, todo sea por la tradición.)


Espero que vosotros también hayáis sido buenos. Feliz día de Reyes.

lunes, 5 de enero de 2009

Chipirones transatlánticos: HEMC 29

El día de Nochevieja os conté el menú que había preparado para sumergir a mis amigos quebequeses en un océano de vasquitud, y las dificultades de encontrar algunos de los ingredientes de este menú a este lado del charco. Muchos de los lectores que comentaron ese post manifestaron su curiosidad por la reacción de mis invitados ante platos tan -para ellos- extraños como las gulas, los txipirones en su tinta o los caracolillos de mar. Pues bien, puedo deciros que no sólo se atrevieron a probarlo todo, sino que, ante mi gran sorpresa, todo pareció gustarles (vamos, que ninguno corrió a escupir nada en el baño).

Sigo pensando que si lo de revolucionar el mundo de la lingüística no termina de cuajar, aquí en Montreal puede tener futuro lo de abrirse un tascorro de pintxos. De los de verdad, con un mar de cáscaras de mejillones y serrín inundando el suelo del establecimiento, en ese estilo bárbaro que caracteriza los tascorros. Tendría que bregar un poco con las asépticas autoridades sanitarias de Quebec, sobre todo para justificar los jamones colgados del techo goteando grasilla tocinera sobre la concurrencia, pero yo creo que tendría futuro.
El mérito no lo atribuyo tanto a mi forma de cocinar (todo me quedó correcto, el pastel de pescado -abajo, izquierda- podría ser calificado de bastante bueno, pero nada que me procure un empleo en Arzak, vaya), sino a la mente abierta y curiosa de mis amigos, siempre sedientos de conocer otras culturas y de probar cosas nuevas. Hicieron muchas preguntas sobre la forma de preparar los platos y las ocasiones en las que se comen. Les conté todo tipo de mentiras (siempre me ha gustado la antropología creativa), como que los txipirones los comemos los vascos sólo en noches de luna llena y desnudos (a excepción de la txapela), o que antes de probar las gulas entonamos un cántico ritual golpeándonos el pecho con los puños. Todo sea por exportar nuestra cultura secular.

Lo que más éxito tuvo fue, sorprendentemente, los caracolillos de mar, quizá por lo simple de su preparación. Los chipirones impresionaron por su color, y por su efecto sobre el aparato digestivo (tuve algunas llamadas preocupadas el día de Año Nuevo).




Mi What-the-Dickens-Whisky-Fruitcake (del que aún no habíais visto una foto -arriba, derecha-, porque estaba "marinando" en las profundidades del frigo) fue muy bien acogido, a pesar de que algunas de las damas sugirieron que el año que viene debería cargar menos la mano en lo que al alcohol se refiere. Los caballeros presentes exclamaron, ultrajados: -"¡Ni hablar! ¡Está perfecto!". Lo que confirma mi impresión de que en lo que al whisky se refiere, las papilas masculinas están más curtidas que las femeninas.
******************
Curiosamente, por una de esas coincidencias del mundo blogueril, Pilar, de la cocina de Lechuza, ha propuesto los calamares como ingrediente del Hecho en mi Cocina de este mes de enero. El blog de Pilar merece la pena de ser visitado, porque se esfuerza en conservar y transmitir todas esas recetas de cocina casera con las que hemos crecido, que no por conocidas y modestas dejan de ser deliciosas, y nos las explica con una claridad ejemplar.

Este mes participo sólo por la coincidencia en la propuesta del HEMC y mi menu de Nochevieja, pero mi receta no propone nada innovador: es la clásica receta de chipirones en su tinta, la más simple que he encontrado. Me parecía interesante publicar el plato para dar la oportunidad a los lectores de este lado del Atlántico de aprender a cocinar este plato simple, sano, barato y espectacular. La receta, de Arguiñano, nuestro vasco impresentable internacional, podéis verla aquí. Yo añadí al sofrito para la salsa un pimiento verde, que parece ser el toque familiar (según consejos telefónicos de Santa Madre y Estoico Hermano).

Un saludo a todos y que los Reyes os traigan todo... lo que habéis merecido ;-).

domingo, 4 de enero de 2009

Short term shortbread



Éste es uno de los últimos dulces navideños de mis famosas cajas de surtido casero que voy a publicar (el último, creo que ya os lo imagináis). Maite, fiel lectora, me pidió no hace mucho una receta fácil de galletas, para alguien que, como ella, no ha probado a hacer nunca y acaba de comprarse unos cortapastas.

El muy escocés shortbread es probablemente una de las galletas más fáciles y más agradecidas de hacer. Y una de las más deliciosas. Y de hecho, ni siquiera necesita cortapastas. De sus propiedades atasca-arterias no hablaremos, corramos un tupido velo, aún es Navidad. Ya llegará la cuesta de enero con su festival de dietas, sus gimnasios llenos de desesperación y michelines. Por ahora, y hasta el el 7 de enero, San Michelín, let's eat, drink and be merry, qué demonios.

Los espectaculares moldes de shortbread que véis arriba son un regalo anticipado que recibí de monsieur M. Regalo totalmente desinteresado por su parte, ya que él odia la mantequilla y todo lo que huele o sabe a ella. Y es que al pobre monsieur M. le pasó un poco lo mismo que a Obélix con la poción: cuando era pequeño (y cómo me cuesta imaginarlo pequeño) se comió enterito un paquete de media libra. Él solo.

Ya sabéis lo que son los niños: dejas a uno de cinco años solo media hora en una habitación con un bloque de mantequilla, y zas, la has liado. Esas cosas no se olvidan fácilmente. A mí me pasó algo parecido con las ostras, que adoraba, hasta que me tragué una que llevaba demasiado tiempo en tierra firme, y me pasé unas navidades abrazada al retrete. Pero pasemos a asuntos más alegres.

Estos magníficos moldes de barro refractario son un regalo por haber terminado los primeros de mis numerosos estudios emprendidos. Aunque no os interese un pimiento, tengo que anunciarlo al universo entero: no, no he terminado la maldita tesina, pero acabo de terminar el máster en traducción. Es oficial, un hecho: ya soy traductora. Sólo me queda el monstruo de la tesina y seré también licenciada en lingüística. Confío en que dentro de pocos meses, ahora que mi pluriempleo académico se ha reducido un poco.

Bueno, pues ahí va la receta clásica. La forma no me quedó muy bien porque estrenaba los moldes y tendría que haberlos dejado un par de minutillos más en el horno, pero con lo golosos que son en mi familia política, tendré tiempo de perfeccionar la técnica.

SHORT TERM SHORTBREAD

(El nombre es por la rapidez de la receta, que no requiere muchas historias)

Ingredientes:

- 1/2 taza de mantequilla de buena calidad (unos 145 gr.) a temperatura ambiente. Crucial, si no queréis poneros de mala leche intentando reblandecerla. Lo mejor, dejarla toda la noche fuera del frigo. Yo uso salada, porque me gusta la pizca de sal en lo dulce, pero va a gustos. Y aquí la margarina no sirve. No sólo no sirve, es un sacrilegio.

- 1/3 taza de azúcar

- 1/4 de cucharadita de extracto de vainilla (opcional, pero más rico). Que sea natural, porfa. La vainilla artificial sabe a ambientador Glade. Y ya habrá algún listo que me preguntará si le he dado un lametón a un ambientador. Mis prácticas privadas no son asunto vuestro.

- 1 taza de harina blanca (no hay versión integral-sana-harekrishna-hare-rama de esta receta, chachos. Si queréis salud, mejor os hacéis una ensalada de berros y olvidáis los shortbread).

Elaboración:

Batir la mantequilla esté bien cremosa y ligera. Añadir el azúcar y seguir batiendo, hasta obtener una textura suave y untuosa. Añadir la esencia de vainilla. Ir mezclando progresivamente la harina hasta obtener una masa. Trabajar la masa en una superficie enharinada, hasta que todos los ingredientes estén bien incorporados y la masa sea suave.

Engrasar muy ligeramente una fuente de horno, y presionar la masa firmemente en ella. Pinchar toda la superficie con un tenedor, y hornear a 165 º unos 30-35 minutos, hasta que esté ligeramente dorada. Dejar que el shortbread se enfríe un poco en la fuente durante unos diez minutillos, y tras despegar los bordes con un cuchillo, dar vuelta a la fuente encima de una tabla de cortar. Cortar en rectángulos (si la fuente es cuadrada) o en triángulos (si es redonda) mientras aún esté tibio. Espolvorear con una pizca de azúcar si se desea. Saborear sin culpabilidad, saben mejor.

viernes, 2 de enero de 2009

Tartaletas de eggnog al ron

Ya sólo queda Reyes (en España, porque aquí no es festivo), y las fiestas se acabaron. Pero que no cunda la tristeza y el temor a los kilos ganados, aún tenemos motivos para celebrar.
Aunque sólo celebremos lo apañadito que es hacer un postre de sobras. En este caso, aproveché medio envase de eggnog que quedaba en la nevera, aunque si vosotros no habéis hecho, no es necesario poneros a preparar uno como ingrediente base. En el fondo, el eggnog no es más que un batido con huevo y ron, aderezado con especias. Para sustituírlo, no tenéis más que hacer una crema pastelera normal y corriente, con vainilla, y añadirle durante la cocción una cucharadita de ron, un poco de canela, nuez moscada y clavo, y ya tenéis el sabor navideño canadiense.
Por una vez, y contra mi costumbre, utilicé tartaletas de masa quebrada congelada. Y es que he trabajado tanto en mis cajas de galletas como regalo, que ya no me quedaba energía repostera para ponerme a hacer la masa. Y éste es un postre de sobras, al fin y al cabo.

Como habrá alguno al que la decoración le llame la atención, os daré el truquillo: más sobras. En este caso, de caramelos rayados de menta, de hacer el fudge. Los metéis a horno medio (180º) encima de un pedazo de papel de aluminio, y no dejáis de vigilarlos hasta que se fundan lo suficiente como para formar estas "pastillas", pero sin dejar que se quemen. No decoréis las tartaletas hasta el último momento, porque la humedad de la crema hace que los caramelos "destiñan" (ver foto). Lloran, los pobres, porque lo bueno se acaba.

jueves, 1 de enero de 2009

Feliz ano nuevo

No, no me he equivocado, tampoco es culpa del teclado, he escrito exactamente lo que quería escribir. Tras años de enseñar en la escuela primaria y en los collèges para adultos, y de recibir enternecedoras -pero erróneas- tarjetas de Navidad de mis alumnos, y de contenerme la risa porque a pesar de todo lo habían escrito con afecto (y sin diccionario); a pesar de constatar que tras meses de mis titánicos esfuerzos aún no eran capaces de escribir año como Dios manda, no he podido reprimirme: tenía que desearos un feliz esfínter a todos.

Ahora un poco de seriedad:

Que todos vuestros proyectos se realicen, que tengáis tiempo (y si no, lo busquéis, leñe) para pasarlo en buena compañía, que déis y recibáis todo el amor posible, que el 2009 sea todo lo que esperáis de él, y aún más.

Un beso nórdico.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Esta noche es Nochevieja...

Normalmente, nuestra forma de celebrarla es una open house, a la que los amiguetes vienen botella y algo de picar en ristre, llegan cuando les da la gana, y se van cuando los echamos. Este año, dios sabe por qué, se me ha ocurrido hacer una cena "mas íntima", con poca gente, supuestamente para ahorrar trabajo. Sopesando el curro de encontrar y tirar los vasos vacíos perdidos en el cuarto de baño, versus pegarme la megacocinada para una cena completa, creo que cuando propuse la idea no debía de haber tomado suficiente café. En fin.

El caso es que ya estoy manos a la obra, (o al puchero), y que tras numerosas llamadas transoceánicas a mi Santa Madre, todas ellas empezando con la frase: -"Oye, ama, ¿tú cómo hacías los...?", varios concilios con Estoico Hermano (que aprendió a hacer respetables alubiadas en su más tierna juventud, para alimentar al retoño de la familia -servidora- en ausencia de los padres) y Recia Cuñada, experta en tortillas, (no, María Fernanda, no las de maíz, las de patata), que me sugirieron varios pintxos, y correos telegráficos (cuando escribo un correo electrónico a Estoico Hermano, puedo permitirme la parquedad) de este estilo:

"Txipis conseguidos. STOP. Negros como los cojones de un grillo. STOP. Atacando piquillos rellenos en este momento. STOP. Pensando en abrirme un taskorro de pintxos. STOP."

...el resultado final es un menú más típicamente vasco que la invención de la txapela. Todo está elegido en función de impresionar a fuerza de exotismo a los amiguetes francófonos, y hacerles probar manjares para ellos desconocidos. Para ello, no he dudado en diezmar mi tan preciada despensa de productos inexistentes a este lado del charco, productos traídos con amor (y mucho papel de periódico), por mi vieja amiga Sumire, como mi alijo personal de gulas y el extracto de tintas de txipirón, hallazgo que nunca podré agradecerle lo suficiente. Me he basado en la suculenta mesa tradicional que mi aita y ama preparaban con mucho trabajo y dedicación. Esta vez, nada de "paelha".

Au menu, ce soir (ojo a las traducciones, no tienen desperdicio):

Pintxos variados (Hors-d’œuvre)
Crema de piquillos y anchoas

(Crème « terre et mer », poivrons grillés et anchois)

Banderillas y aceitunas
(Marinades et olives)

Magurios, karrakelas o bígaros (caracolillos de mar, vaya)
(Bigorneaux)

Caviar de tiempos de crisis (osea, de lumpo)
(Caviar en temps de crise)

Ensalada de bacalao
(Carpaccio de morue) ¿A que suena fino?

Surtido de charcutería : lomo, jamón, salchichón, chorizo (enviados por correo por mi Santa Madre, que ha inventado un nuevo tipo de tarjeta navideña en tres dimensiones: la tarjeta con embutidos)
(Charcuteries espagnoles assorties)

Pastel de pescado y marisco
(Terrine de poisson et fruits de mer)

Pimientos del piquillo rellenos de bacalao
(Poivrons grillés de Navarre farcis de morue) (Tengo contactos en Lodosa)

Entrante caliente (Entrée chaude)
Angulas de la Gran Depresión: gulas al ajillo
(Fausses civelles -civelles de la dépression économique- sautées à l’ail)

Plato principal (Plat de résistance)
Txipirones en su tinta (esto no lo comíamos en Nochevieja, pero el negro de la salsa siempre da mucho qué hablar, como por ejemplo advertir al personal lo que pasará al día siguiente, después de haberlos digerido. Genial como tema si la conversación decae un poco)
(Calmars dans leur encre)

Postres (Desserts)
Postres variados de Navidad : turrón, polvorones, peladillas, saca la zambomba María.
(Desserts espagnols assortis)

What-the-Dickens-Whisky-Fruitcake (no tiene nada de vasco, pero al fin y al cabo, los vascos somos de donde nos da la gana)
(Gâteau aux fruits au whisky)

Bebidas (Boissons)
Agua mineral a voluntad
(Perrier à volonté :-)

Vino tinto, peleón
(Vin rouge, ahem!)

Cava -¡hemos encontrado una botella de Freixenet!-; ya sólo me falta bajarme un anuncio de Porcelanosa.
(Champagne espagnol)

Licores
(Digestifs)


... y mañana la cocina montrealesa tendrá esta pinta...

Pero habrá valido la pena. De esta, me abro un tascorro, lo juro.

Pasadlo bien.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Fudge fácil de fin de año


¿Qué creíais? ¿Que ya empezaba con las recetas ligeritas de"eliminemos la grasa navideña"? Noooo, estimados y pacientes lectores. Nada de eso. Ya habrá tiempo para la culpabilidad, las dietas absurdas y el rechinar de dientes en enero. Por el momento, y a pesar de mi propuesta vegetariana de ayer, voto por revolcarnos en el azúcar y la grasilla propia de estas fiestas, con alegre hedonismo y navideña inconsciencia.

La receta de este dulce de origen americano, el fudge, consistente y pegajoso manjar que hace las delicias de niños y dentistas, es facilísima, y como después de las comilonas de Nochebuena y Navidad la energía y el dinamismo comienzan a fallarnos un poco, es un buen momento para hacer este postre festivo, que queda estupendamente como regalo o como suave venganza contra esa prima detestable (tooma calorías directas a los muslos).
Para prepararla ni siquiera hace falta un horno, sólo necesitamos unas pocas guarrerías, un microondas y un martillo. Lo cual es un síntoma bastante claro del toque trash de esta receta. Al fin, una receta que aúna los estilos de los dos habitantes de esta barraca montrealesa: el bricolaje y la cocina.

Éste es un fudge de chocolate a la menta, con tropezones de bastones de caramelo, típicas chucherías que los niños canadienses encuentran en sus calcetines navideños. Si aún conserváis uno de esos viejos empastes grises pasados de moda, éste es el momento de librarse de él. Y de remplazarlo por uno de esos blancos, modernos, en resina, que han pagado dos tercios del mercedes que conduce mi dentista.

Procedamos:

INGREDIENTES

- 1 paquete de unos 350 gr. de chocolate chips (¿pepitas de chocolate?) de al menos 70% de cacao. Cuanto más negras, más rico el fudge (y menos empalago).

- 1 lata (300 ml.) de leche condensada

- 1/2 de taza (85ml.) de bastones de caramelo de menta, o de cualquier caramelo de menta de rayas, rojas y blancas o rojas y verdes, (por lo del aspecto), molido groseramente. (No, no quiere decir que hay que ser grosero mientras se muelen, sino que metéis los caramelos entre dos trapos y dais rienda suelta a vuestras frustraciones acumuladas en 2008, machacándolos con un martillo hasta reducirlos a migas. Yo probé a hacerlo con el molinillo de café de monsieur M., porque no me sentía demasiado frustrada. Tras casi haber quemado el motor del molinillo y no haber conseguido gran cosa, me sentí lo bastante frustrada como para darle al martillo con saña).

- 1/3 de taza de bastones de caramelo, molidos más finamente (sin blasfemar, vaya).

- 1 cucharada de mantequilla (dos, si el fudge es preparado en guisa de venganza).

- 2 o 3 gotas de esencia de menta (opcional)
- una pizca de sal (esto son manías mías)

PREPARACION:
Se mezclan en un recipiente apropiado para el microondas las pepitas de chocolate, la leche condensada (sin la lata), la esencia de menta, la sal y la mantequilla. Cocinarlos dos o tres minutos a potencia máxima, hasta que el chocolate se haya fundido.

Mezclarlo todo con alegría (y un cucharón). Añadir los bastones de caramelo molidos finamente. Revolver de nuevo hasta conseguir una pasta homogénea (un par de minutos).

Verter en una fuente cuadrada o rectangular, previamente engrasada (ligeramente, abundantemente si los fines de la receta son pérfidos y vengadores). Espolvorear por encima con ánimo decorativo los bastones molidos groseramente, profiriendo groserías si así lo deseáis.
Una vez enfriado, meter al frigorífico. Cortar en cuadrados cuando esté completamente frío. Como presentación, os aconsejo distribuir los cuadrados de fudge en cestitas de papel de las que se usan para hacer madalenas.
Es una receta tan fácil que hasta un niño de seis años sería capaz de hacerla. Yo no fui capaz, así que tuve que buscarme un niño de seis años para que me ayudara.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Feliz Navidad / Joyeux Noël / Merry Christmas / Bon Nadal / Zorionak


Tras una noche maratoniana con la familia política, al llegar a casa monsieur M. y yo nos abalanzamos a nuestros pijamas de cuadros y nuestras pantuflas, encendemos el árbol, metemos en el DVD cualquier clásico que dure más de tres horas (suele haber pelea entre "Doctor Zhivago" -yo- y la trilogía completa del "Señor de los anillos" -él-, el primero que necesite hacer pis es un flojo) y nos arrebujamos en el sofá con sendos gatos en sendos regazos, en un estado de feliz estupor digestivo semicomatoso.

No sin antes desearos a todos una muy Feliz Navidad, si es lo que celebráis, o unas Felices Fiestas (sean las que sean: Hanukkah o Jánuca, Kwanzaa, para el Ramadán llego tarde*, pero nunca es tarde si el solsticio es bueno...).

Y si aún hay alguno que gruñe y pone objeciones, os deseamos ser simplemente felices. Que ya es mucho.

*******************

(* Nota: me dice un amiguete musulmán que casi llego para la fiesta de Aïd El-Kebir o Eid al-Adha, así que felices fiestas ;-)

martes, 23 de diciembre de 2008

't was the night before Christmas / La víspera de Navidad

(Traducción-versión muy ¡ajem! libre del poema de Clement Clark Moore, «'Twas the night before Christmas», un clásico navideño americano.)

«Era la víspera de Navidad, y todo en la barraquita montrealesa era paz

nada se movía, ni siquiera Alfonso, ese campeón de la siesta;

los calcetines cuidadosamente colgados en la chimenea, las luces del árbol puestas,

con la esperanza de que San Nick llegaría pronto (y sin hacer ruido).

Monsieur M., y servidora estábamos acurrucados y abrigaditos acogedoramente en la cama como niños pequeños,

mientras visiones de bombones y de taladros inalámbricos (adivinad quién soñaba con qué) bailaban en nuestros sueños;

y yo con mi pijama estampado en muffins, y monsieur M. en su más puro estilo zen

(este nórdico hombretón no cree en los pijamas y duerme al natural)

acabábamos apenas de amodorrarnos para un largo sueño invernal,

cuando fuera, en el parterre, se oyó un ruido tremendo, como de vajilla rota,

salté de la cama dispuesta a atrapar a la maldita marmota.

Como un rayo corrí a la ventana,

la abrí temblando (no veais el biruji que hace en Montreal, a las tantas de la mañana).

La luna iluminaba la nieve recién caída, dándole un brillo de mediodía,

cuando, ante mis ojos asombrados vi como aparecía,

no Doña Marmota, sino un trineo tirado por renos,

con un tipo barbudo a las riendas, tan vivaracho y animado,

que asombrada pensé: -"Jo, no debería haber añadido tanto ron al eggnog que me he tomado".

Hasta que miré mejor y me dije, para el cuello de mi pijama:

"Debo de estar como una cuba, mejor me vuelvo a la cama,

el tipo este se parece a San Nick, Papá Noel, Santa Claus, vaya."



(De fondo, sonoro ronquido de monsieur M., desde la cama).

Mientras me frotaba los ojos, incrédulos y soñolientos,

el trineo comenzó el descenso.

Rápidos como centellas los renos trotaban,

y el barbudo en cuestión silbó, y gritando los llamaba:

"¡Vamos, Dasher, venga, Dancer! ¡Vamos, Prancer y Vixen!"

"¡Venga, Comet! Venga Cupid! ¡Venga, Donder y Blitzen!"

"¡Al balcón! ¡Al tejado!"

"¡Corred! ¡Rápido! ¡Rápido!"

Mientras, copos de nieve revolaban al viento,

hacia el cielo subían, rodeando el trineo en movimiento.

Por encima de la casa el trineo voló,

lleno de juguetes, con San Nicholas al timón.

Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, escuché en el techo

brincos y ruidos de patas de reno.

Preocupada por la decrépita barraca, susurré:

-"Oh, no, el tejado, ¿qué han hecho?"



Apenas me dio tiempo a dar media vuelta,

cuando San Nicholas aterrizó en la chimenea, rebotando maltrecho.

Vestía con pieles de pies a cabeza,

y su ropa estaba sucia de cenizas y hollín.

No pude evitar pensar: -"Encima habrá que pasar la aspiradora, y esta semana me toca a mí."

A la espalda llevaba un saco lleno de regalos

mientras lo abría me dije: -"Y monsieur M. que sigue roncando".



"Podría ser un loco, un maniaco sexual,

o peor, un vendedor , o un testigo de Jehová."

Mirándolo con desconfianza, en medio de la sala,

me preguntaba si llamar a la poli,

o atizarle con una pala.

Sus ojos --¡cómo brillaban! Tenía unos hoyuelos alegres

unas mejillas y una nariz coloradas;

la boca, graciosa, con una amplia sonrisa,

y la barba blanca como la nieve.

En la boca, una pipa,

y una corona de humo que en torno a él flotaba,

cruzando los brazos, medio dormida y helada,

le observé, irritada: -"¡Ey! ¡Oiga! ¡El de la tripa!

¡En esta barraca no se fuma!

¡Encima de despertarme, viene usted y me ahúma!".

Tenía una carota redonda y una panza bien llena,

que se agitó con su risa, y dijo: -"¡Muy graciosa, nena!"

Era un abuelo rellenito y regordete, un vejete jovial,

y lo de "nena" a mis 36, pues no me pareció tan mal.

Así que terminé riéndome, y perdonándole el humo;

él me guiño el ojo y murmuró algo sobre dejar de fumar.

Un gruñido procedente de la habitación, un ronroneo,

monsieur M. y Alfonso seguían en brazos de Morfeo.

"Valientes hombres de la casa"- pensé-

"Si este abuelete viene a robar el DVD,

le sacudo en pleno rostro con uno de mis fruitcake".

Sin decir palabra, San Nick siguió con su trabajo,

rellenó los calcetines; y dejó paquetes en el árbol -debajo-.

Y al terminar, se tocó con un dedo la punta de la nariz,



me saludó con la mano y desapareció por la chimenea;



saltó en el trineo y dio un silbido,

y salieron volando sin hacer ruido.

Mientras volvía a la cama y me tapaba de nuevo,

perpleja y convencida de haber mal digerido:

-"Demasiado eggnog, demasiado huevo"

pensando cómo explicar todo esto a mi quebequés de marido,

lejos, muy lejos, escuché como un eco:

"¡Feliz Navidad a todos, y a todos, buena noche!"

...Es la última vez que termino la cena con ponche. »