viernes, 14 de noviembre de 2008

Jelly beans


Como no sólo de alta gastronomía vive el hombre -ni la mujer- y en mi caso, je, la alta gastronomía no la huelo tan a menudo como me gustaría, -soy estudiante-, voy a hablaros de algo que alegra mis incontables y poco inspiradas jornadas delante del ordenador : las Jelly beans . Como podréis constatar, no he incluido estos dulces bajo la rúbrica "comida", no he tenido el valor.

La marca original de estas golosinas tan entrañables en esta parte de América es Jelly Belly, y si digo que son entrañables es porque tienen ya una larga historia en la memoria emocional de la infancia del americanito (y canadiense) medio.

En España existen unos dulces que imitan a las beans, pero por esta vez tengo que decir que no son lo mismo. No consiguen los sabores estupendos de las originales (entre otros, a palomitas de maíz con mantequilla o a marshmallow tostado).
Otras jelly beans famosas son las muy conocidas (para los grandes aficionados a Harry Potter, como yo), Bertie Bott's Every Flavor Beans, con sabores tan desconcertantes como los que aparecen en las novelas de Harry Potter. Me apetecía evocar estos libros, porque éste es el primer año en el que no voy a poder leer un nuevo "Harry", y me he dado cuenta de que lo echo de menos, era una de mis lecturas de otoño.

Entre otros sabores : cera de oreja, sardinas, vómito, espagueti, pepinillo en vinagre y jabón.


Lo más divertido de comprarlas fue organizar una "degustación a ciegas" después de un cena con amigos. Al igual que Dumbledore, yo elegí una de color azul-gris esperando "arándano", y me zampé una sabor "sardinas". Sabía, efectivamente, a sardinas de lata abierta y olvidada en el fondo del frigo, no muy frescas.

Como experiencia gustativa, deja un poquito que desear, pero hay que ver lo bien que han conseguido imitar el sabor. Y lo que nos reímos.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El sueño eterno (oda al café filtro)


Noviembre me suele producir ese efecto: cuando empieza a anochecer hacia las cuatro y media, la temperatura baja, ya no queda prácticamente rastro de vegetación, pero aún no hay nieve que ilumine Montreal con esa luz blanca (este año las primeras nieves vienen con retraso, normalmente ya tendrían que haber caído un par de nevaditas sólidas, y sólo hemos tenido un día de "espolvoreo" blanco); cuando noviembre se arrastra gris, lluvioso, frío, lento y lleno de trabajo, entro en fase de hibernación.

Me despierto -es un decir- a esas horas dementes de la mañana que son las normales en este país (a mí, toda hora más temprana que las siete de la mañana me parece demente), con esa náusea característica del ibérico que se levanta, echo mano de la bata de polar, ésa que ha hecho pelotillas en apenas dos lavadas y que sigo usando como coraza antisexo (y es que a mí, a las seis de la mañana, no me toquessssss), trastabillo con Alfonso, que está tumbado al lado de la cama y ni siquiera ha abierto un ojo -maldito gatito- y navego como puedo hacia la cocina y esa máquina que me ha salvado la vida desde que llegué: la cafetera programable.

Ya os he hablado varias veces de lo amante del té que soy, he leído y probado lo suficiente como para diferenciar muchas clases y calidades. Pero en este mes de noviembre en el que uno se despierta con luz eléctrica, y llega a casa por la tarde a la amarillenta luz de las farolas, lo que me permite ponerme a funcionar por la mañana no es un exquisito té gyokuro de primera cosecha, no. Es un cafetazo filtro.

Mis gustos en café son tan basureros como sibaríticos los que tienen que ver con el té: cuando vivía en la piel de toro, nunca fui capaz de apreciar el café tal y como se sirve en las cafeterías, (por eso comencé a tomar té). Ahora que monsieur M., gran epicúreo del café, tiene una super cafetera exprés italiana, algo así como la Lamborghini de las cafeteras, regalo de Estoico Hermano y Recia Cuñada (con ella terminaron de ganarse su varonil corazoncito), sigo sin ser capaz de apreciar el buen café. También hay que especificar que monsieur M., viril muchachote canadiense, prepara unos cafés que se cortan con cuchillo y tenedor.

El café que me gusta es deleznable, es el café al que me hice adicta al llegar a Canadá, país que carbura a café filtro americano, donde todo el mundo se pasea vaso de café en mano por todas partes, a todas horas : en el metro, en el hospital, en los cursos universitarios, los funerales, los cines y los coches. Y encima, aromatizado: café con sabor a vainilla o avellana. Qué se le va a hacer: me gusta el equivalente al fast food del café. Y aunque sea consciente de que es de peor calidad, me sigue gustando más el chocolate con leche que el chocolate negro. Ya está, ya lo he confesado, ahora lo sabéis todo. Me temo que mis papilas gustativas están infantilizadas, son unas inmaduras.

Con esta larga explicación proclamo, en este universo de cocinillas donde casi todo el mundo hace sus reducciones de balsámico y utiliza azúcar aromatizado a la lavanda, el derecho a seguir apreciando ciertas cosas de calidad dudosa, pero oh, cuán reconfortantes. Abajo el esnobismo alimentario. Vivan el proletariado y el café filtro. Y la tableta roja de Nestlé. (Sin embargo, si algún amable lector quiere invitarme a cenar al Bulli, no diré que no, para qué engañaros).

Qué haría yo sin mis dos cancarritos de café filtro. Este blog, escrito de buena mañana, (hora canadiense), no existiría sin ellos. Gran pérdida para la humanidad entera -especialmente para el mundo de la lingüística-. Y en este vegetativo noviembre de sueño eterno (tenéis que ver la peli de Hawks, una obra maestra), en el que acabo de levantarme y escucho ya la llamada de la cama y sus viles cantos de sirena que me impiden trabajar, en el que no puedo esperar a llegar a casa y saltar en la bata y las pantuflas de peluche, en el que urge empijamarse y edredonarse, y dormir doce horas, un café, es justo y necesario. Es mi deber y salvación.

Voy a servirme otra tacita ya mismo.

Imagen de Ed Polish & Darren Wotz

lunes, 10 de noviembre de 2008

Pérfida pasta a la puttanesca


ADVERTENCIA: NO LEER. ESTE POST ES MUY DESAGRADABLE.

Si sabéis quién es Lemony Snicket -afortunados, ya que su anonimato, al igual que el mío, está celosamente guardado-, sabréis que una receta inspirada de sus historias no puede ser una experiencia agradable. Si ignorando mis advertencias y todo sentido común, decidís seguir leyendo, no podréis decir que no os he avisado.

*******************

Una fría y lluviosa tarde de noviembre, la autora de este blog abrió la puerta de su vetusta mansión montrealesa, con la humedad propia de este mes, -en el que la lluvia y la nieve se codean, la una sin decidirse a dejar a la otra ganar la batalla-, calándola hasta los huesos. El crujido de los goznes -diantre, otra cosa que arreglar en esta decrépita barraca-, la oscuridad del largo y desolado pasillo y el maullido desesperado que la acogió, le indicaban claramente que monsieur M. estaba de viaje de trabajo, electrificando renos. ¿He dicho electrificando renos? No, su trabajo no consiste en ejecutar cérvidos, sino en llevar la línea eléctrica a las regiones más frías, salvajes e inhóspitas de Quebec.

La bella autora (vale, puedo permitirme una licencia artística ¿no? Es mi historia, al fin y al cabo) dejó el paraguas apoyado contra la pared ignorando su goteo, se quitó la boina de lana y los guantes, y colgó el abrigo húmedo de una percha. Un gato corpulento, (corpulento es una forma educada de decir gordo) el pelo anaranjado y atigrado, vino a frotarse contra sus tobillos. Julieta, la gata, la contempló desde el fondo del pasillo, con ojos rencorosos. Nunca le había gustado que la dejaran sola todo el día.

La solitaria lingüista en devenir aplacó la angustia de sus gatos llenando sus tazones de esas croquetas secas y marrones que comían desde hace seis años, y que no sólo no parecían cansarles, sino que seguían reclamando con ansia.

La lluvia repiqueteó contra el cristal de la ventana de la cocina, y una corriente de aire frío rozó la nuca de la autora. Toda la casa parecía lamentarse, con crujidos, chasquidos y otros ruidos cuyo origen era misterioso. Intentando no prestarles atención, se dirigió al frigorífico, cuyo contenido le pareció tan desalentador como el tono gris del cielo, en el que se extinguía la última traza de luz de la tarde. Un bote con restos resecos de mayonesa, media cebolla consumida y arrugada, un bote de alcaparras medio vacío, varios tomates moribundos, una lata de anchoas que llevaba ahí tanto tiempo como las piedras de Stonehenge.

La joven (más licencia artística, qué pasa) se estremeció, un escalofrío recorriéndole la columna vertebral. "Esta es una tarde siniestra, desagradable, casi fúnebre. Como la historia de los hermanos Baudelaire. Perfecta para un plato de pasta a la puttanesca." Y utilizando los cadavéricos restos de la nevera, y siguiendo esta receta, la cocina en penumbra se llenó rápidamente del olor acre y penetrante de esta salsa.


Justo cuando el tomate estaba casi en su punto, y la pasta flotaba en el agua hirviendo, la autora oyó un estruendo repentino que parecía venir del sótano. Durante un minuto pensó que los televendedores no llaman nunca cuando una necesita compañía. Armada de un pelapatatas y de mucho valor, abrió la puerta del sótano sin encender la luz, y miró al abismo negro del fondo de las empinadas escaleras. Al igual que todos esos adolescentes idiotizados de las películas de terror, volvió la cabeza un momento, hacia los gatos cuyas miradas fijas estaban clavadas en la suya, y dijo: "Voy a ver qué ha sido ese ruido. Ahora mismo vuelvo. Esperadme aquí."
Los dos felinos, impávidos, sostuvieron su mirada, con una expresión que parecía decir: "Pero mira que los humanos son gilipollas".

viernes, 7 de noviembre de 2008

Cuidado con el gato


... podría herir a alguien mientras duerme la siesta.

Durante catorce horas ininterrumpidas.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Desayuno para campeones (y súbditos de Her Royal Majesty)

Earl Grey (con una nube de leche), scrambled eggs, y beans on toast. Casi, casi, by appointment of Her Majesty the Queen.


Esto es lo que le pasa a una después de una década de vivir en dos países de la Commonwealth.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Creced y multiplicaos

Imagen de Ed Polish & Darren Wotz


Hace ya mucho que no os he deleitado con una crónica familiar. Tras una conversación (si puede ser calificada como tal) telefónica con mi hermano, he sentido la urgencia de contaros algo sobre él y su petite famille. Los lectores habituales de este blog conocen sin duda las andanzas de monsieur M. y señora (servidora), mi Santa Madre y nuestra curiosa relación telefónica, pero no creo que hayan oído hablar mucho de mi Estoico Hermano y su progenie.

Pues sí, efectivamente, esta esplendorosa combinación genética que constituye mi humilde persona no podía ser creada así, de sopetón, improvisando. Requirió un primer esbozo que es mi hermano mayor, (y el único que tengo). Mi Estoico Hermano, que merece el calificativo por lo impasible de su gesto (su única expresión facial conocida consiste en levantar hábilmente una ceja, expresión que puede denotar, indistintamente: enfado, impaciencia, alegría, amor desmedido, irritación o derrisión) y lo legendariamente cínico de su humor.

Efectivamente, lectores, ahora lo sabéis todo, Estoico Hermano es mucho más gracioso que yo.

Otras características fraternales son: una flacura de corredor de maratón etíope, por la cual sospecho que se aficionó a correr. Estoico Hermano pasea su enjuta silueta cual grácil gacela cuarentona (porque es cuarentón) por su ciudad de residencia, ciudad reputada justamente por sus corredores ilustres . Unas sienes plateadas, que en él son distinguidas y demás, pero que estoy heredando yo exactamente en el mismo sitio de mi radiante cabellera, la verdad es que en una mujer el estilo Richard Gere no favorece mucho. Una paciencia de santo (que no forma parte de mi patrimonio genético) muy apropiada para su rol de padre de dos tiernos infantes, una afición bulímica por la lectura y una cierta timidez compensada por ese humor corrosivo, que sale en murmuros aparentemente inocentes, pero oh, cuán pérfidos.

Mi hermano después de crecer, ha decidido multiplicarse, para mi gran regocijo, porque aunque yo haya decidido rehusar las alegrías de la maternidad, me gusta lo de ser tía y tener una buena excusa para recorrer las secciones infantiles y juveniles de las librerías.

Ahora que tenéis una imagen mental del personaje, os cuento la conversación que me ha inspirado este post. Mis conversaciones familiares son siempre por teléfono o vía Skype, gajes de vivir en ultramar.

Describo la escena: ahí estoy, terminando la cocinada mítica de los domingos, ésa que me permite poder comer algo decente el resto de la semana mientras revoluciono el mundo de la lingüística, y decido refrescar la relación fraterna con una llamadita de teléfono dominical. Hoy no ha habido videoconferencia, porque anoche monsieur M. y yo salimos, volvimos a la insólita hora de las doce y media de la noche, (yo, que babeo en el sofá a partir de las nueve) y francamente no me apetecía peinarme ni lavarme la cara para mostrar una imagen edificante a mis sobrinos.

Hermana Ingrata: -"¿Y? ¿Qué te cuentas? ¿Qué tal los sobris?

Los sobris son Sobrino Espitoso, de casi seis años, y Bebé Brutita, de dos, con un carácter que sospecho empieza a parecerse al de su madre, Recia Cuñada, de un enérgico que puede llegar a ser intimidatorio.

Estoico Hermano (con fondo de gritos animales): -"Pff, qué quieres que te cuente. Ha llovido todo el santo día, no hemos podido sacar a las fieras, son las cuatro de la tarde y estoy hecho polvo. Recia Cuñada está intentando hacer la cena, y yo ejerzo de domador en el circo para darle un poco de tiempo. Estoy deseando llegar a la oficina mañana, a ver si descanso un poco."

Hermana Ingrata: -"¿Tú vas al curro a descansar? Yo pensaba que trabajabas como un esclavo... oye, qué son esos ruidos? Casi no entiendo lo que me dices."

Estoico Hermano (inexpresivo): -"Estamos viendo «Madagascar». Por tercera vez hoy. Y jugando a los bolos al mismo tiempo. Bueno, Sobrino Espitoso está intentando enseñar a su hermana cómo jugar a los bolos, y yo estoy intentando que no la mate ni le produzca ninguna lesión permanente en el proceso. Y sí, trabajo como un esclavo. Lo cual es mucho más relajante que un tierno fin de semana familiar."

Hermana Ingrata (rebosante de cursos de pedagogía): -"¿Por tercera vez? ¿No tenéis más pelis de dibujos? Y en lugar de enchufarles a la tele, que les sorbe el cerebro, no les estimula adecuadamente y favorece la hiperactividad, ¿por qué no haces algún tipo de actividad creativa con ellos? ¿Por qué n---"

Estoico Hermano interrumpe, con tono monocorde: -"SI, la tele embrutece. SI, tenemos otras pelis. Y DVDs educativos. Y documentales de animales. Y «Dora, la exploradora». Pero no quieren verlos. Sólo quieren ver «Madagascar». Y ahora se saben los diálogos de memoria. Yo también. Antes de «Madagascar», fue un documental sobre la vida de las serpientes pitón javanesas. Tuve que ver cómo una pitón gigante deglutía un cordero -sin masticar- unas cuarenta y seis veces en las mismas dos semanas. Después de cenar, aclaro."

Hermana Ingrata: -"Estoo, suenas cansado..."

Estoico Hermano: -"Debe de ser porque este mes, desde que Bebé Brutita ha empezado a ir a la guardería y a coleccionar todos los virus infantiles disponibles, he pasado por dos gastroenteritis, un resfriado y ahora mismo tengo una erupción rara en el brazo y me pregunto si he pasado el sarampión cuando era pequeño. ¿Lo he pasado?" (Gritos simiescos de fondo).

Hermana Ingrata: -"Euh, creo que sí. Y las paperas. Te las pegué yo."

Estoico Hermano (ahora se oye estruendo de objetos que se caen): -"No te imaginas lo estupennndo de cambiar los pañales de Bebé Brutita en plena gastroenteritis. ¿Recuerdas los grabados de Beatrix Potter que nos regalaste para colgar en su cuarto?"

Hermana Ingrata: -"Um, sí..."

Estoico Hermano: -"Tu sobrina ha conseguido proyectar la caca hasta los cuadros. Empiezo a sospechar que es premeditado. Fue quitarle el pañal, y ¡zas!. Si hubiera podido medir la presión hidrostática del líquido fecal, probablemente hubiera flipado." (Mi hermano es de ciencias. Creo que ese desapasionamiento científico le ayuda a conservar la salud mental durante la gozosa experiencia de la paternidad.)

Hermana Ingrata, mirando el currusquito de pan con queso que me estoy comiendo y dejándolo en el plato, súbitamente a falta de apetito: -"...la ...presión ...hidrostática..." "Eeh, cambiando de tema, ¿has pensado algo para el regalo de Santa Madre? Porque justamente hablando con ella he tenido una idea---" Se oyen más golpes. Alaridos de fondo. Bebé que llora.

Estoico Hermano, voz lejos del auricular: -"¡Espitoso! ¡A Bebé no se le pega en la cara con los bolos!"

Sobrino Espitoso, voz quejicosa amortiguada por la distancia: -"¡Yo no le he hecho nada! ¡Se ha pegado ella sola!"

Estoico Hermano, irónico: -"Ya. Claro. Se ha atizado ella sola con los bolos." Dirigiéndose a mí: -"Pensándolo bien, es algo que podría hacer perfectamente. Lo de la psicomotricidad aún no lo domina, y lo de encontrarse la boca con la cuchara cuando intentamos que coma sola, tampoco. Como hoy, se ha introducido puré por todos los orificios faciales, confiamos en que termine comiendo algo por eliminación. Ensayo y error."

Hermana Ingrata: -"Mmh. Sobre el regalo de mamá--"

Estoico Hermano, a su primogénito: -" ¿Qué hace Bebé sin pantalones? ¿Por qué se los has quitado? ¿Dónde los has metido?"

Sobrino Espitoso, con maligno regocijo: -"Jiu, jiu, papá, ¡¡Bebé huele a CACA!!!

Guardo el queso en la nevera. Definitivamente, se terminó el piscolabis.

Estoico Hermano: -"A ver que huela..." (No quiero ni imaginar cómo está comprobando el estado del pañal de la petite.) "Pues es verdad. Se ha cagado."

Hermana Ingrata: -"Es lo que me gusta de hablar contigo. Esta escatología familiar a la hora de comer. Estas conversaciones estimulantes para el intelecto."

Estoico Hermano, ignorándome por completo: -"Voy a cambiarla. Le voy a poner el teléfono en la oreja, así se distrae y no se retuerce cuando la cambio. Cuando se retuerce, la mierda le llega hasta--"

Hermana Ingrata: -"Vale, vale, pásamela, no necesito más detalles."

Aquí debo aclarar que Bebé Brutita está empezando a hablar, y que su repertorio conversacional es un tanto restringido, limitándose a "pan", "más", "sayonara" (esto debe de ser un vestigio de su fase cine japonés), y "aita" (papá en euskera), y a algún que otro vocablo aún irreconocible.

Hermana Ingrata, sintiéndome un poco cretina, hablando a un bebé por teléfono, y negándome a adoptar esa boz bobalicona con la que la gente suele hablar a los niños pequeños : -"¡Bebé! ¡Hola, Bebé! ¿Sabes quién soy? "

Jadeos al otro lado de la línea. Esto parece una llamada erótica.

Hermana Ingrata, consciente de que hablo a un ser humano aún no dotado de elocución, que se defeca encima y al que están frotando las nalgas con una toallita húmeda: -"Soy la tía Arantza. ¿Quién soy?" (Deformación profesional de profesora de idiomas, el famoso tic now you repeat after me).

Bebé Brutita: Más jadeos. Gorgoritos, esta vez con toque húmedo. -"Ggggfffsssszzzzrantza". "PAN."

Hermana Ingrata, pese a mi cinismo innato, ridículamente orgullosa de tamaño despliegue cognitivo: -"¡Muy bien! ¡La tía Arantza! ¡Lo has dicho muy bien!"

Bebé Brutita: -"¡PAAAAAAAANNNNN!!!!!!"

Debe de tener hambre. Claro, tanta actividad evacuatoria... Golpe en el auricular. Ruidos no identificados.

Estoico Hermano: -"Eh, oye, tengo que dejarte. Creo que Sobrino Espitoso está lanzando los clicks de Playmobil al retrete. Otra vez."

Hermana Ingrata: -"Sí, claro. Ya hablaremos más t--." "---". Línea muerta.

Hablar. ¿De qué hemos hablado, por cierto?

domingo, 2 de noviembre de 2008

Pluperfect Pumpkin Muffins / Muffins de calabaza pluscuamperfectos


... por aquello de "más que perfectos" (ya me van a acusar de nuevo de no tener abuela, pero qué queréis que le haga... soy un desastre en mecánica del automóvil, e incapaz de diferenciar el sexo de los pollitos -e incluso de mi peluquero-, luego en algo tengo que tener un poco de habilidad...)

¿Qué hacer con dos enormes calabazas que han servido para atraer monstruitos durante la tarde de Halloween?

Este blog montrealés, siempre tan práctico, os propone varias creativas posibilidades (hazte a un lado, Martha Stewart):

a) dejar como decoración de parterre este simpático artefacto del que ya os he hablado: the mooning pumpkin, e irritar a los vecinos durante tres meses más (puede ser decorado con luces navideñas cuando llegue la ocasión)

b) buscar tu vieja escopeta de postas y utilizarlas como blanco (atención, esto mejor en un descampado)

c) dejarlas pudrir tranquilamente delante de la entrada para ahuyentar a los vendedores de aspiradores, mormones, testigos de Jehová, de Yahvé, de Alá, a las girl-scouts que siempre quieren venderme chocolate malo o a la señora sin sentido del humor que viene a pedir para el domund

d) utilizarlas como original paragüero. Tiene un inconveniente: se pudren. Cuando les llegue la hora, ver alternativa c

e) ponerles nombre, unas pelucas, sentarlas a la mesa contigo y tener agradables conversaciones con ellas, al estilo Tom Hanks con su amigo Wilson. (Lo sé, paso demasiado tiempo sola).

f) en estos tiempos de inmensos pechos siliconados, utilizarlas como alternativa ecológica y biodegradable a la prótesis mamaria, y rellenar con ellas el sujetador. Exagerado, diréis. Pero mirad qué bien le ha ido a Pamela Anderson. Quien por cierto, es canadiense.

g) cocinar unos suculentos muffins de calabaza.

Con esta receta declaro oficialmente clausurada la temporada obsesivo-monotemática de recetas con calabaza que habéis padecido últimamente los habituales del blog. Prometido.

La variedad que se utiliza como decoración, la citrouille o pumpkin, desde un punto de vista gastronómico, es la más sosa y menos interesante de toda la variedad de calabazas que se encuentran por aquí. Por eso se utiliza para hacer tartas o muffins, porque las especias y el azúcar le dan un poco de vidilla. Hay múltiples recetas, la que he utilizado (enlace más abajo) da unos resultados impecables.

La calabaza hace que la textura del bizcocho mejore considerablemente y sea esponjosa y húmeda, como debe de ser un buen bizcocho. Esa humedad es también la razón por la que no duran mucho tiempo. Os aconsejo que congeléis individualmente estos cupcakes -en crudo-, cuando estéis listos para hornearlos ni siquiera es necesario descongelarlos, y tendréis muffins recién hechos en un momento.

Resumiendo : excedente de calabazas + trabajo con niños = pumpkin cupcakes (muffins decorados, vaya). Y encima encontré una receta sanota. Vale, el colorante naranja radioactivo no es lo más sano y natural del mundo. Pero nadie dijo que una infancia ultraequilibrada nutricionalmente sea una infancia feliz.