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domingo, 7 de junio de 2009

Chewy Center Chocolate Chip Cookies : galletas no culpables hasta que se demuestre lo contrario


Sigo explorando la receta clásica de las chocolate chip cookies, porque da mucho de sí. Nada tan satisfactorio como comerse una big, fat, chewy cookie recién salida del horno, (al menos, nada que pueda hacerse vestido y con dolor de cabeza).

El secreto para obtener unas cookies "coffee shop style" realmente a la americana, es decir, tostaditas y crujientes en los bordes y chiclosillas y tiernas en el centro, es remplazar un cuarto de taza de harina de la receta por fécula de maíz (Maizena).


Dejad de quejaros por la línea: podéis empaquetarlas en una bolsa y llevároslas en una caminata por el monte. Y siempre podéis deciros que no hay ningún problema con vuestro cuerpo, son esos malditos vaqueros que no están hechos para gente real.

La gente real tiene arrugas, vello, celulitis, varices, lunares y facturas por pagar. La gente real de sexo femenino también tiene mollas que se salen parcialmente del biquini, pechos que cuelgan, y que se aplastan en posición de decúbito supino. Insisto, cuando una mujer se tumba, no es normal que sus pezones apunten hacia el firmamento y que sus pechos no se muevan del sitio, cual pétreas boyas portuarias. La gravedad nos afecta a todas, salvo si nos hemos instalado flotadores quirúrgicos.

Nadie persigue a la gente real con un Photoshop para ir borrando las imperfecciones de la carne mientras andan por la playa. Pero la gente real es realmente guapa cuando está contenta de sí misma y de lo que la vida le ha regalado, y cuando alguien le recuerda que es deseable y de agradable compañía. Y es que a fuerza de ver gente de mentira hemos terminado pensando que existen.

miércoles, 6 de mayo de 2009

International No Diet Day: Galletas guarrísimas de Reese

Tenéis que perdonarme si a veces hablo de cosas que ya existen por España, hace ya una década que crucé el charco, y, a pesar de visitas en vacaciones, no estoy muy al día en lo que a productos que puedan encontrarse en los supermercados se refiere. Por eso a veces puedo hablar de algo que creo que os va a parecer "exótico" a los que vivís al otro lado del Atlántico, y resulta que, como la sombra de la mundialización es alargada, ya se vende por allí.

Pero algo me dice que los chocolates Reese no se encuentran mucho por la Europa no anglosajona, el abismo de las diferencias culturales es demasiado profundo. Hay que tener papilas gustativas anglosajonas (o haber vivido mucho tiempo en un país que las tenga), para apreciar esta guarrería, este epítome de la cochinada norteamericana.


Para empezar, hay que ser capaz de apreciar la mantequilla de cacahuete, y la idea de que esta pasta ultradensa puede mezclarse con cosas varias, en este caso, el chocolate. La mantequilla de cacahuete es el desayuno tradicional de Quebec. Los quebequeses la untan alegremente en sus tostadas, y monsieur M., con esa horrible exultación mañanera que le caracteriza, (horrible, porque antes de las siete de la mañana no puede ser calificada de otra manera), la unta aún más alegremente, si cabe. Y la mezcla con cosas como plátano, miel, o Nutella. Cielo santo.

Yo que me levanto con la boca seca como la suela de una alpargata, y que no puedo articular palabra hasta que no me he metido mínimo dos vasazos de agua y uno de zumo entre pecho y espalda; yo que no soy matinal, que cuando el despertador suena antes de las siete (en este magnífico país, muy a menudo) quiero morir (sólo durante los primeros veinte minutos de mi jornada); yo que amanezco con un aspecto como si una pala mecánica me hubiera pasado repetidas veces por encima durante la noche (¿quién ha dejado entrar una excavadora al dormitorio? porque esa cara yo no la tenía ayer por la noche... y luego hablan de "sueño reparador"...) y que voy a la universidad con las marcas de la almohada aún impresas en el carrillo; yo que desayuno en el metro porque a esas horas luciferinas no me entra nada en el cuerpo, veo como mi quebequés de marido mastica esa cosa pastosa y pienso que, si le doy un tiento a su tostada, no seré capaz de despegar la lengua del paladar nunca más. Inconveniente para alguien cuyo trabajo consiste principalmente en hablar en público.

Pero mi relación con la peanut butter/ beurre d'arachides ou beurre de pinottes, como la llaman en Quebec, ha cambiado extrañamente.

Todo empezó tras una gripe de caballo que pasé durante mi segundo invierno aquí, el virus me había afectado también el aparato digestivo, y hacía como una semana que no podía tragar nada. Tras muchos tosidos, fiebre salvaje y noches abrazada a la papelera de mi cuarto (por si las moscas), cuando lo peor de la gripe comenzó a ser cosa del pasado, me levanté una tarde sintiéndome una piltrafa. Como estaba solita en ese momento (monsieur M. andaba de viaje, intimidando renos en el norte de la provincia), en un país hostil (al menos, sus virus me parecían bastante hostiles, los muy canallas) y en pleno febrero, y sentía las rodillas blandas como la gelatina, me senté en la cocina pensando algo así como "quiero a mi mamá", y más concretamente, "quiero a mi mamá con una cazuela de sopa de pollo entre las manos". Así que me puse a meditar en qué podía comer que no implicara cocinar ni moverse mucho.

La revelación: pan de sándwich, mermelada de grosellas, mantequilla de cacahuete. (Aquí, podéis meter de fondo "Así hablaba Zarathustra"). Sándwich energético. Y estuve comiendo el mismo durante las cuatro tardes siguientes.

Mi relación con la mantequilla de cacahuete cambió, aunque raramente soy capaz de comerla por la mañana. Eso no ha cambiado tanto.

Pero sí que soy capaz de perpetrar unas galletas en las que he sustituído las pepitas de chocolate por pedazos de Reese (pero en lugar de poner una chocolatina entera encima de la galleta, como en la receta, las he mezclado con la masa, así la mantequilla de cacahuete y el chocolate se funden juntos, mmmmhh). En honor del día internacional sin dieta: hoy. Bonita conmemoración donde las haya. Si queréis celebrarlo pero no os apetece cocinar, podéis celebrarlo con un sándwich de plátano con miel.

Y que le den morcilla a la celulitis. Imaginaos que tras comeros este sándwich, salís de casa dándole rienda suelta a la culpabilidad, y, distraídas, os pilla un autobús al cruzar la calle. Francamente, sería bastante lamentable que vuestro último pensamiento antes de dejar este mundo fuera: "No tendría que haber comido todos esos hidratos de carbono".

jueves, 30 de abril de 2009

Crayola y Hob-Nobs

Tarde inesperada de canguro de niño de 8 años + lluvia = ceras Crayola y Hob-Nobs hechas en casa, con una receta encontrada un poco por casualidad. Crujientes como las originales (añadir una pizca -gorda- de sal a la receta, las Hob-Nobs tienen un toque salado bastante evidente).
Mis galletas favoritas cuando vivía en España, curiosamente difíciles de encontrar en Montreal, a pesar de la abundancia de productos ingleses.
El niño no se ha quejado en toda la tarde, tenía la boca demasiado llena.

domingo, 29 de marzo de 2009

Pure Peanut Butter Cookies

Para hacerlas, he echado mano de mi sitio habitual, y de esta receta. Los únicos cambios a la receta original: he utilizado miel en lugar de azúcar, aceite vegetal (canola o girasol van muy bien) en lugar de mantequilla y la mitad de la harina la he sustituído por harina integral. La textura no ha cambiado mucho, así que podéis hacer una versión más sana sin sacrificar gran cosa.
Las fotos me han quedado de un martaestuardiano que me han sorprendido hasta a mí. Si me descuido, me vuelvo rubia, episcopaliana, amante de los colores pastel, cincuentona y de derechas, y pierdo el sentido del humor. Tendré que vigilarme.

Me he hecho una pila de galletas, me he servido un vaso de leche, y a seguir revolucionando el mundo de la lingüística.

jueves, 12 de febrero de 2009

Galletas de avena con beso


Ya que esta semana celebramos la fiesta del amor, osea, del amor que los centros comerciales tienen por toda fiesta que fomente el consumo desmadrado e inútil, ahí va una receta para vuestro churri. O para vuestros hijos, luces de vuestros ojos. Lo sé, mis textos no son lo que se dice muy elaborados últimamente, pero estoy intentando dejar de ser estudiante antes de alcanzar la edad de la prejubilación.

Los kisses son unos chocolates diminutos de la marca Hershey's, en forma de los clásicos "pedos de monja" españoles (a los lectores de "este lado": no, no es escatología, es repostería mezclada con anticlericalismo). Para darles un toque más festivo a las muy corrientes galletas de avena, se aplasta uno sobre cada pegotito de masa, y se hornea.
Ya, ya me han hecho notar que la forma de las galletas recuerda a algo... malditos obsesos.

La receta es la receta clásica de las oatmeal cookies, aunque os sugiero vivamente que reduzcáis la cantidad de azúcar de una taza (si no, vais a terminar diabéticos perdidos, la cantidad recomendada en la receta es realmente excesiva), y que aumentéis la de harina de otra taza, para compensar. La razón es que la masa sale bastante líquida, aunque el motivo puede ser las adaptaciones que hice para volver la receta menos grasa: sustituí un tercio de la mantequilla de la receta por puré de manzana cocida (gran truco que os recomiendo), y la mantequilla por aceite vegetal. Para la repostería de este tipo os recomiendo el aceite de girasol o de soja, de sabor más suave que el de oliva.

Estas galletas pueden congelarse y el resultado es muy bueno, no tenéis más que doblar las cantidades de la receta y darles forma sobre una bandeja y congelarlas en crudo sobre la misma bandeja (aseguraos de utilizar una que quepa en el congelador, yo me he fabricado un apaño con cartón). Una vez congeladas y lo bastante duras como para permitir la manipulación, las podéis meter en una bolsa hermética, y podréis hornear galletas cada vez que os apetezca sin tener que trabajar para prepararlas.

Pues eso. Besitos.

viernes, 30 de enero de 2009

Tejas Terribles de limón. Como la vida misma: simples, pero no fáciles


Cuando vi en el blog de Cris -blog que es un auténtico "postre visual" y os recomiendo ir a ver si no lo habéis visitado todavía- su receta de tejas para los Daring Bakers de este mes, una vez más me dejé llevar por la tentación.

Las pasadas Navidades había visto esta recetilla de Martha, esa diosa doméstica fría y patológicamente perfecta, que me apetecía probar (la receta, no a Martha, Martha es bastante poco incitadora a la lujuria). Pero al final no lo hice porque anduve ocupada en otras cosillas y, lo reconozco, las tejas me evocan un je-ne-sais-quoi de postre de solterona, de galleta de viejecita rancia, de ésas que tienen tapetes de ganchillo sobre la tele y fundas de encaje para cubrir los rollos de papel higiénico en el cuarto de baño. Estoy segura de que alguna vez he debido de visitar a alguna que debió de ofrecerme tejas, cuidadosamente guardadas en una caja de latón, y la asociación se me tatuó en el inconsciente para siempre jamás.

Por eso las perlas de la foto, esto se cocina con ristra de perlas al cuello y moño estilo Grace Kelly (en mi caso, he tenido que conformarme con perlas falsas y peinarme el pelo con raya a un lado, bien formalito).


Debe de ser porque ando cansada y estresada, el toque ligeramente anticuado de la receta me apetecía mucho hoy, y como a causa de ese estrés he estado muy perra esta semana con monsieur M., me he dicho que iba a intentar compensar mi humor lamentable con ofrendas de paz. Y es que monsieur M. es un loco de los barquillos, en cualquiera de sus formas y manifestaciones. Es una de esas aficiones que tiene que encuentro conmovedoras, como sus libros de autoayuda para encontrar su lado sensible y femenino (enterrado en las profundidades de ese cuerpo de bigfoot), lo de que le guste planchar a pecho descubierto o el que aún guarde la colección entera de tebeos de Gastón Lagaffe, y que de vez en cuando la relea.

La receta de doña Marta Estuardo de "tejas de encaje al limón" es una de esas recetas que cuando la lees te dices: -"Ey, simple". Pocos ingredientes, aparentemente pocas complicaciones. Atención: aquí es cuando dejamos a un lado la hilera de perlas y el lenguaje de este post empieza a deteriorarse. Y una mierda, fácil. Citando a Julia Child: "simple, no es necesariamente fácil".

La mezcla de la masa en sí no tiene ningún misterio, el problema es para darles la forma. Martha dice en su receta: "dejar reposar un minuto antes de empezar a darles forma". Martha tiene razón, maldita sea. Para darles la forma cilíndrica enrollándolas en torno al mango de una cuchara de madera, si la masa está demasiado caliente, aparte de romperse (porque es finísima y llena de calados que son lo que dan a las tejas ese aspecto como de un jodío encaje de bolillos, con perdón), te quemas los dedos como una oligofrénica, y no mantienen la forma. La forma de teja clásica es más fácil de conseguir: mientras te quemas y blasfemas sonoramente, buscas frenéticamente el rodillo de amasar -o una botella- y lanzas la masa encima, dejándola enfriar.

Es lo que tiene esta masa de las tuiles: un punto de temperatura muy exacto para trabajarla. En cuanto al horneado, no perdona, ni permite el multitasking: he tenido la malísima idea de hornear una segunda tanda mientras daba forma a la primera. No lo hagáis en vuestras casas. Mientras luchaba por hacer malditos canutillos para impedir que mi hombre me pida el divorcio (patético, lo sé), la masa ha pasado de un tono blanco paliducho a carbonizado en menos de un minuto (lo juro, tenía un minutero en marcha, he apartado la vista un momento y... ¡zas! La segunda bandeja quemada).

A pesar de que no haya conseguido un término medio -me han salido o muy pálidas o muy quemadas-, ricas, lo que se dice ricas, lo están. Con un perfume muy pronunciado de limón. Crujientes y ligeras. No como yo, que cuando he terminado de hacerlas me sentía todo menos ligera. Tenía la cara y el pelo pegajosos de azúcar, manchas grasas de mantequilla en todos los pomos de todas las puertas, las yemas de los dedos abrasadas y he tenido que hacer acrobacias para quitarle la pila al detector de humo, que se ha disparado cuando he carbonizado la segunda tanda.
Hay días así, en los que las deidades reposteras no están de nuestra parte. Según monsieur M., en su comentario sexista preferido, esos días siempre tienen la tendencia a ocurrir en el mismo momento de cada mes.
En fin, echadles un vistazo, porque son fotogénicas, las puñeteras. Y porque no las voy a volver a hacer en mi vida.

domingo, 4 de enero de 2009

Short term shortbread



Éste es uno de los últimos dulces navideños de mis famosas cajas de surtido casero que voy a publicar (el último, creo que ya os lo imagináis). Maite, fiel lectora, me pidió no hace mucho una receta fácil de galletas, para alguien que, como ella, no ha probado a hacer nunca y acaba de comprarse unos cortapastas.

El muy escocés shortbread es probablemente una de las galletas más fáciles y más agradecidas de hacer. Y una de las más deliciosas. Y de hecho, ni siquiera necesita cortapastas. De sus propiedades atasca-arterias no hablaremos, corramos un tupido velo, aún es Navidad. Ya llegará la cuesta de enero con su festival de dietas, sus gimnasios llenos de desesperación y michelines. Por ahora, y hasta el el 7 de enero, San Michelín, let's eat, drink and be merry, qué demonios.

Los espectaculares moldes de shortbread que véis arriba son un regalo anticipado que recibí de monsieur M. Regalo totalmente desinteresado por su parte, ya que él odia la mantequilla y todo lo que huele o sabe a ella. Y es que al pobre monsieur M. le pasó un poco lo mismo que a Obélix con la poción: cuando era pequeño (y cómo me cuesta imaginarlo pequeño) se comió enterito un paquete de media libra. Él solo.

Ya sabéis lo que son los niños: dejas a uno de cinco años solo media hora en una habitación con un bloque de mantequilla, y zas, la has liado. Esas cosas no se olvidan fácilmente. A mí me pasó algo parecido con las ostras, que adoraba, hasta que me tragué una que llevaba demasiado tiempo en tierra firme, y me pasé unas navidades abrazada al retrete. Pero pasemos a asuntos más alegres.

Estos magníficos moldes de barro refractario son un regalo por haber terminado los primeros de mis numerosos estudios emprendidos. Aunque no os interese un pimiento, tengo que anunciarlo al universo entero: no, no he terminado la maldita tesina, pero acabo de terminar el máster en traducción. Es oficial, un hecho: ya soy traductora. Sólo me queda el monstruo de la tesina y seré también licenciada en lingüística. Confío en que dentro de pocos meses, ahora que mi pluriempleo académico se ha reducido un poco.

Bueno, pues ahí va la receta clásica. La forma no me quedó muy bien porque estrenaba los moldes y tendría que haberlos dejado un par de minutillos más en el horno, pero con lo golosos que son en mi familia política, tendré tiempo de perfeccionar la técnica.

SHORT TERM SHORTBREAD

(El nombre es por la rapidez de la receta, que no requiere muchas historias)

Ingredientes:

- 1/2 taza de mantequilla de buena calidad (unos 145 gr.) a temperatura ambiente. Crucial, si no queréis poneros de mala leche intentando reblandecerla. Lo mejor, dejarla toda la noche fuera del frigo. Yo uso salada, porque me gusta la pizca de sal en lo dulce, pero va a gustos. Y aquí la margarina no sirve. No sólo no sirve, es un sacrilegio.

- 1/3 taza de azúcar

- 1/4 de cucharadita de extracto de vainilla (opcional, pero más rico). Que sea natural, porfa. La vainilla artificial sabe a ambientador Glade. Y ya habrá algún listo que me preguntará si le he dado un lametón a un ambientador. Mis prácticas privadas no son asunto vuestro.

- 1 taza de harina blanca (no hay versión integral-sana-harekrishna-hare-rama de esta receta, chachos. Si queréis salud, mejor os hacéis una ensalada de berros y olvidáis los shortbread).

Elaboración:

Batir la mantequilla esté bien cremosa y ligera. Añadir el azúcar y seguir batiendo, hasta obtener una textura suave y untuosa. Añadir la esencia de vainilla. Ir mezclando progresivamente la harina hasta obtener una masa. Trabajar la masa en una superficie enharinada, hasta que todos los ingredientes estén bien incorporados y la masa sea suave.

Engrasar muy ligeramente una fuente de horno, y presionar la masa firmemente en ella. Pinchar toda la superficie con un tenedor, y hornear a 165 º unos 30-35 minutos, hasta que esté ligeramente dorada. Dejar que el shortbread se enfríe un poco en la fuente durante unos diez minutillos, y tras despegar los bordes con un cuchillo, dar vuelta a la fuente encima de una tabla de cortar. Cortar en rectángulos (si la fuente es cuadrada) o en triángulos (si es redonda) mientras aún esté tibio. Espolvorear con una pizca de azúcar si se desea. Saborear sin culpabilidad, saben mejor.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Have a cookie... sugar.



Ouf, la Nochebuena (el enlace es para los lectores de este lado del charco) ya casi está aquí. Todo está listo: los regalos envueltos, las tarjetas enviadas, las galletas, horneadas y listas para ser servidas con un vaso de leche para el visitante nocturno (espero que no le importe que Alfonso y Julieta se traseguen con sigilo el vaso, durante la noche). Los calcetines colgados esperando a que "alguien" los llene de chocolatinas y otras cosas ricas.



Ahora es el momento de sentarse a jugar una partida de Scrabble con un plato de galletas como control de calidad, como decía alguien por ahí (para ver si están a la altura de Père Noël, claro). O de sacar el mamotreto anual que no he tenido tiempo de terminar ("Los hermanos Karamazov", por ejemplo) y hundirse en el sofá.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Familia interracial de jengibre


En Navidad no pueden faltar los hombrecitos de jengibre. Y Lupe los pide con insistencia, así que ahí van. Este sábado celebré mis recién empezadas vacaciones con un maratón galletero, que las fiestas navideñas ya han empezado (la avanzadilla de las fiestas empieza la primera semana de diciembre, ya que en Quebec la mayor parte de los lugares de trabajo tienen por costumbre hacer una fiesta para los empleados). Preparé una caja de galletas surtidas para una buena amiga que organizó un high tea pre-navideño.

Aprovechando el chute de adrenalina que aún tengo metido en el cuerpo por el estrés brutal de los exámenes finales y con la estación de la gripe en pleno apogeo en el trabajo (el hospital donde trabajo está de un lleno que andan pensando en acostar a los pacientes en estanterías en lugar de camas, para ganar sitio), pues llevo dos días como sin frenos, amasando, horneando, haciendo baños... monsieur M. aprovecha discretamente para encerrarse en su mazmorra del bricolaje (el taller en el sótano), y no salir.

Cuando preparo galletas por estas fechas, lo hago en modo producción en masa: justamente, preparo la masa, y como la mayoría de las masas de galleta necesitan refrigeración para poder manipularlas y cortarlas con los cortapastas sin blasfemar demasiado, mientras la primera se enfría preparo la siguiente. A continuación, estiro la masa con el rodillo y la corto, una masa detrás de otra, y como ésta es la fase del proceso galletero que resulta más engorrosa -y pringosa-, es un alivio pasarla "en serie".

Sólo queda poner las galletas cortadas en una superficie plana (cartón, bandeja... algo que quepa en el congelador), cubrirlas con papel encerado o papel pergamino, y congelarlas. Una vez lo bastante duras, es mejor meterlas en bolsas de congelación, para evitar que el frío "queme" la masa.

Como lo más trabajoso ya está hecho, el día que queráis preparar las galletas es un lujazo: sólo hay que hornearlas. Y decorarlas, si os apetece.

Yo no me concentré mucho en la decoración porque mi prioridad era más bien la variedad de las galletas, porque todos los comensales eran adultos a los que, como a mí, el colorante verde-pino no les emociona mucho, y porque en el universo de blogueros cocinillas ya hay algunas que son expertas en la materia ;-), expertas que podéis consultar si queréis pasar una tarde agradable decorando estos hombrecitos (actividad chachi si tenéis niños, que ya es hora de despegarlos de la gamecube, leche). Sin embargo, decoré algunas a todo correr por mostraros un poco la presentación tradicional.

La receta, es de doña Marta Estuardo, of course. Un inciso con un par de truquillos importantes: cuando Martha dice "refrigerar una hora la masa", hacedlo. Evitadme la tentación esa de "si total, esta masa se puede estirar ya mismo". Cuando empecéis a intentar despegar los malditos hombrecitos y a decapitarlos, arrancarles miembros y otras atrocidades, vais a lamentar no haber hecho caso a Martha. Creedme.

Otro truquillo: el papel encerado. El papel encerado le salva la cordura a cualquiera que haga galletas con formas más sofisticadas que un círculo. Si ponéis un pedazo bajo la masa antes de comenzar a estirarla y cortarla, y otro por encima, evitaréis que la masa se pegue a la mesa y al rodillo, y será mucho más fácil despegar los hombrecitos y ponerlos en la bandeja de horno sin crueles desmembramientos.

Truquillo final: en lugar de espolvorear la mesa-papel encerado-rodillo con harina, que tiene la tendencia a secar las galletas, hacedlo con azúcar glas. Antes de cortar cada galleta, untad el molde igualmente en azúcar glas, la forma del hombrecito será mucho más nítida.





Mi "familia interracial de jengibre" recibe su nombre por la tanda que se me requemó ligeramente cuando andaba amasando otro tipo de galletas (peligros del multitasking), así que el resultado es papá jengibre, mamá jengibre, abuelo jengibre, hijito jengibre... y el hijito adoptado en Haití.

Si no os apetece hacer la versión antropomórfica, no es obligatorio. He aquí la versión nórdica.


domingo, 16 de noviembre de 2008

Galletas sanas de avena: from the cookie jar, with love


Mi cookie jar andaba mirándome con aire de reproche, así que he tenido que ocuparme de llenarla.

Estas galletas sanas de avena son de lo más equilibradas y formalitas, con harina integral, aceite vegetal (muy poquito), poca azúcar, mucha avena (estupenda para bajar el colesterol, fibra a tutiplén) y la energía de los frutos secos (en este caso, cranberries secas, pero podéis utilizar perfectamente pasas).

Aparte de ser galletas "sin pecado", están muy buenas (en esto del dulce no estoy muy dispuesta a sacrificar el placer por la salud). Me las llevo en el bolso y acompañan estupendamente el cafelito de media mañana. Así puedo mirar todos los croissants y napolitanas grasientorros de la cafetería sin que me den envidia.

Con la bendición de la nutricionista.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Las galletas del crimen

Como toda la generación nacida en los 70, soy un producto de la tele educativa, más concretamente, de "Barrio Sésamo". Así que espero que si algún antiguo director de programación de la época está leyendo esto, se sienta completamente consternado de los efectos que la tele puede tener en las tan tiernas y maleables mentes infantiles.

Triqui, el monstruo de las galletas, es probablemente el culpable de que me haya vuelto una monstrua de las galletas. Porque las galletas con las que se llenaba la boca con pasión, no eran frágiles "Marías", ni sobrias "Chiquilín", no. Eran gigantescas chocolate chip cookies. Mis galletas preferidas, prueba de cómo mi frágil subconsciente infantil se quedó impresionado por este bicho peludo que masticaba como un loco.

Las galletas son probablemente el dulce que hago más a menudo, por lo fáciles y porque cuando a una le gusta tomar té, tomarlo sin galletas es muy triste. Como hace mucho tiempo que no publico una receta, hoy voy a hablar de una receta nueva, que he leído en una novela.

Estas novelitas policiacas alían dos de mis pasatiempos: hacer galletas y leer novela negra. A ver, ya estoy oyendo pensar desde aquí a los puristas, los talibanes de la cultura; que sí, que vale, que yo también pienso que leer a Borges, García Márquez, Cortázar o Thomas Mann es un alimento más elevado para el espíritu. Leeros la cabecera del blog antes de anatemizar , caray. Los clásicos deberíais leerlos sin esperar que os los recomiende una ignorante como yo, las bibliotecas municipales están llenas. Aquí se trata de cosillas para entretenerse, y que a lo mejor son menos conocidas en España.
Una de estas cosillas entretenidas es esta serie de novelitas de Joanne Fluke, que se inspira de "Murder she wrote", y ha creado una serie cuya protagonista e intrépida detective es... una pastelera. Una especie de "Murder she baked". Mezclamos una víctima con unas cuantas recetas, y ... voilà! Entretenimiento con pepitas de chocolate.

Las galletas son la primera receta que aparece en la novela, chocolate chip crunch cookies. La autora, muy viva ella, quiere que compremos sus libros y no da enlaces a la receta en su página web. Holgazana como soy, y con una tesina por terminar, ni siquiera he hecho el esfuerzo de copiarla, tendréis que conformaros con esta foto. (Los grados están en Farenheit, por cierto. Para convertirlos a grados celsius, pinchad aquí).
El aspecto de esta galleta no es muy diferente del de otras cookies que he publicado, pero la textura que le aportan los corn flakes es muy diferente, no son galletas chiclosas (chewy, que le dicen por aquí), sino crujientes. Un consejo para desmigar los corn flakes: ponedlos entre dos trapos de cocina y pasadles el rodillo de amasar por encima, pero no con mucha saña, porque os arriesgáis a encontraros con harina de corn flakes. Personalmente prefiero comprar un buen chocolate y cortarlo en pedazos, en vez de utilizar los chocolate chips comerciales. Estas cookies son estupendas para sentarse en el sofá con un té y una novela policiaca. Son... (aquí, música de intriga: ¡tachaaan!) las "galletas del crimen".

jueves, 3 de abril de 2008

Peanut butter-Chocolate Chip Oatmeal Cookies

Mi alternativa a las benzodiacepinas : Peanut butter- chocolate chip oatmeal cookies.







Oséase: galletas de mantequilla de cacahuete, copos de avena y pepitas de chocolate. Galletas contundentes, con todas esas cosas. Galletas de leñador canadiense.


Antes...




...y después.

Hechas con mi nueva Cadillac, es decir, mi nueva batidora. Me recuerda a los Cadillac de los 50. This is most definitely America. No hay más que ver los electrodomésticos.



Acompañadas de vasito de leche, por supuesto.



martes, 11 de marzo de 2008

Care for a cookie?

Esta frase cortés siempre me ha parecido graciosa. Siempre me dan ganas de responder : "Of course I care!". Aunque sólo sea utilizada por anglófonos de una cierta edad (o de una edad cierta), es decir, viejecitas. Pero no tengo ningún problema con las viejecitas inglesas, o canadienses anglófonas. Es más, las adoro. Pena que nunca podré ser una viejecita anglosajona...

Soy una monstrua de las galletas. Aunque debería decir de las cookies, que no son unas galletas cualquiera.


Donde realmente me aficioné a las cookies fue en Escocia, donde comí shortbreads sin contarlos, galletas con chunks de gengibre confitado, y las galletas de avena... el té sin galletas era como una primavera sin flores.


En los USA se ha llevado el arte de hacer galletas a su punto de decadencia máxima (en el buen:-) sentido de la palabra) : pepitas de chocolate y nueces de pecán, chocolate blanco y nueces de macadamia... aahhh. Estas galletas pueden ser blanditas, con una textura un poco "chiclosa", o crocantes.


Aquí en Canada, como en los USA, hacer cookies es una actividad que uno hace con los niños (por fácil y por el resultado). Los anglófonos hacen cookies para intercambios de cookies con los compañeros del trabajo, por Navidad, como regalo...


Las de las fotos (THE cookie :-), las he hecho con pepitas de caramelo (lo que llamamos toffee en España) y de chocolate negro.Una auténtica guarrada, pero qué buenas.





Os doy la receta, en dos versiones: chewy (chiclosilla) o crujiente (la que hice ayer). Pongo igualmente un enlace a una versión en castellano que he encontrado, lo más parecida posible a estas recetas. Las recetas son las más clásicas que he podido encontrar. Como están en inglés, un indicación para el horno : 350 grados Farenheit equivalen a unos 180 Celsius. Podéis cambiar los tropezones a voluntad (nueces, avena, hasta M&M's o Lacasitos), y para los que se preocupan por la cantidad de grasa que se acumula en su cuerpo serrano, he aquí un truco : sustituíd la mitad de la mantequilla por puré de manzana cocida sin azúcar, y la otra mitad por un aceite vegetal de sabor lo más neutro posible, girasol o soja (para eliminar las grasas saturadas de la cosa). Pero para conseguir la auténtica textura, yo las hice en versión íntegra no censurada. La única concesión a la salud fue que remplacé la mitad de la harina por harina integral, la consistencia no cambió, si acaso mejoró. En repostería hay que andar con mucho tiento, si se cambia un ingrediente o las cantidades, la textura se altera de forma notable.

Si no cocináis, animaros a intentar unas galletas. Es fácil, y la casa huele deliciosamente después de hacerlas. Ya me contaréis los resultados.

¿Otra galletita, darlings?