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jueves, 17 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad : All I want for Christmas


¡BIRLUPBIRLUPBIRLUP!
Hace el ridículo timbre de estos nuevos teléfonos inalámbricos que ha comprado monsieur M. en un ataque de consumismo electrónico (no es verdad que ellos no consumen, lo que pasa es que consumen chismes aparentemente muy útiles, y generalmente muy caros).

Carreras desenfrenadas hacia el grifo de la cocina. Manos pegajosas de masa de gingerbread, de miel y de otras substancias no identificadas. Tropezón con Santa Madre, que pulula por la cocina montrealesa como lo ha hecho desde el primer día de su visita, cambiando todos los cacharros de sitio y cocinando sin parar. Desde su llegada, no ha hecho más que rebozar merluzas, alimentar en exceso a mis ya sobrealimentados gatos -que por supuesto, la adoran-, decirme que estoy muy flaca, rebozar bacalao, rascarle el cogotillo a Alfonso, decirme que estoy muy flaca y pasar la mopa de forma obsesiva.

Momento de confusión. No encuentro el teléfono. Levanto un plato de pimientos del piquillo rellenos, pimientos que vienen directos de la maleta de Santa Madre, que ha decidido que la ropa finalmente no es tan necesaria en un Montreal a veinte bajo cero, para qué traer jerseys de lana cuando se puede traer espárragos de Lodosa, pimientos del piquillo y turrón de Jijona. Localizo el auricular cuidadosamente envuelto en un trapo de cocina. Inexplicable, sí. Pero no con Santa Madre en casa.

Hija Ingrata, ligeramente sin aliento: -"Oui, allô?"

Santa Madre, con arrobamiento: -"Pero qué lista eres, y qué bien hablas francés."

Hija Ingrata, tapando el auricular con la mirada torva: -" Mamá. Por favor." De nuevo al teléfono: -"Perdone. No le he oído bien."

Pausa. Escucho, en parte con incredulidad y en parte con un poco de hartazgo de recibir siempre este tipo de llamadas. Suspiro ruidosamente. Oigo trastear a Santa Madre detrás de mí. Está sacando una sartén, probablemente dispuesta a rebozar a uno de los gatos, ahora que ya no nos queda pescado disponible. ¿Por qué me llaman todos los locos de la provincia de Quebec? ¿Por qué a mí? ¿Por afinidad? ¿Se habrá corrido la voz de que en la época en la que la veda del telemarketing canadiense estaba completamente abierta mi estilo de respuesta telefónica era, digamos, desenfadado?

Hija Ingrata, con carraspeo nervioso: -"Ajem. Perdone. Usted dice que es..."

Loco telefónico, con risotada risueña : -"Papá Noel, hija mía."
Ya empezamos. Primero una llamada de Dios, y ahora esto. Casi echo de menos los días en los que me llamaban para ofrecerme un servicio de limpieza en seco para alfombras. Santa Madre se ha desinteresado por completo de la conversación en francés, que de todas formas no entiende, y hurga furiosamente en el frigorífico. Debo de haber hecho una pausa demasiado larga para las normas de urbanidad telefónica, porque el desequilibrado al otro lado del hilo telefónico dice:

-"¿Perdona? ¿Sigues ahí?"

Hija Ingrata, respirando hondo: -"Eehm, sí. Papá Noel. O Santa Claus. O quien sea usted. Oiga, ya que estamos, ¿no habrá visto mi número colgado en algún tablón de anuncios del hospital psiquiátrico o centro de día del que me está llamando, verdad? Porque si es así, me haría un gran favor eliminándolo. Lo digo porque ya he recibido otra llamada de un interno. Y no soy un servicio psiquiátrico ambulatorio. Ni el "Teléfono de la cordura". O de la esperanza. O de lo que sea. "

Papá Noel, de excelente humor: -"¡Oh, JO, JO, JO!"

Genial. Un loco minucioso y con profesionalismo.

Hija Ingrata: -"Me alegro de amenizarle la tarde, Santa. ¿Y usted quería...?"

Papá Noel: -"El título no es necesario, guapa. Llámame Nick. O Nicolás. Llamo porque estoy repasando la lista, y no encuentro tu pedido."

Aaah. El pedido. Malditas compañías de regalos por catálogo. Esto ya no sólo es telemarketing prohibido, esto es venta agresiva. Les voy a meter un puro que se van a enterar.

Hija Ingrata, con toda la brutalidad de la que es capaz: -"Mire, Nick. Yo ya he comprado todo lo que necesitaba comprar por navidades. Acabo de terminar una larga fase de vuelta a los estudios, y soy pobre. Mucho. Enormemente. No pienso comprar nada más. Busco trabajo. No tengo dinero. Cero. Y a mi tarjeta de crédito está empezando a salirle eczema nervioso, de lo mal que lo está pasando. Y no me pregunte por mi marido, porque él medita, es zen, es budista y ha eliminado el apego, así que no hay ninguna esperanza de que vaya a comprarle algo. Así que tómese los antipsicóticos y felices fiestas."

Papá Noel: -"¡JO, JO, JO! No, no trabajo para ninguna empresa de ventas, te hablo del PEDIDO, de la carta que tendrías que haberme mandado pidiéndome tus regalos para esta Navidad."

Hija Ingrata: -"Con la de años de experiencia que tiene en su puesto, francamente, tendría que reciclarse, una formación no le vendría mal. Ya nadie escribe cartas, ahora se escriben correos electrónicos. Y yo no le he escrito desde hace un par de décadas, así que ahora no veo las prisas."

Papá Noel: -"Ah, eso de que no estoy al día es totalmente falso, guapa. Yo también pienso en ahorrar papel. Ahora puedes mandarme un correo electrónico sin problemas. Pero ya que estamos hablando, cuéntame: ¿qué quieres que te traiga este año?"

Hija Ingrata, cediendo y sentándose en una banqueta de la cocina, mientras Santa Madre abre una lata de atún y empieza a repartirla entre los dos gatos que la miran con amor absoluto :

-" Bof. Bueno. A ver... si me hubiera preguntado lo mismo hace dos semanas, hubiera pedido un buen libro para poder hacer algo que no hago desde que empecé a escribir la maldita tesina que revolucionaría el mundo de la lingüística : sentarme toda una tarde en el sofá y zampármelo de un tirón. Hace dos semanas todo lo que quería era descansar de la tesina, ir al cine, ver a los amigos, salir a cenar a Chinatown con monsieur M... todo eso. Hoy... digamos que mis prioridades han cambiado." Silencio.

Papá Noel, con voz suave: -"¿Ahora quieres pedirme otra cosa?". Breve. Invitador.

Hija Ingrata, con ojos ligeramente húmedos, saliendo de la cocina para escapar de la mirada interrogativa de Santa Madre y sentándose en el sofá, responde con voz un poco ahogada :

-" Pues mire, sí. Ha habido cambio de planes."

Papá Noel, dulce: -"¿Por qué?"

Hija Ingrata, respirando hondo, limpiándose de un manotazo una lagrimilla que se le ha escapado muy a su pesar: -"...pues porque después de la cena de celebración de final de tesina, cena abundantemente regada con champán, al llegar a casa y desvestirme me encontré un bulto en el pecho. No muy grande, Nick, no vaya a creer. Poca cosa. Un garbanzo."

Papá Noel, haciendo gala de un tacto y una capacidad de escuchar increíbles en un loco con obsesión navideña: -"...¿Y?"

Hija Ingrata: -" Y... parece mentira como un garbanzo puede cambiarle a una la perspectiva, Nick. De golpe, la tesina y sus correcciones finales no eran importantes; el que Santa Madre viniera de visita y engordara a los gatos y me irritara con sus ataques de maternidad ultraconcentrada no era nada grave; la inminente sobredosis de pavo con la familia de monsieur M. dejó de ser terrible. Y rápidamente empezó el baile: médico de cabecera, cirujano, mamografía, ecografía, posible biopsia. Nunca, al menos desde que Sobrino Espitoso puso en duda mi pertenencia al género femenino, nadie había mostrado tanto interés científico por mis tetas como durante los últimos diez días." Nueva respiración honda. Caray, lo que puede terminar contándole una a un desconocido con barba de nylon.

Papá Noel, hablando aún más bajito: -"¿Y qué te gustaría este año por Navidad, guapa?"

Hija Ingrata, con la voz temblorosa: -" Si puedo pedir realmente lo que quiera, Nick, le pediría un buen quiste mamario. O un fibroadenoma. Lo que sea, con tal de que no sea canceroso. Porque si resulta que de verdad estoy mala, los niveles de desvelos maternos de Santa Madre van a subir hasta un punto intolerable. Y hay un límite a la cantidad de comida rebozada que puedo ingerir. Tanto amor podría matarme." Mira a hurtadillas hacia la cocina. Ya lanzada, continúa:

-"Y he sido buena, Nick. Bueno, a lo mejor no todo el tiempo, pero la mayor parte. Y cuando no he sido buena, a mi compañero le gustaba. O a mis lectores . Así que no cuenta."

Papá Noel, con voz cálida y llena de confianza: -"Está hecho, guapa. Tomo nota. Feliz Navidad y un abrazo muy grande."

Hija Ingrata, ahora llorando a moco tendido, sacando un kleenex del bolsillo y sonándose ruidosamente: -"Feliz Navidad a usted también, Nick. Le dejo, antes de que mi madre indigeste a los gatos. Cuídese."

La línea me devuelve un pitido. Cuelgo, me enjugo los ojos, me insulto mentalmente por mi patética blandenguería, me repeino un poco y me dirijo de nuevo a la cocina, a seguir decapitando hombrecitos de jengibre y a repegarles las cabezas arrancadas al intentar pasarlos a la bandeja de horno. Por el pasillo advierto a Santa Madre que si Alfonso alcanza la obesidad mórbida pienso denunciarla a la protectora de animales.

Exactamente veinticuatro horas más tarde, salgo de una clínica tras hacerme la segunda ecografía en una tarde, con el diagnóstico en la mano: Papá Noel me ha traído un fibroadenoma por Navidad. De la talla de un garbanzo.

Decido andar hasta una estación de metro más lejana para darme tiempo de respirar. Paso delante de unos grandes almacenes en los que un Papá Noel flacucho del Ejército de Salvación agita una campanilla y lanza un "Jo, jo, jo" castañeteante de entre la barba postiza torcida (estamos a diecinueve bajo cero). Me paro, busco un par de dólares, los echo en el bote y a su "Merci!" respondo muy seria: -"Gracias a usted, Nick."

(Dedicado a todas las que esperan un diagnóstico, llenas de inquietud. No estáis solas, chicas).

lunes, 2 de noviembre de 2009

La democracia, la identidad nacional y yo: qué dura es la vida del superhéroe


Día de elecciones municipales en Montreal. Nuestras opciones son más bien limitadas en lo tocante a candidatos, lo cual provoca unas abstenciones escalofriantes (61%) : tenemos un trío compuesto por el alcalde actual, Tremblay, que se encuentra sumergido hasta las orejas en la merde corrupta de la mafia de la construcción quebequesa, la señora Harel, una buro-tecnócrata de derechas que no parece muy dispuesta a cambiar nada, y Bergeron, un urbanista que al principio me hacía ligeramente tilín por sus ideas vagamente socialistas y refrescantes, pero del que han desenterrado un libro que escribió hace tiempo en el que exponía sus ideas sobre el atentado del 11 de septiembre, ideas que dan ganas de sacudirle algún medicamento fuerte ya mismo. Un antipsicótico, si es posible.

Porque sí, Quebec es bonito y civilizado, pero en todos los sitios cuecen habas. Aquí concretamente se cuecen langostas Thermidor, a bordo del yate de un empresario de bonito apellido italiano (ya, lo del mafioso de origen italiano es tan clásico que hasta suena cliché), empresario que cuando el ayuntamiento de Montreal saca a concurso la adjudicación de las obras públicas, él saca a pasear a nuestros democráticos representantes en su yate, y ¡alehop! Obra adjudicada por un precio que hubiera permitido construir un polideportivo en la luna. Y lo peor es que no hace distinciones: en su yate embarcan los miembros del partido en el gobierno tanto como los de la oposición. A bordo de ese yate hay tanto magno representante del pueblo poniéndose morado a canapés, que no sé cómo aún no se ha hundido. El dinero público que proviene de esos presupuestos inflados al helio paga los canapés, por cierto. Así que todos participamos, nosotros pagamos y ellos se lo comen, es un sistema bonito y equitativo.

Menos mal que la langosta aumenta el ácido úrico que es una barbaridad, así que les deseo a todos la gota, o una hipercolesterolemia como mínimo.

El caso es que ahí estoy, esperando más o menos pacientemente en la cola para votar, en mi collège electoral habitual. Monsieur M. espera detrás de mí, haciendo sudokus. Yo tengo abierta una novela tediosa y horriblemente escrita por Javier Sierra, en la que he perdido toda esperanza y hace diez minutos que no leo. En lugar de leer, miro a mi alrededor, y la uso para camuflarme. La mayoría de la gente en la cola es mayor de sesenta. Aunque soy consciente de que como muestra demográfica mi observación no tiene mucho peso, me parece mal signo. Espero un rato más, la cola avanza con una lentitud tremenda, probablemente por miedo a que la velocidad fatigue a los heroicos votantes, que en buena parte se apoyan en andadores.

Cuando llega mi turno, los dos ciudadanos que se ocupan de la mesa electoral con celo democrático encomiable (y un pelín exagerado), me hacen un gesto para que me acerque. Avanzo con una mezcla de esa inocentona satisfacción que me da siempre poder votar (no sólo por orgullo democrático, sino por los años que he tenido que pasar aquí congelándome el hispánico trasero antes de obtener el derecho a hacerlo), y con un poco de irritación, porque ahora que veo el ritmo al que procede esta mesa, no me extraña que hayamos esperado tanto. El señor que preside es un sexagenario con aspecto de sacristán. Me sonríe con benevolencia. Le devuelvo una sonrisa automática, de buenas maneras, un poco forzada, como la que reservo para mi higienista dental.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos: -"Bonjour! ¿Prueba de identidad, por favor?"

Le presento el permiso de conducir, que en Canadá es la prueba de identidad usual, ya que no existe el carné de identidad. Los inmigrantes nacionalizados tenemos una tarjeta de ciudadanía que también serviría como prueba de identidad, pero me toca las narices presentar un documento que no existe para los quebequeses "de pura cepa", y que en mi opinión, designa a los inmigrantes como ciudadanos de categoría diferente a los nacidos aquí. Todo eso no se lo cuento al señor sentado frente a mí.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos, ajustándose las gafas de leer, que penden de un cordón marrón que lleva al cuello, haciendo un gesto de esfuerzo olímpico mientras lee mi nombre, obedece ciegamente a la consigna de confirmar la identidad del futuro votante: -"¿Nombre y domicilio, por favor?"

Yo respondo, sucinta. Como pronuncio mi nombre como hay que pronunciarlo en el país de origen, la reacción automática del señor consciente de sus deberes ciudadanos es la desconfianza, que se pinta en su cara con la claridad de una valla publicitaria de autopista. La irritación automática debe de pintarse igual de claramente en la mía. Porque no es la primera vez, por supuesto. Y tengo una gran paciencia con la sorpresa, la curiosidad, la ignorancia crasa, incluso, pero no con la desconfianza. Alguien que desconfía de la diferencia por el mero hecho de ser diferente suele ser alguien que me toca las narices (y los principios), por lo general. Y no se me pone en el apéndice nasal desfigurar la pronunciación de mi nombre a la francesa (Agggannnnsszza) para que este moron del Montreal profundo se sienta más en terreno conocido (¿he mencionado que estoy en mi primer día de regla, en el que he esperado abundantemente de pie y que eso no suele ayudarme a ser más paciente?).

Señor ahora ultra-consciente de sus deberes ciudadanos, con tono interrogador: -"¿Perdón?"

Yo, progresivamente irritable y echando de menos mi ibuprofeno, repito mi nombre más despacio, con exactamente la misma pronunciación que al principio. Repito mi dirección.

Señor consciente en grado superlativo de sus deberes ciudadanos, mira la foto de mi permiso de conducir, me mira la cara, mira la foto de nuevo, y dice, con expresión ¡ajá-te-pillé!: -"No se parece mucho a la foto, madame. Ni su nombre se parece a lo que está escrito."

Yo, ahora en estado de irritación palpable y bastante esplendorosa: -"La fonética varía según el idioma. Y el pelo crece."

La mirada se me detiene, malvada, en su calva. -"El mío, al menos." (Ey, él se lo ha buscado. No le busques las cosquillas a una mujer con calambres abdominales).
Señor un poco más relajado en lo tocante a sus deberes ciudadanos, se bate en retirada, baja un poco la vista, me tiende mi permiso de conducir sonriente y hace un intento de simpatía: -"Es que tiene usted un nombre tan curioso... ¿de dónde viene?"

Yo, deseando sentarme con una mantita en el regazo : -"De Montreal, de la calle Foucher. Como ya le he dicho."

Señor, la sonrisa le disminuye una octava, me mira, perplejo: -"No, quiero decir, ¿de qué país?"

Yo, lacónica: -"De Canadá."

Monsieur M., que acaba de llegar a la mesa electoral vecina a la mía, ve el mini atasco que empieza a formarse detrás de mí y estira un poco el cuello para oír mejor. Lo miro con desenfado. Lo mío no es sadismo, es que cuando una lleva diez años pelándose el culo de frío para integrarse, aprendiendo la gramática infame del idioma con más excepciones ortográficas que conozco, acaba un poco harta de ser etiquetada de extranjera a perpetuidad.

Señor, aún irritantemente consciente de sus deberes ciudadanos, la sonrisa ahora visiblemente menos amplia, pero sin rendirse: -"Je, je, qué graciosa" (con una expresión que dice todo lo contrario), -"Ahora en serio, ¿de qué nacionalidad es usted?"

Yo, telegráfica e inmutable: -"Canadiense. Si no, no estaría aquí votando."

Monsieur M., que acaba de de introducir su voto en la urna, me oye, y me clava la mirada. Empieza a gesticular, señalando la salida y haciendo gestos de apremio.

El señor consciente de sus deberes ciudadanos abandona por completo sus esfuerzos por sonreír. Súbitamente, es todo business. Me da un lápiz (aquí hay que votar escribiendo una equis en la papeleta), marca mi nombre en la lista electoral y me indica la cabina de voto. Espera sin decir palabra a que marque mi papeleta tras el biombo de cartón, vuelvo a la mesa, le tiendo el lápiz, él retira el cartón que cubre la urna, mudo, yo voy a meter el voto, pero detengo el movimiento en el aire. He visto que la persona que espera dos puestos por detrás de mí, en la cola, es una mujer (o al menos, eso es lo que supongo) bajita, cubierta por completo con un chador. Sólo sus ojos asoman de entre la tela negra. El señor de la mesa mira con curiosidad por encima de hombro, para ver lo que me ha llamado la atención. Le pregunto, aún con mi papeleta doblada en la mano: -"Usted perdone, pero para votar, yo creía que identificarse era obligatorio."

Señor, sorprendido, sin ver muy bien adónde quiero llegar, recita maquinalmente: -"Y lo es, madame. Su nombre debe estar inscrito en la lista electoral, y debe justificarse con una prueba de identidad provista de foto: pasaporte, permiso de conducir, tarjeta del seguro médico o tarjeta de ciudadanía. Prueba que debemos verificar en la mesa confirmando su identidad."

Yo, frunciendo un poco el entrecejo: -"Pero imagino que la prueba de identidad con foto se exige a fin de comparar la cara del votante que se presenta a la mesa con la de la foto, tal y como su celo identificativo de hace un momento demuestra. ¿Se acuerda? Cuando usted parecía encontrar muy sospechosa mi abundancia capilar, monsieur."

Señor, que la verdad, al final se está mostrando más bien amable y paciente y que se desvive por informarme, convencido sin duda de que vengo de una república bananera y de que aún no comprendo los entresijos de la democracia: -"Así es." Asiente con la cabeza.

Yo, mirando brevemente a la misteriosa votante enmascarada, y bajando un poco la voz: -"Pues usted convendrá conmigo que a esa señora va a ser más bien difícil identificarla por comparación con la foto de su pasaporte."

Señor, con cara de niño que se ha hecho todos los deberes, me recita de nuevo: -"En Canadá, la ley electoral permite votar con una burka, o con un velo integral que permita ver sólo los ojos."

Yo, ahora ligeramente alucinada e ignorando a monsieur M., que agita los brazos al fondo de la sala, indicándome la puerta y el reloj frenéticamente, y sintiendo un resoplido del votante situado inmediatamente detrás de mí, un hombre joven que se me ha pegado un poco para oír mejor la conversación: -"Ah, vamos, que es legal votar con la cara tapada. Pero sospechoso cuando una se deja crecer el pelo o no pronuncia su nombre como usted cree que debería. Si yo llego a venir disfrazada de Spiderman, con los leotardos y la careta, usted me deja votar sin fastidiarme. Al fin de cuentas, ayer fue Halloween."

Señor, aún sorprendentemente paciente y con ánimo instructivo: -"Nononono. Una careta de Spiderman no es legal."

Yo, insistente y, llamémoslo por su nombre, tocahuevos: -"¿Pero un velo o una rejilla que cubre la cara sí? La lógica de la ley electoral se me escapa, caballero." Monsieur M. empieza a tener la cara roja, el aire inquieto y me indica de movimientos laterales de cabeza que intentan ser discretos al guardia de seguridad que empieza a mirarnos al señor responsable de la mesa y a mí, interesado.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos, pero ahora un poco nervioso: -"Es que una burka o un chador no son disfraces. Es diferente. Es un asunto de creencias religiosas."

Yo, inspirando sonoramente, como siempre que se me saca a relucir la creencia religiosa como justificación infalible de todo tipo de majaderías: -"Oiga, si es un asunto de creencias, por creer, yo creo en Spiderman. He sido criada por un hermano mayor que utilizaba los cómics de la Márvel como Sagradas Escrituras. Yo he crecido creyendo firmemente en Spiderman, Batman, los 4 Fantásticos y la Patrulla X. Faltaría más. En Superman y el Capitán América no, por ejemplo. Demasiado de derechas, me ponían un poco de los nervios. Pero para mí, Magneto es el demonio, los mutantes existen, y el profesor Xavier es su profeta. Aleluya."

Ruido de asentimiento entusiasta del hombre de atrás. Me vuelvo y le echo una ojeada rápida. Tiene unos cuarenta años. Se inclina tímidamente hacia mí y pregunta: -"¿Y Flash Gordon?"

Yo, encogiéndome de hombros: -"Pues no, mire. A mí Flash es que no..."

Señor de la mesa electoral, cada vez más inquieto, estira el cuello, mira hacia la cola cada vez más larga a mis espaldas, e interrumpe: -"Yo no hago la ley electoral, señora. Si tiene algún comentario, siempre puede escribirle un correo al diputado de su distrito. Y ahora, si tiene usted la amabilidad de proceder a votar, por favor...", termina, con tono suplicante.

Yo, insertando finalmente la papeleta en la ranura: -"Perdone, no quería importunarlo, pero si llego a saber lo absurdo de la ley electoral en un país presuntamente laico, vengo a votar vestida de Catwoman".

Sonoros asentimientos del señor de atrás y de tres o cuatro mujeres de la cola y de colas vecinas, que no se han perdido ripio. Una se lanza, entusiasmada: -"Diga que sí. Lo que es obligatorio para un ciudadano, debería de serlo para todos sin excepción." Ruidos generales de la gente que nos rodea, que corroboran lo dicho. La pobre mujer en el chador empieza a tener la mirada un poco asustada. La miro un momento, con sonrisa tranquilizadora. A fin de cuentas, la mentecatez de nuestros dirigentes, que nunca han mirado en el diccionario lo que quiere decir "laico", no es culpa suya. Y estoy contenta de que se haya animado a venir a votar, con velo o sin él.

Otra mujer más mayor, un poco más lejos, añade, pensativa: -"Aunque no sé, con el otoño que nos está haciendo, unos leotardos de vinilo, qué mal cuerpo." Una al fondo grita con regocijo: -"¡Hulk!¡En harapos y pintada de verde!" Risillas.

Siento la manaza de monsieur M. que se me posa en el hombro. Con voz cavernosa me dice: -"Has terminado, ¿verdad? Porque hay mucha gente esperando. Ajjjjem."

Le doy las gracias al agitado señor de la mesa electoral, que ya empezaba a mirar al guardia de seguridad, y le deseo que tenga un buen día. Mientras nos batimos en retirada, escucho retazos de conversaciones en la cola: -"La Linterna Verde sí que molaba." -"Pero mira que eres hortera. Wonder Woman, en cambio..." -"Oye, pues todavía tengo la capa y la careta de Darth Vader. Tú me guardas el sitio en la fila, yo paso por casa a recogerlas y vuelvo. Como hay Dios."

Monsieur M. me agarra ahora de un codo, mitad caballeroso, mitad tirando de mí hacia la salida, y mientras corremos más que andamos, masculla: -"No vayas a tomarme a mal, te quiero, mon p'tit loup, pero mira que eres emmerdeuse".


Otra estupenda obra de Norman Rockwell

sábado, 26 de septiembre de 2009

¿Eres un adulescente?

Imagen de Ed Polish & Darren Wotz

Aunque aparentemente comience con lo que parece un cotilleo, mi post de hoy es en realidad un mini-estudio de antropología social y cultural (tanto leer para la tesina, al final tenía que rendirme un poco). Os sitúo: mi buena amiga Mo me escribe un triste correo para decirme que su novio - bueno, debería decir ex-novio- de casi una década le ha hecho una auténtica marranada. La marranada, como tal, carece totalmente de originalidad, si una piensa que la infidelidad recurrente carece de originalidad en el ránking de indignidades que pueden terminar con una pareja. La forma de confesársela, también carece de originalidad y aún más de estilo: por teléfono. Digamos que en los "cuarenta principales" de maneras de confesar algo así de lamentable a tu pareja, el teléfono sigue de cerca -al final de la lista- al famoso post-it de "Sex & the City".

El ex-novio en cuestión, con el que mi amiga pasaba sólo los fines de semana y las vacaciones, dado que los dos tenían trabajos en ciudades diferentes, anunció su "no estoy muy seguro de que quiera meterme en el compromiso de vivir juntos" tras ocho años de relación y un muy intenso año de vivir por separado con compañeros de piso, saliendo mucho y, qué leches, reviviendo los veinte. El varón en cuestión tiene cuarenta tacos. Y no podía alegar que vivía ahogado por la vida de pareja.
Menos mal que Mo, al final de una interesante treintena, es joven, inteligente, interesante, buena persona, agradable en exceso y guapa a rabiar. Vamos, que no tendrá muchos problemas para encontrar otro compañero si se siente sola.

Si expongo la triste (pero típica, me temo) historia de Mo es sobre todo para provocar un poco de reflexión sobre un fenómeno social que aqueja Quebec en estos tiempos y que yo creía exclusivo de España : los adulescentes*. Por Internet ya pululan los sociólogos y los periodistas que definen este fenómeno -que yo creo algo más que generacional-:

*Adulescentes : (de adultos + adolescentes). (En francés: adulescents, en inglés kidults). Según los sociólogos, dícese de los jóvenes que se resisten a entrar en la vida adulta a pesar de que sus padres a estas alturas ya tenían hijos e hipotecas. Quizás por miedo a las responsabilidades, o directamente porque les parecen un coñazo, el caso es que el mundo occidental está lleno de adultos entre los 25 y los 45 con complejo de Peter Pan.

Estos adultos, que ya peinan canas, visten caras y fardonas zapatillas de deporte y no las utilizan jamás para hacer deporte, llevan chapitas en las solapas o mochilas, van en masa a ver pelis de dibujos animados, leen Harry Potter, recuperan héroes del pasado y vuelven a comprarse los muñequitos con los que jugaban en la infancia. De hecho, el revival un tanto egocéntrico de su infancia es algo en lo que pueden invertir bastante tiempo y dinero.
Por no hablar de ciertos comportamientos inmaduros que abarcan lo sentimental, lo laboral, lo familiar… Y además en España, para completar el panorama, viven con sus padres o compartiendo piso de la misma manera en que lo hacían cuando eran estudiantes. Y cuando digo "de la misma manera", también hablo del comportamiento.
En una época en la que para los adultos es obligatorio ser joven, y en la que los niños quieren ser adultos lo antes posible; en la que las niñas pequeñas y las adolescentes se visten como mujeres adultas y en la que las mujeres hechas y derechas intentan vestirse como adolescentes, el fenómeno de la adulescencia está creciendo en popularidad.

A ver, antes de que se me indigne innecesariamente algún lector (siempre hay alguno predispuesto a indignarse), aclaro: yo llevo zapatillas de deporte (nada caras, pero sí fardonas), aunque a veces (cuatro o cinco por semana) hasta hago deporte con ellas. Tengo una buena colección de camisetas con frases ridículas. Yo también voy a ver todas las películas de Pixar. Y ni siquiera me acompañan niños como excusa. En mi biblioteca reposan todos los tomos de Harry Potter (y las pelis, en esta casa somos grandes potterófilos), aunque también pueden encontrarse cosas como "El ruido y la furia" y hasta algún Erich Fromm (nada grita tanto "carroza" como "El arte de amar" de Fromm). Tengo una hipoteca sobre los lomos y vivo con la misma persona desde hace una década.

No me malinterpretéis. No creo que sólo exista una única manera de ser adulto. También creo que algunos de estos rasgos son generacionales, y que la situación laboral y de la vivienda en España no ayudan a nadie a independizarse, a vivir como un adulto y a comprometerse. Pero a veces me da la impresión de que éstas son estupendas excusas para mucha gente que no quiere crecer.
El sistema de tradicional chantaje afectivo matriarcal de muchas familias españolas, que parece considerar el natural deseo de emancipación de los hijos como una traición al amor de la madre, también fomenta este estado de adulescencia, que se prolonga a veces hasta bien entrados los cuarenta, no sólo sin que nadie se sorprenda, sino considerando al parásito adulto en cuestión como un "hijo/a ejemplar".

Cuando llegué a Quebec, me deslumbró lo rápido que la gente crece aquí: no es raro que un quebequés deje el domicilio familiar a los 18, trabaje, viva con su novio/a y pague sus propios estudios superiores, que cursa mientras trabaja. Me pareció que al fin había llegado a un país donde la gente se hace adulta, con unas posibilidades laborales que permiten que eso suceda con naturalidad. Y yo que había suspirado por independizarme desde que tuve uso de razón. Pero cuál sería mi sorpresa, durante los últimos diez años, cuando vi cómo empezaban a evolucionar -de forma tristemente conocida- algunos de mis coetáneos quebequeses, especialmente (lo siento, caballeros), los del sexo opuesto. El fenómeno se ha extendido tanto en Quebec, que hasta se han hecho películas como "Horloge biologique" ("Reloj biológico"), en la que el sexo masculino (especialmente en la treintena) no sale muy bien parado. Y que está, por cierto, dirigida por un hombre.

Para terminar este post, la cocina montrealesa propone un test de gran sofisticación y de utilidad pública: aplicado con rigor, os permitirá descubrir si vuestro hombre es un adulescente, y preparaos para las consecuencias. Chicos: podéis feminizarlo y aplicárselo a vuestra compañera, porque me temo que la "adulescencia" no es exclusivamente masculina.


TEST : ¿ERES UN ADULESCENTE?

1. Te ingresan el sueldo de este mes en tu cuenta corriente. Te lo gastas en :

A. Todos los muñecos de Star Wars que te faltaban para completar la colección. Y ese juego para la Wii que te apetecía tanto. ¡Yupi!

B. Piensas un poco en ese iPhone... ¡a la mierda las facturas! Respiras hondo, pensando en cómo pagar el alquiler de este mes sin renunciar a él.

C. Pagas las facturas, te las arreglas para dejar un poco en vuestra cuenta conjunta e invitas a tu compañera a cenar a un buen restaurante. Ahorrar es importante, pero un capricho de vez en cuando es razonable. Siempre puedes llevarte al trabajo el almuerzo hecho en casa, para compensar.

D. Pagas responsablemente todas las facturas, e ingresas el excedente íntegro en tu plan de pensiones.

***

2. Te refieres a tí mismo exclusivamente como...

A. Un chico. Un muchacho (o el equivalente) en América Latina.

B. Un joven.

C. Un hombre.

D. Un señor.

***

3. Tu compañera/novia/mujer te dice durante la cena que tenéis que hablar de algo importante:

A. Te tapas inmediatamente las orejas con las manos y repites canturreando: "Noteoigonoteoigonoteoigo..."

B. Te pones a pensar si no echan en la tele algún partido que pueda servirte como excusa para posponer la conversación.

C. Te acercas a ella, le pasas un brazo por los hombros y le preguntas, un poco inquieto: "¿Pasa algo grave, cariño?"

D. Le dices que sabías que finalmente accedería a que tu madre viviera con vosotros. Y que estás orgulloso de que tu mujer no sea una ingrata.

***

4. Cuando vas a visitar a tu madre...

A. No necesito ir a visitarla, ¡vivo con ella!

B. Le llevas un par de coladas de ropa sucia que andaban por el suelo de casa, y unos tupperwares vacíos que te dio la última vez (espera, ¿los has lavado?) para que te los rellene con ese cocido tan rico que hace ella. A mamá le encanta hacer esas cosas por tí.

C. La llamas antes por teléfono para preguntarle si le viene bien que pases por casa o si está ocupada, y para saber si necesita que le lleves alguna cosa. Le llevas el tupperware que aceptaste la última vez, con un buen pedazo del bizcocho que hiciste ayer, y una planta de regalo.

D. Te instalas en su casa tres días, le haces la limpieza, le empapelas el salón y le cambias todos los enchufes. Le lees en voz alta su libro de poesía preferido mientras hace ganchillo.

***

5. Tu idea de una tarde de relajación después del trabajo es...

A. Hombre, si no me está leyendo mi novia... ¡irme a un striptease con los colegas! Si no hay dinero, un paquete de patatas y una buena peli porno son la segunda mejor opción.

B. Echar un partidito de fútbol con los colegas, y luego una buena borrachera post-partido.

C. Llamo a mi compañera antes de salir y quedamos en alguna terraza agradable para tomar algo juntos y contarnos el día. Paseamos un rato y después de la cena hacemos el amor dulcemente. Si ella está cansada, le doy un buen masaje y le lleno la bañera con su gel de baño preferido.

D. Una partidita de cartas, las noticias en la tele y a la cama temprano, que mañana será otro día.


***

6. Tu novia/compañera... te anuncia que tras darle muchas vueltas, está pensando seriamente en tener un hijo. Te pregunta qué piensas al respecto.

A. La miras mientras habla, paralizado como una rata en un cepo, y cuando ha terminado, te levantas de un salto, sales corriendo lanzando alaridos y te precipitas en el bar más próximo.

B. Lanzas una risilla nerviosa y le preguntas: -"¿Tener un hijo... con quién?". Al ver su expresión, enmudeces, te sirves un copazo para ganar tiempo. Le preguntas si no bastaría con comprar un perro.

C. La miras, emocionado, tomándole las dos manos. Le dices que eres consciente de que es una decisión importante que cambiará vuestras vidas para siempre, y que tener un hijo con ella te hará el hombre más feliz del mundo.

D. Le preguntas, enfadado: "Ah, ¿es que se te había pasado por la cabeza NO tener hijos?"

***

7. Tu forma de compartir las tareas domésticas es...

A. ¿Euh?

B. Eehm... vacío el lavavajillas. Cuando "puedo". Y plancho. A veces. Pero no muchas, porque la contraria me dice que no lo hago bien.

C. Cincuenta por ciento de lo que haya que hacer, por supuesto. Cocino, friego, plancho, lo que haga falta. Si ella está muy cansada, no me importa darle un respiro y hacer su parte. Somos un equipo, ella haría lo mismo por mí.

D. Yo hago los trabajos de hombre: transportar cosas pesadas en la compra, los arreglos domésticos, el bricolaje. A ella le dejo las cosas de mujeres.

***

8. Cuando pienso en mis veinte años y en el presente...

A. Ahora encajo mucho más alcohol sin vomitar. Pero los atracones porreros me están haciendo echar tripa, maldita sea.

B. No veo mucha diferencia. Sólo que ahora estoy un poco más calvo y que ya no escucho a Locomía (qué vergüenza). Pero a veces me dan ataques de nostalgia pensando en Samantha Fox.

C. No creo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Fueron divertidos mientras duraron, pero ahora no querría vivir como vivía entonces.

D. Yo nunca he tenido veinte años, que yo sepa. Tengo 65 desde los 16.

***

9. La infidelidad...

A. Yo no he sido, nadie me ha visto, no pueden probarlo.

B. Fue culpa de ella, lo juro, se me echó prácticamente encima, introdujo violentamente uno de sus pechos en mi mano, fue casi una violación, y yo cuando tengo semejante erección tengo ciertos problemas de riego en el cerebro.

C. Es un riesgo demasiado grande, el de perder todo lo que hemos construído juntos durante estos años, por un momento de placer pasajero, vacío y culpable. Respeto demasiado a mi compañera para hacerle algo así.

D. ¿Qué es eso? Cariño, ¿dónde has puesto mis calcetines de tenis?

***

10. El compromiso...

A. ¡Aaaarrgggh! A ver, que no porque llevemos siete años juntos somos forzosamente "una pareja".

B. Uhm, ejem, cuando pienso mucho en eso me dan esos ataques de eczema...

C. Es necesario para evolucionar en una relación, y como persona.

D. Hasta que la muerte nos separe, por supuesto. Hemos comprado nichos contiguos. ¿A que es romántico?

***

RESULTADOS:

Mayoría de A:
No hay duda. Eres un adulescente. Lo llevas sin complejos y sin tapujos. Te mereces encontrar como pareja a alguien como tú. Exactamente como tú.

Mayoría de B:
Calma. Eres un tipo normal. Con cierta nostalgia de la adolescencia, y cierta tendencia a la irresponsabilidad, pero nada que los demás no padezcamos. Tu inmadurez está en la media, nada espectacular.

Mayoría de C:
Confiesa: has mentido como un bellaco. La mayoría de los hombres responden, como máximo, una mezcla de B y C. Si has respondido con sinceridad, eres un hombre perfecto. Si por alguna extraña razón eres heterosexual y estás soltero, mándame un correo con tu número de teléfono, que se lo paso a mi amiga Mo ipso facto.

Mayoría de D:
Tú no eres maduro, tú lo que eres es un viejo prematuro. Una cosa es madurez, y otra putrefacción, macho. Sal de casa, entra en el siglo XXI con el resto de nosotros, vive la vida, diviértete un poco, hombre. Lo necesitas.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Flechazo / The early bird gets the worm

Interior, día. Cocina montrealesa. Jules está tumbado boca arriba en el suelo de mi cocina, con la cabeza y los hombros dentro del armario que está debajo del fregadero. Una servidora se encuentra a su lado, sudorosa y a cuatro patas, con una linterna en una mano, apuntando a la tubería con la que lucha el Jules. Nuestro Jules jura en colorido francés de Francia, con toques regionales bretones que no acabo de entender del todo.

La escena podría parecer dudosa e incluso vagamente interesante si uno no la pone en su contexto: el sistema de tuberías de la barraca montrealesa se comporta de forma cada vez más temperamental, y este verano, a cada tormenta que hemos tenido (y hemos tenido muchas), al fregadero le ha dado por regurgitar de forma extraña. También parece tener problemas de flatulencia cuando la lavadora de nuestra vecina entra en el ciclo de vaciado. Esta mañana, tempranito, ha decidido dejar de tragar del todo, y se ha atascado.

Tras llamar a monsieur M., que esta semana se encuentra en ville, todo lo que he obtenido de él es un "llama a Jules" un poco cansado. Monsieur M. ha tenido varios encontronazos bastante sucios con el sistema de desagües de esta ruina que llamamos casa, y creo que ha llegado a su límite en lo que a lidiar con comida parcialmente descompuesta-pelos-materias fecales se refiere. La verdad, no se lo reprocho. Así que decidimos pagar para que otro lidie con ello. De ahí la presencia en decúbito supino de nuestro Jules, y mi pose como de escena de "Fontaneros cachondos buscan culos redondos". La lámpara frontal del Jules ha pasado a mejor vida durante la reparación.

El Jules: -"Putain! Bordel!" (dirigiéndose a nadie en particular y a la tubería en concreto) -"Levanta un poco la linterna", (dirigiéndose a mí). Jules es bastante dictador cuando una se ofrece a ayudarle. Tendría que haberle dado la linterna y dejarle que la sujete con los dientes. Ganas me dan. Tengo cosas mejores que hacer. Tengo una tesina por terminar.

Levanto un poco la linterna. Levanto también la otra mano y hago rotaciones de muñeca, porque están empezando a darme calambres. Me retiro un mechón de pelo pegado a la frente, perlada de sudor. Me duelen las rodillas, de estar arrodillada en los azulejos. Jules se debate con una llave inglesa.

Un fuerte chasquido, ruido de líquido que gotea, Jules aparta bruscamente la cara de debajo de la tubería, se incorpora a medias y se sacude un golpe fenomenal contra el canto del armario.

-"Aouch!"

El Jules, escurriéndose de debajo del armario aún tumbado en el suelo, con la mitad de la cara chorreándole un líquido marrón no identificado y frotándose un ojo: -"Putain de bordel de merde!"

Me acerco un poco a él gateando, haciendo un recuento mental de las diferentes sustancias que he vertido por el fregadero últimamente, y de su potencial corrosivo y cegador.

-"Vaya actividad que hay en esta casa. Y de buena mañana".

Ésa es la traducción. La frase original es más bien:

-"Having fun already? You, early birds."

Con la concentración y las bretonas palabrotas de Jules no he oído la puerta que, curiosamente, y como muchas en esta tranquila ciudad, no está nunca cerrada durante el día, y de la que basta empujar el picaporte para entrar.

Me siento bruscamente en el suelo, sofocada, intentando adoptar una posición lo más digna posible, con toda la dignidad que me permiten unos horribles pantalones de peto convertidos en bermudas a tijeretazos, y una cara sudada y roja. Jules se queda tumbado, frotándose la frente con una mano y limpiándose el ojo con la otra.

Naturópata Alternativa me mira desde lo alto de su espigado metro ochenta, con media sonrisa, mezcla de suficiencia y diversión: -"He venido a devolver el libro que me prestó monsieur M."

Su mirada pega un barrido hacia Jules, que ahora se ha incorporado y está sentado en el suelo junto a mí, un chichón emergiéndole en la frente y la mitad de la cara marrón. Sin mirarlo, le paso un pañuelo de papel del paquete que llevo en el bolsillo. Jules me da las gracias y empieza a limpiarse la cara con él.

Yo, defensiva (y aún sofocada): -"Monsieur M. no está".

Naturópata Alternativa, aún con esa sonrisa de medio lado, mirando la escena: -"Ya me lo imagino."

Yo, aún más sofocada y defensiva: -"Quiero decir, que está en el trabajo. Jules me está ayudando con el desagüe del fregadero."

Naturópata Alternativa, con sorna: -"Ya."

Jules, ahora levantando la cara semilimpia, absorbe la imagen de Naturópata Alternativa en toda su altura, larga melena blanca, brazos y piernas finos y fríos ojos azules. Naturópata Alternativa sería una mujer muy guapa, si no fuera tan irritante. Tiene ese don de decir exactamente lo que más va a molestarte en un momento dado. Algo así como saludarte recordándote que has engordado seis kilos, que la ropa que llevas te queda mal y que tienes algo verde entre los dientes. Muy peligrosa para la gente con la autoestima baja. Jules no parece tener ese problema, a juzgar por la forma en que la mira. Una sonrisa empieza a abrirse paso en su cara de gabacho narizón, una sonrisa que hace eco a la de la bruja de la medicina natural.

Me levanto del suelo, me enjugo el sudor de la cara con otro kleenex y tiendo la mano para recibir el libro de monsieur M. Naturópata me lo da, cuidadosa de no tocar mi mano cuando lo hace. Cuando estoy empezando a recobrar mi urbanidad y a pensar en que se supone que debo ofrecerle algo de beber (¿qué hay por casa que sea de comercio justo?), o que se sirva ella misma en la nutrida biblioteca de monsieur M., Alfonso irrumpe en la cocina (bueno, "irrumpe" igual es exagerar, entra cachazudo describe mejor el momento), nos mira a todos, se acerca a mí, se frota brevemente contra una de mis pantorrillas, ronronea un poco, se frota contra la de Jules (los dos se conocen bien), ignora olímpicamente a Naturópata Alternativa y se va a ver si quedan croquetas en su bol de comida. Naturópata lo sigue con la mirada, abre la boca para hacer un comentario, capta mi mirada fulminante y decide cerrar la boca de nuevo.

Yo, haciendo conversación para atenuar mi irritación: -"Jules y Alfonso son buenos amigos. Jules se ha ocupado de él muchas veces, cuando nos vamos de fin de semana y él está aquí, haciendo reformas."

Mirada azul e inexpresiva de Naturópata Alternativa. Silencio.

Yo, prosigo, nerviosa: -"Jules se porta muy bien con él. Se lo cepilla a menudo." Es lo que pasa cuando me exaspero. El francés me chirría. Se me patinan los reflexivos.

Resoplido de risa ahogada, del lado de Jules. Sonrisilla irritante de Naturópata.

Naturópata Alternativa, sonriente, a Jules: -"Así que cepillas a Alfonso, ¿eh?"

Jules, con otra gran sonrisa, mirándola a los ojos: -"Entre otras cosas. Hago reformas. Y corrección de textos."

Naturópata Alternativa, muy interesada: -"¿Ah, sí?"

Yo, gruño: -"Voy a buscarte hielo para esa frente, Jules". Me dirijo al congelador, y empiezo a hurgar dentro.

Naturópata Alternativa, acercándose a Jules y examinándole la frente (juraría que exagerando su acento anglófono, que piensa que le da un toque encantador a su francés): -"Un buen golpeh, ¿eh? My goodness."

Se dirige a mí: -"¿Tienes árnica?"

Yo, envolviendo los hielos en un trapo: -"No. Tengo aspirinas. Y bálsamo del tigre, ¿eso vale? Y no, no es orgánico."

Naturópata sacude la cabeza con desaliento. Clava los ojos en Jules, una lucecilla bailoteando en la mirada. Jules sostiene esa mirada con otra igual de fija. Yo, a un par de metros de los dos, con un paquete de hielo en la mano, los observo incrédula, como un espectador en un partido de tenis, moviendo la cabeza del uno al otro. La electricidad en la cocina es casi palpable. Juraría que veo un remolino de feromonas flotar en torno a ellos.

Eh merde: l'amour. Incomprensible.

(Imagen de Ed Polish & Darren Wotz)

jueves, 30 de julio de 2009

Mensajes (II): Uncut version

-"Tip, tap, tip, tap", tecleo infatigablemente, mientras intento terminar la tesina que el mundo de la lingüística se está hartando de esperar.

-"¡Ping!", hace en mi pantalla un mensaje instantáneo. Quienes me conocen bien, saben que cuando revoluciono el mundo de la lingüística, no estoy para nadie. Y que odio los chats. Odio por igual chatear, los mensajes de texto de 150 palabras o menos, y Twitter. Así como Facebook. Soy la señora Scrooge de las redes sociales virtuales. Detesto esos mensajes cortos y su lenguaje amputado, más que abreviado. Abomino las "k" que sustituyen a las "q". Deploro que la gente juzgue necesario contar al planeta entero cosas como "en estos momentos estoy haciéndome unas judías con chorizo". Algo tan innecesario como todo lo que cuento en este blog, por cierto. Por todo ello, y por algunas razones más que me guardo para mí misma, ignoro toreramente el mensaje instantáneo.

-"Tip, tap, tip, tap", sigo tecleando industriosamente.

-"¡Ping!", continúa tintineando el irritante mensaje. Decido pinchar, ver quién es y mandarlo a tomar el fresco. Veo que es Lady D. Esto no es habitual en ella. Leo.

Lady D.: -"Hello-o-o?" Escribe, tentativa.

Lingüista en Devenir: -"Jrumpf."

Lady D. : -"¿Qué haces?"

Lingüista en Devenir: -"Trabajo. Mucho."

Lady D.: - "¿Haciendo qué?"

Lingüista en Devenir: -"Busco un artículo de Mr. Edward T. Hall en Foreign Language Annals. ¿Qué quieres?"

Lady D.: -"...y yo que pensaba que la lingüística no tenía picante..."

Lingüista en Devenir: -"Annals como en "anales: publicación periódica en la que se recogen noticias y artículos sobre un campo concreto de la cultura, la ciencia, o la técnica. (RAE)" No como en "perteneciente o relativo al ano, esfínter al final del recto". Estoy intentando trabajar. Coññio ya."

Lady D.: -"A ver si terminas pronto, esa tesina te está jorobando el humor."

Lingüista en Devenir: -"Insisto: ¿Qué quieres?"

Lady D.: -"Seré breve: ayuda."

Lingüista en Devenir: -"Pide."

Lady D.: -"Dar de comer a Saturno durante una semana. Limpiar el cajón de arena. Regar las plantas."

Saturno es el gato atigrado de Lady D. Por algún motivo que ignoro, Saturno no está tan gordo como Alfonso. Pero no parece mucho más activo.

Lingüista en Devenir: -"¿Y no sería mejor dar de comer a las plantas y regar a Saturno? Lo digo porque tu gato empieza a parecerse un poco al mío. Y tus plantas están un poco anémicas."

Lady D.: -"Ja. Ja. Très drôle."

Lingüista en Devenir: -"Heeecho. ¿Viaje imprevisto?"

Lady D.: -"Oh, yeaahh."

Lingüista en Devenir: -"Reformulo. ¿Viaje imprevisto con hombre?"

Lady D., arreglándoselas para sonar un poco fanfarrona, incluso en chat: -"Ouaiis, madame."

Lingüista en Devenir: -"Voy a palear mierda de tu gato durante una semana. Quiero detalles."

Lady D., haciéndose de rogar: -"¿Cómo...?"

Lingüista en Devenir: -"Cómo, quién, cuándo, dónde, cuánto."

Lady D.: -"Acupuntor y masoterapeuta. Lo conocí en su trabajo. Diez años más joven. Divorciado. Escalada en tiempo libre. Cuerpo de dios griego. Cuatro o cinco manos, todas ellas llenas de habilísimos dedos. Dos o tres bocas. Shiatsu. Sueco. Infatigable. Encantador."

Lingüista en Devenir: -"Demasiada información."

Lady D.: -"Querías detalles."

Lingüista en Devenir: -"No todos. Deja alguno para la vuelta. Y disfruta del viaje."

Lady D.: -"AH, OUI! ¡Muchas veces!"

Lingüista en Devenir: -"Cochina. Guarra. Felicidades."

Lady D.: -"La única cochina aquí es tu envidia."

Lingüista en Devenir: -"Cierto. La envidia me pudre. Ligeramente. ¿Qué fue de la búsqueda del Gran Amor?"

Lady D.: -"Ahí le ando. Sé que el sexo por el sexo es una experiencia vacía, pero es la mejor experiencia vacía que conozco."

Lingüista en Devenir: -"Parafraseando a Woody."

Lady D.: -"Siempre."

Lingüista en Devenir: -"¿Dónde vais?"

Lady D.: -"Murdoch's Beach, Maine. USA. Bicicleta y natación."

Lingüista en Devenir: -"Pásalo bien. Cuidado con los tirones."

Lady D.: -"Llevo masajista."

Lingüista en Devenir: -"A nuestra edad, ciertas posturas implican tener que ser separados por un quiropráctico."

Lady D.: -"Mmh. Nunca lo he hecho con un quiropráctico."
Lingüista en Devenir: -"Golfa."

Lady D.: -"Lo intento. Bisou."

Antes de seguir tecleando, lanzo una mirada a Alfonso, que yace tripa arriba en una esquina de mi mesa de trabajo. Me devuelve la mirada, por el rabillo de un ojo felino.

Lingüista en Devenir: -"Todos se largan. Así es la vida. Masajes y vacaciones para unos, pipí de gato para otros."

Alfonso comparte mi dolor, me mira con simpatía renovada, ronronea un poco, se da la vuelta y sigue durmiendo.

Imagen de Ed Polish & Darren Wotz

lunes, 27 de julio de 2009

Mensajes


Mensaje encontrado a mi llegada a casa, a las seis y media de la tarde. Garabateado en un gran post-it, y pegado en mi puerta por un miembro de la horda de obreros que está rehaciendo las podridísimas escaleras exteriores de esta barraca montrealesa (en francés, en el original):

"Ma petite madame (no sé qué tienen estos fornidos trabajadores, que a través de su filtro nublado por la testosterona y el paternalismo me ven pequeña y necesitan decírmelo a toda costa):

Mañana hacia las siete llega la hormigonera que rellenará de cemento los cimientos para la nueva escalera. Aprovecharemos para rellenar ese agujero enorme justo al lado de la columna que sostiene la estructura, parece ser una madriguera de marmota, y por el tamaño, hace ya años que está instalada. Eso le evitará futuros daños al parterre y al sistema de tuberías. Por favor, mueva el coche para dejar sitio a la hormigonera.

Atentamente,

Yves"

Releo la nota y me quedo pensativa mirando al vacío, en uno de esos momentos de ausencia que tanto inquietan y relajan a monsieur M., mi legítimo reposo, digo esposo. Lo inquietan, más que nada porque suelen dar lugar a esas grandes ideas que hacen que terminemos en el centro de bricolaje gastando dinero en algún proyecto absurdo que va a tener que llevar a cabo él, con sus manitas; y lo relajan porque, a diferencia de monsieur M., yo no he pasado vacaciones en monasterios budistas en "retiro de silencio". Y a la larga, mi exuberante y brillante conversación lo mina un poco, zen que es él.

Presa de un impulso, corro a la impresora y fotocopio la nota. Con un bolígrafo, garrapateo rápidamente en la parte inferior de la nota fotocopiada : "Lo siento. De verdad." La meto en un sobre, lo cierro, escribo en él "Doña Marmota" con una fuerte impresión de que mi desequilibrio mental habitual está ganando tranquilamente la partida, salgo al parterre, enrollo el sobre y lo meto en el agujero. Miro a derecha e izquierda, saludo a mi pasmado vecino, propietario de variados gnomos de jardín, que riega maniacamente el césped como todas las tardes a esta hora, aunque llevemos un verano que parece la estación del monzón (¿estará plantándose un arrozal?), y entro de nuevo en casa en dos zancadas.

A la mañana siguiente, el ruido de la hormigonera haciendo marcha atrás para aparcar delante de casa hace que salga a la puerta a mirar, café en mano, intentando aplastar el ángulo imposible en el que se alza el lado izquierdo de mi cabellera recién levantada. Abro la puerta de nuestro palacete en ruinas, y encuentro un sobre de color malva, atrapado entre el felpudo y la madera del balcón. En el sobre está escrito, con primorosa caligrafía: "Monsieur Bigfoot y señora".

Perpleja, lo abro, saco una pequeña hoja de papel muy fino del mismo color malva que el sobre, la despliego y leo sólo una palabra, escrita en la misma letra cuidada y coqueta: "Gracias". En el suelo reposa un ramo de lirios amarillos, que parecen provenir de mi propio parterre.

viernes, 24 de julio de 2009

Lluvia

Hemos tenido suerte: de los tres únicos días que salimos de Montreal este verano, al menos uno y medio ha sido lo bastante soleado como para poder llamarlo un día de verano.
Estas vacaciones (aquí se toman en julio) está lloviendo tanto que ya son una especie de broma colectiva entre los desesperados quebequeses, que en su gran mayoría las pasan practicando el deporte nacional en uno de los muchos parques naturales de este gran país: el cámping. Nada tan miserable como quince días acampando miserablemente bajo la lluvia. Bueno, sí: quince días acampando miserablemente bajo la lluvia con niños que se aburren.
Para muestra, esta caricatura del gran Serge Chapleau (traducida a todo correr por una servidora) aparecida en La Presse del sábado pasado:


Qué gran verano para terminar una tesina.

sábado, 20 de junio de 2009

Brochetas de pollo shish taouk a la barbacoa (HEMC 34): cocina para hombres de verdad


" Meat is murder. Tasty, tasty murder."

"Kill a cow, start a fire... The magic begins".

"La comida, me gusta muerta. No enferma, ni herida gravemente, sino muerta. Ésa es la razón por la que no como ostras." - Woody Allen



El "hecho en mi cocina" de este mes (HEMC 34), organizado por Kako, propone que cocinemos algo del Magreb o de Oriente Medio. La receta que os propongo viene más bien de Oriente Próximo, pero bueno, es Oriente, al fin y al cabo. Y técnicamente, tampoco la he cocinado yo, sino monsieur M. Pero cuando terminéis de leer este post, estaréis de acuerdo conmigo en que merezco un poco de mérito.

Cuando llega el calor a Montreal (y, aunque muchos no crean que en Quebec puede hacer calor, lo hace, y mucho más que en el norte de España, del que soy oriunda), deja de apetecerme cocinar. Es lógico, soy una pastelera-panadera compulsiva, y a 32º y 80% de humedad (casi llueve en la cocina), en un aire espeso como el de la jungla camboyana, lo último que apetece es encender el horno. Sumergerse en una piscina llena de gazpacho frío es más apropiado.

Menos mal que en verano se abre la veda de un elemento básico del universo culinario norteamericano: la barbacoa.

La barbacoa que todo canadiense y estadounidense tiene aparcada en su balcón-terraza-jardín trasero es más que un instrumento para cocinar. La barbacoa en Norteamérica es cosa de hombres. Es el eslabón que une al hombre norteamericano actual con su yo primitivo, que lo retrotrae a su rol tradicional de cazador-recolector: el ancestro que asaba el diplodocus a la parrilla tras haberlo matado de un garrotazo (ya, ya, sé que no fueron contemporáneos, no me escribáis para decírmelo). Probablemente después se limpiaba la grasa de las manos en su taparrabos de pieles y agarraba a su señora por los pelos, arrastrándola a la caverna y rematando así un agradable sábado noche. Eso en el caso de los más delicados. Los menos, muy posiblemente no se limpiaban la grasa de las manos. Por algo como tanto tofu.
La barbacoa, para el homo americanus, es el equivalente en cocina a lo que el coche representa en la vida. Un símbolo de estatus socioeconómico, de tradición familiar perpetuada, de virilidad. Los hombres las prefieren enormes (la mía es más grande que la tuya), fardonas, brillantes (en acero inoxidable, aún mejor), hablan entre ellos de precios, comparan potencias (en BTU), a veces -pocas- intercambian trucos y recetas. El homo americanus de verdad no cree en patrañas como el colesterol, los problemas cardiovasculares, la obesidad mórbida, y los múltiples estudios que han demostrado lo muy cancerígeno que es comer demasiada carne roja, y aún peor, demasiada carne roja carbonizada. Rumores. Cuentos para asustar mariquitas. Pásame esa vaca.

El proceso que conlleva preparar una barbacoa un sábado cualquiera en un hogar cualquiera de Norteamérica, es muy similar, desde nuestra barraquita montrealesa hasta Nueva Orleans, desde Vancouver hasta Tulsa. Os lo describo paso a paso:

BARBACOA PARA HOMBRES DE VERDAD

Todo hombre que se precie de serlo, se ofrece voluntario para cocinar una barbacoa de vez en cuando. El proceso suele seguir siempre la misma sucesión de pasos, que empieza con un par de frases inocentes y muchas buenas intenciones:

Hombre-de-Verdad: -"Ma Petite Chérie, has pasado toda la semana trabajando como una loca en -pongamos, un ejemplo completamente al azar- la tesina. Mereces un descanso. Hoy cocino yo. Invitamos a unos amigos y te relajas, disfrutas de la compañía."

La Chérie en cuestión le dirige una mirada cargada de escepticismo. A continuación, tras ver la hora que es y preguntar al Hombre-de-Verdad lo que va a preparar...

1. Petite Chérie se viste, agarra el bolso, sube al coche y se va al supermercado a comprar todos los ingredientes.

2. Tras descargar sola la compra, Petite Chérie prepara la ensalada, las verduras de acompañamiento y el postre.

3. Petite Chérie procede a preparar la marinada y a cortar la carne, que dejará marinando en un recipiente que situará, junto con los utensilios (pinzas, espátula, mechero, trapo), al lado de la parrilla, al alcance del Hombre-de-Verdad, que está de pie, cervecita en mano, charlando con los amigos invitados.

4. Hombre-de-Verdad pone la carne en la parrilla.

5. Petite Chérie entra de nuevo en casa, saca mantel, platos, cubiertos, vasos, servilletas y lo lleva todo -en varios viajes- al patio, donde pone la mesa. Vuelve a entrar, corta el pan y aliña la ensalada y mira el punto de cocción de las verduras.

6. Petite Chérie sale de nuevo al patio para avisar a Hombre-de-Verdad de que es hora de darle vuelta a la carne.

7. Hombre-de-Verdad le da la vuelta a la carne. Se abre otra cervecita.

8. Petite Chérie pone música y enciende unas velas en la mesa para crear un ambientillo agradable. Limpia los mostradores de la cocina y saca la cabeza por la puerta para avisar a Hombre-de-Verdad de que la carne se está quemando.

9. Hombre-de-Verdad saca la carne el fuego y se la pasa a Petite Chérie.

10. Petite Chérie reparte la carne en los platos, sirve las verduras, la ensalada y hace los honores, diciendo a Hombre-de-Verdad lo bien hecha que está la carne.

11. Todos los comensales alaban sus habilidades cocineriles y le agradecen la estupenda cena.

12. Hombre-de-Verdad abomba el torso ligeramente y sonríe, satisfecho. Afirma, sin falsa modestia, que nadie cocina en la barbacoa tan bien como él, que su padre le pasó el método familiar secreto. Mientras, Petite Chérie va a buscar el postre y lo sirve, y prepara las tazas para el café.

13. Después de comer, Petite Chérie despeja la mesa (porque según la tradición en la casa, "el que cocina no friega") y friega los platos.

14. Hombre-de-Verdad pregunta a Petite Chérie antes de acostarse que "si le ha gustado tener la tarde libre" y, tras ver su reacción enfadada, concluye que a las mujeres no hay quien las entienda.

Brochetas shish taouk acompañadas de taboule casero. Y bíceps de monsieur M.

Estas brochetas de pollo shish taouk (también conocido como shawarma en otros países) no tienen ningún misterio. La marinada que da al pollo ese sabor delicioso es sanota y fácil de preparar:

INGREDIENTES (Para unas 4 personas)

- 4 pechugas de pollo de buen tamaño, cortadas en cubos para brochetas (o unos muslos, según preferencias)

- pinchos para hacer las brochetas (si son de bambú, remojarlos en agua durante un cuarto de hora, para evitar que se chamusquen)

- 3 cucharadas soperas de yogur natural

- 1 cabeza de ajos, pelados y rallados

- el zumo de 1 limón

- un poco de piel de limón rallada

- una pizquita de cayena

- sal y pimienta

Mezclar todos los ingredientes en un recipiente y marinar el pollo durante un mínimo de 4 horas en el frigo (mejor toda la noche). Preparar las brochetas y ponerlas en la parrilla. Para que el pollo no quede seco, hay que hacerlas a fuego vivo, el tiempo justo. Una vez hechas, meterlas dentro de pan de pita y envolverlas en papel de aluminio para que no se enfríen.

Acompañar con taboule, hummus o brochetas de verduras.