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miércoles, 13 de enero de 2010

Mudanza



Año nuevo, etapa nueva. Como ya os anuncié tras terminar de revolucionar el mundo de la lingüística, aprovecho el inicio de la década para hacer grandes cambios : la cocina montrealesa se muda.

Con el tiempo, me he encariñado con esta cocina y con sus grifos que gotean, sus tuberías que amenazan con explosiones inesperadas, sus azulejos retro que son capaces de camuflar cualquier cosa que se caiga al suelo (hace un mes se me cayó una zanahoria y aún no la he encontrado). Incluso me he encariñado con el título de este blog, elegido a todo correr y que nunca ha terminado de gustarme. Yo que siempre he pensado que a un mal título sólo puede seguir un mal libro. Pero necesito un cambio.

Como mandan las tradiciones en Quebec, en este país en el que la mudanza se practica una vez al año y se ha elevado a la categoría de deporte nacional, empaqueto la vajilla en papel de periódico, saco las cajas de cartón, cierro el portátil, lo cargo todo en el camión y cambio de aires.

Más recetas y delirios montrealeses aquí. El espíritu es el mismo, el título es mejor (creo), sólo es un cambio de decorado. Nos vemos.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad : All I want for Christmas


¡BIRLUPBIRLUPBIRLUP!
Hace el ridículo timbre de estos nuevos teléfonos inalámbricos que ha comprado monsieur M. en un ataque de consumismo electrónico (no es verdad que ellos no consumen, lo que pasa es que consumen chismes aparentemente muy útiles, y generalmente muy caros).

Carreras desenfrenadas hacia el grifo de la cocina. Manos pegajosas de masa de gingerbread, de miel y de otras substancias no identificadas. Tropezón con Santa Madre, que pulula por la cocina montrealesa como lo ha hecho desde el primer día de su visita, cambiando todos los cacharros de sitio y cocinando sin parar. Desde su llegada, no ha hecho más que rebozar merluzas, alimentar en exceso a mis ya sobrealimentados gatos -que por supuesto, la adoran-, decirme que estoy muy flaca, rebozar bacalao, rascarle el cogotillo a Alfonso, decirme que estoy muy flaca y pasar la mopa de forma obsesiva.

Momento de confusión. No encuentro el teléfono. Levanto un plato de pimientos del piquillo rellenos, pimientos que vienen directos de la maleta de Santa Madre, que ha decidido que la ropa finalmente no es tan necesaria en un Montreal a veinte bajo cero, para qué traer jerseys de lana cuando se puede traer espárragos de Lodosa, pimientos del piquillo y turrón de Jijona. Localizo el auricular cuidadosamente envuelto en un trapo de cocina. Inexplicable, sí. Pero no con Santa Madre en casa.

Hija Ingrata, ligeramente sin aliento: -"Oui, allô?"

Santa Madre, con arrobamiento: -"Pero qué lista eres, y qué bien hablas francés."

Hija Ingrata, tapando el auricular con la mirada torva: -" Mamá. Por favor." De nuevo al teléfono: -"Perdone. No le he oído bien."

Pausa. Escucho, en parte con incredulidad y en parte con un poco de hartazgo de recibir siempre este tipo de llamadas. Suspiro ruidosamente. Oigo trastear a Santa Madre detrás de mí. Está sacando una sartén, probablemente dispuesta a rebozar a uno de los gatos, ahora que ya no nos queda pescado disponible. ¿Por qué me llaman todos los locos de la provincia de Quebec? ¿Por qué a mí? ¿Por afinidad? ¿Se habrá corrido la voz de que en la época en la que la veda del telemarketing canadiense estaba completamente abierta mi estilo de respuesta telefónica era, digamos, desenfadado?

Hija Ingrata, con carraspeo nervioso: -"Ajem. Perdone. Usted dice que es..."

Loco telefónico, con risotada risueña : -"Papá Noel, hija mía."
Ya empezamos. Primero una llamada de Dios, y ahora esto. Casi echo de menos los días en los que me llamaban para ofrecerme un servicio de limpieza en seco para alfombras. Santa Madre se ha desinteresado por completo de la conversación en francés, que de todas formas no entiende, y hurga furiosamente en el frigorífico. Debo de haber hecho una pausa demasiado larga para las normas de urbanidad telefónica, porque el desequilibrado al otro lado del hilo telefónico dice:

-"¿Perdona? ¿Sigues ahí?"

Hija Ingrata, respirando hondo: -"Eehm, sí. Papá Noel. O Santa Claus. O quien sea usted. Oiga, ya que estamos, ¿no habrá visto mi número colgado en algún tablón de anuncios del hospital psiquiátrico o centro de día del que me está llamando, verdad? Porque si es así, me haría un gran favor eliminándolo. Lo digo porque ya he recibido otra llamada de un interno. Y no soy un servicio psiquiátrico ambulatorio. Ni el "Teléfono de la cordura". O de la esperanza. O de lo que sea. "

Papá Noel, de excelente humor: -"¡Oh, JO, JO, JO!"

Genial. Un loco minucioso y con profesionalismo.

Hija Ingrata: -"Me alegro de amenizarle la tarde, Santa. ¿Y usted quería...?"

Papá Noel: -"El título no es necesario, guapa. Llámame Nick. O Nicolás. Llamo porque estoy repasando la lista, y no encuentro tu pedido."

Aaah. El pedido. Malditas compañías de regalos por catálogo. Esto ya no sólo es telemarketing prohibido, esto es venta agresiva. Les voy a meter un puro que se van a enterar.

Hija Ingrata, con toda la brutalidad de la que es capaz: -"Mire, Nick. Yo ya he comprado todo lo que necesitaba comprar por navidades. Acabo de terminar una larga fase de vuelta a los estudios, y soy pobre. Mucho. Enormemente. No pienso comprar nada más. Busco trabajo. No tengo dinero. Cero. Y a mi tarjeta de crédito está empezando a salirle eczema nervioso, de lo mal que lo está pasando. Y no me pregunte por mi marido, porque él medita, es zen, es budista y ha eliminado el apego, así que no hay ninguna esperanza de que vaya a comprarle algo. Así que tómese los antipsicóticos y felices fiestas."

Papá Noel: -"¡JO, JO, JO! No, no trabajo para ninguna empresa de ventas, te hablo del PEDIDO, de la carta que tendrías que haberme mandado pidiéndome tus regalos para esta Navidad."

Hija Ingrata: -"Con la de años de experiencia que tiene en su puesto, francamente, tendría que reciclarse, una formación no le vendría mal. Ya nadie escribe cartas, ahora se escriben correos electrónicos. Y yo no le he escrito desde hace un par de décadas, así que ahora no veo las prisas."

Papá Noel: -"Ah, eso de que no estoy al día es totalmente falso, guapa. Yo también pienso en ahorrar papel. Ahora puedes mandarme un correo electrónico sin problemas. Pero ya que estamos hablando, cuéntame: ¿qué quieres que te traiga este año?"

Hija Ingrata, cediendo y sentándose en una banqueta de la cocina, mientras Santa Madre abre una lata de atún y empieza a repartirla entre los dos gatos que la miran con amor absoluto :

-" Bof. Bueno. A ver... si me hubiera preguntado lo mismo hace dos semanas, hubiera pedido un buen libro para poder hacer algo que no hago desde que empecé a escribir la maldita tesina que revolucionaría el mundo de la lingüística : sentarme toda una tarde en el sofá y zampármelo de un tirón. Hace dos semanas todo lo que quería era descansar de la tesina, ir al cine, ver a los amigos, salir a cenar a Chinatown con monsieur M... todo eso. Hoy... digamos que mis prioridades han cambiado." Silencio.

Papá Noel, con voz suave: -"¿Ahora quieres pedirme otra cosa?". Breve. Invitador.

Hija Ingrata, con ojos ligeramente húmedos, saliendo de la cocina para escapar de la mirada interrogativa de Santa Madre y sentándose en el sofá, responde con voz un poco ahogada :

-" Pues mire, sí. Ha habido cambio de planes."

Papá Noel, dulce: -"¿Por qué?"

Hija Ingrata, respirando hondo, limpiándose de un manotazo una lagrimilla que se le ha escapado muy a su pesar: -"...pues porque después de la cena de celebración de final de tesina, cena abundantemente regada con champán, al llegar a casa y desvestirme me encontré un bulto en el pecho. No muy grande, Nick, no vaya a creer. Poca cosa. Un garbanzo."

Papá Noel, haciendo gala de un tacto y una capacidad de escuchar increíbles en un loco con obsesión navideña: -"...¿Y?"

Hija Ingrata: -" Y... parece mentira como un garbanzo puede cambiarle a una la perspectiva, Nick. De golpe, la tesina y sus correcciones finales no eran importantes; el que Santa Madre viniera de visita y engordara a los gatos y me irritara con sus ataques de maternidad ultraconcentrada no era nada grave; la inminente sobredosis de pavo con la familia de monsieur M. dejó de ser terrible. Y rápidamente empezó el baile: médico de cabecera, cirujano, mamografía, ecografía, posible biopsia. Nunca, al menos desde que Sobrino Espitoso puso en duda mi pertenencia al género femenino, nadie había mostrado tanto interés científico por mis tetas como durante los últimos diez días." Nueva respiración honda. Caray, lo que puede terminar contándole una a un desconocido con barba de nylon.

Papá Noel, hablando aún más bajito: -"¿Y qué te gustaría este año por Navidad, guapa?"

Hija Ingrata, con la voz temblorosa: -" Si puedo pedir realmente lo que quiera, Nick, le pediría un buen quiste mamario. O un fibroadenoma. Lo que sea, con tal de que no sea canceroso. Porque si resulta que de verdad estoy mala, los niveles de desvelos maternos de Santa Madre van a subir hasta un punto intolerable. Y hay un límite a la cantidad de comida rebozada que puedo ingerir. Tanto amor podría matarme." Mira a hurtadillas hacia la cocina. Ya lanzada, continúa:

-"Y he sido buena, Nick. Bueno, a lo mejor no todo el tiempo, pero la mayor parte. Y cuando no he sido buena, a mi compañero le gustaba. O a mis lectores . Así que no cuenta."

Papá Noel, con voz cálida y llena de confianza: -"Está hecho, guapa. Tomo nota. Feliz Navidad y un abrazo muy grande."

Hija Ingrata, ahora llorando a moco tendido, sacando un kleenex del bolsillo y sonándose ruidosamente: -"Feliz Navidad a usted también, Nick. Le dejo, antes de que mi madre indigeste a los gatos. Cuídese."

La línea me devuelve un pitido. Cuelgo, me enjugo los ojos, me insulto mentalmente por mi patética blandenguería, me repeino un poco y me dirijo de nuevo a la cocina, a seguir decapitando hombrecitos de jengibre y a repegarles las cabezas arrancadas al intentar pasarlos a la bandeja de horno. Por el pasillo advierto a Santa Madre que si Alfonso alcanza la obesidad mórbida pienso denunciarla a la protectora de animales.

Exactamente veinticuatro horas más tarde, salgo de una clínica tras hacerme la segunda ecografía en una tarde, con el diagnóstico en la mano: Papá Noel me ha traído un fibroadenoma por Navidad. De la talla de un garbanzo.

Decido andar hasta una estación de metro más lejana para darme tiempo de respirar. Paso delante de unos grandes almacenes en los que un Papá Noel flacucho del Ejército de Salvación agita una campanilla y lanza un "Jo, jo, jo" castañeteante de entre la barba postiza torcida (estamos a diecinueve bajo cero). Me paro, busco un par de dólares, los echo en el bote y a su "Merci!" respondo muy seria: -"Gracias a usted, Nick."

(Dedicado a todas las que esperan un diagnóstico, llenas de inquietud. No estáis solas, chicas).

sábado, 21 de noviembre de 2009

Al fin




Lo hice. Casi dos años, (a tiempo parcial, todo hay que decirlo), 165 densísimas páginas, dos anexos, 139 artículos lingüísticos, antropológicos y sociológicos, múltiples canas, tres kilos superfluos, paquetes y paquetes de Jelly Beans, litros y litros de café, numerosos antiácidos y algún que otro analgésico, incontables quejas, suspiros, lloros y gruñidos, y un blog más tarde, terminé de revolucionar el mundo de la lingüística. O así. Terminé la tesina.

Perdonadme, pero este blog se declara formalmente en vacaciones de Navidad. O en vacaciones de lo que sea. No pienso acercarme al ordenador más que para leer mis correos y el periódico (bueno, y vuestros comentarios, y desearos felices fiestas).

Con el año nuevo, la vuelta al trabajo y el fin del encierro académico, a la cocina montrealesa le esperan grandes cambios. Reformas mayores.

Ahora con vuestro permiso, voy a pegarme un ataquito de nervios y a llorar un buen rato. Después, voy a servirme un copazo. No bebo, pero da igual. Hoy, sí. Y cómo.

lunes, 2 de noviembre de 2009

La democracia, la identidad nacional y yo: qué dura es la vida del superhéroe


Día de elecciones municipales en Montreal. Nuestras opciones son más bien limitadas en lo tocante a candidatos, lo cual provoca unas abstenciones escalofriantes (61%) : tenemos un trío compuesto por el alcalde actual, Tremblay, que se encuentra sumergido hasta las orejas en la merde corrupta de la mafia de la construcción quebequesa, la señora Harel, una buro-tecnócrata de derechas que no parece muy dispuesta a cambiar nada, y Bergeron, un urbanista que al principio me hacía ligeramente tilín por sus ideas vagamente socialistas y refrescantes, pero del que han desenterrado un libro que escribió hace tiempo en el que exponía sus ideas sobre el atentado del 11 de septiembre, ideas que dan ganas de sacudirle algún medicamento fuerte ya mismo. Un antipsicótico, si es posible.

Porque sí, Quebec es bonito y civilizado, pero en todos los sitios cuecen habas. Aquí concretamente se cuecen langostas Thermidor, a bordo del yate de un empresario de bonito apellido italiano (ya, lo del mafioso de origen italiano es tan clásico que hasta suena cliché), empresario que cuando el ayuntamiento de Montreal saca a concurso la adjudicación de las obras públicas, él saca a pasear a nuestros democráticos representantes en su yate, y ¡alehop! Obra adjudicada por un precio que hubiera permitido construir un polideportivo en la luna. Y lo peor es que no hace distinciones: en su yate embarcan los miembros del partido en el gobierno tanto como los de la oposición. A bordo de ese yate hay tanto magno representante del pueblo poniéndose morado a canapés, que no sé cómo aún no se ha hundido. El dinero público que proviene de esos presupuestos inflados al helio paga los canapés, por cierto. Así que todos participamos, nosotros pagamos y ellos se lo comen, es un sistema bonito y equitativo.

Menos mal que la langosta aumenta el ácido úrico que es una barbaridad, así que les deseo a todos la gota, o una hipercolesterolemia como mínimo.

El caso es que ahí estoy, esperando más o menos pacientemente en la cola para votar, en mi collège electoral habitual. Monsieur M. espera detrás de mí, haciendo sudokus. Yo tengo abierta una novela tediosa y horriblemente escrita por Javier Sierra, en la que he perdido toda esperanza y hace diez minutos que no leo. En lugar de leer, miro a mi alrededor, y la uso para camuflarme. La mayoría de la gente en la cola es mayor de sesenta. Aunque soy consciente de que como muestra demográfica mi observación no tiene mucho peso, me parece mal signo. Espero un rato más, la cola avanza con una lentitud tremenda, probablemente por miedo a que la velocidad fatigue a los heroicos votantes, que en buena parte se apoyan en andadores.

Cuando llega mi turno, los dos ciudadanos que se ocupan de la mesa electoral con celo democrático encomiable (y un pelín exagerado), me hacen un gesto para que me acerque. Avanzo con una mezcla de esa inocentona satisfacción que me da siempre poder votar (no sólo por orgullo democrático, sino por los años que he tenido que pasar aquí congelándome el hispánico trasero antes de obtener el derecho a hacerlo), y con un poco de irritación, porque ahora que veo el ritmo al que procede esta mesa, no me extraña que hayamos esperado tanto. El señor que preside es un sexagenario con aspecto de sacristán. Me sonríe con benevolencia. Le devuelvo una sonrisa automática, de buenas maneras, un poco forzada, como la que reservo para mi higienista dental.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos: -"Bonjour! ¿Prueba de identidad, por favor?"

Le presento el permiso de conducir, que en Canadá es la prueba de identidad usual, ya que no existe el carné de identidad. Los inmigrantes nacionalizados tenemos una tarjeta de ciudadanía que también serviría como prueba de identidad, pero me toca las narices presentar un documento que no existe para los quebequeses "de pura cepa", y que en mi opinión, designa a los inmigrantes como ciudadanos de categoría diferente a los nacidos aquí. Todo eso no se lo cuento al señor sentado frente a mí.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos, ajustándose las gafas de leer, que penden de un cordón marrón que lleva al cuello, haciendo un gesto de esfuerzo olímpico mientras lee mi nombre, obedece ciegamente a la consigna de confirmar la identidad del futuro votante: -"¿Nombre y domicilio, por favor?"

Yo respondo, sucinta. Como pronuncio mi nombre como hay que pronunciarlo en el país de origen, la reacción automática del señor consciente de sus deberes ciudadanos es la desconfianza, que se pinta en su cara con la claridad de una valla publicitaria de autopista. La irritación automática debe de pintarse igual de claramente en la mía. Porque no es la primera vez, por supuesto. Y tengo una gran paciencia con la sorpresa, la curiosidad, la ignorancia crasa, incluso, pero no con la desconfianza. Alguien que desconfía de la diferencia por el mero hecho de ser diferente suele ser alguien que me toca las narices (y los principios), por lo general. Y no se me pone en el apéndice nasal desfigurar la pronunciación de mi nombre a la francesa (Agggannnnsszza) para que este moron del Montreal profundo se sienta más en terreno conocido (¿he mencionado que estoy en mi primer día de regla, en el que he esperado abundantemente de pie y que eso no suele ayudarme a ser más paciente?).

Señor ahora ultra-consciente de sus deberes ciudadanos, con tono interrogador: -"¿Perdón?"

Yo, progresivamente irritable y echando de menos mi ibuprofeno, repito mi nombre más despacio, con exactamente la misma pronunciación que al principio. Repito mi dirección.

Señor consciente en grado superlativo de sus deberes ciudadanos, mira la foto de mi permiso de conducir, me mira la cara, mira la foto de nuevo, y dice, con expresión ¡ajá-te-pillé!: -"No se parece mucho a la foto, madame. Ni su nombre se parece a lo que está escrito."

Yo, ahora en estado de irritación palpable y bastante esplendorosa: -"La fonética varía según el idioma. Y el pelo crece."

La mirada se me detiene, malvada, en su calva. -"El mío, al menos." (Ey, él se lo ha buscado. No le busques las cosquillas a una mujer con calambres abdominales).
Señor un poco más relajado en lo tocante a sus deberes ciudadanos, se bate en retirada, baja un poco la vista, me tiende mi permiso de conducir sonriente y hace un intento de simpatía: -"Es que tiene usted un nombre tan curioso... ¿de dónde viene?"

Yo, deseando sentarme con una mantita en el regazo : -"De Montreal, de la calle Foucher. Como ya le he dicho."

Señor, la sonrisa le disminuye una octava, me mira, perplejo: -"No, quiero decir, ¿de qué país?"

Yo, lacónica: -"De Canadá."

Monsieur M., que acaba de llegar a la mesa electoral vecina a la mía, ve el mini atasco que empieza a formarse detrás de mí y estira un poco el cuello para oír mejor. Lo miro con desenfado. Lo mío no es sadismo, es que cuando una lleva diez años pelándose el culo de frío para integrarse, aprendiendo la gramática infame del idioma con más excepciones ortográficas que conozco, acaba un poco harta de ser etiquetada de extranjera a perpetuidad.

Señor, aún irritantemente consciente de sus deberes ciudadanos, la sonrisa ahora visiblemente menos amplia, pero sin rendirse: -"Je, je, qué graciosa" (con una expresión que dice todo lo contrario), -"Ahora en serio, ¿de qué nacionalidad es usted?"

Yo, telegráfica e inmutable: -"Canadiense. Si no, no estaría aquí votando."

Monsieur M., que acaba de de introducir su voto en la urna, me oye, y me clava la mirada. Empieza a gesticular, señalando la salida y haciendo gestos de apremio.

El señor consciente de sus deberes ciudadanos abandona por completo sus esfuerzos por sonreír. Súbitamente, es todo business. Me da un lápiz (aquí hay que votar escribiendo una equis en la papeleta), marca mi nombre en la lista electoral y me indica la cabina de voto. Espera sin decir palabra a que marque mi papeleta tras el biombo de cartón, vuelvo a la mesa, le tiendo el lápiz, él retira el cartón que cubre la urna, mudo, yo voy a meter el voto, pero detengo el movimiento en el aire. He visto que la persona que espera dos puestos por detrás de mí, en la cola, es una mujer (o al menos, eso es lo que supongo) bajita, cubierta por completo con un chador. Sólo sus ojos asoman de entre la tela negra. El señor de la mesa mira con curiosidad por encima de hombro, para ver lo que me ha llamado la atención. Le pregunto, aún con mi papeleta doblada en la mano: -"Usted perdone, pero para votar, yo creía que identificarse era obligatorio."

Señor, sorprendido, sin ver muy bien adónde quiero llegar, recita maquinalmente: -"Y lo es, madame. Su nombre debe estar inscrito en la lista electoral, y debe justificarse con una prueba de identidad provista de foto: pasaporte, permiso de conducir, tarjeta del seguro médico o tarjeta de ciudadanía. Prueba que debemos verificar en la mesa confirmando su identidad."

Yo, frunciendo un poco el entrecejo: -"Pero imagino que la prueba de identidad con foto se exige a fin de comparar la cara del votante que se presenta a la mesa con la de la foto, tal y como su celo identificativo de hace un momento demuestra. ¿Se acuerda? Cuando usted parecía encontrar muy sospechosa mi abundancia capilar, monsieur."

Señor, que la verdad, al final se está mostrando más bien amable y paciente y que se desvive por informarme, convencido sin duda de que vengo de una república bananera y de que aún no comprendo los entresijos de la democracia: -"Así es." Asiente con la cabeza.

Yo, mirando brevemente a la misteriosa votante enmascarada, y bajando un poco la voz: -"Pues usted convendrá conmigo que a esa señora va a ser más bien difícil identificarla por comparación con la foto de su pasaporte."

Señor, con cara de niño que se ha hecho todos los deberes, me recita de nuevo: -"En Canadá, la ley electoral permite votar con una burka, o con un velo integral que permita ver sólo los ojos."

Yo, ahora ligeramente alucinada e ignorando a monsieur M., que agita los brazos al fondo de la sala, indicándome la puerta y el reloj frenéticamente, y sintiendo un resoplido del votante situado inmediatamente detrás de mí, un hombre joven que se me ha pegado un poco para oír mejor la conversación: -"Ah, vamos, que es legal votar con la cara tapada. Pero sospechoso cuando una se deja crecer el pelo o no pronuncia su nombre como usted cree que debería. Si yo llego a venir disfrazada de Spiderman, con los leotardos y la careta, usted me deja votar sin fastidiarme. Al fin de cuentas, ayer fue Halloween."

Señor, aún sorprendentemente paciente y con ánimo instructivo: -"Nononono. Una careta de Spiderman no es legal."

Yo, insistente y, llamémoslo por su nombre, tocahuevos: -"¿Pero un velo o una rejilla que cubre la cara sí? La lógica de la ley electoral se me escapa, caballero." Monsieur M. empieza a tener la cara roja, el aire inquieto y me indica de movimientos laterales de cabeza que intentan ser discretos al guardia de seguridad que empieza a mirarnos al señor responsable de la mesa y a mí, interesado.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos, pero ahora un poco nervioso: -"Es que una burka o un chador no son disfraces. Es diferente. Es un asunto de creencias religiosas."

Yo, inspirando sonoramente, como siempre que se me saca a relucir la creencia religiosa como justificación infalible de todo tipo de majaderías: -"Oiga, si es un asunto de creencias, por creer, yo creo en Spiderman. He sido criada por un hermano mayor que utilizaba los cómics de la Márvel como Sagradas Escrituras. Yo he crecido creyendo firmemente en Spiderman, Batman, los 4 Fantásticos y la Patrulla X. Faltaría más. En Superman y el Capitán América no, por ejemplo. Demasiado de derechas, me ponían un poco de los nervios. Pero para mí, Magneto es el demonio, los mutantes existen, y el profesor Xavier es su profeta. Aleluya."

Ruido de asentimiento entusiasta del hombre de atrás. Me vuelvo y le echo una ojeada rápida. Tiene unos cuarenta años. Se inclina tímidamente hacia mí y pregunta: -"¿Y Flash Gordon?"

Yo, encogiéndome de hombros: -"Pues no, mire. A mí Flash es que no..."

Señor de la mesa electoral, cada vez más inquieto, estira el cuello, mira hacia la cola cada vez más larga a mis espaldas, e interrumpe: -"Yo no hago la ley electoral, señora. Si tiene algún comentario, siempre puede escribirle un correo al diputado de su distrito. Y ahora, si tiene usted la amabilidad de proceder a votar, por favor...", termina, con tono suplicante.

Yo, insertando finalmente la papeleta en la ranura: -"Perdone, no quería importunarlo, pero si llego a saber lo absurdo de la ley electoral en un país presuntamente laico, vengo a votar vestida de Catwoman".

Sonoros asentimientos del señor de atrás y de tres o cuatro mujeres de la cola y de colas vecinas, que no se han perdido ripio. Una se lanza, entusiasmada: -"Diga que sí. Lo que es obligatorio para un ciudadano, debería de serlo para todos sin excepción." Ruidos generales de la gente que nos rodea, que corroboran lo dicho. La pobre mujer en el chador empieza a tener la mirada un poco asustada. La miro un momento, con sonrisa tranquilizadora. A fin de cuentas, la mentecatez de nuestros dirigentes, que nunca han mirado en el diccionario lo que quiere decir "laico", no es culpa suya. Y estoy contenta de que se haya animado a venir a votar, con velo o sin él.

Otra mujer más mayor, un poco más lejos, añade, pensativa: -"Aunque no sé, con el otoño que nos está haciendo, unos leotardos de vinilo, qué mal cuerpo." Una al fondo grita con regocijo: -"¡Hulk!¡En harapos y pintada de verde!" Risillas.

Siento la manaza de monsieur M. que se me posa en el hombro. Con voz cavernosa me dice: -"Has terminado, ¿verdad? Porque hay mucha gente esperando. Ajjjjem."

Le doy las gracias al agitado señor de la mesa electoral, que ya empezaba a mirar al guardia de seguridad, y le deseo que tenga un buen día. Mientras nos batimos en retirada, escucho retazos de conversaciones en la cola: -"La Linterna Verde sí que molaba." -"Pero mira que eres hortera. Wonder Woman, en cambio..." -"Oye, pues todavía tengo la capa y la careta de Darth Vader. Tú me guardas el sitio en la fila, yo paso por casa a recogerlas y vuelvo. Como hay Dios."

Monsieur M. me agarra ahora de un codo, mitad caballeroso, mitad tirando de mí hacia la salida, y mientras corremos más que andamos, masculla: -"No vayas a tomarme a mal, te quiero, mon p'tit loup, pero mira que eres emmerdeuse".


Otra estupenda obra de Norman Rockwell

jueves, 22 de octubre de 2009

Mamá, tengo miedo



"A lo único que tenemos que temer es al miedo en sí mismo". - Franklin D. Roosevelt

"No es que tenga miedo a morir, es sólo que no quiero estar ahí cuando ocurra". - Woody Allen

"Get the facts first, THEN panic!" - Anónimo


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En estas fechas de largas noches y pandemias de gripe apocalíptica, de solsticio y de fantasmas y apariciones, una entrada de miedo:

En una cena con unos amigos de monsieur M., a la hora de la sobremesa, que todos los amigos integrales-abrazadores de árboles-aprendices de tamtan de monsieur M. parecen siempre coronar con una tisana casera, supuestamente estupenda para la salud pero que sabe como debe saber el agua del prelavado de mis calcetines de jogging, la conversación giraba en torno a las motivaciones últimas de cualquier ser humano en la vida (he olvidado decir que, además de abrazadores de árboles e integrales, los amigos de monsieur M. son gente profunda. Casi abisal.)

Uno de los amigos, taza de mejunje verdoso humeante en mano, dijo muy simplemente y sin aire pretencioso que, en su opinión, las personas funcionan casi exclusivamente impulsadas por dos emociones: el miedo y el amor. Ya, ya, ya, estáis leyendo esto a escondidas en la oficina, con apenas el último sorbo de café con leche en las comisuras de la boca y leer esto os produce una reacción de arcada automática. Pues bien, permitidme sorprenderos por una vez, hablando en serio: esta perla de sabiduría post-hippy hizo sonar en mí una campanilla interior, con el inconfundible tintineo de lo que suena exacto. Y creo que este amiguete, a pesar de preparar unas tisanas infames, tenía mucha razón.

Algo en mi fuero interno me dice que esas dos motivaciones (por separado o combinadas) rigen en gran parte mi vida y la de mucha gente que conozco. Me gustaría decir que mi vida también está regida por nobles ideales, más grandes y elevados que mi pequeña y poco importante persona, pero a quién voy a engañar a estas alturas, yo que engordo sólo porque el ego no me cabe en el cuerpo (los muffins no tienen nada que ver, estoy convencida). De aquí a que me muera, ya sólo aspiro a la honestidad y a mantener un mínimo de decencia.

Yo he sido criada por una gran miedosa. Santa Madre, con todo su amor materno y una tonelada de buenas intenciones, hizo lo que todos los padres y madres hacen con sus retoños: acribilló a sus hijos de miedos confundiéndolos con la prudencia, pensando que así aumentaría nuestras posibilidades de sobrevivir. En lo básico, tuvo éxito. Tanto Estoico Hermano como yo hemos llegado a la edad adulta, sin lesiones mayores ni mutilaciones importantes. Hasta ahí, misión cumplida. Santa Madre lo hizo lo mejor que supo con sus limitaciones del momento, que es lo que toda la gente con descendencia suele hacer, y por lo que son acusados e inculpados sistemáticamente por sus hijos en cuanto éstos llegan a la adolescencia.

Padres y madres que me estáis leyendo: relajaos. En el tema de criar y educar a vuestros hijos, da exactamente igual como lo hagáis. En cuanto cumplan los catorce, ellos van a recordaros que lo habéis hecho mal de todas maneras, y que la culpa de todo lo que no funciona en sus miserables vidas es vuestra. Así que servíos una copita y descansad mientras aún podáis. Sólo me permitiré recordaros una cosa: que los miedos son una ETE, una enfermedad transmisible educacionalmente. Y que a vuestros cachorros va a costarles un huevo, una pasta en psicólogos y mucho tiempo y energía librarse de ellos, a veces toda una vida. Preciosa energía que podrían dedicar a algo más provechoso. Así que antes de pasarle uno a los churumbeles, preguntaos si es realmente necesario para su supervivencia. O si sólo le estáis pasando un miedo vuestro, en plan herencia familiar. Porque una vez que lo herede, le durará largo tiempo.

Volviendo al tema que nos ocupa: estos miedos en los que me infusó Santa Madre desde mi más tierna infancia incluyen desde el pío temor de Dios hasta el miedo a las corrientes de aire (que, según ella, pueden llegar a ser mortales), pasando por el pavor a sentarse en los retretes públicos y a hacer ejercicio físico o a bañarse en agua fría durante la regla. Esos terrores también incluyen el miedo a las tormentas eléctricas, a los desastres naturales varios, a la velocidad superior a los sesenta kilómetros por hora, al sexo prematrimonial y al sexo en general, a viajar sola, a las alturas, a la fruta no lavada y a dormir en un cuarto que no ostente un crucifijo colgado encima de la cama (éste nunca me lo explicó con detenimiento, pero sospecho que uno se arriesga a perecer de una combustión espontánea, o fulminado por un rayo, si no ha cerrado las ventanas movido por el práctico miedo a las tormentas).
Aún hoy en día, Santa Madre no puede contenerse y me recita sistemáticamente por teléfono todos los sucesos escalofriantes y sangrientos que ha leído en el periódico: desde asesinatos de mujeres a golpe de cuchillo jamonero, obra de maridos enloquecidos (creo que me considera a riesgo por el hecho de tener un marido, pero para tranquilizarla le digo que por el momento, ni está enloquecido, ni tenemos cuchillo jamonero); pasando por variados y mortales accidentes de coche (cuando le digo que uso el metro para todos mis desplazamientos y que sólo conduzco para hacer la compra, una vez por semana, en menos de un radio de cinco kilómetros de casa, no parece calmarla); hasta la gripe A (por mi trabajo, soy probablemente una de las personas más prontamente vacunadas contra prácticamente todo, aunque este argumento clínico no sirve, me saca a relucir el miedo a las vacunas). * Suspiro *.

El resultado de todos los desvelos de mi madre ha sido bastante mitigado: han hecho de mí una apóstata adicta al jogging incluso en sus primeros días del ciclo menstrual (lagarto, lagarto), a la que le encanta viajar sola y que no tiene mayor problema en emigrar al otro lado del charco, que vive en un país lo bastante civilizado como para poder sentarse en un retrete público y no lamentarlo, cuyo dormitorio no contiene crucifijo ninguno y en el que osa dejar una ventana abierta (a veces hasta dos, y es que yo soy así, intrépida y agreste), incluso durante las numerosas tormentas eléctricas veraniegas (sé que un día seré fulminada, lo sé). Y a mi edad, empiezo a tener más miedo de las anchuras que de las alturas. Pobre mamá. Aún no se explica qué error cometió en mi educación, para que yo ande desafiando a la muerte a cada paso.

Con el tiempo, también he conseguido cultivar miedos de cosecha propia: a los insectos de más de un centímetro, a estar perdiendo neuronas poco a poco debido a malas lecturas, a la dependencia (a todas las dependencias, en plural, a las personales y a las químicas), al fanatismo, a las grasas saturadas, al egoísmo y a la indiferencia progresivos, que se deslizan insidiosamente en tu vida y se instalan si los dejas, al sufrimiento, la enfermedad y la muerte de las personas que quiero, al agua profunda, a la derecha, al olvido. Ah, y a conducir el monstruoso pickup todoterreno automático que monsieur M. utiliza para el trabajo, y que me ha tocado cambiar de sitio hoy porque estaba mal aparcado, se ha ido con mi coche y le iban a echar multa. Es como conducir un maldito tanque. Es como ir al supermercado en panzer. Están locos, estos norteamericanos.

Me digo que al menos, mis miedos son mis propios miedos, y no los de otra persona. Y cuando luche contra ellos sólo podré culparme a mí misma de haberlos alimentado, y tendré que ridiculizarme y reírme de mí y echarle arrestos a la cosa. Porque imagino que una gran parte de crecer consiste en superar los miedos, aunque sólo quiera decir meter la mano en esa caja de libros que yace en el sótano. Incluso sabiendo que en ella pueden anidar los famosos Ciempiés Mutantes Gigantescos de la barraca montrealesa, y aplastar al que intente treparme por el brazo intentando contener un chillido lamentable y sacudidas histéricas de manos y pelo (nadie diría que tengo casi cuarenta tacos y dos licenciaturas, caray). Sin llamar a monsieur M., ni utilizar una recortada.

El miedo puede ser un freno que nos paralice e impida hacer muchas cosas, pero también puede ser un combustible que nos empuje a hacer otras. Muchos profesionales de la salud mental dirían que esta política no es buena, que es una motivación negativa. Yo me digo que depende de lo que queramos hacer con él: o lo alimentamos, o lo quemamos. Si me baso en mi experiencia personal, el hecho de ser una gran cobarde me ha impulsado a hacer todo tipo de cosas para que no se me note demasiado.

A fin de cuentas, el que no siente ningún miedo no es un valiente. Es un inconsciente o un gilipollas. Los bravos de verdad somos los que hacemos lo que sea necesario, aunque (en francés suena más fino), "ça sente la merde" mientras lo hacemos.

martes, 14 de julio de 2009

El mejor empleo del mundo



Hoy parece que toca de nuevo entrada reminiscente. Es lo que tiene lo de carecer de vida social en el mundo exterior (ése en el que la gente hace otras cosas aparte de escribir tesinas y hornear bizcochos aromatizados al estrés), una termina por volver la vista hacia su no demasiado rico mundo interior, y desempolva recuerdos que hasta ahora dormían amontonados en una estantería mental.

Como el de mi primera experiencia laboral en Quebec. Durante unos meses, oh cuán breves, tuve el privilegio de ocupar un puesto codiciado: el mejor empleo del mundo. Vale, el sueldo no era lo que se dice deslumbrador (salario mínimo), y ahora ha sido desbancado por otro, pero en la época, lo fue.

Me explico: durante unos plácidos meses de mi tercer invierno canadiense, viví la vida soñada de tantos aspirantes a funcionarios: fui pagada por leer el periódico. Y ni siquiera tenía que hacerlo a escondidas, era mi trabajo. ¿Cómo lo conseguí? Por obra y gracia de un programa especial de integración para jóvenes y para inmigrantes, fui efectivamente integrada al mercado laboral. Yo era joven y era inmigrante, así que tenía todos los boletos para el sorteo.

El único "detalle" que no funcionó muy bien en este afán integrador del gobierno de Quebec, la minucia que convirtió la experiencia en una de las más surrealistas que he vivido en mi vida laboral (y he vivido bastantes, soy española), mi "Estupor y temblores"* personal, fue que un funcionario bienintencionado y bastante cerril insistió en meterme en el programa para jóvenes desertores escolares, esa juventud, divino tesoro, que no termina la escuela secundaria por múltiples razones.

Cuando le mencioné a modo de inciso que yo, no sólo había terminado la escuela secundaria, sino que tenía una licenciatura proveniente de una universidad europea, dotada de electricidad y agua corriente, el muy literal (y un tanto obstinado) funcionario afirmó que como aún no había recibido los papeles del Ministère de l'Éducation, du Loisir et du Sport du Québec (se llama así, lo juro) certificando la equivalencia de mi título universitario a uno quebequés, como -ya de paso- tampoco había recibido la equivalencia de mi título del bachillerato, y como tenía sólo la equivalencia de mi graduado escolar (gracias al cielo, si no, me hubiera colocado en un programa de alfabetización), pues yo legalmente no era poseedora ni de un maldito diploma de escuela secundaria, lo que -legalmente, insistía- le obligaba a colocarme en el programa para los que no han terminado de reventarse las espinillas. Firme aquí, señora, por duplicado, gracias, que tenga un buen día.

Y así me encontré en un programa de la YMCA (sí, sí, la de la canción, pero sin el buen rollo festivo-gay). La YMCA es en Canadá el todopoderoso de los organismos de ayuda comunitaria, y en lo que se dice ayuda, hace muy buen trabajo. El problema es que ése no era el tipo de ayuda que necesitaba yo en ese momento. De la noche a la mañana, me zambullí en un programa de reforma juvenil soft, y yo, ni era tan juvenil, ni necesitaba ser reformada (si excluímos los cuartos de baño de mi barraca montrealesa).

El programa consistía en tres semanas de formación general de base en un centro de la YMCA (pagadas), y en un año de prácticas en un ministerio de la función pública, a salario mínimo, en un puesto de chica para todo. Si entretanto uno decidía la vuelta al cole (que era lo que supuestamente se fomentaba), el programa continuaba pagando las horas de trabajo perdidas si se certificaba que las pasaba en la escuela.

La "formación general de base" era, efectivamente, muy de base. Consistía en cursos que iban desde la informática de base (o cómo usar Word), hasta la búsqueda de empleo (o cómo presentar un CV sin manchas de patatas fritas o pasar una entrevista de trabajo sin estar colocado, y no hablo del empleo), pasando por edificantes y prácticos módulos con títulos como: "Higiene personal de base" (lávate las axilas y cambia de muda antes de ir a trabajar, tus colegas te lo agradecerán) o "Gestión de un presupuesto" (hacer la compra de comestibles o de leche para el bebé es más urgente que correr a la licorería o comprar una libra de maría), pasando por "Taller sobre la autoestima" (o por qué tener antecedentes penales no es el fin de tu vida laboral), "Soluciona tu drogodependencia" (no fumo, no bebo, pero sé que mi relación con el chocolate es malsana, lo sé), y "Salud y vida sexual" (los condones existen, no es necesario ser madre de tres criaturas antes de los veinte).

En un par de días conocí a mis compañeros de fatigas: cuarto y mitad de jóvenes ex-delincuentes, de delincuentes aún en activo obligados a participar por el juez, de miembros de pandillas intentando salir de ellas, de pastilleros terminales que no se acordaban de si se habían quitado el pijama antes de salir de casa, de chavales perdidísimos que habían dejado la escuela porque la escuela los había dejado antes a ellos, y de majaderos con dos neuronas en funcionamiento, una de ellas moribunda. Todos ellos menores de 21. Me convertí en la abuela Cebolleta sobrecualificada del grupo. La hermana mayor adoptiva de una cuadrilla de mentecatos y yonquis robacoches.

Lo cual no quiere decir que no me encariñara con algunos de ellos, que por otra parte no eran tan mentecatos (aunque sí robacoches): Alexis, la minúscula chica griega de 18 años, inteligente y rápida como una ardilla, con tatuajes artesanales en las manos, hechos a boli Bic e imperdible, y con una cantidad de eyeliner que haría que el maquillaje de Amy Winehouse palideciera y pasara por discreto y natural, incluso el que aplica en sus días de jaco furioso.

Alexis había pertenecido a una pandilla callejera de Montréal Nord, un barrio sabrosón de esta ciudad, y cuando anunció a sus queridos amigos que los dejaba para intentar volver a la escuela, obtener el diploma de secundaria y encontrar un trabajo, la despidieron cariñosamente a patadas, aplicadas en grupo y a la cabeza. Cuando salió del hospital se apuntó al programa. El primer día se sentó a mi lado. Tras presentarse y oír mi acento me soltó inmediatamente todas las frases en español que había aprendido en la calle (frases que no pueden ser reproducidas aquí), me dijo que adoraba comer pupusas, me recomendó el mejor garito para comer spanakopita en Montreal, me contó su historia y me adoptó como hermana postiza, todo ello en cinco minutos. Agotador. Desde ese día, Alexis se aplicó a no "cagarla en el programa" (sus propias palabras) y a aprender a maquillarse como yo. Le presté un par de libros que debieron gustarle, porque nunca me los devolvió, y ella correspondió ofreciéndome con su voz ronca e increíblemente vieja su asistencia para encontrar "cualquier mierda que necesitara, pastillas, lo que sea" (de nuevo, sus propias palabras). Le di las gracias, guardé su teléfono en la mochila y me dije que nunca se sabe cuándo una puede necesitar ciertos contactos, a fin de cuentas, en eso consiste el networking.

Como soy más bien reservada en lo que a demostraciones físicas se refiere (mantengo mi espacio personal a toda costa y respeto el del prójimo), y tengo mucha costumbre de tratar con adolescentes en equilibrio precario a punto de estallar, la combinación de mi edad venerable (29), de mi trato cool, de no ser tocona y llevar un pelo cortísimo a juego del suyo (cuando entró en el hospital con la conmoción cerebral, le raparon el cráneo para poder suturarla) debió ser lo que hizo que Alexis me adorara a primera vista.

Yannick, otro compañerete de clase, tenía 20 años, un acné incontrolable, llevaba cuatro trabajando como friegaplatos en los chiringuitos de fritura más grasientos de Montreal (de ahí probablemente su acné incontrolable), y encontró la motivación para volver a los estudios en el fondo de una de esas enormes bolsas de basura que sacaba al callejón trasero del restaurante.

Después de una formación tan enriquecedora, entré a trabajar en el departamento de comunicaciones y relaciones públicas de un gran mastodonte ministerial : el ministerio federal de salud pública. Mi entrada triunfal la hice acompañada de Jonas, un compañero del curso. Jonas, 18 años y medio, un gusto fabuloso para la ropa y los complementos: gafas geniales, cinturones chulísimos, zapatos ultra chic, un hemisferio cerebral muerto al nacer y el otro sesteando plácidamente. Jonas, buen chico, si una le gritaba algo al oído, su cabeza hacía eco.

Siguiendo mi costumbre, intenté no hacer olas al entrar, así que le dejé a Jonas la iniciativa. Arlene, nuestra nueva jefa, secretaria del departamento, mujer vivaracha cerca de los cincuenta, la última subordinada de todo el escalafón de subordinados, acogía a los jóvenes de prácticas con una mezcla de desvelo y paciencia maternal y pura voluntad de echarles una mano, y otra parte de regocijo de tener al fin a alguien por debajo de su puesto, en la plúmbea jerarquía ministerial. Arlene nos otorgó una silla, una mesa y un ordenador artrítico a cada uno, y a los dos nos tocó compartir el exiguo cubículo gris sin ventana. Pronto descubrió que Jonas tenía menos luces que una fosa oceánica en plena noche, y la verdad es que en comparación a mi vecino de mesa, yo, con mi torpe francés recién aprendido, parecía un premio Nobel. Llevaba seis meses tomando clases de francés, y ya le corregía las faltas de los textos a Jonas, que había sido -supuestamente- alfabetizado en su lengua materna.

Durante el tiempo que trabajé junto a este chico, me entraron serias dudas sobre el sistema escolar quebequés, dudas quizás injustas, porque es más rápido matar a un asno a golpes de higos maduros que meter algo en la cabeza de alumnos como Jonas. En los primeros meses pasados en su compañía, mi yo pedagógico estaba convencido de que el pobre chico era un disléxico que nunca había sido diagnosticado. De esa hipótesis pasé a la del retraso mental mal tratado (si hubiera ido a una clase especial...). El hipotético retraso fue profundizándose, hasta el punto en el que, tras una conversación con Jonas a la hora del almuerzo, yo sentía que necesitaba pasar por la cámara de descompresión antes de hablar con alguien inteligente.

En los últimos meses en los que trabajamos juntos y me pasaba la vida haciendo su parte del trabajo, corrigiéndole los mismos errores una y otra vez, cubriéndole porque llegaba tarde, oyendo sus historias de conquistas de fin de semana y viéndole dormir -y babear, voto a bríos- apoyado en el calendario de mesa, ya sólo quería liquidarlo discretamente a golpes de perforadora.

El caso es que a nuestra llegada, después de oír mi glorioso acento, Arlene me explicó con gran cuidado -y una mezcla de aprensión, una dicción muy enfática y mucha lentitud- el manejo de dos piezas de maquinaria ultrasofisticada de la oficina: la cafetera y la fotocopiadora. Arlene estaba un poco desanimada, porque ya había bregado con chavales de prácticas del programa de integración que, mientras se integraban, habían desintegrado dos fotocopiadoras, todo su sistema de archivo, una impresora y la gramática francesa en varias cartas. Mi acento añadía a su inquietud, pensando que, además de enseñarme los rudimentos de la fotocopiadora, tendría que enseñarme a hablar. En cuanto a Jonas, Arlene vio rápidamente que no había nadie en el piso de arriba, vamos, que no había esperanza, y le puso a limpiar los archivos con una bayeta para el polvo y a distribuir el correo.

La inquietud de Arlene pareció apaciguarse un poco cuando pudo constatar que su protegida latina no sólo estaba familiarizada con el arcano arte de la fotocopia, sino que provenía de ¡oh, maravilla! un país europeo y civilizado (para Arlene la civilización equivalía directamente a Norteamérica, excluyendo México, y Europa, excluyendo la Europa del este). No quise extenderme explicando que mi experiencia con las fotocopiadoras provenía de mis años en la universidad. No creáis, ser tomada por una completa ignorante puede ser muy relajante, si a una no le pica el ego; a fin de cuentas, tenía un trabajo, ganaba un sueldo, estaba practicando el francés.

Se me informó de mi función vital: básicamente, yo era la chica de las fotocopias y de los cafés. Cada mañana tenía que fotocopiar la revista de prensa del ministerio, que consistía en un collage hecho a mano de todas las noticias relacionadas con la salud pública aparecidas en la prensa quebequesa, noticas de las que el departamento de comunicaciones debía estar al tanto (ya que respondían a las llamadas de los periodistas), así como la omnipotente directora general, gran Manitou del ministerio. Yo ejercía las delicadas tareas de fotocopiar y grapar los ejemplares precisos, hacer cafés y distribuírlos, y Jonas llevaba las fotocopias a cada sección, con una beatífica sonrisa resplandeciente de simpleza y una camisa extremadamente elegante. Mi tarea me ocupaba media jornada, y como después nadie parecía querer darme nada que hacer, me pasaba la tarde haciendo ejercicios de gramática en Internet. Así no me sentía culpable de perder el tiempo. Mi francés se mejoraba a marchas forzadas, mientras el de Jonas parecía fundirse como la nieve bajo el sol.

Una mañana invernal, una de las agentes de relaciones con la prensa llama anunciando que una gripe brutal la impide venir al trabajo. Presa del pánico, la otra agente gime que nunca podrá terminar a tiempo la revista de prensa, ya que tiene mucho que hacer. Se me ocurre proponer mi ayuda, ante el asombro de tres pares de ojos que creen que no he terminado la escuela secundaria y se reprimen un -"Ah, ¿pero tú sabes leer?".

Y he aquí el inicio de mi carrera estelar como lectora de periódicos profesional: mis colegas descubren, tras revisar mi trabajo, que no sólo sé leer, sino que lo hago en inglés y francés, con cierto criterio y extrema rapidez, y que soy perfectamente capaz de encontrar todas las noticias pertinentes para la revista de prensa. Recibo oficialmente mi nuevo título de encargada de la revista de prensa dotada de un cerebro. Jonas asciende a director general del café con leche y la fotocopia, y la responsabilidad le abruma.

Yo entro cada mañana cafelito en mano, recibo de manos del mensajero una pila de una docena de periódicos, que abro y leo de cabo a rabo, tras lo cual echo un ojo a las ediciones virtuales que en la época aún eran escasas. Preparo una revista de prensa sin tacha, y me queda tiempo para reorganizar por orden alfabético la biblioteca ministerial (que yace en el caos más abyecto), preparar una maqueta de revista de prensa virtual (primitivas, las fotocopias), y termino respondiendo al teléfono a los periodistas (mi acento no parece estorbar a nadie, todos están encantados de mis modales "tan europeos"(?), y haciendo fotos para la revista ministerial (cuando mi jefa descubre mi licenciatura en Bellas Artes).

Mis funciones de fotógrafa hacen que salga a menudo de mi cubo gris sin ventanas y me pasee en taxi por todos los grandes hoteles y salas de convenciones de Montreal, Quebec e incluso Otawa, que me ponga morada a canapés (las fotos duran un momento, las recepciones horas) y que lleve una vida sumamente agradable con un bolso lleno de vales para el taxi y bonos de restaurante, todo ello a salario mínimo.

Cuando tras seis meses de relajación funcionarial recibí los papeles que oficializaban mis títulos, y encontré mi primer trabajo como profe, hubo una parte de mí a la que casi le dio pena (no fue al bolsillo, os lo aseguro), una parte que recordó durante largo tiempo mis días tranquilos de lectora de periódicos, especialmente cuando tenía que afrontar a una horda de adolescentes enloquecidos por las hormonas: no por nada había trabajado medio año en el mejor empleo del mundo.

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* (Gran novela autobiográfica de Amélie Nothomb y su experiencia absurda de trabajo en Japón. Impagable.)

miércoles, 3 de junio de 2009

Todo lo que usted siempre quiso saber de la vida sexual de los quebequeses, pero nunca se atrevió a preguntar (II): monsieur M. y la pornografía

Imagen de Anne Taintor

Interior, noche. Plano de dormitorio en barraquita montrealesa. Zoom ligero, se abre a plano general. Paredes: azul genciana. Estilo decorado: shabby-country mezclado con japonés de oferta (el shabby no es intencional, los muebles son viejos). Luz tamizada de sendas lamparitas Ikea (también de oferta) a cada lado del futón.

Travelling hacia el lado izquierdo de la cama, con primer plano de mesita de noche (también Ikea, también de oferta). Música aérea y femenina, sugiriendo que la mesita en cuestión es la de Ella.

El plano recorre el amasijo de objetos sobre la mesita iluminado suavemente por la tulipa blanca de la lámpara fijada a la pared, justo encima de la mesita: una caja de kleenex, un vaporizador Sterimar para la sinusitis, una barra de protector labial marca Lypsil, un tubo de crema de manos Neutrógena, y dos pilas altas de libros de bolsillo, apoyados en equilibrio precario contra la pared, con alguno que otro de tapas duras que sobresale de la pila. La pila más alta está coronada por un libro de cómics "For better or for worse" más ancho que los demás, libro que amenaza con caerse en cualquier momento. La otra pila está coronada por "Vida tinta", de María Hernández Martí.

El plano se mantiene un momento, estático. Ruido amortiguado de pasos en off. Maullido suave, con tono interrogativo: -"Me-aow-uff?". Voz de mujer en off: -"Vale, Julieta. Pero te quedas a los pies, ¿eh?"

Zoom. El plano se abre de nuevo, una gata blanca con manchas marrones y negras y mucho pelo salta a los pies de la cama, y se tumba delicadamente formando una bola. Ella, con un corte de pelo extraño, vestida con un pantalón de chándal y una sudadera con capucha con la inscripción en la espalda "I never met a chocolate I didn't like", se inclina hacia la mesita, de espaldas a la cámara y coge la caja de kleenex. Comprobando que está vacía, rodea la cama, y se sienta en el otro lado, el lado de Él.

Alcanza la caja de pañuelos de Él, tira de uno, y mientras se suena la nariz, estira el otro brazo para dejar la caja donde estaba. El movimiento se detiene y la mano permanece en el aire, con la caja de kleenex. Ella se inclina hacia la mesita para ver mejor la revista que se encontraba debajo de la caja, el pañuelo aún apretado en una mano.
La revista, abierta y doblada por la mitad, en una página cubierta de texto y sin fotos, brilla ligeramente a la luz de la lámpara. -"¿Qué--?" murmura Ella.
Deja la caja de cartón encima de la almohada y coge la revista. Empieza a leer en voz apagada: -"...es el vaivén suave de la mano masculina, ese movimiento avanza-retrocede, avanza-retrocede, ejercido con una suavidad infinita al mismo tiempo que con la necesaria firmeza para trabajar la hendidura, es ese movimiento el que dará los mejores resultados.."

Agitada, se detiene. -"!!!"

-"...Pero ¿qué dem--?"

Sigue leyendo, con voz trémula: -"A menudo se encontrará con que los bordes, sobre todo las partes superiores, necesitan un toque especial, más suave. Frotando ligeramente puede conseguir resultados, pero necesitará más tiempo. Hay veces que unos toquecitos ligeros pueden acelerar el proceso, aunque puede que usted sienta simplemente el deseo de trabajarlo a la antigua usanza, tomándose su tiempo y disfrutando del momento tanto como del resultado final."

Ruborizándose, Ella cierra bruscamente la revista y la deja sobre sus rodillas. Mira delante de sí, sin enfocar la vista en nada en particular, y con una sonrisa torcida, dice entre dientes: -"El muy cerdo."

Presa de un impulso, la respiración ligeramente acelerada, mira subrepticiamente por encima del hombro hacia la puerta de la habitación, tendiendo momentáneamente la oreja. Abre de nuevo la revista y sigue leyendo: -"Para trabajar las partes más delicadas, un papel con un grano más fino será preferible. Para las hendiduras, nada funciona tan bien como la tradicional sierra de trasdós. Le aconsejamos un acabado con una capa de suave aceite de linaza, que dará una protección natural y un aspecto satinado a su obra."

Perpleja, cierra la revista y mira la portada, de un papel más grueso y brillante.
Lee el título: - "Fine woodworking."

lunes, 25 de mayo de 2009

Timbal de rigatoni: pasta con sabor a infancia



Se suele decir que la vida es una enfermedad incurable que termina siempre por matarnos, y es verdad. Éste no es un principio de post lo que se dice alegre, y parece no tener que ver gran cosa con la receta de hoy, pero cuando terminéis de leerlo (si tenéis la paciencia), veréis que sí. Como vasca de pro, soy capaz de relacionar prácticamente cualquier cosa con la comida.

Ayer, domingo, de nuevo tuve que decir adiós a otra persona, y esta vez fue a alguien de mi familia, así que aunque fue un adiós en la distancia (con un océano de por medio, muy a mi pesar), la persona de la que me despedí estaba paradojicamente más cercana.

Creo que una empieza a sentir que los años pasan cuando las pérdidas se suceden inexorablemente. En mi caso, espero que me den un respiro, porque últimamente es que no paramos. Y caray, vale que haya que morir un día, pero todos a la vez no, no se me atropellen, que hay sitio para todos. Y se me están poniendo los ojos como coles lombardas de tanto lagrimón funerario.

Así que la entrada de hoy es ombligocentrista y personal, con vuestro permiso. Necesitaba honorar de alguna manera, por muy fútil que sea, a mi tía Tere, TT. o tía Tula, como la llamaba en honor del clásico literario, sobrenombre que la hacía rabiar, porque "sonaba a vieja". Mi tía Tere era todo menos vieja, y eso que se nos ha ido septuagenaria, que es una edad respetable. Era una de esas tías de las de antes, las de ahora (entre las que me incluyo) no son lo mismo: tienen tatuajes, andan en moto y escuchan rock. Ella no necesitaba nada de eso para seguir siendo joven.

La tía Tere ponía cassettes de "Los 3 sudamericanos" en el coche cuando ella y mi tío me llevaban de fin de semana a su casa en La Rioja. Atravesábamos los viñedos escuchando "Pájaro Chogüi" (su favorita) a toda castaña.

Al no tener hijos, mi tía me acogía con todo el entusiasmo y la paciencia de alguien que no tiene que bregar con niños en la vida cotidiana. Me dejaba ponerme todos sus collares y sus vestidos de estampados imposibles, y probarme sus pamelas dignas de las carreras de Ascot. De su tocador siempre me fascinaba todo ese collarerío (mi madre no es muy amante de las joyas) y esa caja con jabones en forma de rosa y su perfume a juego. Ella sabía perfectamente dónde había andado, porque cuando salía de su cuarto con una densísima nube de olor a rosa flotando en torno a mí, sólo comentaba con una sonrisilla: -"Vaya, qué bien hueles."

Los fines de semana en casa de la tía eran de un lujo asiático para una niña pequeña; algo así como el equivalente a un fin de semana en el SPA de mi infancia. Mis tíos quizá no eran jóvenes y modernos, no tenían cassettes de Parchís (que era "lo más in" para los enanos de la época) ni video, pero a cambio me ofrecían toda su atención. Mi tía me servía el desayuno en la cama (algo que en casa no hacíamos), naranjas cortadas en medias lunas y chocolate con churros, un desayuno de una opulencia deslumbradora, al menos para mí, y lo comíamos sin prisa, los tres instalados en un improvisado picnic en pijama, en la cama de mis tíos.

La receta de hoy (foto de mi cuaderno, abajo), de Josée Di Stasio (en los enlaces de la columna de la izquierda, bajo la rúbrica "Recetas"), va estupendamente como homenaje a TT, que hacía los macarrones con chorizo más domésticos, ibéricos, grasosillos (en el buen sentido) y ricos que he comido jamás, y que los servía en raciones casi homicidas, de puro abundantes (ya os hablé de la hospitalidad agresiva típica de mi familia, hospitalidad que mi tía practicaba con entusiasmo abrumador). Si remplazáis las anchoas de la receta por unos pedacitos de chorizo, el resultado es exactamente ese tipo de pasta muy maternal, más seca que la pasta con salsa de tomate tradicional (al cocer en la salsa de tomate en lugar de en agua, la pasta absorbe mucho más sabor), casi dulce (la tía Tere creía firmemente en el azúcar como ingrediente de la salsa de tomate).
El nombre de este plato al horno, timbal, viene de la forma que tiene la pasta de formar un timbal que puede cortarse en rebanadas una vez frío (en las fotos aún estaba caliente). Se suele vender en los mercados italianos, y es una buena forma de comer pasta fría, sin cuchillo ni tenedor.


Es imposible resumir lo que fue Tere, y lo que fue especialmente para mí. Cualquier palabra suena inexacta, torpe. Sólo se puede pintar un esbozo, cuatro brochazos que den una idea de quién fue esa persona.

Mi tía era una mujer minúscula con los arrestos de un coronel de los marines, terriblemente miope y al mismo tiempo capaz de ejercer su antiguo oficio de modista cosiendo "de oído", alegre como un cascabel y con un sentido del humor a prueba de bomba atómica de varios megatones. Coqueta hasta el extremo (ahora ya sé de dónde me viene esa obsesión por la ropa), para ella toda mujer estaba más guapa con los labios pintados y teñida de rubia. Platino, aún mejor. No hay mal que con un buen tinte no pase, era su lema. Las dos estuvimos en eterno desacuerdo sobre este tema. Pero admiro su talante de "una puede estar sufriendo un martirio, pero no es excusa para salir hecha una facha".

Era la única capaz de comprender por qué a mis quince años yo necesitaba ese vestido/falda/pantalón ya mismo a pesar de tener un armario lleno, y la que me cosía cualquier cosa que le pidiera, a partir de uno de mis dibujos, por muy estrafalario que fuera, sin criticarme. Si yo me mostraba desagradablemente adolescente con mi madre durante una de las sesiones de prueba, los alfileres parecían desviársele de forma misteriosa, y un pinchazo oportuno solía interrumpir cualquier réplica respondona. Entendía maravillosamente mis vagas indicaciones sobre vestidos "a la Jackie O". Aunque no juzgara, me daba sus opiniones profusamente, eso sí. Y es que la tía tenía abundantes opiniones sobre muchas cosas, y las prodigaba sin miedo. "So, deal with it" sería para ella un epitafio perfecto.

Recuerdo haberme pasado por su casa con la cabeza semirapada y decolorada, el pelo blanco nuclear y un collar de perro rojo con tachuelas en el cuello (adolescencia difícil, sí), y haberme mirado sin hacer un sólo comentario peyorativo. Para ella lo importante era que yo estuviera lo bastante bien criada como para llevarle el encargo que me había dado mi madre. Que lo hiciera tatuada, desnuda o en patinete le daba absolutamente igual.

Mi tía era de esas mujeres españolas con la peculiar habilidad de dar la impresión de que el que manda en casa es el marido, pero sospecho que todas las órdenes que daba mi tío eran sugeridas por ella. Tras lo cual el pobre se aplicaba a ejecutarlas.

Tengo un par de imágenes en memoria de mi tío sudoroso, irritado y enrojecido, empujando un enorme sofá por todos los rincones posibles, mientras mi tía, siempre presa de una furia amuebladora-decoradora, decidía que finalmente el sofá estaba mejor donde lo habían puesto al principio. Con su habilidad costurera (y recicladora, mi madre ya se ha encontrado apoyada en unos cojines de raso color crudo, antaño su vestido de boda), era una de esas mujeres que te planta unas tremendas cortinas barroquísimas en menos de lo que se tarda en decir "flores de cretona".

Si es verdad que el cielo existe, y ya os he comentado lo que opino sobre el tema, probablemente mi tía Tere estará redecorándolo. Espero que a Dios le gusten los estampados, aunque tampoco creo que le deje meter baza.

domingo, 3 de mayo de 2009

De tetas y pedagogía


Hace un par de veranos, en mi última visita a las Europas, una ciudad del norte de España, un cuarto de baño en el piso fuertemente hipotecado de Estoico Hermano: me cepillo los dientes con la puerta cerrada, con la vana esperanza de procurarme unos muy necesarios minutos de soledad. La puerta se abre bruscamente. Dada la falta generalizada de pestillos que padecen los domicilios de mi familia española y el exotismo de esa extraña costumbre de llamar a las puertas cerradas, practicada tan poco por mi tribu, no me sorprendo mucho.

Sobrino Espitoso entra corriendo, llevando unicamente unos diminutos (porque él es flacucho, incluso para un niño de cuatro años) slips morados y verdes del increíble Hulk, slips que, por cierto, le compré yo en un ataque de "tíitis" aguda.

Sobrino Espitoso, bajándose los minúsculos calzoncillos y sentándose en el retrete a toda velocidad : -"¡Me meo! ¡Me meo!"

Eso de hacer pis sentado debe de ser producto de su educación. Estoico Hermano -o Recia Cuñada- no confían en lo certero de su puntería. ¿Será genético?

Mi momento de soledad fue breve. Cierro la puerta (conociendo a mi familia, y teniendo en cuenta que el cuarto de baño es un clásico aseo español, dotado de bidé, aún hay espacio para que Estoico Hermano venga a ducharse y Recia Cuñada entre con Bebé a darle un baño de asiento): -"Vale, vale, ¿quieres que llame a la abuela por teléfono? Debe de ser la única que no te ha oído."

Ruidito de tierno pipí infantil. Mientras me enjuago la boca, mirando pensativa mi reflejo, Sobrino Espitoso, igualmente pensativo, apoyando el mentón en una mano, me lanza esta pregunta: -"Tía Arantza, ¿tú tienes tetas?".

Lo miro, la boca ligeramente abierta y las comisuras aún llenas de pasta de dientes, un poco descolocada y ligeramente ofendida, y no precisamente en mi sentido del recato, sino más bien en el pundonor. Que vale que no posea un escote amuebladísimo y voluptuoso, pero coño, lo que se dice tener tetas, tengo.

Yo (abombando un poco el tórax): -"Pues claro que tengo."

Nos ha jodido, el niño. Pero no lo digo, porque estoy intentando no cargarme toda su educación en una semana de visita, y hoy ya me ha oído decir -y repetido en la mesa con gran regocijo - tres "joder" y un "hostias".

Sobrino Espitoso, aún sentado en el retrete, los calzoncillos en torno a los flacuchos tobillos, escrutándome el área pectoral sin ningún disimulo, se permite dudar: -"¿De verdad?". Hay que decir que su madre, Recia Cuñada, está equipada con un escote que provocaría la envidia de Sofía Loren. Hace treinta años también hubiera provocado su envidia (hay que precisar, porque cuando vi a Sofía en la entrega de los Oscar de este año, daba bastante miedo).

Jolín, vale lo de que esta generación está siendo criada sin toda esa horrible culpabilidad católica en lo tocante al sexo, pero caray, este niño tiene cuatro años. Según Freud, tiene que estar como mucho al principio de la fase de latencia, y no interesándose por las tetas de nadie.

Yo: -"Claro. Soy una chica. Las chicas tenemos tet--- pechos."

Sobrino Espitoso: -"Ya le había dicho yo a Iñigo Borja que tú eras una chica. Y no me creía. Me dijo que si fueras una chica, tendrías tetas y pelo largo."
Bonjour, ideas reductoras a los cuatro años.

Yo, cerrando el grifo: -"¿Iñigo B---?" (¿En qué demonios estarían pensando sus padres al bautizarlo así? ¿Estarían borrachos? ¿Qué ha pasado con nombres clásicos como Juan, Pablo?)
-"¿Tu amigo no sabe que las chicas también llevan el pelo corto? ¿Y los chicos el pelo largo? ¿Y que no todas las mujeres tienen tet--- pechos grandes?"
(Probablemente los padres son de la Falange, y le dejan ver reposiciones de "Los vigilantes de la playa". Eso explicaría el nombre. Y el modelo femenino reductor.) -"¿Tú no tienes amigas con el pelo corto en la ikastola ?"

Sobrino Espitoso, ligeramente escéptico: -"Mmh. Karmele tiene el pelo corto, pero yo creo que es un chico. No tiene tetas, y escupe más lejos que nadie."

Yo, secándome las manos con la toalla, lista para destruir prejuicios sexistas a tan tierna edad, toda triunfante de lógica adulta: -"Pero, a ver, tu amiga Karmele, cuando tiene que hacer pis, ¿a qué baño va? ¿Al de los chicos o al de las chicas?"

Sobrino Espitoso, aún no completamente convencido por mi lógica irrefutable: -"Uhm." Se rasca la cabeza, pensativo. Pausa larga. -"Tía, ¿me enseñas las tetas?", dice al fin, sentado en la taza, con expresión seria y científica.

Yo, mirándolo con asombro -adiós, fase de latencia-, me debato en cinco segundos con todos mis principios:

a) Los educativos (deformación profesional): la sana curiosidad científica debe de ser satisfecha con respuestas.

b) Los psico-comportamentales: más allá de la intención pedagógico-anatómica, está el problema de los tabús. Si digo no, y muestro incomodidad, voy a traumatizarlo de por vida, pobriño, va a pensar que la desnudez es algo vergonzoso, su vida sexual será un asco y todo por culpa de su tía, que no quiso enseñarle las tetas en su tierna infancia. Bueno, igual la relación de causa-efecto no funciona exactamente así, pero qué responsabilidad, madre.

c) Por otra parte, mis nobles propósitos pedagógicos van a parecer difíciles de explicar si alguien abre la puerta y me ve en el baño, enseñándole las tetas a mi sobrino.

d) Y lo de satisfacer la sana curiosidad científica tiene sus límites, leche. Que primero es "enséñame las tetas" y a los 15 igual va y me dice que tiene mucha curiosidad por saber en qué consiste la sodomía con un vibrador a cabeza triple -esto del acceso ilimitado a internet es terrible-, y yo en algunas cosas aún soy muy judeocristiana. Y mis instintos pedagógicos tienen sus límites.

Ahí le ando, debatiéndome, cuando en toda su aplastante lógica infantil me suelta: -"Cuando vas a la playa las enseñas, ¿no? Mamá las enseña. Como todas las chicas. Si eres una chica, claro..."

No sabiendo aún si es su lógica la que me ha convencido, o mi orgullo ligeramente picado, me levanto brevemente la camiseta, con expresión resignada. Sobrino Espitoso observa desapasionadamente, con interés taxonómico.

Yo, bajándome la camiseta, con tono concluyente: -"¿Ves? Tengo el pelo corto y soy una chica."

Sobrino Espitoso: -"Es verdad. Son más pequeñas que las de mamá. Pero tienes. Y son un poco más grandes que las de Conchi."
(Conchi es la canguro que va a buscarlo a la salida del cole. Veo que ella también ha caído. Este niño tiene su talento.) -"Pero las de la abuela son diferentes. Como más planitas."

Santa Madre es tan incauta como yo. Debe de ser de familia.

Dicho esto, se levanta, se sube el calzoncillo, tira de la cadena y sale corriendo del cuarto de baño, gritando: -"¡MAMA! ¡MAMAAAAAAA! ¡Tenías razón, tía Arantza es una chica, me ha enseñado las tetas!"

Recia Cuñada, desde la cocina, con tono cansado: -"¿Ella también?"