
"Family love is messy, clinging, and of an annoying and repetitive pattern, like bad wallpaper."
Friedrich Nietzsche
"La felicidad es tener una familia grande, amante, que se preocupe por uno y que esté muy unida, en otra ciudad."
George Burns
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La idea para esta entrada me la dio en parte Noema, esa gemela espiritual que vive en Berlín. Todo empezó con un comentario en la entrada sobre monsieur M. y el Incidente Estético en la Optica. Ella mencionaba la película "My Big Fat Greek Wedding", y yo le comentaba que cuando mi quebequés de marido y yo vimos la película, nos recordó bastante a mi familia. Por aquello de que en mi familia, como en muchas familias españolas y mediterráneas, se practica algo que he terminado por llamar "hospitalidad agresiva". Lo de meter en el mismo bote a los países mediterráneos, lo digo por experiencia, tras haber sido invitada por una familia marroquí, frecuentar y cenar con la familia de una colega de trabajo libanesa, y recibir en plena boca todo tipo de pastelitos preparados con amor por las madres de mis alumnos griegos, sirios, argelinos e italianos.
Todas ellas tenían algo en común con mi propia madre: todas parecían encontrarme demasiado flaca -y desde el punto de vista médico y estético, os aseguro que no es el caso-, todas ellas no aceptaban un no por respuesta a sus impulsos "nutridores" -de hecho, una vez que te han llenado la boca de pegajosos baklava a la fuerza, es difícil decir no, o simplemente articular palabra- y todas estaban dispuestas a arrancarle la cabeza de cuajo a cualquier profesora que tratara mal a sus niños. Y con el tiempo he llegado a la conclusión que los italianos, griegos y libaneses son algo así como españoles exacerbados: todos ellos practican la hospitalidad agresiva. En las visitas veraniegas que monsieur M. y yo hacemos a mi Santa Madre, visitas para ella no lo suficientemente frecuentes, (no por nada me he ganado el título oficial de hija ingrata... y lo del chantaje emocional materno y la transmisión de culpabilidad a paladas también es muy mediterráneo), los dos hemos sobrevivido a varias indigestiones provocadas por comidas demenciales.
Ejemplo típico: día de calorazo espantoso, no muy habitual en la costa vasca, mi Santa Madre prepara una cazuela de alubias con todos sus sacramentos, como mandan los cánones. Para mi Santa Madre, la temperatura es un mero detalle que no hay que tomar en cuenta a la hora de comer. El hambre tampoco, ya que estamos, porque "comer y cantar, todo es empezar", como dice ella siempre.
Santa Madre: -"Comed, comed, chavalotes, que hay que alimentarse."
Hija ingrata (con gotas de sudor perlándome la frente sólo de mirar el platazo que tengo delante): - " Euh, ¿mamá? No sé si te has dado cuenta, pero hace 34 grados."
Monsieur M. (inquieto por el cariz que toma la situación, lleno de horror ante la idea de resultar un maleducado, pero aún más lleno de horror ante la idea de comerse un plato de alubias con chorizo y morcilla a semejante temperatura): -"Y Arantza está en la treintena avanzada y yo en alguna década que otra más tarde, no creo que ninguno de los dos vaya a crecer más... verticalmente."
Hija ingrata (nerviosa, ante ceño fruncido de Santa Madre): -"No creas, que apreciamos mucho todo el trabajo que te has tomado..."
El ceño se frunce aún más; lo miro, hipnotizada, sin poder quitarle el ojo de encima: -"... a lo mejor cuando se enfríen podemos hacer una ensaladita con ellas..." balbuceo débilmente.
Santa Madre (ahora de franco mal humor): -"Claro, si tampoco os comeréis las croquetas de pollo. Ni la merlucita empanada. A saber qué porquerías habéis picoteado por ahí. ¿Y qué hago con las torrijas que he hecho de postre? Porque si hubiera sabido que no ibais a comer como Dios manda, no las hago." (Y es que para mi madre, menos de tres platos y postre, no es comida de fundamento).
-"Pues hoy M. no prueba el arroz con leche, no señor. Si no tiene hambre para alubias, tampoco para dulces. No hay cocido, no hay postre." Y le quita el plato de delante con un movimiento brusco. (El hecho de que mi marido haya dejado atrás los cuarenta hace bastante tiempo, no es obstáculo para que mi madre lo castigue sin postre. Esto es verídico.)
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Incidentes como éste y otros en los que monsieur M. es conminado por mis entusiastas y numerosas tías a comer sardinas asadas sobre sarmiento a las once y media de la noche (el plato más fácil de digerir del mundo, teniendo en cuenta que en Canadá cenamos a las seis) y se las come ante mis ojos incrédulos y ni siquiera hay que llamar a un médico de guardia, todo ello regado con abundante vinito de La Rioja; otras cenas familiares con varios tíos que le palmean la espalda amistosamente y le pasan el porrón, la bota de vino, el chorizo de cantimpalo o la pata de jamón con un cuchillo (a él, que como yo, es "casi vegetariano"), o todo ello al mismo tiempo, hablando en un dialecto que él no comprende en absoluto -monsieur M. ha descubierto que la comprensión no es necesaria para tratar con mi familia; de hecho ellos jamás se escuchan unos a otros, basta con sonreir y beber y comer lo que te pongan en la mano, y todo irá bien-, así que él se deja arrullar por la riada de frases incomprensibles mientras mis tíos lo cuecen invariablemente. Mis tíos son de los que cantan cuando beben. Y como no he visto nunca una reunión familiar en la que no beban, siempre se acaban arrancando una jotica, o una habanera. Cuando han entrado en calor, es terrible. Entre proyectos de formar un orfeón e ir de tournée al Canadá, y una rondita y otra de porrón, le sueltan todo el repertorio al "importado" de la familia, quien escucha con paciencia zen e intenta jalear cada canción como es debido.
O la boda de una amiga, en la que veo a mi muy canadiense marido forrándose a comer fritos, croquetas y jamón, los entrantes, vaya, y le explico pacientemente que se calme un poco porque aún queda un plato de carne, otro de pescado y lo que venga detrás, y él me responde, asombrado: -"Pero si yo creía que esto era la comida. ¿Quién puede comer tanto?" (Pregunta fútil en el País Vasco, el único pueblo capaz de hablar de comida mientras come. Los vascos nunca superamos la famosa fase oral. Si Freud levantara la cabeza...).
Recuerdo entrañables veladas en las que mi tía mueve a todo el mundo de cuarto con su estilo maniobras del ejército: le echa a mi reluctante tío a dormir al suelo, manda a todos los demás fuera de sus cuartos para que nosotros podamos dormir en su cama, ante nuestro bochorno total, nosotros que vamos siempre preparados cual jóvenes castores y lo único que queremos es una buena alfombra donde echar nuestros sacos y esterillas... que por otra parte son más cómodos que sus colchones demasiado blandos... tras dos horas de intentar razonar con ella, terminamos por no discutir más, callarnos, entrar en el cuarto asignado y dormir en el suelo de dicho cuarto.
Así que cuando llegamos a casa de la familia, mis tíos le agarran a monsieur M. por los hombros, uno le pone una txapela en la cabeza y el otro un vaso en la mano, y lo arrastran amablemente a la bodega, con un -"Nada, nada, hombre, tú deja que las mujeres se ocupen de la cena" (bienvenido al siglo diecinueve, marido), él vuelve la cabeza y me dirige una mirada mitad acorralada, mitad "bueno, si insisten", y dice a uno de mis tíos: -"Luis, tu vino es cohhhhonudo" (con su acento), una risotada de viril deleite sacude a la sección masculina de mi numerosa familia (-"Un cachondo, el canadiense, un cachondo. Oye, ¿tú conoces "Mirando al mar"?") y sé que cuando lo vuelva a ver, estará como una cuba.