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lunes, 7 de diciembre de 2009

Calma


... no he desaparecido para siempre. Este domingo publicaré algo que tenía pendiente. Por el momento, estoy disfrutando de todo ese tiempo libre que no he tenido durante los últimos dos años. Pero como no quería dejaros empantanados en esas fotos de un noviembre gris, os dejo unas fotitos preinvernales de un estanque "amigo", que apenas empieza a helarse, a formar esa costra acristalada llena de formas misteriosamente programadas por la naturaleza. Dentro de un par de semanas, habrá gente patinando encima. Por ahora, el invierno tarda en llegar y se hace desear.



lunes, 2 de noviembre de 2009

La democracia, la identidad nacional y yo: qué dura es la vida del superhéroe


Día de elecciones municipales en Montreal. Nuestras opciones son más bien limitadas en lo tocante a candidatos, lo cual provoca unas abstenciones escalofriantes (61%) : tenemos un trío compuesto por el alcalde actual, Tremblay, que se encuentra sumergido hasta las orejas en la merde corrupta de la mafia de la construcción quebequesa, la señora Harel, una buro-tecnócrata de derechas que no parece muy dispuesta a cambiar nada, y Bergeron, un urbanista que al principio me hacía ligeramente tilín por sus ideas vagamente socialistas y refrescantes, pero del que han desenterrado un libro que escribió hace tiempo en el que exponía sus ideas sobre el atentado del 11 de septiembre, ideas que dan ganas de sacudirle algún medicamento fuerte ya mismo. Un antipsicótico, si es posible.

Porque sí, Quebec es bonito y civilizado, pero en todos los sitios cuecen habas. Aquí concretamente se cuecen langostas Thermidor, a bordo del yate de un empresario de bonito apellido italiano (ya, lo del mafioso de origen italiano es tan clásico que hasta suena cliché), empresario que cuando el ayuntamiento de Montreal saca a concurso la adjudicación de las obras públicas, él saca a pasear a nuestros democráticos representantes en su yate, y ¡alehop! Obra adjudicada por un precio que hubiera permitido construir un polideportivo en la luna. Y lo peor es que no hace distinciones: en su yate embarcan los miembros del partido en el gobierno tanto como los de la oposición. A bordo de ese yate hay tanto magno representante del pueblo poniéndose morado a canapés, que no sé cómo aún no se ha hundido. El dinero público que proviene de esos presupuestos inflados al helio paga los canapés, por cierto. Así que todos participamos, nosotros pagamos y ellos se lo comen, es un sistema bonito y equitativo.

Menos mal que la langosta aumenta el ácido úrico que es una barbaridad, así que les deseo a todos la gota, o una hipercolesterolemia como mínimo.

El caso es que ahí estoy, esperando más o menos pacientemente en la cola para votar, en mi collège electoral habitual. Monsieur M. espera detrás de mí, haciendo sudokus. Yo tengo abierta una novela tediosa y horriblemente escrita por Javier Sierra, en la que he perdido toda esperanza y hace diez minutos que no leo. En lugar de leer, miro a mi alrededor, y la uso para camuflarme. La mayoría de la gente en la cola es mayor de sesenta. Aunque soy consciente de que como muestra demográfica mi observación no tiene mucho peso, me parece mal signo. Espero un rato más, la cola avanza con una lentitud tremenda, probablemente por miedo a que la velocidad fatigue a los heroicos votantes, que en buena parte se apoyan en andadores.

Cuando llega mi turno, los dos ciudadanos que se ocupan de la mesa electoral con celo democrático encomiable (y un pelín exagerado), me hacen un gesto para que me acerque. Avanzo con una mezcla de esa inocentona satisfacción que me da siempre poder votar (no sólo por orgullo democrático, sino por los años que he tenido que pasar aquí congelándome el hispánico trasero antes de obtener el derecho a hacerlo), y con un poco de irritación, porque ahora que veo el ritmo al que procede esta mesa, no me extraña que hayamos esperado tanto. El señor que preside es un sexagenario con aspecto de sacristán. Me sonríe con benevolencia. Le devuelvo una sonrisa automática, de buenas maneras, un poco forzada, como la que reservo para mi higienista dental.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos: -"Bonjour! ¿Prueba de identidad, por favor?"

Le presento el permiso de conducir, que en Canadá es la prueba de identidad usual, ya que no existe el carné de identidad. Los inmigrantes nacionalizados tenemos una tarjeta de ciudadanía que también serviría como prueba de identidad, pero me toca las narices presentar un documento que no existe para los quebequeses "de pura cepa", y que en mi opinión, designa a los inmigrantes como ciudadanos de categoría diferente a los nacidos aquí. Todo eso no se lo cuento al señor sentado frente a mí.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos, ajustándose las gafas de leer, que penden de un cordón marrón que lleva al cuello, haciendo un gesto de esfuerzo olímpico mientras lee mi nombre, obedece ciegamente a la consigna de confirmar la identidad del futuro votante: -"¿Nombre y domicilio, por favor?"

Yo respondo, sucinta. Como pronuncio mi nombre como hay que pronunciarlo en el país de origen, la reacción automática del señor consciente de sus deberes ciudadanos es la desconfianza, que se pinta en su cara con la claridad de una valla publicitaria de autopista. La irritación automática debe de pintarse igual de claramente en la mía. Porque no es la primera vez, por supuesto. Y tengo una gran paciencia con la sorpresa, la curiosidad, la ignorancia crasa, incluso, pero no con la desconfianza. Alguien que desconfía de la diferencia por el mero hecho de ser diferente suele ser alguien que me toca las narices (y los principios), por lo general. Y no se me pone en el apéndice nasal desfigurar la pronunciación de mi nombre a la francesa (Agggannnnsszza) para que este moron del Montreal profundo se sienta más en terreno conocido (¿he mencionado que estoy en mi primer día de regla, en el que he esperado abundantemente de pie y que eso no suele ayudarme a ser más paciente?).

Señor ahora ultra-consciente de sus deberes ciudadanos, con tono interrogador: -"¿Perdón?"

Yo, progresivamente irritable y echando de menos mi ibuprofeno, repito mi nombre más despacio, con exactamente la misma pronunciación que al principio. Repito mi dirección.

Señor consciente en grado superlativo de sus deberes ciudadanos, mira la foto de mi permiso de conducir, me mira la cara, mira la foto de nuevo, y dice, con expresión ¡ajá-te-pillé!: -"No se parece mucho a la foto, madame. Ni su nombre se parece a lo que está escrito."

Yo, ahora en estado de irritación palpable y bastante esplendorosa: -"La fonética varía según el idioma. Y el pelo crece."

La mirada se me detiene, malvada, en su calva. -"El mío, al menos." (Ey, él se lo ha buscado. No le busques las cosquillas a una mujer con calambres abdominales).
Señor un poco más relajado en lo tocante a sus deberes ciudadanos, se bate en retirada, baja un poco la vista, me tiende mi permiso de conducir sonriente y hace un intento de simpatía: -"Es que tiene usted un nombre tan curioso... ¿de dónde viene?"

Yo, deseando sentarme con una mantita en el regazo : -"De Montreal, de la calle Foucher. Como ya le he dicho."

Señor, la sonrisa le disminuye una octava, me mira, perplejo: -"No, quiero decir, ¿de qué país?"

Yo, lacónica: -"De Canadá."

Monsieur M., que acaba de llegar a la mesa electoral vecina a la mía, ve el mini atasco que empieza a formarse detrás de mí y estira un poco el cuello para oír mejor. Lo miro con desenfado. Lo mío no es sadismo, es que cuando una lleva diez años pelándose el culo de frío para integrarse, aprendiendo la gramática infame del idioma con más excepciones ortográficas que conozco, acaba un poco harta de ser etiquetada de extranjera a perpetuidad.

Señor, aún irritantemente consciente de sus deberes ciudadanos, la sonrisa ahora visiblemente menos amplia, pero sin rendirse: -"Je, je, qué graciosa" (con una expresión que dice todo lo contrario), -"Ahora en serio, ¿de qué nacionalidad es usted?"

Yo, telegráfica e inmutable: -"Canadiense. Si no, no estaría aquí votando."

Monsieur M., que acaba de de introducir su voto en la urna, me oye, y me clava la mirada. Empieza a gesticular, señalando la salida y haciendo gestos de apremio.

El señor consciente de sus deberes ciudadanos abandona por completo sus esfuerzos por sonreír. Súbitamente, es todo business. Me da un lápiz (aquí hay que votar escribiendo una equis en la papeleta), marca mi nombre en la lista electoral y me indica la cabina de voto. Espera sin decir palabra a que marque mi papeleta tras el biombo de cartón, vuelvo a la mesa, le tiendo el lápiz, él retira el cartón que cubre la urna, mudo, yo voy a meter el voto, pero detengo el movimiento en el aire. He visto que la persona que espera dos puestos por detrás de mí, en la cola, es una mujer (o al menos, eso es lo que supongo) bajita, cubierta por completo con un chador. Sólo sus ojos asoman de entre la tela negra. El señor de la mesa mira con curiosidad por encima de hombro, para ver lo que me ha llamado la atención. Le pregunto, aún con mi papeleta doblada en la mano: -"Usted perdone, pero para votar, yo creía que identificarse era obligatorio."

Señor, sorprendido, sin ver muy bien adónde quiero llegar, recita maquinalmente: -"Y lo es, madame. Su nombre debe estar inscrito en la lista electoral, y debe justificarse con una prueba de identidad provista de foto: pasaporte, permiso de conducir, tarjeta del seguro médico o tarjeta de ciudadanía. Prueba que debemos verificar en la mesa confirmando su identidad."

Yo, frunciendo un poco el entrecejo: -"Pero imagino que la prueba de identidad con foto se exige a fin de comparar la cara del votante que se presenta a la mesa con la de la foto, tal y como su celo identificativo de hace un momento demuestra. ¿Se acuerda? Cuando usted parecía encontrar muy sospechosa mi abundancia capilar, monsieur."

Señor, que la verdad, al final se está mostrando más bien amable y paciente y que se desvive por informarme, convencido sin duda de que vengo de una república bananera y de que aún no comprendo los entresijos de la democracia: -"Así es." Asiente con la cabeza.

Yo, mirando brevemente a la misteriosa votante enmascarada, y bajando un poco la voz: -"Pues usted convendrá conmigo que a esa señora va a ser más bien difícil identificarla por comparación con la foto de su pasaporte."

Señor, con cara de niño que se ha hecho todos los deberes, me recita de nuevo: -"En Canadá, la ley electoral permite votar con una burka, o con un velo integral que permita ver sólo los ojos."

Yo, ahora ligeramente alucinada e ignorando a monsieur M., que agita los brazos al fondo de la sala, indicándome la puerta y el reloj frenéticamente, y sintiendo un resoplido del votante situado inmediatamente detrás de mí, un hombre joven que se me ha pegado un poco para oír mejor la conversación: -"Ah, vamos, que es legal votar con la cara tapada. Pero sospechoso cuando una se deja crecer el pelo o no pronuncia su nombre como usted cree que debería. Si yo llego a venir disfrazada de Spiderman, con los leotardos y la careta, usted me deja votar sin fastidiarme. Al fin de cuentas, ayer fue Halloween."

Señor, aún sorprendentemente paciente y con ánimo instructivo: -"Nononono. Una careta de Spiderman no es legal."

Yo, insistente y, llamémoslo por su nombre, tocahuevos: -"¿Pero un velo o una rejilla que cubre la cara sí? La lógica de la ley electoral se me escapa, caballero." Monsieur M. empieza a tener la cara roja, el aire inquieto y me indica de movimientos laterales de cabeza que intentan ser discretos al guardia de seguridad que empieza a mirarnos al señor responsable de la mesa y a mí, interesado.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos, pero ahora un poco nervioso: -"Es que una burka o un chador no son disfraces. Es diferente. Es un asunto de creencias religiosas."

Yo, inspirando sonoramente, como siempre que se me saca a relucir la creencia religiosa como justificación infalible de todo tipo de majaderías: -"Oiga, si es un asunto de creencias, por creer, yo creo en Spiderman. He sido criada por un hermano mayor que utilizaba los cómics de la Márvel como Sagradas Escrituras. Yo he crecido creyendo firmemente en Spiderman, Batman, los 4 Fantásticos y la Patrulla X. Faltaría más. En Superman y el Capitán América no, por ejemplo. Demasiado de derechas, me ponían un poco de los nervios. Pero para mí, Magneto es el demonio, los mutantes existen, y el profesor Xavier es su profeta. Aleluya."

Ruido de asentimiento entusiasta del hombre de atrás. Me vuelvo y le echo una ojeada rápida. Tiene unos cuarenta años. Se inclina tímidamente hacia mí y pregunta: -"¿Y Flash Gordon?"

Yo, encogiéndome de hombros: -"Pues no, mire. A mí Flash es que no..."

Señor de la mesa electoral, cada vez más inquieto, estira el cuello, mira hacia la cola cada vez más larga a mis espaldas, e interrumpe: -"Yo no hago la ley electoral, señora. Si tiene algún comentario, siempre puede escribirle un correo al diputado de su distrito. Y ahora, si tiene usted la amabilidad de proceder a votar, por favor...", termina, con tono suplicante.

Yo, insertando finalmente la papeleta en la ranura: -"Perdone, no quería importunarlo, pero si llego a saber lo absurdo de la ley electoral en un país presuntamente laico, vengo a votar vestida de Catwoman".

Sonoros asentimientos del señor de atrás y de tres o cuatro mujeres de la cola y de colas vecinas, que no se han perdido ripio. Una se lanza, entusiasmada: -"Diga que sí. Lo que es obligatorio para un ciudadano, debería de serlo para todos sin excepción." Ruidos generales de la gente que nos rodea, que corroboran lo dicho. La pobre mujer en el chador empieza a tener la mirada un poco asustada. La miro un momento, con sonrisa tranquilizadora. A fin de cuentas, la mentecatez de nuestros dirigentes, que nunca han mirado en el diccionario lo que quiere decir "laico", no es culpa suya. Y estoy contenta de que se haya animado a venir a votar, con velo o sin él.

Otra mujer más mayor, un poco más lejos, añade, pensativa: -"Aunque no sé, con el otoño que nos está haciendo, unos leotardos de vinilo, qué mal cuerpo." Una al fondo grita con regocijo: -"¡Hulk!¡En harapos y pintada de verde!" Risillas.

Siento la manaza de monsieur M. que se me posa en el hombro. Con voz cavernosa me dice: -"Has terminado, ¿verdad? Porque hay mucha gente esperando. Ajjjjem."

Le doy las gracias al agitado señor de la mesa electoral, que ya empezaba a mirar al guardia de seguridad, y le deseo que tenga un buen día. Mientras nos batimos en retirada, escucho retazos de conversaciones en la cola: -"La Linterna Verde sí que molaba." -"Pero mira que eres hortera. Wonder Woman, en cambio..." -"Oye, pues todavía tengo la capa y la careta de Darth Vader. Tú me guardas el sitio en la fila, yo paso por casa a recogerlas y vuelvo. Como hay Dios."

Monsieur M. me agarra ahora de un codo, mitad caballeroso, mitad tirando de mí hacia la salida, y mientras corremos más que andamos, masculla: -"No vayas a tomarme a mal, te quiero, mon p'tit loup, pero mira que eres emmerdeuse".


Otra estupenda obra de Norman Rockwell

miércoles, 29 de julio de 2009

Ah, la campagne (II)

Otro momentito de verano a orillas del San Lorenzo.











domingo, 26 de julio de 2009

Ah, la campagne

Una escapadita de un par de días al campo, lo suficiente para respirar un aire diferente al de Montreal. Cuesta creer que todo esto se esconde seis meses bajo la nieve.


Aunque en Quebec estamos batiendo récords de lluvia este verano, uno de los más "empapados" de los últimos veinte años, el tiempo nos ha dado un respiro, lo justo para poder disfrutar de un par de cosillas típicas de esta estación...

... y claro, todo esto es muy exigente para el cuerpo.

martes, 14 de julio de 2009

El mejor empleo del mundo



Hoy parece que toca de nuevo entrada reminiscente. Es lo que tiene lo de carecer de vida social en el mundo exterior (ése en el que la gente hace otras cosas aparte de escribir tesinas y hornear bizcochos aromatizados al estrés), una termina por volver la vista hacia su no demasiado rico mundo interior, y desempolva recuerdos que hasta ahora dormían amontonados en una estantería mental.

Como el de mi primera experiencia laboral en Quebec. Durante unos meses, oh cuán breves, tuve el privilegio de ocupar un puesto codiciado: el mejor empleo del mundo. Vale, el sueldo no era lo que se dice deslumbrador (salario mínimo), y ahora ha sido desbancado por otro, pero en la época, lo fue.

Me explico: durante unos plácidos meses de mi tercer invierno canadiense, viví la vida soñada de tantos aspirantes a funcionarios: fui pagada por leer el periódico. Y ni siquiera tenía que hacerlo a escondidas, era mi trabajo. ¿Cómo lo conseguí? Por obra y gracia de un programa especial de integración para jóvenes y para inmigrantes, fui efectivamente integrada al mercado laboral. Yo era joven y era inmigrante, así que tenía todos los boletos para el sorteo.

El único "detalle" que no funcionó muy bien en este afán integrador del gobierno de Quebec, la minucia que convirtió la experiencia en una de las más surrealistas que he vivido en mi vida laboral (y he vivido bastantes, soy española), mi "Estupor y temblores"* personal, fue que un funcionario bienintencionado y bastante cerril insistió en meterme en el programa para jóvenes desertores escolares, esa juventud, divino tesoro, que no termina la escuela secundaria por múltiples razones.

Cuando le mencioné a modo de inciso que yo, no sólo había terminado la escuela secundaria, sino que tenía una licenciatura proveniente de una universidad europea, dotada de electricidad y agua corriente, el muy literal (y un tanto obstinado) funcionario afirmó que como aún no había recibido los papeles del Ministère de l'Éducation, du Loisir et du Sport du Québec (se llama así, lo juro) certificando la equivalencia de mi título universitario a uno quebequés, como -ya de paso- tampoco había recibido la equivalencia de mi título del bachillerato, y como tenía sólo la equivalencia de mi graduado escolar (gracias al cielo, si no, me hubiera colocado en un programa de alfabetización), pues yo legalmente no era poseedora ni de un maldito diploma de escuela secundaria, lo que -legalmente, insistía- le obligaba a colocarme en el programa para los que no han terminado de reventarse las espinillas. Firme aquí, señora, por duplicado, gracias, que tenga un buen día.

Y así me encontré en un programa de la YMCA (sí, sí, la de la canción, pero sin el buen rollo festivo-gay). La YMCA es en Canadá el todopoderoso de los organismos de ayuda comunitaria, y en lo que se dice ayuda, hace muy buen trabajo. El problema es que ése no era el tipo de ayuda que necesitaba yo en ese momento. De la noche a la mañana, me zambullí en un programa de reforma juvenil soft, y yo, ni era tan juvenil, ni necesitaba ser reformada (si excluímos los cuartos de baño de mi barraca montrealesa).

El programa consistía en tres semanas de formación general de base en un centro de la YMCA (pagadas), y en un año de prácticas en un ministerio de la función pública, a salario mínimo, en un puesto de chica para todo. Si entretanto uno decidía la vuelta al cole (que era lo que supuestamente se fomentaba), el programa continuaba pagando las horas de trabajo perdidas si se certificaba que las pasaba en la escuela.

La "formación general de base" era, efectivamente, muy de base. Consistía en cursos que iban desde la informática de base (o cómo usar Word), hasta la búsqueda de empleo (o cómo presentar un CV sin manchas de patatas fritas o pasar una entrevista de trabajo sin estar colocado, y no hablo del empleo), pasando por edificantes y prácticos módulos con títulos como: "Higiene personal de base" (lávate las axilas y cambia de muda antes de ir a trabajar, tus colegas te lo agradecerán) o "Gestión de un presupuesto" (hacer la compra de comestibles o de leche para el bebé es más urgente que correr a la licorería o comprar una libra de maría), pasando por "Taller sobre la autoestima" (o por qué tener antecedentes penales no es el fin de tu vida laboral), "Soluciona tu drogodependencia" (no fumo, no bebo, pero sé que mi relación con el chocolate es malsana, lo sé), y "Salud y vida sexual" (los condones existen, no es necesario ser madre de tres criaturas antes de los veinte).

En un par de días conocí a mis compañeros de fatigas: cuarto y mitad de jóvenes ex-delincuentes, de delincuentes aún en activo obligados a participar por el juez, de miembros de pandillas intentando salir de ellas, de pastilleros terminales que no se acordaban de si se habían quitado el pijama antes de salir de casa, de chavales perdidísimos que habían dejado la escuela porque la escuela los había dejado antes a ellos, y de majaderos con dos neuronas en funcionamiento, una de ellas moribunda. Todos ellos menores de 21. Me convertí en la abuela Cebolleta sobrecualificada del grupo. La hermana mayor adoptiva de una cuadrilla de mentecatos y yonquis robacoches.

Lo cual no quiere decir que no me encariñara con algunos de ellos, que por otra parte no eran tan mentecatos (aunque sí robacoches): Alexis, la minúscula chica griega de 18 años, inteligente y rápida como una ardilla, con tatuajes artesanales en las manos, hechos a boli Bic e imperdible, y con una cantidad de eyeliner que haría que el maquillaje de Amy Winehouse palideciera y pasara por discreto y natural, incluso el que aplica en sus días de jaco furioso.

Alexis había pertenecido a una pandilla callejera de Montréal Nord, un barrio sabrosón de esta ciudad, y cuando anunció a sus queridos amigos que los dejaba para intentar volver a la escuela, obtener el diploma de secundaria y encontrar un trabajo, la despidieron cariñosamente a patadas, aplicadas en grupo y a la cabeza. Cuando salió del hospital se apuntó al programa. El primer día se sentó a mi lado. Tras presentarse y oír mi acento me soltó inmediatamente todas las frases en español que había aprendido en la calle (frases que no pueden ser reproducidas aquí), me dijo que adoraba comer pupusas, me recomendó el mejor garito para comer spanakopita en Montreal, me contó su historia y me adoptó como hermana postiza, todo ello en cinco minutos. Agotador. Desde ese día, Alexis se aplicó a no "cagarla en el programa" (sus propias palabras) y a aprender a maquillarse como yo. Le presté un par de libros que debieron gustarle, porque nunca me los devolvió, y ella correspondió ofreciéndome con su voz ronca e increíblemente vieja su asistencia para encontrar "cualquier mierda que necesitara, pastillas, lo que sea" (de nuevo, sus propias palabras). Le di las gracias, guardé su teléfono en la mochila y me dije que nunca se sabe cuándo una puede necesitar ciertos contactos, a fin de cuentas, en eso consiste el networking.

Como soy más bien reservada en lo que a demostraciones físicas se refiere (mantengo mi espacio personal a toda costa y respeto el del prójimo), y tengo mucha costumbre de tratar con adolescentes en equilibrio precario a punto de estallar, la combinación de mi edad venerable (29), de mi trato cool, de no ser tocona y llevar un pelo cortísimo a juego del suyo (cuando entró en el hospital con la conmoción cerebral, le raparon el cráneo para poder suturarla) debió ser lo que hizo que Alexis me adorara a primera vista.

Yannick, otro compañerete de clase, tenía 20 años, un acné incontrolable, llevaba cuatro trabajando como friegaplatos en los chiringuitos de fritura más grasientos de Montreal (de ahí probablemente su acné incontrolable), y encontró la motivación para volver a los estudios en el fondo de una de esas enormes bolsas de basura que sacaba al callejón trasero del restaurante.

Después de una formación tan enriquecedora, entré a trabajar en el departamento de comunicaciones y relaciones públicas de un gran mastodonte ministerial : el ministerio federal de salud pública. Mi entrada triunfal la hice acompañada de Jonas, un compañero del curso. Jonas, 18 años y medio, un gusto fabuloso para la ropa y los complementos: gafas geniales, cinturones chulísimos, zapatos ultra chic, un hemisferio cerebral muerto al nacer y el otro sesteando plácidamente. Jonas, buen chico, si una le gritaba algo al oído, su cabeza hacía eco.

Siguiendo mi costumbre, intenté no hacer olas al entrar, así que le dejé a Jonas la iniciativa. Arlene, nuestra nueva jefa, secretaria del departamento, mujer vivaracha cerca de los cincuenta, la última subordinada de todo el escalafón de subordinados, acogía a los jóvenes de prácticas con una mezcla de desvelo y paciencia maternal y pura voluntad de echarles una mano, y otra parte de regocijo de tener al fin a alguien por debajo de su puesto, en la plúmbea jerarquía ministerial. Arlene nos otorgó una silla, una mesa y un ordenador artrítico a cada uno, y a los dos nos tocó compartir el exiguo cubículo gris sin ventana. Pronto descubrió que Jonas tenía menos luces que una fosa oceánica en plena noche, y la verdad es que en comparación a mi vecino de mesa, yo, con mi torpe francés recién aprendido, parecía un premio Nobel. Llevaba seis meses tomando clases de francés, y ya le corregía las faltas de los textos a Jonas, que había sido -supuestamente- alfabetizado en su lengua materna.

Durante el tiempo que trabajé junto a este chico, me entraron serias dudas sobre el sistema escolar quebequés, dudas quizás injustas, porque es más rápido matar a un asno a golpes de higos maduros que meter algo en la cabeza de alumnos como Jonas. En los primeros meses pasados en su compañía, mi yo pedagógico estaba convencido de que el pobre chico era un disléxico que nunca había sido diagnosticado. De esa hipótesis pasé a la del retraso mental mal tratado (si hubiera ido a una clase especial...). El hipotético retraso fue profundizándose, hasta el punto en el que, tras una conversación con Jonas a la hora del almuerzo, yo sentía que necesitaba pasar por la cámara de descompresión antes de hablar con alguien inteligente.

En los últimos meses en los que trabajamos juntos y me pasaba la vida haciendo su parte del trabajo, corrigiéndole los mismos errores una y otra vez, cubriéndole porque llegaba tarde, oyendo sus historias de conquistas de fin de semana y viéndole dormir -y babear, voto a bríos- apoyado en el calendario de mesa, ya sólo quería liquidarlo discretamente a golpes de perforadora.

El caso es que a nuestra llegada, después de oír mi glorioso acento, Arlene me explicó con gran cuidado -y una mezcla de aprensión, una dicción muy enfática y mucha lentitud- el manejo de dos piezas de maquinaria ultrasofisticada de la oficina: la cafetera y la fotocopiadora. Arlene estaba un poco desanimada, porque ya había bregado con chavales de prácticas del programa de integración que, mientras se integraban, habían desintegrado dos fotocopiadoras, todo su sistema de archivo, una impresora y la gramática francesa en varias cartas. Mi acento añadía a su inquietud, pensando que, además de enseñarme los rudimentos de la fotocopiadora, tendría que enseñarme a hablar. En cuanto a Jonas, Arlene vio rápidamente que no había nadie en el piso de arriba, vamos, que no había esperanza, y le puso a limpiar los archivos con una bayeta para el polvo y a distribuir el correo.

La inquietud de Arlene pareció apaciguarse un poco cuando pudo constatar que su protegida latina no sólo estaba familiarizada con el arcano arte de la fotocopia, sino que provenía de ¡oh, maravilla! un país europeo y civilizado (para Arlene la civilización equivalía directamente a Norteamérica, excluyendo México, y Europa, excluyendo la Europa del este). No quise extenderme explicando que mi experiencia con las fotocopiadoras provenía de mis años en la universidad. No creáis, ser tomada por una completa ignorante puede ser muy relajante, si a una no le pica el ego; a fin de cuentas, tenía un trabajo, ganaba un sueldo, estaba practicando el francés.

Se me informó de mi función vital: básicamente, yo era la chica de las fotocopias y de los cafés. Cada mañana tenía que fotocopiar la revista de prensa del ministerio, que consistía en un collage hecho a mano de todas las noticias relacionadas con la salud pública aparecidas en la prensa quebequesa, noticas de las que el departamento de comunicaciones debía estar al tanto (ya que respondían a las llamadas de los periodistas), así como la omnipotente directora general, gran Manitou del ministerio. Yo ejercía las delicadas tareas de fotocopiar y grapar los ejemplares precisos, hacer cafés y distribuírlos, y Jonas llevaba las fotocopias a cada sección, con una beatífica sonrisa resplandeciente de simpleza y una camisa extremadamente elegante. Mi tarea me ocupaba media jornada, y como después nadie parecía querer darme nada que hacer, me pasaba la tarde haciendo ejercicios de gramática en Internet. Así no me sentía culpable de perder el tiempo. Mi francés se mejoraba a marchas forzadas, mientras el de Jonas parecía fundirse como la nieve bajo el sol.

Una mañana invernal, una de las agentes de relaciones con la prensa llama anunciando que una gripe brutal la impide venir al trabajo. Presa del pánico, la otra agente gime que nunca podrá terminar a tiempo la revista de prensa, ya que tiene mucho que hacer. Se me ocurre proponer mi ayuda, ante el asombro de tres pares de ojos que creen que no he terminado la escuela secundaria y se reprimen un -"Ah, ¿pero tú sabes leer?".

Y he aquí el inicio de mi carrera estelar como lectora de periódicos profesional: mis colegas descubren, tras revisar mi trabajo, que no sólo sé leer, sino que lo hago en inglés y francés, con cierto criterio y extrema rapidez, y que soy perfectamente capaz de encontrar todas las noticias pertinentes para la revista de prensa. Recibo oficialmente mi nuevo título de encargada de la revista de prensa dotada de un cerebro. Jonas asciende a director general del café con leche y la fotocopia, y la responsabilidad le abruma.

Yo entro cada mañana cafelito en mano, recibo de manos del mensajero una pila de una docena de periódicos, que abro y leo de cabo a rabo, tras lo cual echo un ojo a las ediciones virtuales que en la época aún eran escasas. Preparo una revista de prensa sin tacha, y me queda tiempo para reorganizar por orden alfabético la biblioteca ministerial (que yace en el caos más abyecto), preparar una maqueta de revista de prensa virtual (primitivas, las fotocopias), y termino respondiendo al teléfono a los periodistas (mi acento no parece estorbar a nadie, todos están encantados de mis modales "tan europeos"(?), y haciendo fotos para la revista ministerial (cuando mi jefa descubre mi licenciatura en Bellas Artes).

Mis funciones de fotógrafa hacen que salga a menudo de mi cubo gris sin ventanas y me pasee en taxi por todos los grandes hoteles y salas de convenciones de Montreal, Quebec e incluso Otawa, que me ponga morada a canapés (las fotos duran un momento, las recepciones horas) y que lleve una vida sumamente agradable con un bolso lleno de vales para el taxi y bonos de restaurante, todo ello a salario mínimo.

Cuando tras seis meses de relajación funcionarial recibí los papeles que oficializaban mis títulos, y encontré mi primer trabajo como profe, hubo una parte de mí a la que casi le dio pena (no fue al bolsillo, os lo aseguro), una parte que recordó durante largo tiempo mis días tranquilos de lectora de periódicos, especialmente cuando tenía que afrontar a una horda de adolescentes enloquecidos por las hormonas: no por nada había trabajado medio año en el mejor empleo del mundo.

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* (Gran novela autobiográfica de Amélie Nothomb y su experiencia absurda de trabajo en Japón. Impagable.)

domingo, 14 de junio de 2009

Canadiana * : sabiduría inuit


(* El título de este post no es un gentilicio inventado por mí, tiene más que ver con all things Canadian. )

Este invierno pasado (tengo la impresión de que acaba de terminar) os hablé un poco de la cultura inuit.

Este pueblo vive al norte del norte, es decir, si os da la impresión de que yo vivo en un país nórdico, la prueba de que todo es relativo (y una cuestión de percepciones) es que para un inuk, residente del Artico canadiense, los montrealeses vivimos en el sur. España sería entonces el sur del sur, y Argentina, por poner un ejemplo, el sur del sur del sur.

Anécdota mediática divertida:

Un famoso locutor de Radio Canada se va de expedición a Nunavut para impregnarse de sabiduría inuit y contarnos luego lo reveladora que ha sido para él esta experiencia ártica. Fascinada por todo lo que tenga que ver con esas tierras, y plenamente consciente de lo sesgado y simplista del punto de vista que le va a dar el tipejo éste, sigo el reportaje.

El urbanita periodista se hace las consabidas fotos en la consabida parka gigantesca, junto al acostumbrado y paciente inuk, que posa junto a él, sonriente y convenientemente desdentado (si conserva todos sus dientes, queda menos auténtico). Le llevan a ver osos polares, a cazar la foca, de la cual le ofrecen el corazón, manjar muy especial para los inuit, quienes probablemente piensan que es un desperdicio ofrecérselo a un tipo obeso que no sabrá apreciarlo. Vamos, le preparan un completo nórdico con queso.

Cuando el presentador en cuestión lleva ya un par de días en el gran norte y se siente aclimatado y elevado por tanta autenticidad, y enajenado por tanto aire puro y tanto contacto con la naturaleza en bruto, él hace el ídem y entrevista a un cazador inuk que le lleva de paquete en la motonieve sobre el banco de hielo, para intentar avistar narvales:

Presentador entusiasmado, y un poco jadeante en el micro, luchando contra el viento de cara: -"¡Wow! ¡Es increíble! Llevamos horas atravesando a toda velocidad este inmenso desierto blanco, y mi guía parece saber perfectamente adónde va! Este pueblo tiene realmente un sexto sentido, un contacto primigenio con la superficie de los bancos de hielo. Todas sus células le guían a través de la tundra."

El presentador entusiasmado le inserta el micro en los belfos al impasible conductor inuk, y le pregunta, sin aliento: -"¿Cómo lo hace? ¿Cómo es capaz de orientarse en este paisaje? ¿El sol? ¿La dirección del viento? ¿Sigue los inukshuk?"

El conductor vuelve brevemente la cabeza, con su gorro de lana bien encasquetado hasta las cejas, y responde con una sonrisa de oreja a oreja: -"No, no inukshuk. GPS."

domingo, 12 de abril de 2009

Domingo de Pascua canadiense

La Semana Santa en Canadá toma un aspecto muy diferente del que tiene en mi España natal. Cuando vivía por allí, especialmente durante mi infancia, siempre me pareció vagamente siniestra, algo así como nuestro Halloween patrio católico.
Aquí nadie se flagela, ni se clava coronas de espinos, ni se arranca por saetas sentidas, ni lleva gorros de nazareno que me mato explicando a monsieur M. que no tienen nada que ver con el Ku Klux Klan.
El domingo de Pascua, fiesta de pesadillescos colores pastel aquí en Canadá, los niños canadienses participan en las clásicas "búsqueda y captura" de huevos de Pascua que el conejo de Pascua, único mamífero de su especie capaz de poner huevos, ha dejado en el jardín,



... comen los pollitos (y otros seres primaverales) de marshmallow Peeps,

...y reciben los típicos conejos de Pascua de chocolate,

... animalitos que parecen tener sus propios problemas por estas fechas.






sábado, 4 de abril de 2009

You say tomato, I say "Clamato": Están locos, estos romanos (IV)


¿Qué se puede decir de una bebida -fría- que aúna el jugo de tomate... con caldillo de almejas? Eso es el Clamato. Y lo peor es que no está mal. Incluso ha originado la versión canadiense del Bloody Mary: el Bloody Caesar. Parece que es excelente contra la resaca.


Están locos, estos romanos.

lunes, 23 de febrero de 2009

Chocolate caliente (versión canadiense)


La versión canadian (y en general, anglosajona, por lo que pude comprobar cuando vivía en Escocia), es una pálida versión de lo que los españoles llamamos chocolate caliente. Es más bien un Colacao triste y aguado. Pero no la de Les divins chocolats de Sandra, una buena chocolatería de Terrebonne. Es caldoso, sí (me temo que es una particularidad cultural que hay que aceptar), pero cremoso al mismo tiempo, con un profundo sabor a cacao y con un porrón de marshmallows flotando y fundiéndose por encima.

"I think real living is sitting by the fire, slurping marshmallows from the bottom of a mug of hot cocoa."
(Hobbes, de Calvin & Hobbes)

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Winter Wonderland (o así)

Dibujo original de monsieur M., que aparte de ser un dios de la sierra y del taladro,
también es un artista.

Nevada gloriosa, esponjosa, lenta.

Mi vecino italiano, jubilado en perpetuo estado de mala gaita, palea furiosamente la entrada de su casa. Cuando yo, en mis escaleras, hago un alto con la pala y retiro un poco hacia atrás el gorro que llevo (el ejercicio hace que empiece a tener calor), lo miro, toda sonrisas y mejillas rojas, y pompón ridículo de gorro peruano con orejas, con ese buen humor tan tocahuevos de todos a los que nos gusta la nieve y viajamos en transporte público, y le suelto un jubiloso -"Bonjour!".

Tras responder -"Hi, there!" (él es anglófono, como casi todos los emigrantes italianos) añade : -"It's like living in a fucking winter wonderland!" (Esto es como vivir en una jodida postal de Navidad).

Me dan unas malvadas ganas de responder, completando su frase: "Seis meses al año, Mr."

Pero prefiero seguir paleando y no añadir a su pila de miseria. Ni de nieve.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Eggnog eggspectacular

Parece que todos los países fríos otorgan una gran importancia a que la casa sea acogedora, por la gran cantidad de tiempo que se pasa en ella. Desde que vivo aquí, me ha llamado la atención que el concepto de cozyness, cosyness o cosiness, no puede ser traducido en una sola palabra porque el concepto como tal no existe en español: probablemente porque España goza de un clima clemente que permite a sus habitantes sentarse en las terrazas de los cafés durante prácticamente todo el año, y porque los españoles no pueden concebir un día entero en casa, sin salir a la calle, a no ser que una enfermedad se lo impida.

Cozy es una mezcla de hogareño, acogedor y cálido. Y por lo que parece, no es importante sólo en Canadá.

Dada la coyuntura actual, en la que la economía no está como para salir a tomar cositas fuera, y aprovechando la temperatura de hoy (ver foto -aquí debajo- del canal televisivo "Météo Média", que, como todos los canadienses, consulto de forma intermitente y obsesiva a lo largo de la jornada, especialmente antes de salir; lo que véis debajo de la hora, las 8h 50min. de esta mañanita, es la temperatura del centro de Montreal, 20 gradetes bajo cero, y a la derecha, la temperatura máxima anunciada para hoy, 14 bajo cero, sí, he escrito bien, la máxima), creo que empieza a ser tiempo de un poco de cozyness para beber.


Si tenéis curiosidad sobre el origen de los cascanueces como decoración navideña, que como muchas cosas en Canadá, forma parte de las tradiciones que han ido trayendo los inmigrantes, es una tradición europea (alemana, concretamente). Una amiga lo explica muy bien.


Nada como una tacita de eggnog caliente (esta vez es comprado en la sección lácteos del super) para levantar los ánimos (y el árbol de Navidad) en plena semana de exámenes finales. Aderezado con su cucharadita de ron, (porque el comercial se vende sin alcohol, y por seguir con el ritmo de ingestión de licor de últimamente), su nuez moscada y su canela. La receta para hacerlo vosotros mismos, aquí.

La Navidad en una taza.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Chien chaud: la decadencia de Occidente

La recomendación cinéfila quebequesa del día: la segunda película de la trilogía de Denys Arcand, "Las invasiones bárbaras". Aunque sea una continuación del "Declive del imperio americano", y se vea mejor la evolución de los personajes 17 años después, se puede entender perfectamente sin haber visto la primera. Una buena película, que consigue hablar de morir sin resultar plúmbea, gris, deprimente. La muerte "real life", con sus momentos emotivos, cómicos, ligeramente grotescos y muy prosaicos. Os arrancará algún lagrimón, y más de una carcajada.

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Tengo la habilidad de haber pasado una década en Quebec, Canadá, Norteamérica, y haber conseguido evitar casi totalmente la comida basura, salvo en contadas -y, a menudo, voluntarias- excepciones, motivada por un interés puramente antropológico. Con este razonamiento: si millones de personas adoran esto, y algunas incluso están dispuestas a morir para seguir comiéndolo (ignorando todos los consejos de cardiólogos y nutricionistas), debe de haber algo ahí...

Cuando me dejo llevar por este razonamiento, acabo comprando una guarrada, comiéndola parcialmente, tirando el resto, sufriendo acidez de estómago y molestias digestivas varias el resto de la tarde y diciéndome: recuerda que a millones de personas también les gustan las versiones internacionales de "Gran Hermano". Y que Chiquito de la Calzada hizo furor durante varios años.

Ergo, una vez más, popularidad no siempre = calidad.

Sin embargo, hay veces en las que no se puede escapar de la maldición de la comida rápida. Cuando el hambre aprieta, la tensión está por los suelos, y es imperativo tragar algo antes de caerse redonda, y las alternativas que una tiene son: hamburguesa, patatas fritas y hot dogs, (chien chauds en Quebec, porque estos irreductibles lo traducen todo, todo sea por no dejarse invadir por el inglés), pues todos los principios gustativos y todas las consideraciones de salud se van un rato a paseo, y te encuentras con esto entre las manos:



Toda mi vida (y algunas memorables comidas en España) pasó ante mis ojos mientras "decoraba" mi perrito con los básicos: ketchup, mostaza, relish.

viernes, 31 de octubre de 2008

Trick or treat! (Halloween IV)

Hoy es el día D. Esta noche vienen los monstruos, digo los niños.


Llamarán a la puerta sin parar, gritarán cuando les abra, abrirán las bolsas para que les suelte el botín.


Cuando hayan conseguido lo que querían, pasarán a la casa siguiente. Y cuando ya no me queden más dulces, tendré que soplar las velas de las jack'o-lanterns, apagar todas las luces, y esconderme en una casa a oscuras, para que no llamen más. Viendo la peli de terror que habré alquilado, o el especial de los Simpsons, "Tree house of horror", como manda la tradición.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Festín siniestro: Halloween (III)

El año pasado, cuando aún no existía este blog, hicimos en casa una fiestita de Halloween, aprovechando la ocasión, celebramos también el cumpleaños de María Fernanda, lectora fiel :-). Como las dos ocasiones lo merecían, preparamos un banquete terrorífico, con las amables contribuciones de los invitados y la anfitriona.

El tema del banquete era, por supuesto, naranja y negro. Todos los alimentos que se trajeran debían ser de uno de estos dos colores, o, al menos, respetar el tema "terrorífico".

La mesa era digna de verse.



Había un pan en forma de calabaza relleno de sesos de zombi para untar... (crema de espinacas y queso)

Dedos de muerta como postre... (galletas de mantequilla y almendra hechas con amor por Jaëlle)

Pastel horrible de cumpleaños preparado por una servidora... (lo que me costó en colorante para que el color naranja del glaseado fuera lo suficientemente radioactivo... y el bizcocho era de chocolate negro).

... y otros aperitivos y tapas variados, acordes con la celebración...


...agradables bebidas para acompañar la comida, como esta jarra de sangre fresca... (zumo de tomate con colorante rojo, para volverlo lo más rojo posible). El ojo, no sé cómo llegó allí...)



... y no podía faltar el candy (los dulces) típico de esta fiesta: calabacitas, jelly beans y candy corn (granos de maíz dulces).
Un dulce que recuerda el origen de esta fiesta: la celebración de la abundancia de la cosecha, antes del rudo invierno. Ugh.

Hay que decir que como menú, era bastante indigesto y una auténtica herejía desde el punto de vista nutricional. Y que la nutrición no es algo que a uno le preocupa en una fiesta como ésta.

Nada como un buen chute de azúcar, jarabe de glucosa y sirope de maíz invertido (siempre me ha llamado la atención ese calificativo) para prepararse para los grandes fríos.

sábado, 25 de octubre de 2008

Listos para Halloween (II)

El escalofriante día 31 se acerca. (O más bien, la escalofriante tarde-noche del 31). Estamos preparados.

Hemos decorado el parterre, y por una vez, mi vagancia en esto de la jardinería y mantener las malas hierbas a raya, ha sido útil, no he necesitado gran cosa para que el parterre dé miedo: unas cuantas lápidas y unos huesos esparcidos por nuestro osario particular ...

Tenemos los dulces...

Fotos (y parte de las lápidas) obra del amiguete Carlos

... y hemos hecho las jack-o'-lanterns.



¡JUA, JUA, JUA! (Risa que pretende ser terrorífica).