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viernes, 20 de noviembre de 2009

Sopa de cebada / Soupe à l'orge


Termino el oscuro mes de noviembre y esta especie de monográfico de recetas otoñales de las últimas semanas con un poco más de optimismo y una receta reconfortante y muy clásica en la cocina quebequesa: la sopa de cebada. Especialmente recomendada para los que nunca han probado este cereal en otra versión que fermentado y embotellado (o en una caña), esta sopa, doméstica y humilde, viene muy bien para aprovechar todos esos "fondos de cajón" del frigo con los que no sabéis muy bien qué hacer. Y tiene la ventaja de no provocar tripa cervecera.

En mi versión utilicé un poco de tomillo fresco y perejil, como únicas hierbas. Y aproveché un apionabo, un poco de calabaza y unas chirivías de mi última visita al mercado. Las légumes-racines (raíces, como el nabo o la zanahoria) son muy típicas en este tipo de plato.

No os dejéis engañar por sus aires modestos: está llena de texturas sorprendentes y sabores complejos. Y sabe a patrimonio, a otra época, cuando uno se apoyaba en el arado o el azadón y se enjugaba la frente con la manga antes de sentarse a comer un cuenco.

Desde que busco dónde instalarme en el campo, estoy de un agrícola-petardo terrible. Tengo que vigilarme, o voy a terminar tomando cursos de alfarería, tejiéndome yo misma el lino de mis blusas y comprándome un arma. Se empieza por cultivar todo orgánico, y se termina por unirse a un grupo milenarista apocalíptico de ultraderecha, llenando el sótano de conservas y aprendiendo a disparar, os lo digo yo.

Creo que necesito un paseo por el centro ya mismo. Consumo desenfrenado, librerías, escaparates, gente estresada y Starbucks. También necesito terminar la tesina, de la que me quedan apenas seis páginas. Por mi salud mental y la de todos los seres vivos (felinos y humanos) que comparten la barraca montrealesa conmigo. Este sprint final académico hace que esté muy agreste y primigenia, muy para-qué-peinarme-o-ni-siquiera-lavarme-el-pelo-total-no-salgo-a-la-calle. Sospecho que huelo mal. Y es que tanto terruño, tanto campo ancestral y tanta vuelta a las cosas sencillas no pueden ser buenos.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Solanáceas solsticiales rellenas (Pimientos rellenos muy otoñales, vaya)

Llegados a esta época en la que el otoño está en pleno ocaso, en la que mis ánimos declinan tan rápido como el sol, todo lo que me apetece publicar tiene un fondillo negro, y contiene las palabras "crepúsculo", "ocaso", "declive", "decadencia", o sinónimas. Noviembre siempre me produce ese efecto: me haría cookies salpicadas de antidepresivos y chocolate. (¿Existirán las pepitas de Zoloft ? ¿Prozac, chocolate blanco y nueces de pecán?)

No es tanto mi sentido del humor el que mengua (¿veis? "menguar" es otro de esos verbos deprimentes), creo que es mi serotonina. Durante un mes, en el que las noches son bastante más largas que los días, mis orígenes de país del sur de Europa se me echan encima, y me recuerdan que nadie está hecho para vivir bajo cero y con menos de diez horas diarias de luz. Tanta noche provoca unas ganas de dormir continuas, una falta de energía notoria y unas ganas de suicidarse de una sobredosis de hidratos de carbono. Nunca la pasta, la fritura y el chocolate ejercieron tanta presión maligna sobre mi férrea voluntad de no llegar a los 250 kilos. Todos al mismo tiempo, proclamo. (Me pregunto si unos espaguetis acompañados de patatas fritas con salsa de chocolate fundido por encima estarán ricos...). Nunca me costó tanto extraerme del pijama de franela. Nunca la mantita en la tripa en el sofá de cuadros me pareció tan atractiva. Nunca mis dos gatos me dieron tanta envidia, con sus dieciséis horas diarias de siesta.
Tengo que acordarme de no mudarme a Nunavut. Ni a Groenlandia.

Saquemos fuerzas de flaqueza, despojémonos de la bata de ositos, cambiemos las oscuras y vagamente siniestras imágenes de pinturas de Arcimboldo por mis acostumbrados collages du marché, y cocinemos algo con los restos de la cosecha quebequesa. Antes de que caigan esas nevadas bestiales y de que empecemos a pagar fortunas por verduras que nos vienen por avión de Chile, en business class. Tomando martinis, a juzgar por los precios.


Los pimientos rellenos de carne parecen ser un plato familiar de lo más entrañable en Quebec. La receta clásica se prepara con ternera, pero esta vez hice una versión vegetariana, con esa soja texturizada que imita tan mal a la carne -pero que a mí, personalmente, me gusta- y que aquí lleva un nombre divertido: "sans viande hachée" ("sin carne picada").

Esa soja que detesta monsieur M., que descubre demasiado tarde, cuando ya está masticando, y que le hace amenazarme con un "mañana me zampo una hamburguesa", e insultarme de forma soterrada: "vegenazi". Y que hace que yo me encoja de hombros diciendo: "Son tus arterias, chacho". Mi observación subsiguiente sobre lo difícil que resulta verse el pene cuando uno tiene una tripa considerable también parece surtir efecto. Monsieur M. dista mucho de ser un machista o un falócrata, pero creo que aprecia en su justa medida poder vislumbrar aún todas las partes de su nórdica anatomía. Así que se come la soja y se calla, sin más comentarios.

Siempre me ha gustado bautizar las recetas con nombres aliterativos, pero últimamente soy consciente de que me estoy sobrando. Padezco de inflamación del título, y ni siquiera me lo estoy mirando. Os pido mil perdones. Pero al fin y al cabo, lo importante en este blog es que YO me lo pase bien :-).
La receta, inspirada en los estudios de mi bioquímico preferido, Béliveau, aquí. (Por supuesto, la trastée un poco: en lugar de miga de pan, utilicé arroz integral para ligar el relleno, que me parece que le da una textura más interesante. Y el ajo, sin medida, como siempre.)
También podéis ver los videos del programa, bastante simpáticos, si sois capaces de relajaros y haceros a la idea de que el francés quebequés no suena igual que el de Francia y de que no entenderéis todo a la primera. Si queréis hacer una versión vegetariana como la mía, simplemente remplazar la carne de la receta por soja, seitán, quinoa con nueces o cualquier otra cosa que os apetezca y que irrite a vuestro consorte (estoy segura de que con un pescado azul o con lentejas, también estarán ricos).

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Crema crepuscular de coliflor y cúrcuma (con queso azul y relish de peras y dátiles)

Noviembre en Quebec es el mes crepuscular, el mes en sepia, en blanco y negro. Una vez terminado el esplendor de octubre, todo lo que nos queda tras la caída de las hojas son unos bosques monocromos, con las ramas desnudas recortándose contra el cielo frío de un gris de plomo. La ausencia súbita de color tras la explosión otoñal es desconcertante. Como un crepúsculo que dura semanas.

Los días son cortos y las noches largas y bajo cero. A la caída del sol, los quebequeses aceleran el paso, con prisa por llegar a una casa que les ofrezca el poco de calor y luz dorada que la naturaleza les niega por el momento. Es el mes en el que nos sentimos cansados y ligeramente descorazonados, un mes hecho adrede para que nos entren deseos de ver caer la nieve, lo que sea que aporte un poco de luz. Es un mes propicio para comer sopa.


La sopa de hoy, una crema muy poderosa de coliflor y cúrcuma con queso azul y un relish casero de pera y dátiles como acompañamiento, es una sopa de otoño tardío, sustanciosa y llena de sabor, perfecta para afrontar este mes oscuro.

Para prepararla utilicé una coliflor amarilla (en Quebec se encuentran de varios colores), pero se puede preparar perfectamente con una blanca. Para el acompañamiento, utilicé un par de peras bien maduritas y un queso estilo Cambozola, a falta de queso azul. Aunque yo personalmente recomendaría un queso azul fuerte, tipo Stilton, Roquefort o Cabrales. En mi caso, tuve que apañarme con lo que había por la nevera.

La receta, ésta, forma parte de este libro, una de mis últimas adquisiciones, un libro muy majete que dona los beneficios de la venta para una buena causa. Ha sido adaptada muy, pero que muy, libremente: como hierbas aromáticas utilicé, además del tomillo, un poco de romero y un poco de salvia, y un queso diferente, como ya he comentado arriba. Añadí cúrcuma, una especia muy amarga pero que contrarresta estupendamente el sabor dulce de la coliflor. Curiosamente, a pesar de su gran poder colorante y del color amarillo de la coliflor, la crema terminó siendo ligeramente verdosa, probablemente por el queso fundido.

Mucha gente utiliza indistintamente los términos relish y chutney. Sin embargo, hay una diferencia entre los dos. En mi versión también modifiqué un poco el relish (que no chutney :-): sólo utilicé peras, sustituí las manzanas por dátiles, el azúcar por miel y como no tenía sidra, me animé con un chorrito de calvados, que, a fin de cuentas, también ha sido sidra en un momento de su existencia. Me reprimí para no añadir unas pocas nueces picadas, pero la próxima vez lo haré.

El resultado fue jaleado con "mmhs", "yumyums", "aahhs" y otros suspiros diversos de satisfacción y calorcillo en la tripilla. C'était très bon. Sedoso, cremoso, suave, dulce, pero con un punto de vigor del queso azul. Los sabores de pera y dátil se mezclan con el de la coliflor y esta crema sabe y huele a otoño, a fuego en la chimenea, a crujido de hojas secas y a tierra mojada.

Pero no quiero llevarme todo el mérito: la idea para el soberbio relish de acompañamiento la tuvo Olivier, del bistro de Three Pines, ese pueblo mítico de esa serie mítica de novela negra quebequesa. A ver quién puede resistirse a cocinar, leyendo cómo el inspector Gamache, de la Sûreté du Québec, desenmascara asesinos a golpe de baguette con queso de cabra y salmón ahumado, cremitas de guisantes tiernos y menta, y de sopas como ésta.

Un buen remedio contra esas ganas que me entran en noviembre de enpijamarme e irme a dormir hasta las navidades.

sábado, 31 de octubre de 2009

Halloween

Una vez más, todo está preparado. Sólo me queda hacer las jack'o-lanterns esta tarde. Tengo las golosinas, que me zampo abundantemente mientras las distribuyo en bolsitas, más que nada por el "control de calidad", como dice Marona...

la decoración escalofriante...


... ya sólo faltan los monstruos llamando a la puerta.

Boo!

sábado, 24 de octubre de 2009

Otra receta para hombres de verdad: Chile letal con carne / Chillingly Lethal Chili


Es curioso cómo lo que se considera un plato reconfortante cambia según el país en el que se viva. En Estados Unidos, por ejemplo, uno de los platos reconfortantes que vuelve en otoño es el chile con carne. En Quebec, y en Canadá, son los plats mijotés en general, los guisotes, vaya. Como el proverbial cocido lo es en España.

Como todas las recetas que se presentan en la cocina montrealesa son previamente puestas a prueba por el comensal piloto, monsieur M., mi crash test dummy culinario preferido, y como no quiero que el nombre intimidante con el que he bautizado la receta de hoy os desanime, transcribo el momento de cata de este plato:

Monsieur M., a la mesa, cuchara en mano, mirando su bol de chile con ojo clínico: -"¿Y cómo has dicho que se llama este plato?"

Yo, solícita e informativa, blandiendo a mi vez mi cuchara : -"Chile letal con cadáver, digoo, con carne. Mi versión personal del chile con carne. Hay opiniones diversas sobre el origen de este plato, los hay que afirman que es de origen mexicano, los hay que dicen que es una receta tex-mex."

Monsieur M., ojeando su comida ahora con cierta prevención, evaluando el riesgo: -"¿Tex-mex? ¿Eso quiere decir que es picante?" Monsieur M. será un coloso nórdico y homérico, un hombretón de las nieves, pero cuando toca afrontar el picante, es tierno como una bailarina.

Yo, aún solícita e informativa: -"Sí, es picante. pero uno se acostumbra al picante. Mírame a mí, en España la cocina no es particularmente picante, en mi familia aún menos, y con el tiempo he aprendido a apreciarlo. Con el tiempo, y con un poco de reeducación de la parte de mis amigas mexicanas. Pruébalo. Te va a gustar."

Monsieur M., aún examina el bol, dubitativo: -"Ehm, pero esto, ¿pica mucho?"

Yo, informativa, sí, pero ahora un poco menos solícita : -"La escala de Scoville mide el nivel de picante de los chiles según la cantidad de capsaicina que contengan. No tengo ni idea de en qué grado de dicha escala se clasificaría mi chile con carne, mayormente porque no he conseguido identificar los chiles que he encontrado en el super. Mirando fotos en Internet, yo diría que son serranos. Grado de picante: medio. Por si acaso los he pelado con guantes", termino alegremente. Y revuelvo un poco el contenido de mi bol, para ayudarlo a que se enfríe.

Monsieur M., acobardado : -"Um, no sé, p'tit loup, a mí ya sabes que el picante no me--"

Yo, ligeramente dictatorial: -"Lo. Vas. A. Probar. Y. Te. Va. A. Gustar." Gruño. -"Mira que eres gringo, a veces."

Monsieur M., oponiendo resistencia: -"Soy un gringo. No como picante. Si mi diccionario interno no me engaña, tú también eres un poco gringa, ma chère. Y no tengo por qué sufrir tu crisis de culpabilidad postcolonial."

Yo, cambiando de estrategia, apelando a su virilidad: -"El chile con carne es un plato sólido, fácil, fuertote. Por eso se considera un plato para hombres (¿por lo fácil?, perdón, no he podido resistirlo). Es uno de los platos que acompañan el Super Bowl, ya sabes, tardes de fútbol americano por la tele, con amigotes, cervezotas, eructos y testosterona en abundancia. Millones de varones embrutecidos no pueden equivocarse."

Monsieur M., desafiante: -"No tengo nada que demostrar."

Yo, con vocecilla melosa: -"Una cucharadita, mon ours brun d'amour. Anda."

Monsieur M. , probando, a regañadientes: -"Jrrumpf."

Yo mastico una cucharada al mismo tiempo. Una explosión de sabor y calor me invade las papilas: el picante, primero rotundo, pero no insoportable, fuerte, pero no abrasador. A continuación, una leve sospecha de canela, el sabor más nítido del comino, no hay ni una sombra del amargor del cacao, éste ha ligado todos los demás sabores y los ha fundido en el terciopelo de la salsa. Es delicioso.

Monsieur M. parece agradablemente sorprendido y un poco sobresaltado. Mastica lentamente, suda un poco, se afloja el cuello de la camisa. A mí se me despeja la sinusitis de golpe. Cuando recupero la voz tras carraspear un poco y beber un gran trago de agua , le pregunto:

-"¿Y? ¿Demasiado picante?"

Monsieur M. responde, sonriente, moqueante y con una lagrimilla en el ojo: -"En una escala del uno al diez, siendo diez el fuego del infierno, personalmente lo dejaría en el ocho. No es letal, pero despertaría a un muerto."

Yo: -"Flojo, que eres un flojo."

Monsieur M., atacando el plato con ganas: -"Lo sé. Una auténtica libélula."

MORTALES INGREDIENTES:

(Yo las cantidades las calculo fatal, pero resulta una cazuela considerable, como para unas cinco o seis personas. Este plato es estupendo recalentado y se congela bien, así que no os dejéis intimidar por la cantidad.)

- 500 gr. de pavo picado (podéis hacerlo a la manera clásica, con ternera picada)

- 1 rama de apio bien picada

- 2 cebollas y media, picadas finas

- 2 cabezas de ajo peladas y picadas (si son muy grandes, unos 10 dientes)

- 2 latas de tomate pelado en conserva, con su jugo (aquí son de 796 ml.) (si los tomates vienen enteros, cortarlos en dados)

- 1 lata de frijoles negros, con su jugo (lectores españoles: si no encontráis, en una tienda de productos latinos hay seguro, y si no tenéis una cerca, un bote de alubias rojas cocidas sirve)

- 1 lata de concentrado o pasta de tomate, o tres cucharadas soperas

- 3 chipotles en conserva (adobados) picados, más dos cucharadas de té de su jugo (tiene un sabor ahumado fantástico)

- 1/2 chile serrano (me costó un buen rato identificarlo, soy una completa ignorante en el tema, corregidme si me equivoco) rojo, bien picado. No se os ocurra frotaros los ojos con las manos tras haberlo picado.

- 1/2 chile serrano verde, también picado (si no encontráis frescos, os animo de nuevo a pasar por la tienda latina más próxima)

- 2 cucharadas soperas de cacao 100% puro en polvo, amargo (esto es un toque de homenaje al mole, y le da una profundidad y un aterciopelado a la salsa bastante inolvidables)

- 2 cucharadas de té de canela

- 2 cucharadas de té de comino molido

- pimienta negra, sal y cilantro fresco (o seco) picado, al gusto

- aceite de oliva


ESCALOFRIANTE PREPARACIÓN (o abrasadora, depende cómo se mire):

(Lo bueno de esta receta es que es casi una receta impostora, muy americana: con multitud de latas que sirven de atajo. Por una vez, abandonad vuestras ideas preconcebidas sobre la calidad de la comida preparada a base de conservas, y probadlo: está estupendo. )
En un fondo de aceite de oliva en una buena cazuela, sofreír la cebolla, el ajo y el apio picados. Cuando empiecen a estar hechos, añadir los serranos y los chipotles, el comino, la canela, y revolver bien. Echar el pavo picado (yo utilizo pavo porque es menos graso y porque en esta casa somos más de volátiles que de carne roja, nuestro poco entusiasmo carnívoro lo resumiría diciendo: si tiene cara, no lo comemos, o al menos, no muy a menudo; ya, ya, los pollos y los pavos también tienen cara, me diréis, pero a mí los animales con pico me conmueven menos que los mamíferos con grandes ojos marrones), dorar la carne. Añadir el concentrado de tomate. Echar todo el contenido de las latas de tomate y los frijoles, y el adobo de los chipotles.

Si véis que queda muy seco, corregir con un poco de agua. Salpimentar y añadir el cilantro picado, y poner todo a fuego medio. Cuando empiece a hervir, echar el cacao, revolver bien, y bajar el fuego. Dejar que hierva suavemente entre media hora y 45 minutos, hasta que la salsa haya espesado y los sabores se hayan ligado bien.

Servir el resultado picante, profundo, ahumado y aromático, acompañado de guacamole, crema agria y unos nachos. Rallar un poco de queso fuerte (como el cheddar) por encima si se desea.

lunes, 19 de octubre de 2009

Cantons de l'Est

Ultimo paseo del otoño antes de la caída de las hojas. Esta vez, nos vamos al sur de Montreal, a una de mis regiones favoritas: los Cantones del Este, de los que ya os he mostrado algunas fotos. Es también una región en la que ocurren cosas misteriosas.
Nuestro paseo tenía un propósito oculto aparte del mero turismo: la caza y captura de un nuevo -y aún altamente hipotético- lugar de residencia en el campo. Estamos planteándonos dejar de ser montrealeses y sustituír el asfalto por otros pastos más verdes.
Como siempre, hemos hecho algunas paradas "obligatorias":

Uno de nuestros destinos previstos: la ciudad universitaria de Sherbrooke. Ciudad que cuenta con algunos barrios con casas realmente bonitas. Y un campus que te transporta al de Oxford , el de la universidad Bishop. En la que espero que haya un trabajo para mí.


Y la minúscula -y encantadora- ciudad de Waterloo, sembrada de casas patrimoniales que hacen suspirar de envidia inmobiliaria.



Lo mejor de este país es que uno puede permitirse fácilmente vivir en una casa como ésta (abajo), pero el problema para un inmigrante especializado en un sector muy determinado como yo es el eterno dilema: seguridad de empleo/trabajo en la ciudad contra trabajo autónomo/vivir en el campo...

Hoy he vivido al menos media docena de mudanzas imaginarias. Agotador.

martes, 13 de octubre de 2009

El parque Mont-Royal

El parque del Mont-Royal, el monte que dio nombre a la ciudad de Montreal, o "parque de la montaña", como lo llaman los montrealeses, se yergue en pleno centro, y hace las veces de corazón y pulmón de Montreal.

El Mont-Royal visto desde la avenida McGill College,
con los edificios del soberbio campus de la Universidad McGill al fondo.

Creado en 1876 por Frederick Law Olmsted, el arquitecto paisajista que diseñó el Central Park de Nueva York, este parque inspira mucho afecto a los montrealeses, que pasean por sus caminos en otoño, esquían en invierno y hacen picnics familiares en verano. En él se encuentran senderos agradables, muchas zonas boscosas (Olmsted consiguió darle un aspecto salvaje a pesar de ser enteramente planeado), un pabellón (el chalet de la montagne) que hoy en día sirve de refugio a los esquiadores que paran a calentarse las manos con un café en invierno, pero que antiguamente fue un salón de baile; una vista soberbia de la isla, un lago (le Lac des Castors) y numerosas ardillas, mapaches, algún raro zorro rojo y lechuza de las nieves, y amantes furtivos en la noche gay, entre otra fauna urbana.
El Mont-Royal un poco más cerca, desde el campus de McGill.
El Lac des Castors
El antiguo salón de baile (hoy café y refugio invernal) en el chalet de la montagne.

Uno de los muchos caminos del Mont-Royal en septiembre...
... y en octubre


Vista obligada para los amigos y familia que vienen a verme desde el otro lado del charco.

sábado, 10 de octubre de 2009

Acción de gracias: crema de calabaza y manzanas al curry

Este lunes es la Acción de Gracias canadiense, lo que hace que tengamos uno de esos raros - en este país- fines de semana de tres días. Y bien, otro año más celebrando en este país la abundancia de la cosecha antes del invierno. Con todo lo que nos ha traído. Un mes antes del Thanksgiving americano, porque aquí el invierno también llega antes.

Para celebrar tanta abundancia, y para celebrar el entusiasmo otoñal de monsieur M. que se presenta en casa con cestos y cestos de manzanas hasta que se nos salen por las orejas (apples are the new zucchinis, y los que me leen desde hace tiempo saben de qué hablo :-), nada mejor que una versión nueva de mi clásica crema de calabaza: una crema de calabaza acorn, bautizada así en inglés porque su forma recuerda un poco a la de una bellota, con curry y manzanas. Y es que no se puede hacer tartas pecaminosas continuamente.
La receta, inspirada en ésta de aquí, con ligeros cambios: el tipo de calabaza, su cocción (está asada previamente en el horno con un poco de sal, pimienta y aceite de oliva, cortada en dos y tapada con papel de aluminio, de esta manera, no hay que pelarla, sino rascar la pulpa con una cuchara), en lugar de zumo de manzana he utilizado caldo de verduras, y el curry lo prefiero en pasta que en polvo. Unas cuantas pipas de calabaza tostaditas por encima y ya sólo queda saborear el otoño a grandes cucharadas.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Los Laurentides

El año pasado por estas fechas publiqué un par de entradas con fotos de uno de nuestros paseos otoñales por dos regiones realmente espléndidas en octubre: los Cantones del Este y Tremblant, en la cadena de montañas de los Laurentides.

Este año hemos vuelto a los Laurentides, región muy turística al norte de Montreal, especialmente popular entre los aficionados al esquí alpino, y que en otoño se ve invadida por muchos europeos que vienen a contemplar sus colores espectaculares. Como consecuencia de esta popularidad, los spa brotan como setas, y hay pueblos como Tremblant por los que es mejor pasar rápido, porque empiezan a tener esos precios criminales y ese aspecto artificial de los sitios muy turísticos.
Evitando, pues, que nos roben pagando dos cafés au lait a precio de una comida entera en un monísimo café estilo alpino, este año hemos dado una vuelta por pueblecitos mucho menos chic pero mucho más reales, de lo que aquí llaman, de forma muy apropiada, les Pays-d'en-Haut.
Morin-Heights es uno de esos pueblos, está situado en un vallecito y rodeado de colores flamígeros. Cuando saqué las fotos, el domingo pasado, aún no estábamos en el apogeo de los colores otoñales, pero probablemente este fin de semana alcanzaremos ese punto culminante de octubre, en el que el verde profundo de los abetos se mezcla con el rojo escarlata de los arces de sirope, el naranja de las hayas y el amarillo de los álamos blancos de Quebec.

La iglesia metodista de Hillside, en Morin-Heights, y su cementerio adyacente, como es costumbre entre los anglosajones. Sus iglesias son pequeñas, modestas, de madera, como las iglesias protestantes y anglicanas. Como en Quebec tradicionalmente coexisten las tres (junto con la religión católica y la judía, y una cantidad respetable de ortodoxos, musulmanes, y cualquier otra religión que se os ocurra, aunque esas religiones han sido "importadas" por los inmigrantes y se encuentran mayoritariamente en la zona urbana de Montreal), se suelen encontrar incluso una junto a la otra, conviviendo pacíficamente en buena vecindad. Un contraste con las iglesias católicas de Quebec, grandes, de piedra, de una arquitectura un poco menos amistosa.



En Saint-Jovite, un par de casitas de construcción reciente que me gustaron.


No sólo las tiendas sacan sus galas otoñales, el ayuntamiento de Saint-Adolphe-d'Howard también decora por Halloween.






sábado, 3 de octubre de 2009

Pastel de zanahoria especialmente especiado: carpe diem / Specially Spicy Carpe Diem Carrot Cake / Gâteau aux carottes Carpe Diem

Aunque este año no tengo tanto tiempo para disfrutar del principio del otoño, mi estación favorita en Quebec, esta semana me había prometido que tenía que hacer una receta otoñal, para obligarme un poco a meterme en el air du temps, o, por citar al poeta y así dar un tono aún más patéticamente pedante a esta frase: parar y oler las rosas (o más bien recogerlas mientras aún pueda).

O, más acorde con el espíritu de esta cocina, recoger las zanahorias en el mercado Jean-Talon, en el que se encuentran en una sinfonía de colores sorprendentes, y oler el pastel de zanahoria en el horno, aroma que, personalmente, prefiero al de las rosas. Yo soy así: a mí se me conmueve más con un manojo de zanahorias que con uno de claveles.

Ya sé, ya sé, está la tesina por terminar (ya casi, casi), el parterre asilvestrado, las parkas por llevar a la tintorería (la nieve está casi al caer), los jerseys de lana por airear, hay que impermeabilizar las botas, cortar las garras a mis dos felinos antes de que pasen la jornada entera enganchados al sofá, lavar las cortinas y sacar los edredones, todas esas cosas que se hacen para preparar la madriguera antes del invierno.

Pero qué demonios, le fond de l'air est doux, hace un sol radiante, las hojas de los árboles empiezan a cambiar de color, las ardillas me están birlando las pocas frambuesas que quedan en las matas del patio en un ataque frenético de actividad preinvernal, los días se acortan rápidamente (ya se hace de noche a las siete menos cuarto). No dispongo de un número infinito de otoños por vivir, así que hay que aprovechar éste. Carpe diem.

Permitidme una arenga plastosa: mandad a paseo por una tarde todas esas cosas tan ridículamente urgentes que os agobian tanto, llamad a vuestro compañero/hijo/perro (o los tres a la vez, si disponéis de todos, sois gente afortunada) e iros a dar un paseo. Como dice mi amiga Marona: está lo urgente, y está lo importante, y a menudo los dos no coinciden. La vida es corta, aunque en la cola de Hacienda os parezca larguísima. Echadle especias, miel. Saboreadla un poco, caray.

Ésta debe de ser mi versión del concepto zen del momento presente. Me lo temía: mi versión del zen engorda.


PASTEL DE ZANAHORIA ESPECIALMENTE ESPECIADO "CARPE DIEM"

(Receta personal, fusión de muchas recetas leídas y muchos experimentos fallidos. Si os gusta, dadme un poco de crédito. Para una que no tomo prestada de Martha...)

INGREDIENTES DEL BIZCOCHO

(Para un pastel -una fuente rectangular de pyrex de tamaño pequeño - y unos 7 muffins, o dos fuentes pequeñas. Yo siempre hago un pastel para comer en el momento, y los muffins para conservar, ya que se congelan y descongelan mejor.)

- 3 tazas de zanahorias ralladas fino

- 1 taza de aceite vegetal (de maíz, por ejemplo)

- 1 taza y ¼ de miel

- 4 huevos a temperatura ambiente (si queréis controlar un poco el colesterol, 3 y una clara)

- 2 tazas y media de harina integral (blanca si no os entusiasma la fibra)

- 2 cucharadas de té de levadura en polvo (tipo Royal)

- 2 cucharadas de té de bicarbonato

- 1 cucharada de té de sal

- 1 cucharada de té de clavo

- 1 cucharada de té de nuez moscada

- 1 cucharada de té cardamomo

- 1 cucharada sopera de canela (sed generosos, éste es un pastel especialmente especiado :-)

- 2 cucharadas soperas de jengibre fresco rallado (si no encontráis fresco, en polvo os puede sacar del apuro, pero no está tan rico)

- ¼ de taza de buttermilk -suero de leche- (o de yogur natural, o de crema agria)

- 1 taza de nueces picadas (pueden ser de Pecán)

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PREPARACION DEL BIZCOCHO

Precalentar el horno a 190º. Mezclar bien el aceite y la miel. Añadir los huevos uno por uno, incorporando bien cada uno antes de batir otro. Añadir el suero de leche o yogur.

En un gran bol aparte, tamizar la harina y todos los demás ingredientes secos, salvo las nueces y la zanahoria y el jengibre rallados. Mezclar los ingredientes secos con la mezcla de miel, aceite, suero y huevos, y batir lo mínimo posible, rápidamente, hasta que desaparezcan los grumos. Batir lo justo para obtener una mezcla homogénea, pero no demasiado, (es importante no excederse con el batido para que el pastel sea ligero y esponjoso).

Para terminar, mezclar con una cuchara o una lengua de gato la zanahoria y el jengibre rallados, y las nueces. Si preparáis el pastel con un robot culinario (tipo Thermomix o Kitchen Aid), mezclad la zanahoria a mano, porque tiene la tendencia a pegarse a la hélice del robot y formar una bola.

Hornear en dos fuentes rectangulares de pyrex previamente engrasadas o en aproximadamente una docena y media -depende del tamañ0- de moldes de muffin. Los primeros 15 minutos mantener la temperatura a 190º, después bajarla a 180º. El tiempo de horneado para los muffins será aproximadamente de 35 minutos, y de 45 a 50 minutos para los moldes de pyrex (pinchar con un palillo el centro, cuando salga limpio están hechos).

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GLASEADO CLASICO (DIRECTO A LAS ARTERIAS)

(Éste no es el glaseado que suelo hacer yo, porque me parece demasiado dulce y porque anularía el intento de hacer de este postre algo más bien sano. Pero si queréis obtener un glaseado firme, que solidifique al secarse, y poder jugar con la manga pastelera, ésta es vuestra receta. Alternativa menos nociva más abajo.)

- 1 tarrina de queso Philadelphia a temperatura ambiente ( tenéis que sacarlo unas horas antes del frigo si no queréis que el glaseado os quede grumoso)

- ½ taza de mantequilla a punto pomada

- 4 tazas de azúcar glas (tamizarla si véis que tiene grumos)

Mezclar el queso y la mantequilla hasta que la mezcla tenga un aspecto liso y suave. Incorporar el azúcar glas taza a taza, y seguir mezclando. Glasear el pastel cuando haya enfriado completamente (importante). Si se quiere, reservar una parte del glaseado, colorearla con colorante alimentario (mejor en gel que líquido) rojo y amarillo, y formar zanahorias con la manga pastelera (o una bolsa de congelación a la que hayáis cortado una punta). Formar las hojas de las zanahorias con hojas de cilantro fresco.

GLASEADO MENOS MACIZANTE (PERO IGUAL DE SATISFACTORIO...)

- 1 tarrina de queso Philadelphia bajo en grasa, a temperatura ambiente

- sirope de arce (cómo no :-) o miel líquida

- 1 cucharada sopera de ralladura de naranja muy fina

Batir el queso con la ralladura hasta que quede liso, añadir gradualmente sirope de arce - o miel - hasta que obtengáis una crema fácil de untar, pero bastante espesa. Este glaseado es delicioso, pero como no lleva las toneladas de azúcar del otro, ni la grasa adicional de la mantequilla, se mantendrá cremoso y no llegará a solidificar (como se ve en mis fotos, las zanahorias tienen un aspecto húmedo). Si hacéis el pastel para adultos a los que la decoración no les importa tanto como el sabor - o la línea-, ésta es una buena alternativa.

(Ah, para los que se sorprenden de este ramalazo petardo-espiritual que me ha dado hoy, que lo sepáis : el pastel de zanahoria puede inspirar todo tipo de cosas. Quizá tenga también algo que ver el que hoy, sábado, me vaya a una conferencia que da el Dalai Lama en Montreal, acompañada de monsieur M. (cómo no) y de Lady D. A ver si me transmite un poco de sabiduría por ósmosis. Falta me hace. Yo le llevo un pedazo de pastel, pero no sé si me dejarán dárselo.)

sábado, 12 de septiembre de 2009

Barras diligentes de dátiles "vuelta al cole" / "Back-to-school" Dutiful Date Squares / Carrés aux dattes de la rentrée

"I didn't do very well in my math test —I couldn't seem to persuade the teacher that I hadn't meant my answers literally."
Calvin

"My education was dismal. I went to a series of schools for mentally deranged teachers." ("Mi educación fue siniestra. Fui a varios colegios para profesores con problemas mentales.")
Woody Allen

Yo no sé si a vosotros os pasa, pero a mí, como a todos a los que nos ha gustado ir al colegio y estudiar, cuando llega la vuelta al cole me entra un ramalazo de envidia al ver a los peques desfilar el primer día con sus flamantes mochilas nuevas. Tampoco vayáis a pensar que yo estudié en una escuela idílica y maravillosa, no, mi colegio andaba muy lejos de ser Hogwarts. Sufrí mi dosis de profesores amargados y de compañeros de clase odiosos. Pero también tuve algún buen profesor, me gustaba aprender, me gustaba la rutina escolar (sí, sí) y a finales de agosto yo era una de esas niñas bastante nerdy que miraba con arrobamiento su goma de borrar y su lápiz nuevos, abría sus libros y los hojeaba con entusiasmo. Tantas páginas con delectable olor a libro nuevo, tantas promesas de aprendizaje masacradas luego por enseñantes incompetentes... Creo que ese amor por la escuela debe de ser la razón por la que tantos desequilibrados como yo terminan por ser profesores.

En Quebec los chavales volvieron al cole la última semana de agosto, así que Monsieur M. (que comparte conmigo ese amor por la escuela, pero que es demasiado estable mentalmente como para trabajar en la enseñanza) y yo ya hemos pasado nuestro momentito de nostalgia de cada septiembre, que invariablemente superamos comprándonos un cuaderno cada uno. Como este año no trabajo en la escuela, mi caso se ha agravado un poco, y he tenido que acompañar el cuaderno de un diccionario nuevo, cosas ambas que han hecho que me sienta mucho mejor.

Una de las cosas que vuelve con la vuelta al cole (la rentrée, en Quebec) y la agenda bien apretada, es les collations, o las cositas para picar que una lleva en el bolso, para remediar posibles bajones de energía durante la jornada.
Aquí hay una excusa pseudomédica que se estila mucho para justificar esos picoteos: "Soy hipoglucémica", pero en la mayoría de los casos es una forma más refinada de decir: "Soy bastante tragona". Que lo soy, por Júpiter. Aunque tengo que decir en mi defensa que el hecho de que mi bolso, esa caverna de Alí Baba, contenga siempre algo de comer en forma de cookies de avena, manzana y otras frutas, queso, almendras o similares, me impide caer en la tentación de comer una de esas MacMarranadas que tanto abundan por aquí. Porque yo cuando tengo hambre no tomo prisioneros. Y la conciencia nutricional se me va al garete. También hay que decir que el variado contenido de mi bolso, a pesar de ser objeto de mofa y befa por parte de mis amigas, les ha sacado de penas más de una vez. Es mi instinto nutridor, que me puede. Parezco una madre, repartiendo comida y toallitas limpiadoras a derecha e izquierda. Caray.

Una de esas cosas muy socorridas para llevar en el bolso, por lo compacta, poco perecedera y porque no se aplasta en el fondo convirtiéndose en un pegote irreconocible, son las barras de cereales. Cuando llegué a Canadá, la moda aún no se había extendido a España, pero aquí era la fiebre de la super-nutrición-en-barra. Barras de granola, barras de fruta deshidratada, barras de proteínas. Y cuando uno mira los ingredientes de cerca, se da cuenta de que la mayoría de las marcas más populares contienen sobre todo un ingrediente: azúcar. O sirope de glucosa, sirope de maíz o fructosa, todos ellos igual de poco saludables que la buena y vieja azúcar. A eso le añades unos cuantos cereales rancios, aceite de palma hidrogenado, lo bañas de una capita de chocolate malo, y voilà!. Mierda en barra. Perdón. "Barra energética", lo llaman por aquí. Que la mayoría de las bienintencionadas madres meten en los almuerzos escolares de sus hijos pensando que es alimento, cuando equivale a un KitKat. Pero sin el placer culpable.

Si eres un poco exigente y quieres algo bueno (con frutos secos y nueces, sin azúcares refinados, con miel, con cereales integrales...) te dejas una pasta. Así que hoy os propongo una receta clasiquísima en Quebec, de las de la abuela, en versión -muy- ligeramente remozada, de un postre que también puede servir de merienda energética para los chavales (y no tan chavales), muy rico y nutritivo. Una buena solución para la "bolsa marrón". Y se hace en menos de lo que tardas en decir "barras energéticas".
Otra receta con avena. Ultimamente mi médica no para de cantarme las alabanzas de la avena y sus efectos anticolesterol, así que ando comiéndola cual caballo percherón. Ahí va:


BARRAS DILIGENTES DE DATILES / CARRÉS AUX DATTES

Ingredientes para el relleno:

- 500 gr. o 4 tazas de dátiles, cortados por la mitad y deshuesados

- 1 taza (o más, depende de lo frescos que estén los dátiles) de agua caliente

- 1 cucharada sopera de zumo de naranja

- 1 cucharada sopera de Maizena

- 1 cucharada de té de extracto de vainilla

- 1 pizca de clavo molido (esto es mi toque personal)

Ingredientes para la masa

- 1 taza y media de harina integral

- 1 taza y media de avena

- 1/2 taza de azúcar moreno (o miel, o sirope de arce)

- 1/2 taza de mantequilla, margarina o aceite vegetal ( no de oliva, algo de sabor más neutro)

- 1 cucharada de té de bicarbonato

- 1/2 cucharada de té de sal

Preparación

En un cazo a fuego medio, mezclar los dátiles con el zumo, la vainilla y el agua (previamente calentada en un cazo aparte). En una taza aparte, disolver la cucharada de Maizena con un poco del agua caliente y mezclar con el resto. Revolver bien y vigilar para que no se pegue (añadir más agua caliente si es necesario), hasta que los dátiles hayan absorbido el líquido y se hayan ablandado. Como la cantidad de agua es variable, el resultado debe ser un puré bastante espeso. Retirar del fuego y pasar un poco por la batidora, si os gusta un relleno de aspecto uniforme. Si lo preferís chunky, dejar enfriar tal cual.

Precalentar el horno a 190 º. En un gran bol mezclar los ingredientes secos: la harina, el azúcar, la avena, la sal y el bicarbonato. Añadir la mantequilla en pedacitos pequeños y mezclar un poco con los dedos . La mezcla será seca y muy grumosa, no os esperéis una masa de bizcocho.

Cubrir el fondo de una fuente de horno rectangular -previamente engrasada- de la mitad de la mezcla para la masa, apretándola un poco con las palmas de las manos. Verter uniformemente el relleno de dátiles y extenderlo, alisándolo bien. Echar por encima el resto de la masa, distribuírla de forma uniforme y apretar ligeramente. Al horno, ¡hop!, 30-35 minutos, hasta que se dore un poco.

Esperar a que se enfríe para cortar en cuadrados -¡o barras!-, de lo contrario el relleno aún estará blando y se os desmigará todo, como me pasó a mí en estas fotos. Una excusa estupenda para comerse todos los pedazos cortados. Si aún frío os queda un poco blandito, añadid menos agua la próxima vez.

Por cierto, con dátiles también pueden hacerse otras cosas muy ricas.