



Pero algo me dice que los chocolates Reese no se encuentran mucho por la Europa no anglosajona, el abismo de las diferencias culturales es demasiado profundo. Hay que tener papilas gustativas anglosajonas (o haber vivido mucho tiempo en un país que las tenga), para apreciar esta guarrería, este epítome de la cochinada norteamericana.

Yo que me levanto con la boca seca como la suela de una alpargata, y que no puedo articular palabra hasta que no me he metido mínimo dos vasazos de agua y uno de zumo entre pecho y espalda; yo que no soy matinal, que cuando el despertador suena antes de las siete (en este magnífico país, muy a menudo) quiero morir (sólo durante los primeros veinte minutos de mi jornada); yo que amanezco con un aspecto como si una pala mecánica me hubiera pasado repetidas veces por encima durante la noche (¿quién ha dejado entrar una excavadora al dormitorio? porque esa cara yo no la tenía ayer por la noche... y luego hablan de "sueño reparador"...) y que voy a la universidad con las marcas de la almohada aún impresas en el carrillo; yo que desayuno en el metro porque a esas horas luciferinas no me entra nada en el cuerpo, veo como mi quebequés de marido mastica esa cosa pastosa y pienso que, si le doy un tiento a su tostada, no seré capaz de despegar la lengua del paladar nunca más. Inconveniente para alguien cuyo trabajo consiste principalmente en hablar en público.
Pero mi relación con la peanut butter/ beurre d'arachides ou beurre de pinottes, como la llaman en Quebec, ha cambiado extrañamente.
Todo empezó tras una gripe de caballo que pasé durante mi segundo invierno aquí, el virus me había afectado también el aparato digestivo, y hacía como una semana que no podía tragar nada. Tras muchos tosidos, fiebre salvaje y noches abrazada a la papelera de mi cuarto (por si las moscas), cuando lo peor de la gripe comenzó a ser cosa del pasado, me levanté una tarde sintiéndome una piltrafa. Como estaba solita en ese momento (monsieur M. andaba de viaje, intimidando renos en el norte de la provincia), en un país hostil (al menos, sus virus me parecían bastante hostiles, los muy canallas) y en pleno febrero, y sentía las rodillas blandas como la gelatina, me senté en la cocina pensando algo así como "quiero a mi mamá", y más concretamente, "quiero a mi mamá con una cazuela de sopa de pollo entre las manos". Así que me puse a meditar en qué podía comer que no implicara cocinar ni moverse mucho.
La revelación: pan de sándwich, mermelada de grosellas, mantequilla de cacahuete. (Aquí, podéis meter de fondo "Así hablaba Zarathustra"). Sándwich energético. Y estuve comiendo el mismo durante las cuatro tardes siguientes.
Mi relación con la mantequilla de cacahuete cambió, aunque raramente soy capaz de comerla por la mañana. Eso no ha cambiado tanto.
Pero sí que soy capaz de perpetrar unas galletas en las que he sustituído las pepitas de chocolate por pedazos de Reese (pero en lugar de poner una chocolatina entera encima de la galleta, como en la receta, las he mezclado con la masa, así la mantequilla de cacahuete y el chocolate se funden juntos, mmmmhh). En honor del día internacional sin dieta: hoy. Bonita conmemoración donde las haya. Si queréis celebrarlo pero no os apetece cocinar, podéis celebrarlo con un sándwich de plátano con miel.
Y que le den morcilla a la celulitis. Imaginaos que tras comeros este sándwich, salís de casa dándole rienda suelta a la culpabilidad, y, distraídas, os pilla un autobús al cruzar la calle. Francamente, sería bastante lamentable que vuestro último pensamiento antes de dejar este mundo fuera: "No tendría que haber comido todos esos hidratos de carbono".
Para hacerlas, he echado mano de mi sitio habitual, y de esta receta. Los únicos cambios a la receta original: he utilizado miel en lugar de azúcar, aceite vegetal (canola o girasol van muy bien) en lugar de mantequilla y la mitad de la harina la he sustituído por harina integral. La textura no ha cambiado mucho, así que podéis hacer una versión más sana sin sacrificar gran cosa. 







Como toda la generación nacida en los 70, soy un producto de la tele educativa, más concretamente, de "Barrio Sésamo". Así que espero que si algún antiguo director de programación de la época está leyendo esto, se sienta completamente consternado de los efectos que la tele puede tener en las tan tiernas y maleables mentes infantiles.
Triqui, el monstruo de las galletas, es probablemente el culpable de que me haya vuelto una monstrua de las galletas. Porque las galletas con las que se llenaba la boca con pasión, no eran frágiles "Marías", ni sobrias "Chiquilín", no. Eran gigantescas chocolate chip cookies. Mis galletas preferidas, prueba de cómo mi frágil subconsciente infantil se quedó impresionado por este bicho peludo que masticaba como un loco.
Estas novelitas policiacas alían dos de mis pasatiempos: hacer galletas y leer novela negra. A ver, ya estoy oyendo pensar desde aquí a los puristas, los talibanes de la cultura; que sí, que vale, que yo también pienso que leer a Borges, García Márquez, Cortázar o Thomas Mann es un alimento más elevado para el espíritu. Leeros la cabecera del blog antes de anatemizar , caray. Los clásicos deberíais leerlos sin esperar que os los recomiende una ignorante como yo, las bibliotecas municipales están llenas. Aquí se trata de cosillas para entretenerse, y que a lo mejor son menos conocidas en España. Acompañadas de vasito de leche, por supuesto.
