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miércoles, 24 de junio de 2009

Empanada de atún

El fin de semana pasado lo pasamos en grupo de amigos, y para que las comidas no fueran una carga para los propietarios de la casa que nos acogió a todos, decidimos utilizar esa fórmula que me gusta tanto, por lo comunitaria y poco estresante: el pot luck. Fórmula clásica en Navidad en mi familia quebequesa, que evita mucho estrés y maratones culinarios en las fiestas. Así, los anfitriones también pueden sentarse a cenar tranquilos, sin estar completamente agotados tras pasar horas cocinando.

En esas ocasiones, siempre intento preparar una recetilla española, si es posible algo que no sea la sempiterna paella, que es lo más conocido. Esta vez hice una empanada de atún y pulpo (el pulpo de lata, me temo). Aparte de estar buena, tiene la ventaja de que puede prepararse con antelación, se transporta y conserva bien, y si el horno está monopolizado por un montón de platos recalentándose, siempre puede comerse fría.
La receta, aquí. Admito todo tipo de sugerencias y consejos de los lectores gallegos.



La acompañamos con unas flores de calabacín a la plancha. Fue muy apreciada por los amigos quebequeses. A fin de cuentas, si "hay un gallego en la luna", por qué no puede haber una vasca en Quebec (del que, por cierto, hoy es la fiesta nacionalista, digo, "nacional"), la provincia menos canadiense del Canadá, que haga comida gallega. Y que vivan el mestizaje y el multiculturalismo.


martes, 29 de julio de 2008

"¡Paelha! ¡Torhos! ¡Fiestha! ¡Oléh!"

Esta semana tiene lugar otro de los numerosos festivales de verano de esta ciudad: les Francofolies, festival de la canción en francés (nada que ver con la hortera decadencia eurovisiva, muchos de los cantantes son de lo más interesante).

Doña Victoria Mérida Rojas, alias Victoria Abril , nos está honrando -y por momentos cansando- con su visita. A mí Victoria me gusta mucho como actriz, además esa imagen que proyecta de desparpajo y desfachatez me cae simpática -la desfachatez es un rasgo con el que me identifico mucho-, pero lo que me cansa ligeramente es el desdoblamiento de personalidad que le entra cuando hace entrevistas en la prensa francófona: ahí saca todos los clichés hispánicos habidos y por haber, y siendo perfectamente bilingüe, mete siempre una palabrilla en español en cada frase, para darse ese aura de exotismo que tantos discos vende. -Suspiro-. Ya os he contado la fatiga crónica que me entra con ciertos topicazos latinos.

Ahora que Victoria Abril se pasea por Montreal hablando en todo medio de comunicación que quiera oírla de su juventud francesa y su alma de gitana (?), he decidido yo también explotar mis orígenes y mis raíces vizcaínas puramente caló, y marcarme una paella para impresionar a la familia política.

La paella es un valor seguro en estas situaciones, y con fondo de ese disco de Enrique de Melchor que no pongo más que cuando viene la visita, exploto mi exotismo como una profesional, vamos, como "Vistoria". Ele la grasia.
Dicho y hecho: con un clavel entre los dientes y la peineta bien alta en la coronilla -sujeta con velcro, porque tengo el pelo muy corto para estos aderezos folclóricos-, saco la paella a la mesa con mucho clop, clop, clop taconero y mucho ibérico movimiento caderero.
Si me viera Arzallus.
Nunca he votado por él, pero me da no se qué abochornarlo. Pobre.


Paella que no tiene nada que ver con la que prepara mi santa madre y que he comido durante toda mi infancia, una paella de lo más vascota: el arroz bien blanquito, y grandes pedazos de rape o de congrio. La mía es amarillo neón. He conseguido encontrar una variedad de azafrán americano que, aunque con mucho menos sabor que el español (y la mitad del precio), consigue que el arroz brille en la oscuridad.

Pero me debo a mi público, que espera de mí una alta dosis de españolismo. Todavía no acabo de dominar lo de andar con el vestido de faralaes, y hay que decir que con la txapela por encima la peineta no me queda muy bien, pero como por aquí no tienen muchas referencias, tampoco se nota mucho.

Os dejo, que tengo mi curso de castañuelas.

jueves, 10 de julio de 2008

Mi Big Fat Spanish Family


"Family love is messy, clinging, and of an annoying and repetitive pattern, like bad wallpaper."
Friedrich Nietzsche


"La felicidad es tener una familia grande, amante, que se preocupe por uno y que esté muy unida, en otra ciudad."
George Burns

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La idea para esta entrada me la dio en parte Noema, esa gemela espiritual que vive en Berlín. Todo empezó con un comentario en la entrada sobre monsieur M. y el Incidente Estético en la Optica. Ella mencionaba la película "My Big Fat Greek Wedding", y yo le comentaba que cuando mi quebequés de marido y yo vimos la película, nos recordó bastante a mi familia. Por aquello de que en mi familia, como en muchas familias españolas y mediterráneas, se practica algo que he terminado por llamar "hospitalidad agresiva".

Lo de meter en el mismo bote a los países mediterráneos, lo digo por experiencia, tras haber sido invitada por una familia marroquí, frecuentar y cenar con la familia de una colega de trabajo libanesa, y recibir en plena boca todo tipo de pastelitos preparados con amor por las madres de mis alumnos griegos, sirios, argelinos e italianos.

Todas ellas tenían algo en común con mi propia madre: todas parecían encontrarme demasiado flaca -y desde el punto de vista médico y estético, os aseguro que no es el caso-, todas ellas no aceptaban un no por respuesta a sus impulsos "nutridores" -de hecho, una vez que te han llenado la boca de pegajosos baklava a la fuerza, es difícil decir no, o simplemente articular palabra- y todas estaban dispuestas a arrancarle la cabeza de cuajo a cualquier profesora que tratara mal a sus niños. Y con el tiempo he llegado a la conclusión que los italianos, griegos y libaneses son algo así como españoles exacerbados: todos ellos practican la hospitalidad agresiva.

En las visitas veraniegas que monsieur M. y yo hacemos a mi Santa Madre, visitas para ella no lo suficientemente frecuentes, (no por nada me he ganado el título oficial de hija ingrata... y lo del chantaje emocional materno y la transmisión de culpabilidad a paladas también es muy mediterráneo), los dos hemos sobrevivido a varias indigestiones provocadas por comidas demenciales.

Ejemplo típico: día de calorazo espantoso, no muy habitual en la costa vasca, mi Santa Madre prepara una cazuela de alubias con todos sus sacramentos, como mandan los cánones. Para mi Santa Madre, la temperatura es un mero detalle que no hay que tomar en cuenta a la hora de comer. El hambre tampoco, ya que estamos, porque "comer y cantar, todo es empezar", como dice ella siempre.

Santa Madre: -"Comed, comed, chavalotes, que hay que alimentarse."

Hija ingrata (con gotas de sudor perlándome la frente sólo de mirar el platazo que tengo delante): - " Euh, ¿mamá? No sé si te has dado cuenta, pero hace 34 grados."

Monsieur M. (inquieto por el cariz que toma la situación, lleno de horror ante la idea de resultar un maleducado, pero aún más lleno de horror ante la idea de comerse un plato de alubias con chorizo y morcilla a semejante temperatura): -"Y Arantza está en la treintena avanzada y yo en alguna década que otra más tarde, no creo que ninguno de los dos vaya a crecer más... verticalmente."

Hija ingrata (nerviosa, ante ceño fruncido de Santa Madre): -"No creas, que apreciamos mucho todo el trabajo que te has tomado..."

El ceño se frunce aún más; lo miro, hipnotizada, sin poder quitarle el ojo de encima: -"... a lo mejor cuando se enfríen podemos hacer una ensaladita con ellas..." balbuceo débilmente.

Santa Madre (ahora de franco mal humor): -"Claro, si tampoco os comeréis las croquetas de pollo. Ni la merlucita empanada. A saber qué porquerías habéis picoteado por ahí. ¿Y qué hago con las torrijas que he hecho de postre? Porque si hubiera sabido que no ibais a comer como Dios manda, no las hago." (Y es que para mi madre, menos de tres platos y postre, no es comida de fundamento).
-"Pues hoy M. no prueba el arroz con leche, no señor. Si no tiene hambre para alubias, tampoco para dulces. No hay cocido, no hay postre." Y le quita el plato de delante con un movimiento brusco. (El hecho de que mi marido haya dejado atrás los cuarenta hace bastante tiempo, no es obstáculo para que mi madre lo castigue sin postre. Esto es verídico.)


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Incidentes como éste y otros en los que monsieur M. es conminado por mis entusiastas y numerosas tías a comer sardinas asadas sobre sarmiento a las once y media de la noche (el plato más fácil de digerir del mundo, teniendo en cuenta que en Canadá cenamos a las seis) y se las come ante mis ojos incrédulos y ni siquiera hay que llamar a un médico de guardia, todo ello regado con abundante vinito de La Rioja; otras cenas familiares con varios tíos que le palmean la espalda amistosamente y le pasan el porrón, la bota de vino, el chorizo de cantimpalo o la pata de jamón con un cuchillo (a él, que como yo, es "casi vegetariano"), o todo ello al mismo tiempo, hablando en un dialecto que él no comprende en absoluto -monsieur M. ha descubierto que la comprensión no es necesaria para tratar con mi familia; de hecho ellos jamás se escuchan unos a otros, basta con sonreir y beber y comer lo que te pongan en la mano, y todo irá bien-, así que él se deja arrullar por la riada de frases incomprensibles mientras mis tíos lo cuecen invariablemente.
Mis tíos son de los que cantan cuando beben. Y como no he visto nunca una reunión familiar en la que no beban, siempre se acaban arrancando una jotica, o una habanera. Cuando han entrado en calor, es terrible. Entre proyectos de formar un orfeón e ir de tournée al Canadá, y una rondita y otra de porrón, le sueltan todo el repertorio al "importado" de la familia, quien escucha con paciencia zen e intenta jalear cada canción como es debido.

O la boda de una amiga, en la que veo a mi muy canadiense marido forrándose a comer fritos, croquetas y jamón, los entrantes, vaya, y le explico pacientemente que se calme un poco porque aún queda un plato de carne, otro de pescado y lo que venga detrás, y él me responde, asombrado: -"Pero si yo creía que esto era la comida. ¿Quién puede comer tanto?" (Pregunta fútil en el País Vasco, el único pueblo capaz de hablar de comida mientras come. Los vascos nunca superamos la famosa fase oral. Si Freud levantara la cabeza...).

Recuerdo entrañables veladas en las que mi tía mueve a todo el mundo de cuarto con su estilo maniobras del ejército: le echa a mi reluctante tío a dormir al suelo, manda a todos los demás fuera de sus cuartos para que nosotros podamos dormir en su cama, ante nuestro bochorno total, nosotros que vamos siempre preparados cual jóvenes castores y lo único que queremos es una buena alfombra donde echar nuestros sacos y esterillas... que por otra parte son más cómodos que sus colchones demasiado blandos... tras dos horas de intentar razonar con ella, terminamos por no discutir más, callarnos, entrar en el cuarto asignado y dormir en el suelo de dicho cuarto.

Así que cuando llegamos a casa de la familia, mis tíos le agarran a monsieur M. por los hombros, uno le pone una txapela en la cabeza y el otro un vaso en la mano, y lo arrastran amablemente a la bodega, con un -"Nada, nada, hombre, tú deja que las mujeres se ocupen de la cena" (bienvenido al siglo diecinueve, marido), él vuelve la cabeza y me dirige una mirada mitad acorralada, mitad "bueno, si insisten", y dice a uno de mis tíos: -"Luis, tu vino es cohhhhonudo" (con su acento), una risotada de viril deleite sacude a la sección masculina de mi numerosa familia (-"Un cachondo, el canadiense, un cachondo. Oye, ¿tú conoces "Mirando al mar"?") y sé que cuando lo vuelva a ver, estará como una cuba.


martes, 8 de julio de 2008

Ensaladilla rusa y olé


Nada mejor que una ensalada rusa, plato típico español, preparado en Quebec, la provincia menos canadiense del Canadá, por una vasca, para celebrar la sacrosanta victoria del glorioso equipo de fútbol español en la copa de Europa.

Sobre todo que a mí el fútbol me da tan igual que podrían poner en órbita a todos los equipos europeos juntos, en un gran satélite blanco con hexágonos negros, y probablemente no notaría mucho la pérdida. Un espectáculo (porque contra el deporte no tengo nada) que provoca que una gran cantidad de personas adopten el comportamiento del eslabón perdido, nunca me ha parecido muy enriquecedor (con todos mis respetos hacia los aficionados que conservan sus capacidades de raciocinio).

Tampoco voy a dármelas de persona racional a ultranza, que los orígenes ibéricos tiran mucho (lo confieso: veo todos los días el encierro de San Fermín por Internet, tengo familia navarra y me educaron para apreciar esta locura colectiva, qué se le va a hacer... la de explicaciones que he tenido que soltarle a monsieur M. para justificar esta veta de primitiva brutalidad mía, y el pobre aún no lo entiende...)

Pero que no se diga, yo también festejo la cosa, con mucho retraso y mucha mayonesa, y un calor tórrido que hace que mis gatos se escondan en el sótano por la mañana, y no les vea los bigotes hasta bien entrada la tarde.

¡España, ra ,ra , ra! y... gora San Fermín! (si es que con la distancia lo mezclo todo).