sábado, 4 de abril de 2009

You say tomato, I say "Clamato": Están locos, estos romanos (IV)


¿Qué se puede decir de una bebida -fría- que aúna el jugo de tomate... con caldillo de almejas? Eso es el Clamato. Y lo peor es que no está mal. Incluso ha originado la versión canadiense del Bloody Mary: el Bloody Caesar. Parece que es excelente contra la resaca.


Están locos, estos romanos.

jueves, 2 de abril de 2009

Love walked in


"Si no has visto "Historias de Filadelfia", para de hacer lo que estés haciendo, alquílala y siéntate a verla. Probablemente exagero si digo que, hasta que no la hayas visto, habrás vivido una vida incompleta y sin color. En cualquier caso, esta película se sitúa definitivamente en la lista de cosas perfectas. Ya sabes lo que quiero decir, la lista que incluye el cielo estrellado en el desierto, los sándwiches de queso fundido a la plancha, "El gran Gatsby", el edificio Chrysler, Ella Fitzgerald cantando "I don't mean a thing (if you ain't got that swing)", las peonías blancas. y esos pequeños esbozos de manos, dibujados por Leonardo da Vinci."

Extracto de "Love walked in", de Marisa de los Santos (traducción propia)

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"[...] I also thought, fleetingly, of Soren Kierkegaard [...] saying something like this: rational thought is as holey as a moth-eaten sweater; at some point, girl, you need to take a leap of faith. He's talking about religion, but I'd say the same is true for friendship, the two having never been that far apart in my mind."

Extracto de "Belong to me", de Marisa de los Santos

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En mi caso, la lista de cosas perfectas incluiría (además de "Historias de Filadelfia") cosas ligeramente diferentes, como:

- Las películas "El hombre tranquilo" (la mejor pelea en el mejor pueblo de locos de la historia del cine ), "La chica del adiós" (para todos aquellos que han tenido problemas con compañeros de piso compartido) ,"Doctor Zhivago" o "La hija de Ryan" (¡o las dos! por ser las mejores historias de amor de todos los tiempos), "El piano" (por la misma razón), "Annie Hall" (o cómo empiezan y se terminan algunas de esas historias) o "Matar a un ruiseñor" (tanto la novela, como la película, por mostrar lo mágica y terrible a un tiempo que es la infancia, y por el mejor personaje símbolo de la integridad que he visto nunca).

- El olor a pan horneándose en la cocina.

- Etta James cantando "At last" o Dinah Washington cantando "What a difference a day makes".

- La sonrisa de mi sobrina.

- Las nevadas de diciembre, con copos enormes y esponjosos, como inflados al helio, especialmente al anochecer, salir la primera a pisar la nieve en medio del silencio con el que cubre la ciudad.

- Las trufas rellenas de nata de la confitería Goya de Vitoria.

- Monsieur M. intentando bailar (escondamos todo objeto frágil), o echándose una de sus homéricas risotadas. Julieta siempre se asusta y se esconde bajo la cama.

- Mirar al mar desde el acantilado de Azkorri, o, en su defecto, mirarlo en un cuadro silencioso de Edward Hopper...

- La vinagreta al ajo y perejil de Jean-Pierre, el mejor amigo de monsieur M. Me gusta tanto que por mi último cumpleaños me regaló una botella llena.

- Apoyar la cabeza a medias sobre el lomo de Alfonso, que duerme en el respaldo del sofá, y cerrar los ojos escuchando su ronroneo, un libro en el regazo, una tetera en la mesa. Siesta segura.

- Y en lo de las peonías estoy perfectamente de acuerdo.

¿Y vuestra lista? ¿Qué pondríais en ella?

Uno de los libros que he leido últimamente y que me ha gustado, es un libro de Marisa de los Santos, "Love walked in", su primer libro.

Este libro me ha sorprendido, porque raras veces he encontrado en una novela una protagonista que me parezca casi mi alter ego. Todos nos reconocemos en personajes de ficción, algunos más cercanos a nuestra persona que otros, pero es raro que un personaje tenga las características de un reflejo en un espejo, como es el caso de esta novela.

Pero quizá lo que más me ha gustado es que este libro tiene esas cualidades de las buenas películas clásicas de la época dorada de Hollywood (los 40 y 50), esas películas que idolatro, al igual que la protagonista: ingenio y humor -sin crudeza-, amor -sin empalago-, y unos diálogos como partidas de ping-pong, en los que las réplicas rebotan deliciosamente de un personaje a otro con facilidad y fluidez.

El segundo, "Belong to me", todavía no ha sido traducido al español (creo). Podría decirse que es una continuación del primero, aunque pueden leerse en desorden sin tener la sensación de que nos faltan elementos de la trama (yo lo hice, y no tuve ningún problema). Las dos historias se suceden cronológicamente, y los personajes principales son los mismos, pero son independientes narrativamente .

No sé si las traducciones serán buenas, pero estas dos novelas, que he leido en inglés, me han gustado por el estilo de escritura, el humor chispeante y la forma exacta y realista de tratar los temas centrales, o más bien EL tema central: el amor, declinado en múltiples formas, el amor de pareja, el amor maternal, la amistad entre mujeres, el esfuerzo y el respeto que requiere amar de la mejor forma posible.

Y un tema secundario: la felicidad, que no consiste exactamente en obtener todos nuestros deseos y sueños, sino en saber exactamente qué deseamos, aunque no lo obtengamos, y en ser capaces de seguir soñando a pesar de todo.

martes, 31 de marzo de 2009

Mejorando


Sigo horneando desaforadamente. Con el mismo método de siempre, los resultados siguen encantándome, tanto en dulce como en salado.

domingo, 29 de marzo de 2009

Pure Peanut Butter Cookies

Para hacerlas, he echado mano de mi sitio habitual, y de esta receta. Los únicos cambios a la receta original: he utilizado miel en lugar de azúcar, aceite vegetal (canola o girasol van muy bien) en lugar de mantequilla y la mitad de la harina la he sustituído por harina integral. La textura no ha cambiado mucho, así que podéis hacer una versión más sana sin sacrificar gran cosa.
Las fotos me han quedado de un martaestuardiano que me han sorprendido hasta a mí. Si me descuido, me vuelvo rubia, episcopaliana, amante de los colores pastel, cincuentona y de derechas, y pierdo el sentido del humor. Tendré que vigilarme.

Me he hecho una pila de galletas, me he servido un vaso de leche, y a seguir revolucionando el mundo de la lingüística.

sábado, 28 de marzo de 2009

Jamón, jamón


He aquí un truquito que me enseñó mi amiga Claudia, un truquito de restaurante : con el prosciutto que se encuentra por aquí, se puede hacer un crujiente de jamón que, desmigado sobre una crema de verduras, sopa, gazpacho o ensalada, como guarnición, le da un contraste crujiente suculento.
El cómo es muy simple: no compréis un jamón pata negra, sería un desperdicio. Un jamón baratito va perfecto, porque el sabor va a cambiar mucho por efecto del calor.
Se calienta el horno a 200 grados, se extienden las lonchas de jamón sobre papel pergamino (ése que va al horno) para que absorba la grasa, y se tuestan las lonchas hasta que empiecen a "rizarse", pero no deben oscurecerse. Vigiladlas bien, se queman muy rápido. Se sacan del horno y se ponen sobre papel absorbente, dejando enfriar. Cuando están frías, deben ser rígidas y crujientes, como patatas fritas de bolsa. Si todavía están un poco blandas, metedlas en el horno un poco más de tiempo.
La deshidratación en el horno potencia mucho el sabor salado del jamón, así que cuando utilicéis estos crujientes como guarnición, tenedlo en cuenta y ajustad un poco la cantidad de sal en la receta.
Podéis guardarlas en el frigo, en una bolsa hermética, durante un par de semanas. Hay gente a la que le gusta comerlas calientes, como chips.

Para los cinéfilos, los crujientes pueden acompañar bien la película "Jamón, jamón", de Bigas Luna. Sé que para los lectores españoles no es ninguna novedad, pero creo que para los que me leen desde este lado puede ser de lo más instructiva. Puede descubrirles tradiciones españolas seculares, como los duelos con patas de jamón ibérico.

viernes, 27 de marzo de 2009

Bread alone / Pan sola, sólo pan


Sigo con los experimentos panaderos, que parecen engordar menos que mis experimentos reposteros. Aún no me atrevo con técnicas más avanzadas (como las de Lepard o las de Reinhart), en parte por falta de tiempo para ocuparme de amasar durante el día, y en parte porque el método "cinco minutos" funciona tan bien, que por el momento prefiero probarlo con diferentes recetas y diferentes harinas.
En la barraca montrealesa no somos muy integristas de nada, si acaso, de lo integral. Por salud, y por sabor, y sin proponérnoslo, fuimos dando el cambiazo lentamente a todos los alimentos compuestos de cereales que entraban en nuestra despensa, hasta que un día nos dimos cuenta de que lo único blanco que quedaba en ella era el arroz. Tenemos arroz integral, pero para algunas recetas, como que no acabamos de radicalizarnos lo suficiente... como por ejemplo, para un arrocito con leche.

Mis primeras pruebas panaderas han sido con harina blanca, y ahora empiezo tímidamente a introducir la harina integral. Este pan contiene mitad y mitad, y la textura no resultó seca ni pesada (como me temía), a decir verdad, su corteza crujiente y estilo ciabatta y la miga tierna han salido mejores que las de la mayoría de panes integrales que compramos por aquí.

Contra todos mis pronósticos, lo que más problemas me está dando no es la textura ni el sabor, sino la forma, la presentación. He tenido varios momentos críticos y blasfemadores intentando pasar la hogaza de pan leudada al horno caliente. De hecho, esta "chapata" no era tal en un principio. Era una hogaza redonda, que se quedó pegada a la bandeja y rodó de mala manera dentro del horno.

Tras contemplar mis dificultades logísticas -y oír mis sonoras blasfemias-, monsieur M., loco del pan y primer fan de mis productos, corrió a su taller de carpintería, y con sus dotes de dios del bricolaje me fabricó la pala panadera que véis abajo.


Esta pala, junto con la piedra de hornear que acaba de llegar, van a mejorar ostensiblemente mis panes. Eso espero. Si no, siempre me puedo servir de ellas como armas de autodefensa.

Termino este post con la novela que hizo que mis ganas de hacer pan pasaran de ser virtuales a reales: "Bread alone". Si cuando la leáis no termináis haciendo pan, es que sois inconmovibles.

martes, 24 de marzo de 2009

Nos vamos de chóping (II)


Andaba yo de buena mañana intentando resolverme a empezar a revolucionar el mundo de la lingüística -al menos la porción correspondiente a esa mañana-, pero en realidad leyendo discretamente el periódico entre entrada estadística y entrada estadística (ya habrá algún lector avezado preguntándose qué demonios tiene que ver la estadística con la lingüística; y bien, yo tampoco tengo mucha idea, por eso me va como me va...), cuando el cartero, que últimamente vuelve a mirarme con indulgencia -no plenaria, pero casi- cuando me da los paquetes, (espera a que llegue el verano y prospere la maleza en el parterre, ya verás cómo la indulgencia desaparece), sube ruidosamente los escalones de la entrada.

Alertada por el ruido, levanto la cabeza de la versión electrónica del "Hola" (bueno, vale, no sólo leo el periódico, pero es que ya llevo un par de infantas de retraso y me siento fatal, desconectadísima de la madre patria), y observo por la ventana al cartero, que cuidadosamente se pone el paquete bajo el brazo, y estira la manga del uniforme hasta cubrirse la mano con ella. Llama a la puerta con tres golpes.

El hecho de que el cartero, quebequés acostumbrado al agua corriente y a la electricidad, y a los timbres eléctricos, llame a mi puerta con los nudillos, se debe a un antiguo y molesto hábito del timbre de esta barraquita montrealesa: cada quince días se escacharra. Soy estudiante, y por el momento no hay pasta para gastarla en futilidades como un timbre. Cuando vuelva al trabajo, me compraré una réplica del Big Ben.

Nuestro cartero, que ya es un tío curtido y un veterano y sabe lidiar con nuestras marmotas irritables, malezas cubriendo los escalones y timbres inútiles, se cubre la mano para tocar nuestra puerta. Este detalle no se me escapa. Tras abrir la puerta y recoger el paquete, miro alejarse al señor cartero y observo la puerta. Una simple ojeada a la puerta me revela lo que mi subconsciente no ha querido que vea durante más de dos años: nuestra puerta está podrida. No sólo eso, hace ya mucho que la cerradura sirve tan sólo como complemento, como mera decoración (he olvidado las llaves más de una vez, y he logrado girar el tambor y abrir con un cortauñas). Para daros una idea de lo segura que es la ciudad de Montreal.

Ese mismo día, más tarde, cuando monsieur M., el zen de la casa, llega del trabajo y se calza las Birckenstock con calcetines, le anuncio a bocajarro (ni siquiera le dejo entrar a la cocina):

Esposa Infame (Yo): -"Hola, mon beau bûcheron. No sé si tu ojo de lince lo ha notado, pero la puerta de la entrada está podrida. Terminada. Finie. Kaputt. " Yo soy así. Lo malo lo suelto inmediatamente, en cuanto entra por la puerta del hogar, ese remanso de paz, sin darle tiempo para respirar.

-"La próxima vez que el cartero la toque, se caerá en una nube de serrín en descomposición." "No he tenido tiempo de hacer nada para cenar, revolucionar el mundo de la lingüística cuesta, y aquí es donde vamos a empezar a pagar. Con algo congelado."
"Tu madre ha llamado y me ha pedido que te diga que eres un hijo ingrato, que no quiere volver a saber nada de tí, que te ha desheredado, que no vas nunca a verla, que claro, total, ella sólo es una anciana enferma y sola a la que sólo le queda esperar a la muerte, y que le lleves sin falta una botellita de tinto cuando vayas esta tarde, porque lo que les sirven en la residencia es una porquería."
"La contable dice que si este año le damos los recibos para la declaración amontonados en una caja de zapatos como el año pasado, los impuestos nos los va a hacer nuestra abuela. Que se los demos ordenados o que no la llamemos nunca más." "La ducha se ha ido otra vez al garete, y además no traga," "¿Has tenido un buen día, chéri?"

Monsieur M. suspira.

Un par de días más tarde, estoy de nuevo delante del ordenador rellenando tableros absurdos, cuando monsieur M. entra por la puerta media hora antes de su llegada habitual y me dice:

Monsieur M.: -"Vístete, mon petit chardon. Nos vamos de compras."

Esposa Infame (los ojos enrojecidos y las lentillas secas y pegadas a las córneas, los pelos aún como los de María Von Trapp en su época de novicia, vestida de un chándal lleno de pelo de gato porque Julieta y Alfonso se turnan sobre mis rodillas mientras trabajo): -"¿Euh?"

Si monsieur M. me hubiera propuesto irnos a California en furgoneta y gastarnos su fondo de pensión en un mega trip de ácido, me hubiera parecido más propio de él. Y es que mi quebequés de marido es grande, es zen, ha eliminado el apego y, por consiguiente, prefiere que le arranquen las uñas de los pies con unas tenazas antes que ir de compras.

Monsieur M. con irritante jovialidad, según su costumbre: -"Hace un día espléndido. Vayamos de chóping, femme de rêve."

Esposa Infame, mirando la cantidad de pelo felino pegado a la sudadera con el eslogan "Linguists have more phone": -"¿Y qué vamos a comprar en este día espléndido?"

Monsieur M., con la gran sonrisa de quien anuncia una supersorpresa : -"Nos vamos a mirar puertas. Acaban de anunciar en la radio que cualquier compra de material para renovación de una propiedad va a desgravar un montón para los impuestos. Es el momento."

Genial. Exactamente el tipo de tarde de compras por el que suspira cualquier chica.

Esposa Infame, levantándose con escaso entusiasmo. -"Puertas. Súper. Corro a ponerme los tacones."

Monsieur M.: -"He mirado el termómetro, y tenemos dos gradazos. Vayamos a pie, un paseo primaveral."

Esposa Infame, abriendo el armario, pensando en el camino siniestro de pabellones industriales que lleva hasta el centro de bricolaje. Decido ponerme las botas de monte, la puntera no es de acero, pero si hay que defenderse puede servir. -"Dos grados. Wow. Definitivamente, saco las bermudas."

Monsieur M., ignorando mi sarcasmo: -"Y ya que vamos de compras, estoy incluso dispuesto a tomar el tiempo de mirar un timbre."

Esposa Infame: -"No sé si podré soportar tanto esparcimiento y frivolidad."

Monsieur M., los ojos brillantes, hablando consigo mismo, buscando en un cajón: -"... ya que estamos, han salido unas brocas que... ¿dónde dejé el catálogo?"
A ver, si esto no es amor, no sé lo que es.