Si tuviera pasta para enviaros a todos un paquetillo de agradecimiento, lo haría. Tendréis que conformaros con mi más sentido homenaje. Guapos, que sois todos unos guapos.
jueves, 14 de mayo de 2009
Gracias, guapos
And the winner is... / Y el premio va para...
Como lo prometido es deuda, he sorteado un regalito de agradecimiento (no esperéis gran cosa, es un paquetillo con muestras de los productos típicos de Quebec) entre todas las personas que me han ayudado. No he incluído a mis amigas de aquí porque ellas saben que serán recompensadas en vivo y en directo ;-).
El mini-premio: unos bombones de arce y nueces, galletas de sirope de arce, copos de azúcar de arce (estupendos para espolvorear las fresas, los yogures y el helado), un par de recuerdillos de Quebec y un poco de sucre à la creme (el fudge tradicional quebequés). Espero que le guste.
domingo, 10 de mayo de 2009
Pastel sexy de Tía María / Gâteau sexy au Tia Maria avec son coulis de framboises

En realidad, no es el pastel el que es marmoleado, sino la ganache de chocolate con la que lo recubrí. La receta original proponía una simple cobertura de chocolate negro decorada con granos de café (aquí se encuentran recubiertos de chocolate, por seguir con la redundancia café-chocolate-más chocolate), pero me apetecía jugar con una cobertura de chocolate blanco y negro. El efecto marmoleado no lo conseguí exactamente como quería, (me quedó más como un motivo de venas varicosas que como un estampado de papel florentino, que era lo que pretendía), y es que he descubierto que el chocolate blanco es muy caprichoso a la hora de trabajar con él y fundirlo. Si una se pasa aunque sea ligeramente del tiempo necesario, se vuelve pastoso e imposible. Un poco como pasa con algunas relaciones.
Tras cubrir el pastel con la ganache de chocolate negro, vertí inmediatamente la de chocolate blanco por encima y con un palillo hice dibujos. Si hubiera tenido más tiempo, hubiera pegado virutas de chocolate negro alrededor de todo el contorno.
La masa de este pastel es terriblemente líquida, si no tenéis un molde desfondable totalmente hermético (aquí los llaman spring pan porque se cierran con un resorte), os aconsejo un molde tradicional. Si vuestro molde es presuntamente fiable, aún así os sugiero hornearlo encima de una bandeja de horno, para evitar "sorpresas".
Es precisamente lo líquido de la masa y la baja temperatura a la que se hornea durante largo tiempo, junto con la enorme cantidad de buen chocolate (y hablo de chocolate en tableta, y no de cacao en polvo), lo que le da a este pastel esa textura suntuosa -y untuosa-, extremadamente húmeda, casi como de pudding, que no se parece en nada a la textura de bizcocho más tradicional de los otros dos pasteles que he hecho últimamente y que rezuma chocolate de una manera que estoy segura que el Vaticano desaprobaría. Este pastel casi remplaza el sexo, vaya. Y lo de "casi" depende del talento del partenaire.
Por esa misma razón, no necesita ser rellenado de ninguna crema, ya es lo bastante cremoso y pecaminoso en sí mismo. Un coulis o salsa de frutas rojas más bien ácidas (frambuesas o grosellas) ejercen de contraste perfecto al dulce-amargo del chocolate negro (yo lo hice con 80% de cacao) y el fondo sutil de café.

La receta la encontré en la novela "Eat cake", de la que ya os hablé, la que os he enlazado aquí es exactamente la misma. Os animo con entusiasmo a que pequéis y lo probéis.
Porque siempre hay una buena razón de sentarse delante de un pedazo de pastel de chocolate.

viernes, 8 de mayo de 2009
Muffins pop de plátano
miércoles, 6 de mayo de 2009
International No Diet Day: Galletas guarrísimas de Reese
Pero algo me dice que los chocolates Reese no se encuentran mucho por la Europa no anglosajona, el abismo de las diferencias culturales es demasiado profundo. Hay que tener papilas gustativas anglosajonas (o haber vivido mucho tiempo en un país que las tenga), para apreciar esta guarrería, este epítome de la cochinada norteamericana.

Yo que me levanto con la boca seca como la suela de una alpargata, y que no puedo articular palabra hasta que no me he metido mínimo dos vasazos de agua y uno de zumo entre pecho y espalda; yo que no soy matinal, que cuando el despertador suena antes de las siete (en este magnífico país, muy a menudo) quiero morir (sólo durante los primeros veinte minutos de mi jornada); yo que amanezco con un aspecto como si una pala mecánica me hubiera pasado repetidas veces por encima durante la noche (¿quién ha dejado entrar una excavadora al dormitorio? porque esa cara yo no la tenía ayer por la noche... y luego hablan de "sueño reparador"...) y que voy a la universidad con las marcas de la almohada aún impresas en el carrillo; yo que desayuno en el metro porque a esas horas luciferinas no me entra nada en el cuerpo, veo como mi quebequés de marido mastica esa cosa pastosa y pienso que, si le doy un tiento a su tostada, no seré capaz de despegar la lengua del paladar nunca más. Inconveniente para alguien cuyo trabajo consiste principalmente en hablar en público.
Pero mi relación con la peanut butter/ beurre d'arachides ou beurre de pinottes, como la llaman en Quebec, ha cambiado extrañamente.
Todo empezó tras una gripe de caballo que pasé durante mi segundo invierno aquí, el virus me había afectado también el aparato digestivo, y hacía como una semana que no podía tragar nada. Tras muchos tosidos, fiebre salvaje y noches abrazada a la papelera de mi cuarto (por si las moscas), cuando lo peor de la gripe comenzó a ser cosa del pasado, me levanté una tarde sintiéndome una piltrafa. Como estaba solita en ese momento (monsieur M. andaba de viaje, intimidando renos en el norte de la provincia), en un país hostil (al menos, sus virus me parecían bastante hostiles, los muy canallas) y en pleno febrero, y sentía las rodillas blandas como la gelatina, me senté en la cocina pensando algo así como "quiero a mi mamá", y más concretamente, "quiero a mi mamá con una cazuela de sopa de pollo entre las manos". Así que me puse a meditar en qué podía comer que no implicara cocinar ni moverse mucho.
La revelación: pan de sándwich, mermelada de grosellas, mantequilla de cacahuete. (Aquí, podéis meter de fondo "Así hablaba Zarathustra"). Sándwich energético. Y estuve comiendo el mismo durante las cuatro tardes siguientes.
Mi relación con la mantequilla de cacahuete cambió, aunque raramente soy capaz de comerla por la mañana. Eso no ha cambiado tanto.
Pero sí que soy capaz de perpetrar unas galletas en las que he sustituído las pepitas de chocolate por pedazos de Reese (pero en lugar de poner una chocolatina entera encima de la galleta, como en la receta, las he mezclado con la masa, así la mantequilla de cacahuete y el chocolate se funden juntos, mmmmhh). En honor del día internacional sin dieta: hoy. Bonita conmemoración donde las haya. Si queréis celebrarlo pero no os apetece cocinar, podéis celebrarlo con un sándwich de plátano con miel.
Y que le den morcilla a la celulitis. Imaginaos que tras comeros este sándwich, salís de casa dándole rienda suelta a la culpabilidad, y, distraídas, os pilla un autobús al cruzar la calle. Francamente, sería bastante lamentable que vuestro último pensamiento antes de dejar este mundo fuera: "No tendría que haber comido todos esos hidratos de carbono".
domingo, 3 de mayo de 2009
De tetas y pedagogía

Sobrino Espitoso entra corriendo, llevando unicamente unos diminutos (porque él es flacucho, incluso para un niño de cuatro años) slips morados y verdes del increíble Hulk, slips que, por cierto, le compré yo en un ataque de "tíitis" aguda.
Sobrino Espitoso, bajándose los minúsculos calzoncillos y sentándose en el retrete a toda velocidad : -"¡Me meo! ¡Me meo!"
Eso de hacer pis sentado debe de ser producto de su educación. Estoico Hermano -o Recia Cuñada- no confían en lo certero de su puntería. ¿Será genético?
Mi momento de soledad fue breve. Cierro la puerta (conociendo a mi familia, y teniendo en cuenta que el cuarto de baño es un clásico aseo español, dotado de bidé, aún hay espacio para que Estoico Hermano venga a ducharse y Recia Cuñada entre con Bebé a darle un baño de asiento): -"Vale, vale, ¿quieres que llame a la abuela por teléfono? Debe de ser la única que no te ha oído."
Ruidito de tierno pipí infantil. Mientras me enjuago la boca, mirando pensativa mi reflejo, Sobrino Espitoso, igualmente pensativo, apoyando el mentón en una mano, me lanza esta pregunta: -"Tía Arantza, ¿tú tienes tetas?".
Lo miro, la boca ligeramente abierta y las comisuras aún llenas de pasta de dientes, un poco descolocada y ligeramente ofendida, y no precisamente en mi sentido del recato, sino más bien en el pundonor. Que vale que no posea un escote amuebladísimo y voluptuoso, pero coño, lo que se dice tener tetas, tengo.
Yo (abombando un poco el tórax): -"Pues claro que tengo."
Nos ha jodido, el niño. Pero no lo digo, porque estoy intentando no cargarme toda su educación en una semana de visita, y hoy ya me ha oído decir -y repetido en la mesa con gran regocijo - tres "joder" y un "hostias".
viernes, 1 de mayo de 2009
Comida coreana
Los coreanos tienen sus propios raviolis, claro, ya os conté que el mundo de los raviolis o dumplings es inmenso. Los suyos se llaman mandu. Los raviolis de todo tipo y procedencia son algo que me gusta mucho, así que los veréis aparecer regularmente en este blog, probablemente flotando en un caldo :-).

Las sopas claras, con mucho caldo, son las que más me gustan, especialmente las vietnamitas, y la sopa won ton.
Esta sopa tenía un caldo cuya base sabía a ternera, a pollo, col, chalotas, salsa de soja y otras cosas no identificables. Muy buena. A pesar de que pagué un "precio estudiante". Es lo bueno de Montreal, se puede comer bien fuera de casa, por poco dinero.





