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jueves, 5 de febrero de 2009

Sexo en Montreal

Imagen de Ed Polish y Darren Wotz

Et oui, otro post que habla de sexo. Qué queréis que os diga. Es invierno, estamos a mil bajo cero (bueno, casi) y la programación de la tele es malísima.

Hace tiempo os conté las dificultades que atravesaba mi amiga Lady D. para encontrar, no a su media naranja, sino a su pomelo ideal, su mandarina desparejada, su clementina correspondiente, su limón enamorado. Y si pensáis que a finales de los treinta o principios de los cuarenta encontrar el cítrico de vuestros sueños no es fácil, tengo que deciros que a los cincuenta, la cosa está aún peor.

Flaming-Hot-Sister y Lady D. se encuentran en mi casa en una cena en nuestra clásica fórmula familia + amigos. Mi cuñada (no Recia Cuñada, casada con Estoico Hermano, de la rama española de la familia, hablo de la rama quebequesa, mi familia política, expresión española que hace reír enormemente a monsieur M.) es una mujer bajita, excepcionalmente divertida, con el pelo corto y de un pelirrojo ojo-que-tengo-mucho-peligro, fumadora empedernida (una auténtica chimenea, tenaz en este país de anti-fumadores, con una rebeldía un tanto admirable, ya que en todas partes, mi casa incluída, se la echa sin miramientos a fumar a la puta calle, con perdón, a 20 bajo cero, llueva, nieve o ventisque).

Flaming-Hot-Sister se ríe con una risa bronquial muy parecida a la de Risitas, el personaje de dibujos de la Warner, risa extremadamente contagiosa e imparable que da ganas de ir a buscarle una mascarilla de oxígeno; se viste de una forma juvenil sin resultar patética, lleva los pendientes más increíbles que he visto nunca (es de esas mujeres que podrían colgarse un par de paelleras de las orejas, y las llevaría con estilo), es capaz de calarse una cantidad respetable de tinto (si es bueno), juega a los bolos con las amigas en su girls night semanal y me adoptó desde el primer momento en que me vio.

En la primera "gran cena familiar" me sentó junto a ella y, siendo independentista acérrima como es, me habló en inglés durante el tiempo en el que yo aún no hablaba ni una palabra de francés, a pesar de todo lo que simboliza este idioma para los quebequeses que piensan como ella. La diferencia de nacionalidad, idioma, opiniones y edad entre las dos nunca pareció ser un obstáculo para disfrutar de su amistad, y nunca pareció juzgarme como lo hizo otra gente (no mucha, menos mal) en aquellos tiempos: como una crisis pasajera de andropausia de su hermano. Esta aceptación de la diferencia con los brazos abiertos, a mi llegada a un país muy lejano, hizo que le tomara un afecto indestructible.

Así que Lady D., Flaming-Hot-Sister y yo estamos de pie en la cocina, esperando a que se haga el café después de la cena, y el tema del encuentro del hombre ideal (o del que sea) sale a colación.

Flaming-Hot-Sister, la cadera apoyada contra el mostrador, dando golpecitos a un cigarro contra su pitillera rosa (que se ha comprado porque esas fotos de cáncer gingival que ponen ahora en las cajetillas le dan mucho asco, y quedan muy feas cuando se saca la cajetilla del bolso), intentando decidirse a ponerse la parka y salir a fumar al patio (hace -18º), dice, agitando la cabeza y haciendo tintinear los pendientes que lleva hoy, una especie de exuberante racimo de monedas de cobre: -"Ahora en invierno, no veas las ganas que me dan de echarme un novio. No sé si es el frío, o el tratamiento hormonal nuevo que me ha recetado el médico, pero cada vez que me arrebujo en el sofá con la manta pienso en lo estupendo que sería arrebujarse contra un pedazo de hombre en pijama..." *Suspiro*. -"Ése es un problema que TU no tienes." Mirándome.

Yo: -"No, pero tengo otros encantadores problemas de vida conyugal con un hijo de la generación hippie, como el de convencer a monsieur M. de que está TERMINANTEMENTE prohibido entrar a hacer caca mientras me maquillo. Mientras yo estoy en el baño, punto. Y que viva el romanticismo."

Flaming-Hot-Sister y Lady D., arrugando la nariz, a coro: -"¡Ugh!"

Lady D., mirando a Flaming-Hot-Sister, corrobora con grandes movimientos de cabeza: -"Creo que nuestro problema es porque mantenemos la temperatura del termostato demasiado baja. Si lo pusiéramos a tope, tendríamos menos urgencias de ese tipo."

Flaming-Hot-Sister, con risotada que suena un poco como un coche sin batería, intentando arrancar en vano: -"Con los sofocos que me produce este principio de menopausia, si subo el termostato tendría que desnudarme. Anoche me dio uno de esos sofocones nocturnos, tenía tanto calor que salí al balcón descalza. Andaba mirando a los árboles hasta que me di cuenta de que estaba descalza, en el balcón, a veintitantos bajo cero. Si hay un termostato que regular, es el mío."

Lady D.: -"No podemos estar en paz ni cuando terminamos la edad fértil. Vaya mierda."

Yo: -"Personalmente, no me importaría que mi termostato individual subiera unos cuantos grados. Siempre ando helada. Escribo la tesina con una manta encima de los hombros."

Flaming-Hot-Sister: -"Espera una década o dos. Escribirás al ordenador en tanga."

Lady D.: -"Por no hablar de la sequedad vaginal. Del aumento de peso injustificado. De los cambios bruscos de humor."

Flaming-Hot-Sister: -"De las pilosidades que se ponen a crecer en lugares hasta entonces desprovistos de pelo."

Yo: -"Jo, vaya par de optimistas."

Flaming-Hot-Sister: -"No es fatalismo, ma chère. Es bajón de estrógenos."

Lady D.: -"Y con el cansancio crónico que tengo, a cuenta de las fluctuaciones hormonales -porque yo ya ando en la pre-menopausia-, como que no me quedan ganas de salir de bares a pescar. Quiero conocer hombres, pero quiero conocerlos antes de las nueve, en pijama."

Flaming-Hot-Sister: -"Tu solución se llama internet, mon chou. Liga sin maquillaje, sin "pretarte" en unos pantalones, sin salir de casa. Mientras ves tu serie favorita comiendo unos Cheetos."

Yo, curiosa: -"¿Has probado uno de esos sitios? ¿Qué tal?"

Flaming-Hot-Sister: -"Por el momento, un lamentable desastre. He tomado café con un ex-presidiario y un ex-cocainómano. Ido a una degustación de vinos con un ludópata y cenado con un tipo que no se había puesto la dentadura postiza antes de salir. Ey, se va a una cita con una mujer y no es capaz de calzarse los dientes. Casi no aguanto hasta el postre. Encima se pide un "crujiente de manzana y caramelo". Con nueces de pecán. No podéis imaginaros cómo le daba vueltas en la boca."

Lady D., con un escalofrío: -"Parafraseando a Obama: Yes, Pecan."

Yo (intentando ser positiva): -"A lo mejor quería ser él mismo, que le conocieras realmente, sin artificios."

Flaming-Hot-Sister: -"Soy una mujer quincuagenaria y soltera. Soy totalmente partidaria de los artificios. Me tiño el pelo, blanqueo los dientes y no salgo jamás sin fond de teint. No voy a ninguna cita sin ponerme el wonderbra. En lo que a tetas se refiere, "High and mighty", es mi lema."

Yo (asintiendo): -"And close to God. Hallelujah."

Lady D., irritada: -"¿Es mucho pedir un hombre emocionalmente maduro, medianamente inteligente, con cierta curiosidad intelectual, generoso, tierno, en contacto con sus emociones, que se cuide un poco físicamente, con casi todos sus dientes?"

Flaming-Hot-Sister y yo (mirándonos): -"---."

Lady D.: -"Bueno, ni siquiera pido que reúna TODOS esos requisitos. El físico, por ejemplo, mientras sea agradable y me atraiga... ni siquiera es necesario que conserve todos sus dientes."

Flaming-Hot-Sister: -"Con tal de que no los olvide en un vaso, antes de salir."

Yo: -"Yo creo que abordando el problema de forma diferente..."

Lady D. y Flaming-Hot-Sister, al unísono: -"Ya tengo un vibrador."

Yo (agitándome un poco): -"Ajem. No, no hablo del "enfoque instrumental" del problema. De hecho, si el problema fuera puramente "instrumental", conozco un par de sitios web que... quiero decir, un día estaba buscando recetas con calabacines en google y..."

Lady D. carraspea, impaciente, clavándome la mirada. La miro de reojo.

Yo (haciendo a un lado la idea, con un gesto de la mano): -"Vale, vale, dejadlo. Estamos hablando de encontrar un compañero de sofá y mantita, ¿no? Lo que quiero decir es que, a lo mejor buscando lugares nuevos en los que provocar nuevos encuentros..."

Lady D., sirviéndose un café: -"Ah, no, el argumento de "cambia tu coto de caza". Ya lo he probado."

Flaming-Hot-Sister (alargando una mano hacia la cafetera, taza en ristre, Lady D. termina de servirse y comienza a verter café en su taza): -"Yo también. ¿Por qué crees que empecé a jugar a los bolos? Es perfecto para sentirse joven, por cierto. Todo octogenarios con pañales de incontinencia. Quiero encontrar un compañero para vivir con él, pero para vivir más de seis meses, si es posible."

Lady D. (añadiendo leche a su café, directamente de la caja): -"Los bailes de salón. Es lo mismo que en los bolos, pero con todo mujeres. Perfecto si decides cambiar de orientación y lanzarte al lesbianismo geriátrico."

Flaming-Hot-Sister (buscando el azúcar en un armario): -"Las ferreterías, los centros de bricolaje. Réno-Dépôt."

Lady D.: -"Home Dépôt. Sección radiales y taladros."

Yo (meditabunda, le echo una mano a mi cuñada en la búsqueda, saco un azucarero de una puerta): -"Taladros. Metafórico."

Flaming-Hot-Sister (sigue, con tono de letanía, echándose en el café una cantidad increíble de azúcar): -"El hipermercado. Las librerías, sección "Espiritualidad y autoayuda."

Lady D. (secunda, en perfecta sincronía): -"Future Shop, sección juegos electrónicos. El salón del automóvil."

Flaming-Hot-Sister y yo, a coro: -"¿El salón del automóvil?"

Yo, ligeramente escandalizada: -"¡Pero si tú vas al trabajo en bici!"

Flaming-Hot-Sister, admirativa: -"Nunca se me hubiera ocurrido."

Lady D.: -"El último con el que salí era del club de montañismo. Pero me gusta ir al club, no quiero jugar demasiado en ese terreno. No quiero empezar a saltarme excursiones porque no me apetece ver al último candidato fallido a "amor de mi vida"."

Flaming-Hot-Sister, asintiendo, comprensiva: -"Lo hemos probado realmente todo. No se puede decir que no lo intentamos."

Lady D., pensativa, asintiendo igualmente: -"Ahá."

Yo, penosamente a falta de nuevas ideas: -"Mesdames, se me han terminado las ideas, no se me ocurre nada nuevo. Siempre podemos recurrir a las estrategias clásicas: organizar una tarde de compras (foto, abajo) y una salida entre chicas."


martes, 3 de febrero de 2009

Girly-Girl Rose-Cardamom Cupcakes / Cupcakes de rosa y cardamomo

Toca entrada tierna y agradable, tras haberos horrizado-nauseado con mi último post. Ahí va, una entrada totalmente opuesta, una entrada femenina y rebosante de estrógenos (con sugerencia cinéfila "oculta" :-).

Cuando una quiere felicitar a una amiga por algo estupendo, nada mejor que cupcakes con una glasa rosa Barbie... de rosa. Aunque no es necesario tener una ocasión especial que celebrar, también puede ser un dulce para acompañar un maratón de chick flicks entre amigas, toda la serie completa de "Orgullo y prejuicio", o un tea party sólo para chicas. O la ceremonia de los Oscar, nada mejor que pringarse la punta de la nariz de glasa rosa mientras se comenta el horror que se ha puesto este año Cameron Díaz.

Estos cupcakes son la mezcla de muchas recetas encontradas en internet y en un par de libros, con el añadido personal del cardamomo (media cucharada de café). La receta que más se parece a la mía es ésta, pero yo he utilizado media taza menos de azúcar. Salen muy blancos del horno, pero no os dejéis engañar por el color: cuando los pinchéis con un palillo y salga limpio, es el momento de sacarlos (los míos, en unos 20 minutos).

Lo ideal hubiera sido disponer de auténticos pétalos de rosa glaseados para la decoración, pero estamos en pleno invierno, mis rosales están enterrados por un metro de nieve y no me atrevía a hacerlos con rosas compradas en un comercio (vete a saber con qué las vaporizan...). Las fotos de rosas son tomadas "prestadas" de internet.

El glaseado es una glasa real clásica, de azúcar, (Bea explica muy bien cómo hacerla), perfumada con un toque (una cucharada de café) de la misma agua de rosas utilizada para perfumar los pasteles y coloreada con una gota de colorante rojo (también se puede colorear con granadina); aunque quise hacerla lo suficientemente espesa como para utilizarla con la manga pastelera, parece que las bechameles, gelatinas y en general toda sustancia que deba espesar-gelificar y yo andamos reñidas. Así que no fue posible hacer rosetones, válgame la redundancia. Pero el sabor de estos pastelitos compensó el error decorativo: un sabor delicado. Muy girly-girl.

Quién me ha visto y quién me ve. Y yo que odié el rosa durante toda la adolescencia.

jueves, 8 de enero de 2009

Thin thighs in thirty years: Crema de apio y manzana


Se terminaron las fiestas. De vuelta al trabajo, con el resto del crudo invierno por delante, y a nuestras espaldas, las cuentas y los kilos navideños acumulados. En mi caso, tengo en el horizonte entre tres y cuatro meses de gélido invierno canadiense , y de tesina intensiva a terminar a toda leche.

Con la maldita crisis que todos los telediarios se apresuran a recordarnos cada cinco minutos, la cuesta de enero nunca ha parecido más empinada. No pretendo deprimiros, pero si pensáis que la cosa está negra, no sabéis hasta qué punto puede estarlo aquí, en Quebec.

Porque encima de los centímetros añadidos a nuestras ya macizillas pistoleras, y de los gastos despendolados durante las fiestas, en Quebec existe una maligna tradición que empieza a ser realmente popular, durante los meses de enero y febrero. Una va de compras durante las rebajas, inocentemente, despreocupada, intentando encontrar a mitad de precio ese par de botas invernales fantásticas que le hicieron tilín antes de las fiestas, y, zas, ahí están, malignos, despiadados: los trajes de baño. Los biquinis. Los tangas. Los pareos.

Ya estoy viendo vuestras expresiones interrogantes, vuestro asombro: ¿biquinis? ¿bañadores? ¿en Canadá, en invierno? Efectivamente. Biquinis, bañadores, esos perniciosos y minúsculos pedazos de lycra, concebidos para humillar a cualquier mujer, por muy cargada de doctorados que vaya por la vida. Cada invierno, una vez la magia de la Navidad, oh blanca Navidad esfumada, los quebequeses de clase media que pueden permitírselo (y son bastantes, porque el viaje desde aquí no sale muy caro), ponen pies en polvorosa (o en más bien en nieve en polvo) y huyen del invierno una o dos semanas a Cuba, a México, o a la República Dominicana.

Aunque yo no pueda permitirme la migración al Caribe (aún soy estudiante, intentando revolucionar el mundo de la lingüística), alguna vez he cometido el error de probarme una de esas viles prendas de desvestir. Nada como un probador con sólo una luz fluorescente, proyectando sombras que vestida ya te avejentan, esa luz azulada que ilumina de forma despiadada cada variz, cada nódulo celulítico, cada pelo superfluo (a ver si os creéis que en pleno invierno, a veinte bajo cero, una se pasea por Montreal perfectamente depilada, cuando la única superficie de piel que se muestra al mundo es la porción de rostro situada entre las cejas y las fosas nasales) para hacerte sentir como una morsa ensalchichonada en un bustier y braguita a juego. Intentar embutirse en un biquini en pleno enero, cuando se tiene la tez verdosa por falta de luz solar, y la grasilla invernal que nos envuelve confortablemente, es un suicidio seguro a la autoestima. Cathy sabe de lo que hablo.

Así que este enero, queridos lectores, antes de subiros a una báscula y sucumbir a un ataque de lástima por vuestro grácil talle de junco, echado a perder por tanto polvorón y tanto cochinillo asado, pensad un momentito en mí, unos grados de miseria más al norte; en mí, chillando desde el probador a la vendedora que puede irse a freír donuts, que no pienso salir del probador -sin espejo- a mirarme en el espejo exterior, para que ella me diga lo bien que me queda el biquini a lunares que me estoy probando y del que las carnes me rebosan abundantemente, ante toda la concurrencia de maridos que espera fuera de las cabinas.

Como sé que este enero más de uno intentará poner en práctica algunos buenos propósitos , tales como ir al gimnasio mínimo tres veces por semana, dejar de fumar, beber menos cervezas y hacer la dieta del pomelo u otras sandeces análogas (ya sabéis lo que pienso de las dietas milagrosas), y que las revistas en estas fechas nos agreden con titulares como "Fuera celulitis" o "Pierde esa tripita con cinco minutos de ejercicios al día", he decidido echaros una mano con una receta sana, parte de un programa de adelgazamiento que sigo desde hace tiempo, y que es mucho más llevadero: "Muslos delgados en treinta años". Este programa consiste en comer de forma razonable (permitiéndose episodios de glotonería indecente) y disfrutar de la vida, y pensar que si se está a finales de la treintena o a principios de la cuarentena, en treinta años la vejez hará que perdamos la mitad de la masa muscular y nuestros muslos parecerán mucho más delgados (un poco colgones, eso sí, pero no se puede tener todo). Y que dentro de tres décadas todos estaremos suspirando por tener el cuerpo serrano que tenemos hoy.

La recetilla de hoy, (aquí, en francés) muy rica, utiliza como ingrediente de base el apio, esa verdura tan despreciada por muchos. Podría intentar vendéroslo diciendo que es una verdura depurativa, antiinflamatoria y antioxidante, llena de vitaminas C y B6, de fibra, de potasio, de ácido fólico y que tiene efectos calmantes, con lo que ayuda a controlar la tensión arterial demasiado alta. Pero la verdad es que yo no soy capaz de comer algo que sepa a rayos aunque me repita que es antioxidante. Lo que sí puedo deciros es que en esta crema, mezclado con manzanas (sí, manzanas en una sopa), da un resultado suave y aterciopelado, pierde ese amargor que es la razón por la que a mucha gente no le gusta, y sabe fresco y delicioso, y sííí, es bajo en calorías.


Imagen del apio tomada de organicpassion.info. La sopita es mía.

jueves, 21 de agosto de 2008

I'm the queen of dairy


Desde que vi esa escena en la película "Cosas que nunca te dije", de Isabel Coixet, en la que la protagonista, que acaba de ser dejada por su novio de la forma más vil, rastrera y poco elegante posible, corre a la tienda de la esquina, llorando para comprar un bote de "Rocky Road" de Haagen-Dazs; o aquel capítulo de"Sex & the city", "The Post-it always sticks twice", en el que Carrie recibe otro plantón aún menos elegante, vía Post-it, y termina ahogando sus penas en uno de esos pantagruélicos platos helados que sólo se encuentran a este lado del Atlántico, supe que hay algo especial en esa estrecha relación mujeres-helado.

Cuando llegué a Montreal y entré por primera vez en una heladería, tuve un auténtico shock cultural: mi francés inexistente en aquella época y mi inglés aproximativo dificultaban la ya de por sí dificilísima tarea de elegir entre aquella avalancha de sabores, cornetes, copas, toppings y tamaños -todos ellos enormes, this is America, and America thinks big-.


No os voy a mentir: desde un punto de vista estrictamente culinario, los helados caseros se llevan la palma, y los helados "a la europea" (es decir, a la italiana, esencialmente), son mejores. Los ingredientes son más naturales, y si pensamos en el contenido nutricional... al menos contienen los ingredientes básicos del helado: huevos, nata. Cuando los montrealeses quieren comer un helado de calidad, se van a la Petite Italie (el barrio italiano) y se piden un buen gelato.

Pero cuando una lleva media jornada sudando delante del ordenador, y lo que quiere es un antidepresivo, pilla las llaves del coche y se va al Dairy Queen. Como ocurre con casi toda la comida basura, la falta de calidad de los alimentos se compensa por el aspecto, el tamaño (nuestra comida es una mierda, pero le ofrecemos más), la forma, con esas torres de helado como de ilustración de cuento, el colorín, la guinda.
El helado, que en Francia, en francés popular, se llama glace, en Quebec se pide por crème glacée (traducción literal: crema o nata helada). Me temo que cualquier rastro de nata en los helados del DQ es pura coincidencia. Podrían ser calificados más bien de "grasa helada", como la mayor parte de los helados industriales. Lo cual no impide que una coupe glacée o sundae, con esa mezcla de caliente y frío (se sirve con salsa de chocolate caliente), sea la mejor receta para una inspiración en pleno bloqueo.

...Y sabe mejor que el Prozac.

Para los que intentan cuidarse las arterias (monsieur M.), siempre hay una versión más sana: el yogur helado, hecho en el momento con fruta de verdad y yogur natural.


Aún no me he integrado lo suficiente como para ser capaz de pedir que me echen toppings como migas de Oreo, M&M's, u ositos de goma.

Pero dadme tiempo.

martes, 1 de julio de 2008

Oh, Canada!

(Parte de esta historia y de sus personajes existen solamente en mi imaginación. Parte de ellos, sin embargo, son reales. Si alguna persona se reconociera en ellos, o reconociera sus palabras o acciones, debería pensárselo mejor antes de continuar tratando conmigo, porque probablemente todo lo dicho en mi presencia será utilizado con fines viles y deshonestos).
Hoy es la fiesta nacional de Canadá, así que aprovecho y os planto esta patriótica entrada. Si no os parece tan patriótica deberíais leer otra cosa, porque esto es lo mejor que puedo hacer en la materia. No soy la única que no está a la altura de la celebración, los quebequeses, irreductibles nacionalistas, tras celebrar SU fiesta nacional el 24 de junio, san Juan, este día lo dedican a su deporte incomprensiblemente preferido: mudarse. Esta locura merece una atención particular, así que esta otra historia la contaré en otra ocasión.

Cuando afirmo en mi perfil que mi no nacionalismo es incurable, lo digo en serio. El gen ese que hace que a una se le humedezcan los ojillos al oír música folclórica, (en mi caso, más bien folklórika), se trague todos los partidos de su equipo o insista delante de quien quiera oírla que "el/la ____ de mi tierra era mejor", debía de ser recesivo en mi caso. Eso o a fuerza de vivir en varios irreductibles pueblos galos diferentes, he terminado por inmunizarme al tema, me explico: soy vasca , viví en Escocia durante cierto tiempo, y heme aquí, en Quebec. Sólo me falta Córcega y escribo un ensayo, lo juro.

Esta explicación preliminar es para que comprendáis mejor el relato que sigue.

(Imagen de Powerstock, MQ Publications)

Mi amiga Eddy me llama por teléfono para quedar, porque viene a cenar a casa. La idea era ponernos a hacer sushi caseros, aprovechando un flamante kit que recibió por su cumpleaños. Como es la cena, las dos tenemos nuestra jornada laboral entre pecho y espalda, ninguna de las dos tiene ni repajolera idea de cómo hacer sushi y que me veo limpiando pegotitos de arroz del suelo de mi prístina cocina a las doce de la noche, sin haber cenado gran cosa, le propongo pasar de la parte pedagógica del encuentro y encargar por teléfono el sushi ya hecho, y si ella insiste en lo pedagógico, siempre podemos deconstruir los rollitos maki para analizar su estructura. Mientras zampamos. Eddy se deja corromper fácilmente, acepta la moción y me dice antes de colgar que tiene ALGO que anunciarme.

ALGO que anunciarme. Oh, my God. OH. MY. GOD.

Inmediatamente me pongo a elucubrar. A la fuerza tiene que ser algo importante. Que Eddy saque tiempo para venir a verme y que tenga algo que anunciar, sólo puede querir decir una cosa. Bueno, quizá varias cosas:

a. Se casa. Hace poco ya anunció que estaba pensando en irse a vivir con su amorcito, pero Eddy es de las que se casan. Va a venir y ponerme un anillo delante de las narices, y yo voy a tener que hacer como si lo de prometerse y casarse fuera la experiencia última y maravillosa en la vida de cualquier mujer, para no aguarle la fiesta, y alegrarme por ella, que al fin y al cabo es a la que todo eso le parece importante. Mierda, me espera una tarde años cincuenta, y yo que no bebo alcohol. Empiezo a considerar el preparar unos mojitos. Y una despedida de soltera. ¿Tendré que comprar esas antenas que las mujeres se ponían en España cuando salían de bares, con penes o muñequitos de hombres desnudos?
b. Se ha quedado embarazada. Siempre les pasa a las buenas chicas creyentes, como ella. Basta que accedan al sexo prematrimonial, como para que venga Dios y las fulmine con una fertilidad exacerbada, el muy puñetero. A gente como yo eso no les pasa, de hecho es más bien lo contrario. Empiezo a preparar una lista mental para la baby shower.

c. (Menos probable). Eddy ha descubierto súbitamente que ella siempre ha sido un hombre encerrado en un cuerpo de mujer, ha dejado a Y., ha parado de depilarse, ha empezado a chutarse testosterona y ha decidido hacerse un implante de pene. Y viene a verme para que firme como persona allegada en los papeles del hospital. Empiezo a prepararme para acompañarla de tiendas a la sección masculina de Gap.

d. (Sumamente improbable). Viene a confesarme entre sollozos que hace ya mucho tiempo que está enamorada de monsieur M., que está cansada de fingir y de negar la realidad, y que en un momento de arrebato intentó provocarlo para que me fuera infiel. Me confiesa todo esto porque no puede mirarme a la cara tras tantas mentiras y necesita aligerar su carga.

Me preparo mentalmente para obtener un permiso de armas, comprar una escopeta para osos, tomar clases de tiro y acribillarla a balazos. Tras considerar brevemente esa posibilidad, un tanto complicada, y como quiera que yo estoy contra el uso de armas de fuego, decido ser razonable y buscar una de las catanas de colección de mi señor marido, comenzar por cortarle a él lo necesario para que pueda cantar como soprano en una coral, y presentarme luego en el apartamento de ella.


Finalmente Eddy viene a cenar, y entre rollito de California y rollito maki, y como empiezo a aplacarme un poco porque ahora recuerdo que a ella no le gustan los sushi con pescado crudo, ni los que tienen pescado ahumado o marinado, ni los que contienen nabo japonés en vinagreta, vamos, que no le gustan mucho los sushi y que estoy deglutiendo su parte, con la tripa bien llena y el ánimo tranquilo le pido que me cuente esa supernoticia.

Eddy (con gran alborozo): -"Ya he cumplido el plazo necesario de estancia en Canadá para optar a la ciudadanía. ¡Voy a pasar el examen de nacionalidad dentro de una semana!"

Yo (con arroz pegado a la mejilla y un cierto alivio de que la noticia no implique bodas, despedidas de soltera, bebés, implantes de pene o asesinato pasional consecuencia de infidelidad conyugal, todas ellas cosas que me ponen sumamente incómoda, pero con un poco de decepción al mismo tiempo): -"Ah. Qué bien."

Eddy (picada): -"¿Ah, qué bien? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? Tu entusiasmo es abrumador. Si te hubiera anunciado que tengo un tumor cerebral, espero que la reacción habría sido más intensa."

Yo (intentando masticar un trozo de alga nori y dar una imagen creíble al mismo tiempo) : -"Bueno, Ed, chica, que me alegro mucho por tí, felicidades y todo eso."

Eddy (poniéndose sarcástica): -"Sobre todo, no dejes que la emoción te ahogue." Mirando mi plato: -"Ni el sushi, ya que estamos."

Yo: -"¿Y qué más quieres que te diga? Ya sé que es importante, que tendrás derecho a voto, que serás una ciudadana en pie de igualdad con los demás, que pagarás más barata la universidad (yupi) y todo eso, pero hija, la simbólica de la cosa, como tal, pfff... qué quieres que te diga.

Yo de mi ceremonia de ciudadanía recuerdo que tuve una de las peores reglas de la historia, que canté el "Oh, Canadá" con un dolor en el bajo vientre como si me hubieran pateado los ovarios un escuadrón de la policía montada -ellos, y sus caballos-, que mientras el juez me estrechaba la mano, me felicitaba por pertenecer a esta increíble y gran nación y me daba el certificado de nacionalidad y un pin de la bandera, yo pensaba que tenía una pinta increíble de juez borrachuzo irlandés de película de John Ford, y que cuando tuve que jurar fidelidad a la reina con otros cien emigrantes, la mitad de ellos con turbante, monsieur M. mascullaba barbaridades antimonárquicas a mi lado, mientras el ujier nos vigilaba, con ojos llenos de sospecha. Sí que me alegré de obtener la nacionalidad, por lo del fin del proceso de integración y del maldito papeleo, pero lo celebré corriendo a casa, saltando al sofá y tragándome dos Tylenoles menstruales."

Eddy (me mira como si fuera a decir algo, duda, cambia de idea y pregunta, con un suspiro de cansancio): -"¿No tendrás un poco de pan por ahí, no? Voy a hacerme una tostada."

lunes, 16 de junio de 2008

"Sex & the City"

Este viernes pasado finalmente pudimos coincidir al menos tres amigas e ir al cine a ver "Sex & The City". Personalmente, no creo que "Sex & the City" sea exclusivamente "para chicas", pero en la sala de cine era evidente que la mayoría del público era femenino. De ahí lo de que ya me lance y escriba esta entrada en rosa Barbie.

Descubrí esta serie bastante tarde, en el canal ABC, en el que echan un capítulo todas las noches entre semana a las once (hora muy tardía por estos lares) desde hace años. La descubrí en una época en la que echaba muchísimo de menos a mis amigos españoles, así que este programa se convirtió en una especie de amigo sustituto. Patético, pero cierto. Me enganché casi instantáneamente, por los diálogos agudos, el humor inteligente y el tipo de personaje femenino, hasta ahora nunca visto en televisión.

Las protagonistas en esta serie son las mujeres, y por una vez son mujeres fuertes e independientes, y no ejercen de meras comparsas del héroe masculino. Tampoco voy a desbarrar y decir que la serie es muy realista y pinta un retrato de la mujer contemporánea, la mujer contemporánea media suele tener un sueldo inferior al hombre contemporáneo medio por el mismo trabajo, y es raro que dicho sueldo le dé como para comprarse zapatos a 500$ (USA o CA); la mujer contemporánea tiene suficiente con conseguir que le den un curro obviando el hecho de que puede concebir, y las pasa canutas intentando que el hombre contemporáneo recuerde que el retrete no tiene aún un chip electrónico que lo mantiene limpio automáticamente, y que tampoco tiene el nombre de la mujer contemporánea en cuestión grabado en la taza como indicativo de que ella es el único ser humano de la casa capaz de limpiarlo.
En fin, que en Montreal o cualquier otra gran ciudad norteamericana o europea, quizás sí que algunas privilegiadas se reconozcan en este nivel de vida, pero la mayoría de la población femenina del planeta no puede decirse que se vea reflejada en estos personajes. Pero una buena parte de la población femenina de Occidente, de menos de 50 años sí, dinero aparte, de ahí el inmenso éxito de la serie.

No sé si la peli se ha estrenado en España, y no quiero reventársela a los que no la han visto todavía. Sólo diré que, aparte de unos cuantos golpes divertidos y una trama argumental que toca la fibrilla sensible, esta película es una versión muy inferior de la serie. Los diálogos han sido deslavados de la mordacidad y la falta de pudor de los de la serie, imagino que para permitir una clasificación "para mayores de 13" en USA y Canadá. Y los personajes son de un vacío y un superficial que consterna, mientras que en la serie, a pesar del tono frívolo, se mantenía un fondo de humanidad y reflexión sobre las relaciones entre hombres y mujeres. En la peli los zapatos se han vuelto más importantes que las ideas, y es una pena.

Y que conste que yo no tengo nada contra los trapitos, es más, la moda que aparecía en la serie me chiflaba. Pero para mantenerme pegada a la pantalla necesito algo más de sustancia que un vestido de Vivienne Westwood. Por muy fantástico que sea.

Tampoco quiero aguaros la fiesta. Si habéis sido fans de la serie, como yo (figura en mi podio de series preferidas de todos los tiempos, junto con "Doctor en Alaska" y "Twin Peaks"), disfrutaréis del espectáculo, porque no es otra cosa. Si no habéis visto nunca la serie, os recomiendo gastaros el dinero que pensabáis gastaros en el cine alquilando una temporada o dos.


En cuanto al libro de Candace Bushnell en el que está basada la serie, lo leí, y francamente, no se lo recomiendo a nadie. Ésta es una de esas raras veces en las que el arte de los guionistas ha superado con creces al del novelista inicial.

Os dejo con unos cuantos extractos de diálogos de la serie. Y ya que esto va un poco en plan fan club, os animo a contarme cuál de las cuatro chicas es vuestro personaje preferido, y por qué (mm, ¿identificación? :-): ¿La desvergonzada y sin complejos Samantha? ¿La ingeniosa Carrie? ¿La conservadora e inocente Charlotte? ¿O la cínica Miranda?. Y a adivinar cuál es el mío. Lo del por qué... me temo que no es asunto vuestro ;-) Pero siempre podéis hacer conjeturas...



Duncan: "I'm just one of those weird male aberrations who prefers to be married. I like stability, I like routine. I like knowing there's people waiting for me at home. I guess that makes me sound pretty dull."

Miranda: "Are you kidding? You're the heterosexual holy grail."


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Samantha (to the girls): "I think I have monogamy. I caught it from you."

Carrie: "Yes, it's airborne."


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Charlotte: "Oh my god."

Samantha: "Well at least you weren't stood up."

Miranda: "35 and they're dying. We should just give up now."

Carrie: "Well, on the bright side, this could explain why they don't call back."

Samantha: "Hmm."

Charlotte: "How did he... ?"

Miranda: "Heart attack."

Samantha: "Oh."

Miranda: "At the gym."

Carrie: "See, this is why I don't work out."


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Charlotte: "I just know no matter how good I feel about myself, if I see Christy Turlington, I just wanna give up."

Miranda: "Well, I just want to tie her down and force feed her lard, but that's the difference between you and me."

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domingo, 8 de junio de 2008

Chocolate, chándal y "chica lit"

Una de mis obsesiones y aversiones indumentarias es el chándal utilizado en público para actividades que no tienen nada que ver con el deporte ni ningún tipo de ejercicio físico (para los lectores de este lado del Atlántico, el "chándal", palabra que viene probablemente de una deformación de chandail, define en España un jogging suit o tracksuit).

Que quede claro: yo también los uso, para hacer deporte y estar por casa (en mi aversión sólo he mencionado su uso público). Como paso la vida delante del ordenador, me parece una vestimenta que tiene un grado de dignidad ligeramente superior a la del pijama. Pasar cuatro días por semana en pijama no es muy estimulante para el intelecto (aunque ya lo he hecho, ya...). Ni para la vida de pareja, sobre todo cuando la pareja llega y te ve intentando escribir la maldita tesina, sin haberte lavado la cara a las cuatro de la tarde.

Pero hay que tener cuidado: la "ropa blanda" puede ser muy adictiva. Cuando uno se acostumbra a una vida sin costuras, pinzas, plancha, cremalleras ni botones, unos pantalones con corte clásico pueden empezar a parecerle tan complicados como la fisión del átomo. Un día tengo que dedicarle una entrada al fenómeno de la "pijamización" de Occidente. El mundo necesita ese post, y se lo daré. Que no se diga que este blog no tiene vocación social.

Por todo lo mencionado anteriormente, me obligo a vestirme como para una boda cuando salgo a trabajar, por mantener el hábito, que no se diga. Y por eso no me proponen aumentos de sueldo. Probablemente piensan que estoy forrada. Jo. Tengo que dejar de ir a currar preparada como una reina.

Esto me hace pensar en otro fenómeno que le acecha a uno de forma solapada: la "chandalización" del cerebro. Ya, ya, que somos todos muy inteligentes e inquietos culturalmente. Y un rrrrábano.

En la foto podéis ver lo que pasa cuando la semana ha sido dura. Sin comentarios.

Cuando se llega a casa el viernes por la tarde arrastrándose cual molusco gasterópodo (limaco), todo lo que le apetece a una gran mayoría es lanzar una pizza congelada al horno y verse una peliculita hundido en el sofá, como un invertebrado, sin columna. Yo le propuse el viernes pasado a monsieur M. volver a ver ("volver a ver" es crucial en esta frase) en sesión continua dos pelis de Bergman, todo ello acompañado de un buen bordeaux y un platillo fino, algo exótico. Por mantener el nivel, vaya.

Tras ver que ninguno de los dos estaba por la labor de cocinar nada fino y exótico, la pizza entró a velocidad de freesby en el horno, casi se nos olvida quitarle el plástico. El tema de abrir una botella suponía buscar el sacacorchos..., bof, una cervecita y vas que ardes. Y tras cinco minutos de "Gritos y susurros", nos miramos y corrimos a la estantería a por las pelis de Indiana Jones.

Y así pasamos la tarde, embrutecidos, felices, él en su pantalón de pijama y yo en mi chándal.

miércoles, 23 de abril de 2008

Olivia Jules and the overactive imagination

Hubo una época en la que me irritaba mucho el calificativo de chick lit (literatura para chicas), hasta que un día, investigando un poco, me di cuenta de que ya había leído a algunas de las escritoras y títulos incluídos en esta rúbrica, sin saber cómo estaban categorizados, y que de hecho, considerándolas sin el prejuicio de la etiqueta, algunas escriben muy bien (otro día hablaré de algunos de estos libros). Así que me asumo como treintañera y os explico lo de Olivia.


Helen Fielding, autora del "Diario de Bridget Jones", libro que critiqué sin haberlo leído (costumbre nada recomendable) y que ahora aprecio como a una vieja amiga, ha escrito también "Olivia Jules and the overactive imagination", una parodia de las novelas de Ian Fleming con James Bond como protagonista, inspirada por el 11 de septiembre en Nueva York y la psicosis del terrorismo nacida en esa fecha.


El libro no es tan bueno como los diarios de Bridget, pero Olivia tiene una serie de normas vitales que me parecieron dignas de ser transmitidas. Dedicado a todas (lo siento chicos, esto es bastante femenino, aunque creo que también os podéis aplicar algunas de ellas) las que ya no tienen madre o abuela, y necesitan un poco de sentido común tópico y en dosis de bolsillo.

"Rules for living by Olivia Jules :

1. Never panic. Stop, breathe, think.

2. No one is thinking about you. They’re thinking about themselves, just like you.

3. Never change haircut or color before an important event.

4. Nothing is either as bad or as good as it seems.

5. Do as you would be done by, e.g., thou shalt not kill.

6. It is better to buy one expensive thing that you really like than several cheap ones that you only quite like.

7. Hardly anything matters : if you get upset, ask yourself, « Does it really matter? »

8. The key to success lies in how you pick yourself up from failure.

9. Be honest and kind.

10. Only buy clothes that make you feel like doing a small dance.

11. Trust your instincts, not your overactive imagination.

12. When overwhelmed by disaster, check if it’s really a disaster by doing the following :

(a) look on the bright side and, if that doesn’t work, look on the funny side.
(b) think, « Oh, fuck it ».


13. If neither of the above works than maybe it is a disaster so turn to items 1 and 4.

14. Don’t expect the world to be safe or life to be fair.

15. Sometimes you just have to go with the flow.

16. Don’t regret anything. Remember there wasn’t anything else that could have happened, given who you were and the state of the world at that moment. The only thing you can change is the present, so learn from the past.

17. If you start regretting something and thinking, « I should have done… » always add, « but then I might have been run over by a lorry or blown up by a Japanese-manned torpedo. »
"



Vamos, que la que ha escrito "El secreto" (uf) no ha hecho mucho más que yo en este post y está ganando dinero a paladas. Creo que tengo futuro.

martes, 15 de abril de 2008

La niña interior ha despertado, pero la señora mayor de fuera se acaba de desplomar

Hoy voy por una entrada puramente egocéntrica -bueno, todas lo son, pero normalmente se suele notar menos-. La razón: hoy cumplo 36 primaveras, y nunca mejor dicho.

Este post no es para recordároslo (aunque las felicitaciones, tarjetas, flores, cheques-regalo son bienvenidos :-), sino para constatar algo por escrito : ya no soy joven. Ojo, que no he dicho "soy vieja", sólo que ya no soy joven. Que no es lo mismo.

Es oficial, desde hoy, estoy más cerca de los 40 que de los 30, he pasado el ecuador, corro a comprarme lo que sea con retinol y liposomas.

Ya, ya, estáis pensando, qué exagerada, cómo dramatiza. Me consta que algunas de las lectoras/es de este bloc andan por mi misma edad, así que es mi deber -y salvación- generacional daros el toque para despertaros: ya no somos jóvenes, es un hecho. Get it, people.

Podemos seguir poniéndonos vaqueros (gracias al cielo por el tejido stretch), intentar patéticamente salir por la noche cuatro veces al año -no hablo por mí, yo salgo alrededor de dos-, sólo para encontrame (en mi caso) con mis ex-alumnos de secundaria (¡horror!) en los bares, esos bares en los que invariablemente, somos los más viejos, y de los que nos queremos ir alrededor de las doce porque, reconozcámoslo, nos dormimos. Yo, con este horario nórdico, a partir de las nueve empiezo a echar de menos mi bata de ositos, y pienso -triste- si echarán de nuevo en la tele el capítulo de Bones que me estoy perdiendo.
Podemos jugar al Nintendo e ir al gimnasio. En vano. Aunque me entreno fervorosamente, lo cierto es que como chocolate con tanto o más fervor.

Me enteré demasiado tarde de que había que embardunarse de protector solar aunque una no se quemara, y ahora tengo unas patitas de gallo (el tamaño es más como de pezuña de alce) que atestiguan que es verdad. Yo pensaba - y solía decirlo- que la treintena era la fase del esplendor femenino: todavía jóvenes para tener arrugas, pero demasiado viejas para tener acné. Hellooooo!!!! En mi rostro no tan lozano los dos problemas dermatológicos compiten por el terreno: todavía me levanto con unas espinillas monstruosas, y me he comprado mi primera crema antiarrugas-antiacné. ¿Y el esplendor? ¿Qué ha pasado con él?

También me enteré con retraso de que la celulitis se cría, instala y se queda a vivir como residente permanente en las cartucheras cuando una es preadolescente, así que en el régimen sin azúcar y los drenajes linfáticos tengo unos veintiseis años de retraso. Maldición.

En mi última visita al oculista, hace menos de un mes, me dio la sorprendente noticia de que mi miopía hasta ahora galopante, no sólo ha parado de aumentar, sino que ha disminuido. Veo media dioptría mejor que el año pasado. Yesss, al fin algo que mejora con la edad, exclamé con regocijo. No tan deprisa, me respondió el aguafiestas : eso quiere decir que le está comenzando a usted la presbicia, madame.

Porque esa es otra, cada vez oigo menos "Mademoiselle" dirigidos a mí en las tiendas, y muchos más "Madame", proferidos por una cajera que tiene unos... 19 años.

Otros indicios de que ya no soy joven: en un ataque de nostalgia impropio de mí (no la nostalgia, sino lo que me empujó a hacer), me compré el DVD de "La chica de rosa" ("Pretty in pink"), con Molly Ringwald. Tras terminar de verlo, con bastante esfuerzo, no sólo pensé que es una película lamentable, sino que la moda de los ochenta no le hacía ningún favor a nadie. Por eso no me he lanzado al revival de ahora. Una sabe que ya no es joven cuando ya ha llevado la ropa en la época en la que estaba de moda, y ahora vuelve. Me pillaron una vez, no me pillarán de nuevo. Nunca más, la permanente. Ni los aretes enormes colgando de las orejas. Ni muerta.

Indicio revelador donde los haya: no me gusta la música que chiflaba a mis alumnos de secundaria. No me gusta el hip hop, y apenas el rap (Public Enemy me hizo gracia al principio, por vanguardista), cuando l0s escucho me sorprendo a mí misma pensando carrozadas como -"Eso no es música, es ruido. Qué repetitivo." Y me da la urticaria feminista cuando veo los cantantes vestidos de traficantes y las acompañantes bailando vestidas -apenas- como putitas a quinientas pelas, sirviéndoles de decoración.


En conclusión: sólo me queda completar mi esplendorosa cultura leyendo todo lo que pueda y aprendiendo cinco o seis idiomas más, porque como yo no creo en la cirugía estética, mi única alternativa es volverme una cuarentona interesante. Delgada, no, pero interesante. Ya me he comprado un par de gafas de ésas con montura de profa de historia del arte contemporáneo, para cuando me ataque a fondo la presbicia.

También tengo planeado haber alcanzado el nirvana de aquí a los 45, porque estar en paz con el universo parece ser algo que rejuvenece mucho, según monsieur M. En todo caso, él no utiliza ninguna crema y está hecho un chaval. Pienso terminar de leer todos esos libros de autoayuda que me compré y que escondí en el ropero por vergüenza. Y empezar a meditar. Y hacer yoga. Y seguir con mis cursos de tai chi, que no te acercan necesariamente al nirvana, pero te esculpen un culo infernal, como el de mi amiga Sumire.

Pero sé que no sólo el aspecto es importante, qué os créeis.

Por algo dice la canción quebequesa: "C'est à trente ans que les femmes sont belles. C'est à trente ans, après, après, ça depend d'elles."
("Es a los treinta que las mujeres son bellas. Es a los treinta, después, después, depende de ellas".)

Ferland tenía razón. Al menos en parte.

viernes, 11 de abril de 2008

Me llaman "la collares"

Advertencia: ésta es una de esas entradas perfectamente inútiles que no os aportará absolutamente nada que pueda darle un sentido a vuestra existencia. Así que si tenéis algo mejor que hacer, como una colada de calcetines, escribir vuestro primer ensayo o la pedicura, podéis partir en paz. Y no, el título no alude para nada a la mujer de Franco, que le diable l'emporte.

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No soy nada matinal, creo que ya lo he dicho, aunque a vosotros no os importe un pimiento, y con razón. Me levanto en un estado semicomatoso que no desaparece hasta más o menos las siete y media o las ocho de la mañana, y eso, tras haber tomado al menos dos cafés. Es tardísimo en este país de nórdicos mañaneros enloquecidos, en el que hay atascos en los puentes de entrada a Montreal a las seis de la mañana.

Monsieur M., cuyo patrimonio genético es completamente opuesto al mío, se despierta "tarde" los fines de semana (seis y media o siete), sin despertador, por supuesto, y demencialmente en forma. Es de esas personas que pueden haber puesto tres lavadoras, salido a buscar el periódico, añadido un tabique de pladur, repintado el salón y haber hecho crêpes, antes de que yo ni siquiera haya cambiado de postura en la cama.

Debe de ser lo del zen, si no, no me lo explico; al principio me exasperaba ligeramente que yo acababa de encontrar la puerta del armario de la cocina para servirme el primer vaso de agua que me permite despegar la lengua del paladar, todo ello rascándome, (es que tengo esa mala costumbre cuando me despierto, pero intento rascarme como una dama, no vayáis a creer, al fin y al cabo soy una señora), y él pasando el aspirador como un poseso alrededor de mis pies. Menos mal que tenemos una buena comunicación en nuestra pareja. Al de dos cafés, eso sí.

En fin, que mi zen de marido me vio el otro día intentando desenredar un collar de la madeja de collares que tengo (porque me encantan los collares, cuanto más gordos, mejor), en mi estado semisonámbulo, -porque yo no seré matinal, pero intento mantener el estilo pese a todo, no renuncio a los complementos, ni hablar-, y me sugirió que encontrara una manera de organizar mi ferretería decorativa de forma compatible con ese estado de consciencia alternativa que es el mío cuando me visto. Creo que fue porque lo que me estaba oyendo exclamar era el tipo de vocabulario castellano que no quiere aprender.

Así que me he comprado un arbolito collarero. He colgado de él toda mi quincalla, y sólo faltan las luces de Navidad. No va nada con el espíritu japonés-fengshui del dormitorio, pero ya no digo palabrotas cuando intento condecorarme antes de salir corriendo.

Ahora salgo corriendo aún medio dormida, con una mala leche de escándalo, pero súper bien conjuntada. Llamadme "la collares".


miércoles, 2 de abril de 2008

Shoes: chocolate for the feet

"If you've ever wondered why women love shoes, here's your answer - shoes dont make us look fat."

Stephenie Samborowski

Parece ser que uno de los objetos relacionados con la moda que obsesiona a más mujeres en todo el planeta, son los zapatos. Aunque no he buscado estadísticas para apoyar esta afirmación, si las necesitáis, puedo inventarme algunas rápidamente. Ventajas de haberme instruído en el método científico.

Si alguna de las lectoras se reconoce como una shoeaholic, (obsesa de los zapatos), o algún caballero es fetichiste de la chose, fomentaré vuestro vicio con un blog : Shoeaholics Anonymous

Éste no es mi caso personal, pero lo he observado tan a menudo, que he llegado a la conclusión de que la mayoría de las mujeres adoran los zapatos desaforadamente porque son lo único que les queda siempre bien .

En un mundo de vaqueros de talle bajo y pernera minúscula, pensados para adolescentes impúberes, de ropa interior liliputiense y biquinis concebidos para humillar a cualquier mujer que se precie de ser inteligente y equilibrada, los zapatos son un consuelo.

He reflexionado sobre esta falta de afecto mía hacia el calzado. Probablemente, mi carencia se debe a un problema hormonal, aunque sospecho que también tiene que ver con el tamaño titanesco de mis extremidades inferiores, de una anchura que hace que lo único en lo que entran fácilmente mis pies es en botas de Gore-Tex.

También debe de estar relacionada con mi incapacidad, desde que cumplí los 30, para sufrir lo indecible para estar guapa. En algún momento, durante este cambio de década, una parte de mí decidió que pasearme todo el día con zapatos que me provocaban un rictus de crispación en el rostro, no aumentaba mi poder seductor.

Desde que monsieur M. me regaló mis primeras sandalias Birkenstock -claramente con motivos corruptores ocultos-, mis pies, al fin felices, se esponjaron (literalmente, no los he medido, pero parecen más enormes que nunca). Con ánimo de conservar un cierto decoro, no las llevo con calcetines (ahem, al menos, no en la ciudad).

Por supuesto que cuando veo una de esas ninfas de piernas gráciles y finos tobillos, calzada con unos tacones de aguja imposible, saltando entre el tráfico con una ligereza pasmosa, siento una punzadita de nostalgia. Punzada que parpadea y desaparece, oculta por recuerdos de vuelta a casa descalza en plena noche, pisando colillas en la acera, porque ya no era capaz de soportar los tacones un minuto más. A las ninfas les dejo los nada sexy juanetes, calambres en el gemelo, dedos martillo y uñas encarnadas. Yo he optado por una vejez sonriente con pies enormes.
Todo lo dicho me lleva a mostraros, finalmente, lo que yo considero el mejor amigo de una chica: el chocolate. En dos fantásticas variedades.

Os dejo salivar. E ir al podiatra.