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viernes, 20 de noviembre de 2009

Sopa de cebada / Soupe à l'orge


Termino el oscuro mes de noviembre y esta especie de monográfico de recetas otoñales de las últimas semanas con un poco más de optimismo y una receta reconfortante y muy clásica en la cocina quebequesa: la sopa de cebada. Especialmente recomendada para los que nunca han probado este cereal en otra versión que fermentado y embotellado (o en una caña), esta sopa, doméstica y humilde, viene muy bien para aprovechar todos esos "fondos de cajón" del frigo con los que no sabéis muy bien qué hacer. Y tiene la ventaja de no provocar tripa cervecera.

En mi versión utilicé un poco de tomillo fresco y perejil, como únicas hierbas. Y aproveché un apionabo, un poco de calabaza y unas chirivías de mi última visita al mercado. Las légumes-racines (raíces, como el nabo o la zanahoria) son muy típicas en este tipo de plato.

No os dejéis engañar por sus aires modestos: está llena de texturas sorprendentes y sabores complejos. Y sabe a patrimonio, a otra época, cuando uno se apoyaba en el arado o el azadón y se enjugaba la frente con la manga antes de sentarse a comer un cuenco.

Desde que busco dónde instalarme en el campo, estoy de un agrícola-petardo terrible. Tengo que vigilarme, o voy a terminar tomando cursos de alfarería, tejiéndome yo misma el lino de mis blusas y comprándome un arma. Se empieza por cultivar todo orgánico, y se termina por unirse a un grupo milenarista apocalíptico de ultraderecha, llenando el sótano de conservas y aprendiendo a disparar, os lo digo yo.

Creo que necesito un paseo por el centro ya mismo. Consumo desenfrenado, librerías, escaparates, gente estresada y Starbucks. También necesito terminar la tesina, de la que me quedan apenas seis páginas. Por mi salud mental y la de todos los seres vivos (felinos y humanos) que comparten la barraca montrealesa conmigo. Este sprint final académico hace que esté muy agreste y primigenia, muy para-qué-peinarme-o-ni-siquiera-lavarme-el-pelo-total-no-salgo-a-la-calle. Sospecho que huelo mal. Y es que tanto terruño, tanto campo ancestral y tanta vuelta a las cosas sencillas no pueden ser buenos.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Solanáceas solsticiales rellenas (Pimientos rellenos muy otoñales, vaya)

Llegados a esta época en la que el otoño está en pleno ocaso, en la que mis ánimos declinan tan rápido como el sol, todo lo que me apetece publicar tiene un fondillo negro, y contiene las palabras "crepúsculo", "ocaso", "declive", "decadencia", o sinónimas. Noviembre siempre me produce ese efecto: me haría cookies salpicadas de antidepresivos y chocolate. (¿Existirán las pepitas de Zoloft ? ¿Prozac, chocolate blanco y nueces de pecán?)

No es tanto mi sentido del humor el que mengua (¿veis? "menguar" es otro de esos verbos deprimentes), creo que es mi serotonina. Durante un mes, en el que las noches son bastante más largas que los días, mis orígenes de país del sur de Europa se me echan encima, y me recuerdan que nadie está hecho para vivir bajo cero y con menos de diez horas diarias de luz. Tanta noche provoca unas ganas de dormir continuas, una falta de energía notoria y unas ganas de suicidarse de una sobredosis de hidratos de carbono. Nunca la pasta, la fritura y el chocolate ejercieron tanta presión maligna sobre mi férrea voluntad de no llegar a los 250 kilos. Todos al mismo tiempo, proclamo. (Me pregunto si unos espaguetis acompañados de patatas fritas con salsa de chocolate fundido por encima estarán ricos...). Nunca me costó tanto extraerme del pijama de franela. Nunca la mantita en la tripa en el sofá de cuadros me pareció tan atractiva. Nunca mis dos gatos me dieron tanta envidia, con sus dieciséis horas diarias de siesta.
Tengo que acordarme de no mudarme a Nunavut. Ni a Groenlandia.

Saquemos fuerzas de flaqueza, despojémonos de la bata de ositos, cambiemos las oscuras y vagamente siniestras imágenes de pinturas de Arcimboldo por mis acostumbrados collages du marché, y cocinemos algo con los restos de la cosecha quebequesa. Antes de que caigan esas nevadas bestiales y de que empecemos a pagar fortunas por verduras que nos vienen por avión de Chile, en business class. Tomando martinis, a juzgar por los precios.


Los pimientos rellenos de carne parecen ser un plato familiar de lo más entrañable en Quebec. La receta clásica se prepara con ternera, pero esta vez hice una versión vegetariana, con esa soja texturizada que imita tan mal a la carne -pero que a mí, personalmente, me gusta- y que aquí lleva un nombre divertido: "sans viande hachée" ("sin carne picada").

Esa soja que detesta monsieur M., que descubre demasiado tarde, cuando ya está masticando, y que le hace amenazarme con un "mañana me zampo una hamburguesa", e insultarme de forma soterrada: "vegenazi". Y que hace que yo me encoja de hombros diciendo: "Son tus arterias, chacho". Mi observación subsiguiente sobre lo difícil que resulta verse el pene cuando uno tiene una tripa considerable también parece surtir efecto. Monsieur M. dista mucho de ser un machista o un falócrata, pero creo que aprecia en su justa medida poder vislumbrar aún todas las partes de su nórdica anatomía. Así que se come la soja y se calla, sin más comentarios.

Siempre me ha gustado bautizar las recetas con nombres aliterativos, pero últimamente soy consciente de que me estoy sobrando. Padezco de inflamación del título, y ni siquiera me lo estoy mirando. Os pido mil perdones. Pero al fin y al cabo, lo importante en este blog es que YO me lo pase bien :-).
La receta, inspirada en los estudios de mi bioquímico preferido, Béliveau, aquí. (Por supuesto, la trastée un poco: en lugar de miga de pan, utilicé arroz integral para ligar el relleno, que me parece que le da una textura más interesante. Y el ajo, sin medida, como siempre.)
También podéis ver los videos del programa, bastante simpáticos, si sois capaces de relajaros y haceros a la idea de que el francés quebequés no suena igual que el de Francia y de que no entenderéis todo a la primera. Si queréis hacer una versión vegetariana como la mía, simplemente remplazar la carne de la receta por soja, seitán, quinoa con nueces o cualquier otra cosa que os apetezca y que irrite a vuestro consorte (estoy segura de que con un pescado azul o con lentejas, también estarán ricos).

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Crema crepuscular de coliflor y cúrcuma (con queso azul y relish de peras y dátiles)

Noviembre en Quebec es el mes crepuscular, el mes en sepia, en blanco y negro. Una vez terminado el esplendor de octubre, todo lo que nos queda tras la caída de las hojas son unos bosques monocromos, con las ramas desnudas recortándose contra el cielo frío de un gris de plomo. La ausencia súbita de color tras la explosión otoñal es desconcertante. Como un crepúsculo que dura semanas.

Los días son cortos y las noches largas y bajo cero. A la caída del sol, los quebequeses aceleran el paso, con prisa por llegar a una casa que les ofrezca el poco de calor y luz dorada que la naturaleza les niega por el momento. Es el mes en el que nos sentimos cansados y ligeramente descorazonados, un mes hecho adrede para que nos entren deseos de ver caer la nieve, lo que sea que aporte un poco de luz. Es un mes propicio para comer sopa.


La sopa de hoy, una crema muy poderosa de coliflor y cúrcuma con queso azul y un relish casero de pera y dátiles como acompañamiento, es una sopa de otoño tardío, sustanciosa y llena de sabor, perfecta para afrontar este mes oscuro.

Para prepararla utilicé una coliflor amarilla (en Quebec se encuentran de varios colores), pero se puede preparar perfectamente con una blanca. Para el acompañamiento, utilicé un par de peras bien maduritas y un queso estilo Cambozola, a falta de queso azul. Aunque yo personalmente recomendaría un queso azul fuerte, tipo Stilton, Roquefort o Cabrales. En mi caso, tuve que apañarme con lo que había por la nevera.

La receta, ésta, forma parte de este libro, una de mis últimas adquisiciones, un libro muy majete que dona los beneficios de la venta para una buena causa. Ha sido adaptada muy, pero que muy, libremente: como hierbas aromáticas utilicé, además del tomillo, un poco de romero y un poco de salvia, y un queso diferente, como ya he comentado arriba. Añadí cúrcuma, una especia muy amarga pero que contrarresta estupendamente el sabor dulce de la coliflor. Curiosamente, a pesar de su gran poder colorante y del color amarillo de la coliflor, la crema terminó siendo ligeramente verdosa, probablemente por el queso fundido.

Mucha gente utiliza indistintamente los términos relish y chutney. Sin embargo, hay una diferencia entre los dos. En mi versión también modifiqué un poco el relish (que no chutney :-): sólo utilicé peras, sustituí las manzanas por dátiles, el azúcar por miel y como no tenía sidra, me animé con un chorrito de calvados, que, a fin de cuentas, también ha sido sidra en un momento de su existencia. Me reprimí para no añadir unas pocas nueces picadas, pero la próxima vez lo haré.

El resultado fue jaleado con "mmhs", "yumyums", "aahhs" y otros suspiros diversos de satisfacción y calorcillo en la tripilla. C'était très bon. Sedoso, cremoso, suave, dulce, pero con un punto de vigor del queso azul. Los sabores de pera y dátil se mezclan con el de la coliflor y esta crema sabe y huele a otoño, a fuego en la chimenea, a crujido de hojas secas y a tierra mojada.

Pero no quiero llevarme todo el mérito: la idea para el soberbio relish de acompañamiento la tuvo Olivier, del bistro de Three Pines, ese pueblo mítico de esa serie mítica de novela negra quebequesa. A ver quién puede resistirse a cocinar, leyendo cómo el inspector Gamache, de la Sûreté du Québec, desenmascara asesinos a golpe de baguette con queso de cabra y salmón ahumado, cremitas de guisantes tiernos y menta, y de sopas como ésta.

Un buen remedio contra esas ganas que me entran en noviembre de enpijamarme e irme a dormir hasta las navidades.

sábado, 10 de octubre de 2009

Acción de gracias: crema de calabaza y manzanas al curry

Este lunes es la Acción de Gracias canadiense, lo que hace que tengamos uno de esos raros - en este país- fines de semana de tres días. Y bien, otro año más celebrando en este país la abundancia de la cosecha antes del invierno. Con todo lo que nos ha traído. Un mes antes del Thanksgiving americano, porque aquí el invierno también llega antes.

Para celebrar tanta abundancia, y para celebrar el entusiasmo otoñal de monsieur M. que se presenta en casa con cestos y cestos de manzanas hasta que se nos salen por las orejas (apples are the new zucchinis, y los que me leen desde hace tiempo saben de qué hablo :-), nada mejor que una versión nueva de mi clásica crema de calabaza: una crema de calabaza acorn, bautizada así en inglés porque su forma recuerda un poco a la de una bellota, con curry y manzanas. Y es que no se puede hacer tartas pecaminosas continuamente.
La receta, inspirada en ésta de aquí, con ligeros cambios: el tipo de calabaza, su cocción (está asada previamente en el horno con un poco de sal, pimienta y aceite de oliva, cortada en dos y tapada con papel de aluminio, de esta manera, no hay que pelarla, sino rascar la pulpa con una cuchara), en lugar de zumo de manzana he utilizado caldo de verduras, y el curry lo prefiero en pasta que en polvo. Unas cuantas pipas de calabaza tostaditas por encima y ya sólo queda saborear el otoño a grandes cucharadas.

miércoles, 17 de junio de 2009

Compota de ruibarbo con fresas


El ruibarbo, esa verdura tan especial que se utiliza como una fruta, está especialmente rico si se combina con fresas. Su sabor ácido y astringente, que encaja la mandíbula de algunos, se suaviza mucho cuando se acompaña con fresas, y el punto de jengibre fresco que lleva esta receta es como el lazo que da el toque final al paquete.

Esta compota de ruibarbo con fresas es un clásico norteamericano, y aunque se puede untar en las tostadas como una mermelada -un poco líquida-, como mejor está es servida aún tibia sobre una bola de helado de vainilla. En el patio.


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INGREDIENTES:

- 3 tazas de ruibarbo cortado en pedazos, fresco o congelado
- 2 tazas de fresas cortadas en cuartos
- 1 taza y media (o 2, si sois muy golosos) de azúcar
- 1 cucharada de té de esencia de vainilla
- 1 punta (del tamaño de un dedo de chica :-) de jengibre fresco


Se ponen en un bol grande o ensaladera los pedazos de ruibarbo, se riegan con la vainilla y se espolvorean con la mitad del azúcar, mezclando todo bien a continuación. En otro bol, se hace lo mismo con las fresas y el resto del azúcar. Dejar reposar la fruta alrededor de una hora, revolviendo de vez en cuando, soltará jugo.

Se pela y se ralla el pedazo de jengibre fresco, y se estruja bien encima de un colador. Se reserva el jugo.

Poner a fuego medio el ruibarbo y todo el líquido que habrá soltado, llevar a ebullición y cocer, removiendo frecuentemente, durante unos cinco minutos. Añadir las fresas y el jugo del jengibre y seguir cociendo y removiendo a menudo hasta obtener el espesor deseado (una media hora).

Se reprime una para no comérselo todo a grandes cucharones frenéticos y dejar algo para el postre.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Oriente es oriente: Aloo Gobi Masala (Curry de coliflor)


Cuando se empieza estar cansado de estar encadenado al ordenador cual preso a su bola con grillete, nada como compensar esa carencia en picante de la vida con un buen plato bien especiado, picantito y humeante, en este caso, un curry. Y una buena comedia británica.

La culpa de que yo coma estas cosas es de mis amigas mexicanas, de Ed, más concretamente. Y no porque ella haya intentado convertirme a las virtudes del curry (cuando uno vive en la muy Gran Bretaña acaba adoptando la comida india, una de las pocas cosas positivas del colonialismo), sino porque yo antes de conocerla era una persona de fuerte carácter y estómago frágil, y no me atrevía con el picante. Pero Ed me cocinó unas típicas flautas verdes con salsa casera, y viéndola picar chiles como una posesa me sentí incapaz de hacerle un feo, y probé el platillo en cuestión.

Cuando vi que no sólo no necesitaba correr a buscar un extintor, sino que estaba muy bueno, y que no me produjo ninguna indigestión fulminante, un nuevo mundo de posibilidades llameantes se abrió a mis papilas. Resultado, la cocina en esta casa is flaming hot now, babe. Al menos de vez en cuando. Mi carácter sigue siendo bastante inflamable y mi estómago frágil, pero ambos parecen encajar fácilmente Tabascos (una herejía sintética, segun mis amigas) y jalapeños, chipotles y habaneros.


Este curry vegetariano de coliflor, o gobi masala, (aloo gobi masala en su versión paquistaní) es una variación personal de esta receta. Los cambios que hice a la receta original: a la coliflor le añadí unos cubos de calabaza (muchos currys que he probado mezclan batata, boniato, patatas o calabaza con la coliflor). Una cosa que no menciona la receta es que hay que cocer de antemano ambas verduras, al dente, para que no se deshagan cuando las mezclemos con la salsa (la coliflor al vapor y la calabaza al horno, en mi caso, aunque ambas se pueden hacer al horno, para que conserven una textura más firme). En lugar de guindilla en polvo utilicé medio jalapeño bien picadito (en Montreal es bastante fácil encontrar chiles mexicanos, aunque una guindilla corriente puede servir perfectamente) y añadí un poco de cayena en polvo y jengibre rallado, para echar más leña al fuego.

Como no tenía tiempo para hacerme mi propio curry, ni semillas de amapola ni anacardos, un par de cucharadas de pasta de curry Patak hacen maravillas, pasta que reforcé con cúrcuma, comino (en polvo y entero) y curry en polvo. Si no encontráis la pasta, el curry en polvo resulta bien.

El acompañamiento: unas alubias (eran unos restos, las lentejas o garbanzos también pueden acompañar este curry), y un puré de espinacas en el que calenté un poco de paneer (comprado), para darle el toque proteínico a la cosa.

El acompañamiento cinéfilo: la comedia de tema muy intercultural (a Noema probablemente le gustará) "Oriente es Oriente", "East is East" en inglés, "Fish & Chips" en... francés ;-). En la que se cuenta con mucho humor uno de los problemas de base que dificultan la adaptación de cualquier inmigrante (y de sus hijos), en este caso, el de un inmigrante paquistaní: uno puede sacar al hombre de Pakistán, pero no es fácil sacar a Pakistán del hombre.

lunes, 9 de marzo de 2009

Festival del calabacín III: The Return of the Zucchini

Los calabacines han sido un ingrediente del que nos hemos tomado un largo descanso en esta casa, especialmente desde el Infausto Incidente con los Calabacines. Pero bueno, en esta barraquita montrealesa todo termina si no por olvidarse, al menos por perdonarse, y monsieur M. ya empieza a ser capaz de ver de nuevo un plato compuesto de esta cucurbitácea sin que se le extravíe la mirada y le den vahídos.

En cocina yo funciono mucho por lo que veo por el mercado, soy incapaz de planificar nada de antemano, por eso a veces he tenido esos problemillas de gestión del excedente de calabacines, problemillas que me han permitido pasar gratos momentos buscando recetas en internet. Ajem.

Hoy os voy a dar una recetilla cuyo origen ya no recuerdo (tengo una vaga imagen de un periódico gratuito en el metro..., aunque creo que la reformé un poco y se convirtió en un clásico), una receta sustanciosa y nutritiva de una crema invernal de calabacín.
En Quebec, la comida del mediodía es más ligera que la cena, y con la de meses de invierno que nos chupamos por estas latitudes, una sopa bien alimenticia forma parte casi obligada del almuerzo. Normalmente se acompaña de pan con mantequilla, crackers o scones salados, y a la sopa la sucede un sandwich.

Crema invernal (sí, todavía) de calabacines

- 1 kilo (creo) de calabacines. En cualquier caso, una bolsa de súper bien llena, (¿unos 7, 8? A ver, los que están poniendo mala cara por mi falta de precisión: que no soy Martha, leñe).

- Caldito de pollo o de verduras. O de algo que sepa a algo más que a agua.

- Un bote de unos 500ml. de alubias (o judías, es que me sale la vasquitud) blancas cocidas.

- 2 cabezas de ajo (hermosotas, yo es que con el ajo soy un poco desenfrenada).

- Perejil o cilantro fresco para servir.

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Se corta la parte superior de las cabezas de ajo, y se meten a asar a horno medio (unos 180º), en chemise (con la piel). Cuando la cocina empieza a oler maravillosamente y se pueden pinchar con un tenedor, están hechas.

Cubrir el fondo de una cazuela de aceite de oliva, calentarlo, apretar con los dedos las cabezas de ajo para extraer todo el contenido y sofreír un poco en el aceite junto con los calabacines (sí, mon bigfoot chéri, otra vez calabacines) cortados en pedazos. Cuando se han dorado un poquito, añadir las alubias (si son de lata, pasarlas previamente por el grifo para eliminar el sabor a metal), dar un par de vueltas a todo y cubrir con el caldo.

Añadir la sal y un poco de pimienta blanca y cocer a fuego medio hasta que los calabacines estén hechos. Pasar por la batidora y servir con un poco de cilantro fresco. Otras guarniciones interesantes son un crujiente de jamón (próximamente en sus pantallas), o un poco de queso parmesano cortado en finas laminitas. Lo untuoso de esta crema con el sabrosísimo fondo de ajo hará que nadie se crea lo poco que os ha costado cocinarla. Interesante forma de camuflar las alubias, si tenéis melindrosos en la familia que les hacen ascos a las legumbres.

martes, 24 de febrero de 2009

Jugo... que te quiero verde


No sé si éste es el secreto de que en los últimos inviernos no haya atrapado apenas los virus que andan sueltos por el metro, pero os propongo la receta porque además de saludable me parece fresca y con un sabor contundente, como me gustan los zumos.
La oí por la tele en mi programa marujo preferido, uno de esos programas que hace que te broten espontáneamente unos rulos y una redecilla en la cabeza (y parece que no soy la única que lo ve), a un médico que afirmaba que este jugo está atiborrado de todos los antioxidantes y vitamina C necesarios para ser feliz. En mi caso, no aspiraba a tanto, sólo a encontrar algo que me ayudara un poco a salir de esa fatiga crónica que me entra a mediados del invierno. Este zumo se ha convertido en una bebida habitual en esta casa, principalmente porque me he aficionado al sabor. No creo que entusiasme a los no aficionados a las verduras, aunque probablemente sean los que más lo necesiten.

Como sé que algunos de vosotros lo pasáis mal a la llegada de la primavera (aunque no siento demasiada empatía por los asténicos primaverales, aquí aún andamos paleando nieve y estamos como locos porque llegue ya, la primavera), intentaré simpatizar con vuestras dificultades en el cambio de estación, y echaros una manita supervitaminada y mineralizada.


Ingredientes para el jugo verde (receta adaptada de la receta del dr. Oz, qué nombre genial):

(No doy cantidades exactas de algunos ingredientes porque depende de vuestros gustos, pero ahí va la idea general)

- Espinacas (o acelgas). Al gusto. Cuantas más echéis, más sabrá "a pasto". Oprah añade apio, personalmente encuentro un poco amargo la combinación de los dos, junto con el perejil. O utilizo apio, o espinacas, pero no los mezclo.

- Perejil (lleno de vitamina C, y muy bueno para los que andan cansados)

- Pepinos (yo echo dos gorditos, pelados)

- 1 manzana (su dulzor contrarresta lo amargo de la verdura)

- El zumo de 1 limón (yo pelo la piel amarilla, y lo echo tal cual a la licuadora, viva la fibra)

- Jengibre fresco (depende de lo picante que queráis que os salga la mezcla)


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Lanzar todo esto a la licuadora, saldrá un mejunje terriblemente verde. Echarle arrestos y probarlo. Veréis que su sabor supera a su aspecto.

Yo lo aprovecho para brindar por el Oscar de Kate Winslet, una actriz que me encanta y que ha protagonizado este año dos buenas películas en las que me parece que está sensacional: "The reader" y "Revolutionary Road" (la novela en la que está basada también merece la pena ser leída).

Para mis lectores con más orgullo patrio: no, no se me olvida Penélope, que no me parece una mala actriz, pero en "Vicky, Cristina, Barcelona" me pareció una mala caricatura de Anna Magnani. Aunque quizá haya que echarle una parte de la culpa a Woody, mal que me pese. Personalmente, me gusta más Kate, su estilo es un poco más comedido. Y bueno, los Oscar son eso, show business. Yo los veo desde siempre porque soy una cinemaníaca, y porque son algo así como el Superbowl del cine y de los trajes de noche. Pero como garantía de calidad me fio más de Sundance, o de Cannes.

Pues eso. Salud, Kate.

martes, 10 de febrero de 2009

"La vie en rose": Crema de remolacha


Los pacientes lectores que siguen este blog ya saben probablemente el cariño que les tengo a las sopas, cremas y otros líquidos reconfortantes. Hace tiempo que tengo en mente mostraros esta receta, pero es tan simple que no me decidía a publicarla. De cualquier modo, como quiera que el ingrediente en esta crema me parece más bien insólito, y que últimamente me he puesto monotemática in pink (debe de ser el mes de febrero), ahí va: una crema de remolacha.

Mi asombro ante el hecho de utilizar remolachas en una receta caliente demuestra lo limitado de mis horizontes culinarios cuando aterricé en Quebec por primera vez: sólo había probado la remolacha en ensaladas. Ni siquiera un triste borscht.

De un color espectacular, esta crema simplísima se prepara de la misma manera que esta otra. Se puede comer escuchando algo apropiado.

viernes, 23 de enero de 2009

Mulligatawny vegetariano

En las semanas que suceden a las navidades, normalmente a ningún ser humano normalmente constituído le apetecen enormes comilonas. A nadie, salvo a mi bigfoot de marido, cuyo tamaño viene probablemente de una herencia genética plantígrada, que hace que se ponga a soñar con pollo a la barbacoa tres horas después de la comilona de Nochebuena. Y a mí, cuando la temperatura baja de los veinte bajo cero en Montreal, me dan ataques de glucidomanía, y paso por una fase alucinatoria en la que sueño con enormes platos de pasta chorreantes de queso fundido, patatas fritas y chocolate, chocolate, chocolate. Exit, Atkins, bonjour, hidratos de carbono. En cantidades industriales.

El resto de la humanidad, especialmente la humanidad femenina, que se empeña en medir su valía como ser humano por la pequeñez de la talla en la que es capaz de entrar (mira que somos mentecatas), por estas fechas quiere alimentarse sólo de verduritas. De redimidoras, salvadoras y poco grasas verduritas.

Sea, pues. Declaro enero mes de la verdurita redentora, y os propongo una receta que, además de calentar estómagos y cuerpos transidos por el frío invernal, es muy nutritiva, como todas las recetas con legumbres, pero a diferencia de otras recetas con legumbres, es también fresca y nada pesada. Y tiene esa nota de exotismo perfumado que nos hace variar un poco de nuestros habituales pucheros. Not your mamma's beans.

Espero compensar así los efectos engordantes de esos nocivos (pero, oh, cuán gozosos) macarrones con queso, por los que alguna que otra fiel lectora acusó a este blog de ser pernicioso y dañino para la silueta. En mi defensa diré que la silueta no existe en Quebec entre noviembre y abril, y claro, a veces se me olvida que muchos de mis lectores van a exhibir sus carnes en pantalones cortos mientras yo aún llevaré ropa interior larga.

El mulligatawny es a la cocina anglo-india lo que la sopita de pollo con fideos a la cocina de mamá: una tradición reconfortante, de la que existen tantas recetas como mamás diferentes. Normalmente se incluye en la receta pollo, u otra carne, pero la primera vez que oí la receta fue en su versión vegetariana, y se ha mantenido como mi favorita.

Normalmente insisto en aclarar que no soy una cocinera creativa y que no invento ninguna de mis recetas (si acaso, las adapto un poco a mis gustos o a mi nivel elevado de colesterol), pero esta vez tengo que aclarar que existen tantas recetas diferentes de esta sopa, que he terminado por mezclarlas y refinarlas hasta obtener la mía propia, y está bastante rica.

Ahí va:

MULLIGATAWNY VEGETARIANO

(para 4 personas, más o menos, pero yo y las cantidades... bof)



Ingredientes

- 1 cebolla pequeña picadita

- 4 dientes de ajos picados finos

- medio pimiento rojo en daditos pequeños

- medio pimiento amarillo o naranja, en daditos (si no los encontráis, uno rojo entero)

- 1 tomate grande, cortado en cubos

- 1 batata, 1 boniato o una taza de calabaza pelada y cortada en cubos

- 1 zanahoria, cortada en pedacitos

- caldo de pollo al gusto (en su defecto, un cubito de caldo, pero yo prefiero el caldo en brik de Campbells, no sé si existe por allí...), de verduras si queréis que la receta sea vegetariana de verdad

- dos o tres tazas de espinacas o acelgas, cortadas en tiras no muy finas

- 1 manzana mediana, pelada y cortada en dados, regada con un chorrito de zumo de limón

- 1 taza de lentejas rojas (ver foto; las verdes también sirven, pero tardan más en cocerse y el sabor no es el mismo, las rojas son más dulces)

- zumo de medio limón

- 2 cucharadas de té de jengibre fresco, bien picadito

- 2 cucharadas de té de cilantro fresco, picadito (opcional)

- 2 cucharadas de té (o 3, si os gusta bien especiado y no es muy picante) de pasta de curry (ver foto) , o de curry en polvo

- 1 cucharada de té de comino molido

- 1 cucharada de té de cúrcuma

- sal y pimienta al gusto

-yogur natural no azucarado para servir, o un chorrito de leche de coco (opcional)

(Estos ingredientes son para hacer el mulligatawny "a la Arantza", pero podéis variar en función de lo que tengáis por el frigo: berenjenas, puerro en lugar de cebolla...).

Preparación

En un fondo de aceite (de oliva vale perfectamente, el plato es tan especiado y perfumado que no se notará al final), hacer el ajo y la cebolla picados. Cuando estén transparentes, añadir el pimiento y dejar ablandar. Añadir las especias y el jengibre, bajando un poco el fuego, y procurar remover a menudo para que no se peguen. Añadir la zanahoria, la batata, boniato o calabaza, y saltear con el resto. Añadir el tomate y hacer un poco. Por último, incorporar la manzana. Echar las lentejas, revolver todo bien para que se impregne de especias, y verter el caldo (yo lo echo frío), la cantidad depende de vuestro gusto, si preferís un sopa espesa, como un potaje, o más caldosa. Las lentejas rojas tienden a absorber el caldo y a continuar hinchándose después de la cocción, así que hay que prever un poco más de caldo para evitar que el plato se os quede "seco".

Cuando el caldo comience a hervir, echar las acelgas o espinacas, el cilantro (personalmente, no me gustan las verduras de "hoja verde" demasiado "muertas", por eso las incorporo siempre hacia el final de la cocción), y dos cucharadas soperas de zumo de limón. Dejar cocer a fuego lento. El plato está listo cuando las lentejas, la zanahoria y la calabaza están hechas.

Servir con una cucharada de yogur por encima, o sobre un poco de arroz blanco si es plato único, y un disco de Ravi Shankar de fondo si queréis la experiencia sensorial completa . Antes de probar la primera cucharada, husmear el humillo fragante que despide.

jueves, 8 de enero de 2009

Thin thighs in thirty years: Crema de apio y manzana


Se terminaron las fiestas. De vuelta al trabajo, con el resto del crudo invierno por delante, y a nuestras espaldas, las cuentas y los kilos navideños acumulados. En mi caso, tengo en el horizonte entre tres y cuatro meses de gélido invierno canadiense , y de tesina intensiva a terminar a toda leche.

Con la maldita crisis que todos los telediarios se apresuran a recordarnos cada cinco minutos, la cuesta de enero nunca ha parecido más empinada. No pretendo deprimiros, pero si pensáis que la cosa está negra, no sabéis hasta qué punto puede estarlo aquí, en Quebec.

Porque encima de los centímetros añadidos a nuestras ya macizillas pistoleras, y de los gastos despendolados durante las fiestas, en Quebec existe una maligna tradición que empieza a ser realmente popular, durante los meses de enero y febrero. Una va de compras durante las rebajas, inocentemente, despreocupada, intentando encontrar a mitad de precio ese par de botas invernales fantásticas que le hicieron tilín antes de las fiestas, y, zas, ahí están, malignos, despiadados: los trajes de baño. Los biquinis. Los tangas. Los pareos.

Ya estoy viendo vuestras expresiones interrogantes, vuestro asombro: ¿biquinis? ¿bañadores? ¿en Canadá, en invierno? Efectivamente. Biquinis, bañadores, esos perniciosos y minúsculos pedazos de lycra, concebidos para humillar a cualquier mujer, por muy cargada de doctorados que vaya por la vida. Cada invierno, una vez la magia de la Navidad, oh blanca Navidad esfumada, los quebequeses de clase media que pueden permitírselo (y son bastantes, porque el viaje desde aquí no sale muy caro), ponen pies en polvorosa (o en más bien en nieve en polvo) y huyen del invierno una o dos semanas a Cuba, a México, o a la República Dominicana.

Aunque yo no pueda permitirme la migración al Caribe (aún soy estudiante, intentando revolucionar el mundo de la lingüística), alguna vez he cometido el error de probarme una de esas viles prendas de desvestir. Nada como un probador con sólo una luz fluorescente, proyectando sombras que vestida ya te avejentan, esa luz azulada que ilumina de forma despiadada cada variz, cada nódulo celulítico, cada pelo superfluo (a ver si os creéis que en pleno invierno, a veinte bajo cero, una se pasea por Montreal perfectamente depilada, cuando la única superficie de piel que se muestra al mundo es la porción de rostro situada entre las cejas y las fosas nasales) para hacerte sentir como una morsa ensalchichonada en un bustier y braguita a juego. Intentar embutirse en un biquini en pleno enero, cuando se tiene la tez verdosa por falta de luz solar, y la grasilla invernal que nos envuelve confortablemente, es un suicidio seguro a la autoestima. Cathy sabe de lo que hablo.

Así que este enero, queridos lectores, antes de subiros a una báscula y sucumbir a un ataque de lástima por vuestro grácil talle de junco, echado a perder por tanto polvorón y tanto cochinillo asado, pensad un momentito en mí, unos grados de miseria más al norte; en mí, chillando desde el probador a la vendedora que puede irse a freír donuts, que no pienso salir del probador -sin espejo- a mirarme en el espejo exterior, para que ella me diga lo bien que me queda el biquini a lunares que me estoy probando y del que las carnes me rebosan abundantemente, ante toda la concurrencia de maridos que espera fuera de las cabinas.

Como sé que este enero más de uno intentará poner en práctica algunos buenos propósitos , tales como ir al gimnasio mínimo tres veces por semana, dejar de fumar, beber menos cervezas y hacer la dieta del pomelo u otras sandeces análogas (ya sabéis lo que pienso de las dietas milagrosas), y que las revistas en estas fechas nos agreden con titulares como "Fuera celulitis" o "Pierde esa tripita con cinco minutos de ejercicios al día", he decidido echaros una mano con una receta sana, parte de un programa de adelgazamiento que sigo desde hace tiempo, y que es mucho más llevadero: "Muslos delgados en treinta años". Este programa consiste en comer de forma razonable (permitiéndose episodios de glotonería indecente) y disfrutar de la vida, y pensar que si se está a finales de la treintena o a principios de la cuarentena, en treinta años la vejez hará que perdamos la mitad de la masa muscular y nuestros muslos parecerán mucho más delgados (un poco colgones, eso sí, pero no se puede tener todo). Y que dentro de tres décadas todos estaremos suspirando por tener el cuerpo serrano que tenemos hoy.

La recetilla de hoy, (aquí, en francés) muy rica, utiliza como ingrediente de base el apio, esa verdura tan despreciada por muchos. Podría intentar vendéroslo diciendo que es una verdura depurativa, antiinflamatoria y antioxidante, llena de vitaminas C y B6, de fibra, de potasio, de ácido fólico y que tiene efectos calmantes, con lo que ayuda a controlar la tensión arterial demasiado alta. Pero la verdad es que yo no soy capaz de comer algo que sepa a rayos aunque me repita que es antioxidante. Lo que sí puedo deciros es que en esta crema, mezclado con manzanas (sí, manzanas en una sopa), da un resultado suave y aterciopelado, pierde ese amargor que es la razón por la que a mucha gente no le gusta, y sabe fresco y delicioso, y sííí, es bajo en calorías.


Imagen del apio tomada de organicpassion.info. La sopita es mía.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Crudités et trempettes, o... la alegría del "junte"

Tras el primer empacho de las fiestas, aprovecho ese lamento que se escucha en estos momentos en muchas casas, lo de "nunca-vuelvo-a-comer/cocinar-tanto-qué-bestialidad-el-año-que-viene-cenamos-verdura-en-Nochebuena", para proponeros una bandeja de entrantes sanos, supervitaminados y mineralizados (Superratón estaría orgulloso de mí) y que dará un respiro a vuestro maltratado hígado en la cena de Nochevieja.

A todos aquellos y aquellas que han acumulado desde la niñez un cierto resentimiento hacia todas esas amonestaciones de mamá con relación a las buenas maneras, como la de "untar es de mala educación", les llenará de júbilo ignorar las maternas órdenes.

Porque hoy, ante estas soberbias y sanas recetas, untar no sólo no es de mala educación, sino que es justo y necesario -no iré hasta el extremo de decir que es nuestra salvación, pero es ciertamente nuestro deber cuando nos encontramos ante tal bandeja-. Al menos, en mi cocina.

Una de las cosas que más me gustan, como buena aficionada a las verduras, es cuando un familiar o amigo me invita a cenar, y como entrante, mientras se afana a terminar la cena, saca la tan quebequesa bandeja de crudités . También me gusta que me inviten a cenar, punto ;-). Normalmente soy yo la que suda delante de los fogones, así que cuando otra persona me releva, bendita sea.

A pesar de que este aperitivo ha sido adoptado en Quebec debido probablemente a las raíces francesas de los quebequeses, la versión que se prepara aquí es más norteamericana: se cortan las verduras crudas y se sirven con diferentes salsas (trempettes o dips) para untar. Mucha gente usa este aperitivo como forma de aficionar a las verduras a los niños recalcitrantes a los que no les gustan. Personalmente, prefiero el estilo más clásico de la rústica pero educativa colleja en la nuca, o las amenazas traumatizantes del estilo "cómete las acelgas o te arranco la cabeza y la lanzo por la ventana".

Esta bandeja es obra de la cocina montrealesa, aprovechando que estamos en fiestas y que poner algunas verduras en la mesa, entre tanto cava, entremés, foie gras y otros peligros para la curva abdominal, no está de más.

Las verduras que contiene son: pimiento (de cuatro colores: rojo, verde, naranja y amarillo), pepinos libaneses (una variedad miniatura, con piel muy fina y muy tierna), calabacín, rábanos y zanahorias.

Si queréis preparar una cena completa con antelación para poder pasar la velada charlando a la mesa con los amigos, podéis añadir unos tacos de queso, frutos secos, patés (o patés vegetarianos) y panes o crackers variados, salmón ahumado, y tenéis una cena sencilla en la que cada uno se sirve lo que quiere.

Propongo tres recetas de salsas para untar: la raïta, el hummus y la salsa de pimientos. Lo importante es que las salsas sean de texturas y colores diferentes, para que el conjunto sea más vistoso.

-La receta de raïta de pepino es muy fácil, hay tantas versiones de esta salsa india como personas que la preparan. A la base, yogur, pepino rallado y comino. También podéis hacer una variación y preparar tzatziki griego, igual de fresco y delicioso.

-El hummus, fácil de hacer y nutritivo, es una receta aún más sencilla de preparar cuando tomáis uno de esos atajos don't make it, fake it, que a mí tanto me gustan: un bote de garbanzos cocidos, tahini, ajo, aceite de oliva, limón y sal. Un par de minutos de batidora, y... voilà!

-La tercera salsa, la de pimientos asados, también tiene su versión "impostora" (Falsarius estaría orgulloso de mí): un bote -los prefiero a las latas- de pimientos rojos asados, otro de alubias blancas cocidas, aceite de oliva, zumo de limón, sal. Ya sabéis lo alérgica que soy a las medidas, la única recomendación que os daré es echar a partes iguales pimientos y alubias, aunque depende del color y del sabor que os guste. Otras versiones posibles: remplazar las alubias por queso feta, por un huevo duro... aunque ya no sería una salsa vegana, sino vegetariana. A mí personalmente me importa un pimiento, nunca mejor dicho, pero sé que los veganos son bastante estrictos, así que el que avisa no es traidor. Es más bien lacto-ovo-vegetariano.

No sólo es un plato agradable a la vista, es también una bandeja de salud -nunca comemos suficientes vegetales crudos, para poder aprovechar realmente todas sus vitaminas-. También viene bien como "engañestómagos" si tenéis mucha hambre y no queréis poneros ciegos a picar guarradas mientras esperáis que el plato principal llegue a la tan llena de tentaciones mesa navideña.

Y si os sobran pepinos, os cortáis un par de rodajas y os las echáis a los párpados cuando los invitados se hayan largado. Este truco no rejuvenece, pero es una excusa excelente para no fregar los platos. Es muy difícil fregar con rodajas de pepino en los ojos.

miércoles, 22 de octubre de 2008

HEMC 26 : Crema terrorífica de... (me temo que sí) calabaza

La contribución para este Hecho en mi Cocina especial cocina para diabéticos es bastante simple, pero muy saludable. Las personas que padecen este problema no sólo deben eliminar el consumo de azúcar y vigilar los glúcidos, sino que también tienen que tener cuidado con las grasas. Si bien la calabaza tiene un índice glucémico bastante elevado (75, para ser exactos) debido a los azúcares naturales que contiene, asociada al aceite de oliva y cocinada sin grasas saturadas -como en esta receta- presenta muchas ventajas que hay que aprovechar, entre otras un gran contenido en caroteno.
Mi amigo T. me enseñó, hace ya muchos años, a preparar la primera receta salada de mi vida, la crema de calabaza. Hasta entonces, lo único que sabía cocinar eran postres, sobre todo tartas y galletas, no por nada siguen siendo mi especialidad, es en lo que tengo más años de experiencia. La receta de crema de calabaza que me enseñó, sigue siendo la base de todas mis cremas de verduras. Es sumamente fácil, muy versátil, y sirve para aprovechar todas esas verduras con las que ya no se sabe muy bien qué hacer. Y aquí, en Canadá, cuando llega el frío, las sopas y cremas son más que bienvenidas.

La receta consiste básicamente en pochar cebolla picada en un poco de aceite de oliva, hasta que se ponga transparente, y añadir una patata cortada en cubos, más la verdura que se desee. En este caso, dos tipos de calabazas diferentes: la buttercup (aquí, a la derecha), de un naranja profundo increíble (las fotos no están retocadas), y la butternut, (arriba, a la izquierda), más dulce y harinosa.


Sé que estoy pelín monotemática con este ingrediente, pero es que me gusta usar productos de temporada. Y no sabéis lo que soy capaz de hacer con calabacines.

Para esta crema, añadí pimienta, un poco de nuez moscada y bastante cúrcuma, que potencia el color, y, aunque sea más bien amarga, contrarresta muy bien el dulzor excesivo de la butternut, además de tener propiedades anticancerígenas. Un chorrito de nata vegetal de soja al final (sustituyendo a la nata líquida tradicional, para eliminar las grasas "malvadas"), y servir con un cucharada de crema agria baja en grasa o yogur natural desnatado. Terroríficamente buena.

T. estará orgulloso de mí.

miércoles, 20 de agosto de 2008

HEMC 25: Bruschetta au soleil

Muchas de mis recetas contienen tomates en todas sus formas y manifestaciones, porque siento por esta verdura (...fruta) verdadera adoración, y porque, gracias a los invernaderos y a mi jardín en macetas en el patio trasero (esa albahaca de la foto es cosecha propia), es una de las verduras frescas con más sabor que se encuentran en Quebec (y en mi cocina).


En un post anterior hablé un poco de los tomates, y comenté que aunque la variedad más consumida en Europa (y en Quebec) es la de color rojo, existen otras muchas variedades menos conocidas. En la foto, una ensaladita preparada con amor por dos amigas quebequesas, en la que se codean tomates de tres colores: los tan conocidos rojos, naranjas y amarillos.


Aida e Irene, las anfitrionas del HEMC 25, han elegido el tomate como ingrediente estrella. Lo difícil que ha sido elegir una sola receta, con esta verdura tan versátil y omnipresente en mi cocina.
Al principio, pensando, casi sucumbo a ese reflejo de "querer impresionar", los cocinillas que me leéis ya sabéis de qué reflejo os hablo: el de querer hacer algo que provoque "oohs" y "aaahs". Como una tarta tatin de tomates, que está muy buena y es de lo más fotogénica. Pero al final me decidí por un poco de modestia y ser fiel a mí misma; para qué engañarnos, ando siempre tan liada que lo que más cocino son recetillas que cumplan mi norma de las tres "S" : simples, suculentas, sanas.

Así que ahí va esta receta de bruschetta, un antipasto (aperitivo, tapa) de lo más típico. Es la versión italiana del pan con tomate. Para ir al cielo ni siquiera hace falta ser bueno: sólo necesitáis un buen pan tostado en el grill, aceite de oliva, ajo, tomates, albahaca fresca y sal.

Y un poco de sol.


* (Para los que buscáis otras recetas con tomates, todas ellas fáciles de hacer y deliciosas, os he recopilado aquí los enlaces de recetas anteriores publicadas en este blog. Espero que os sea útil.)


CONJUGANDO EL TOMATE EN TODOS LOS TIEMPOS: AQUI HAY TOMATE