jueves, 14 de mayo de 2009

Gracias, guapos

Después de haber recibido más mensajes de voluntarios ofreciendo su ayuda de los que necesitaba o podré contestar de forma más personal (pena), me quito el sombrero y me inclino ante vuestra generosidad, desprendimiento, simpatía y solidaridad.
A todos los voluntarios y amigos españoles: Mili, Claudia, Ivana, Sara, María, Esperanza, Maite, Jordi, Alba, Lilith, Eva, Yolanda, Dani, Mónica, Txentxo, Estoico Hermano y Recia Cuñada, Lupe, Rafa; a los voluntarios y amigos latinoamericanos: Edith, María, su hermano Carlos, a Juliana, a su marido Francisco, Angélica, Adriana, Marcela, Diana y Sol, a todos,

Si tuviera pasta para enviaros a todos un paquetillo de agradecimiento, lo haría. Tendréis que conformaros con mi más sentido homenaje. Guapos, que sois todos unos guapos.

And the winner is... / Y el premio va para...

La respuesta a mi petición de ayuda a los lectores latinoamericanos (y a los amigos/maridos/conocidos) de dichos lectores fue tan espontánea, rápida y amable, que me sorprendió.

Como lo prometido es deuda, he sorteado un regalito de agradecimiento (no esperéis gran cosa, es un paquetillo con muestras de los productos típicos de Quebec) entre todas las personas que me han ayudado. No he incluído a mis amigas de aquí porque ellas saben que serán recompensadas en vivo y en directo ;-).

Así que el premio va para... (redoble de tambores)...



¡Tachán!


¡Juliana! (Que tendrá que escribir al buzón del blog para mandarme su dirección postal completa).

El mini-premio: unos bombones de arce y nueces, galletas de sirope de arce, copos de azúcar de arce (estupendos para espolvorear las fresas, los yogures y el helado), un par de recuerdillos de Quebec y un poco de sucre à la creme (el fudge tradicional quebequés). Espero que le guste.


Gracias a todos los que me habéis echado una mano.

domingo, 10 de mayo de 2009

Pastel sexy de Tía María / Gâteau sexy au Tia Maria avec son coulis de framboises

Desde que he descubierto los lujuriosos pasteles de chocolate negro "con cosas", me ha dado por probar todas las recetas que encuentro. El hecho de ser una chocoadicta sin ninguna esperanza de rehabilitación probablemente también tenga algo que ver.
Empecé con el "Wake-up-and-smell-the-coffee-Dark-Chocolate-Cake" (pastel de chocolate negro y café espresso que os recomiendo con entusiasmo), seguí con el fantástico "Kiss-me-I'm-Irish Guinness Cake" y hoy continúo con este lúbrico pastel marmoleado de Tía María.


En realidad, no es el pastel el que es marmoleado, sino la ganache de chocolate con la que lo recubrí. La receta original proponía una simple cobertura de chocolate negro decorada con granos de café (aquí se encuentran recubiertos de chocolate, por seguir con la redundancia café-chocolate-más chocolate), pero me apetecía jugar con una cobertura de chocolate blanco y negro. El efecto marmoleado no lo conseguí exactamente como quería, (me quedó más como un motivo de venas varicosas que como un estampado de papel florentino, que era lo que pretendía), y es que he descubierto que el chocolate blanco es muy caprichoso a la hora de trabajar con él y fundirlo. Si una se pasa aunque sea ligeramente del tiempo necesario, se vuelve pastoso e imposible. Un poco como pasa con algunas relaciones.

Tras cubrir el pastel con la ganache de chocolate negro, vertí inmediatamente la de chocolate blanco por encima y con un palillo hice dibujos. Si hubiera tenido más tiempo, hubiera pegado virutas de chocolate negro alrededor de todo el contorno.

La masa de este pastel es terriblemente líquida, si no tenéis un molde desfondable totalmente hermético (aquí los llaman spring pan porque se cierran con un resorte), os aconsejo un molde tradicional. Si vuestro molde es presuntamente fiable, aún así os sugiero hornearlo encima de una bandeja de horno, para evitar "sorpresas".

Es precisamente lo líquido de la masa y la baja temperatura a la que se hornea durante largo tiempo, junto con la enorme cantidad de buen chocolate (y hablo de chocolate en tableta, y no de cacao en polvo), lo que le da a este pastel esa textura suntuosa -y untuosa-, extremadamente húmeda, casi como de pudding, que no se parece en nada a la textura de bizcocho más tradicional de los otros dos pasteles que he hecho últimamente y que rezuma chocolate de una manera que estoy segura que el Vaticano desaprobaría. Este pastel casi remplaza el sexo, vaya. Y lo de "casi" depende del talento del partenaire.

Por esa misma razón, no necesita ser rellenado de ninguna crema, ya es lo bastante cremoso y pecaminoso en sí mismo. Un coulis o salsa de frutas rojas más bien ácidas (frambuesas o grosellas) ejercen de contraste perfecto al dulce-amargo del chocolate negro (yo lo hice con 80% de cacao) y el fondo sutil de café.


La receta la encontré en la novela "Eat cake", de la que ya os hablé, la que os he enlazado aquí es exactamente la misma. Os animo con entusiasmo a que pequéis y lo probéis.

Porque siempre hay una buena razón de sentarse delante de un pedazo de pastel de chocolate.

viernes, 8 de mayo de 2009

Muffins pop de plátano


Deliciosos, sanotes, fáciles. La receta, aquí.


La canción para acompañarlos, aquí.
Dedicados a la Lupe, por su buen humor crónico. Y porque me la recuerdan mucho :-).

miércoles, 6 de mayo de 2009

International No Diet Day: Galletas guarrísimas de Reese

Tenéis que perdonarme si a veces hablo de cosas que ya existen por España, hace ya una década que crucé el charco, y, a pesar de visitas en vacaciones, no estoy muy al día en lo que a productos que puedan encontrarse en los supermercados se refiere. Por eso a veces puedo hablar de algo que creo que os va a parecer "exótico" a los que vivís al otro lado del Atlántico, y resulta que, como la sombra de la mundialización es alargada, ya se vende por allí.

Pero algo me dice que los chocolates Reese no se encuentran mucho por la Europa no anglosajona, el abismo de las diferencias culturales es demasiado profundo. Hay que tener papilas gustativas anglosajonas (o haber vivido mucho tiempo en un país que las tenga), para apreciar esta guarrería, este epítome de la cochinada norteamericana.


Para empezar, hay que ser capaz de apreciar la mantequilla de cacahuete, y la idea de que esta pasta ultradensa puede mezclarse con cosas varias, en este caso, el chocolate. La mantequilla de cacahuete es el desayuno tradicional de Quebec. Los quebequeses la untan alegremente en sus tostadas, y monsieur M., con esa horrible exultación mañanera que le caracteriza, (horrible, porque antes de las siete de la mañana no puede ser calificada de otra manera), la unta aún más alegremente, si cabe. Y la mezcla con cosas como plátano, miel, o Nutella. Cielo santo.

Yo que me levanto con la boca seca como la suela de una alpargata, y que no puedo articular palabra hasta que no me he metido mínimo dos vasazos de agua y uno de zumo entre pecho y espalda; yo que no soy matinal, que cuando el despertador suena antes de las siete (en este magnífico país, muy a menudo) quiero morir (sólo durante los primeros veinte minutos de mi jornada); yo que amanezco con un aspecto como si una pala mecánica me hubiera pasado repetidas veces por encima durante la noche (¿quién ha dejado entrar una excavadora al dormitorio? porque esa cara yo no la tenía ayer por la noche... y luego hablan de "sueño reparador"...) y que voy a la universidad con las marcas de la almohada aún impresas en el carrillo; yo que desayuno en el metro porque a esas horas luciferinas no me entra nada en el cuerpo, veo como mi quebequés de marido mastica esa cosa pastosa y pienso que, si le doy un tiento a su tostada, no seré capaz de despegar la lengua del paladar nunca más. Inconveniente para alguien cuyo trabajo consiste principalmente en hablar en público.

Pero mi relación con la peanut butter/ beurre d'arachides ou beurre de pinottes, como la llaman en Quebec, ha cambiado extrañamente.

Todo empezó tras una gripe de caballo que pasé durante mi segundo invierno aquí, el virus me había afectado también el aparato digestivo, y hacía como una semana que no podía tragar nada. Tras muchos tosidos, fiebre salvaje y noches abrazada a la papelera de mi cuarto (por si las moscas), cuando lo peor de la gripe comenzó a ser cosa del pasado, me levanté una tarde sintiéndome una piltrafa. Como estaba solita en ese momento (monsieur M. andaba de viaje, intimidando renos en el norte de la provincia), en un país hostil (al menos, sus virus me parecían bastante hostiles, los muy canallas) y en pleno febrero, y sentía las rodillas blandas como la gelatina, me senté en la cocina pensando algo así como "quiero a mi mamá", y más concretamente, "quiero a mi mamá con una cazuela de sopa de pollo entre las manos". Así que me puse a meditar en qué podía comer que no implicara cocinar ni moverse mucho.

La revelación: pan de sándwich, mermelada de grosellas, mantequilla de cacahuete. (Aquí, podéis meter de fondo "Así hablaba Zarathustra"). Sándwich energético. Y estuve comiendo el mismo durante las cuatro tardes siguientes.

Mi relación con la mantequilla de cacahuete cambió, aunque raramente soy capaz de comerla por la mañana. Eso no ha cambiado tanto.

Pero sí que soy capaz de perpetrar unas galletas en las que he sustituído las pepitas de chocolate por pedazos de Reese (pero en lugar de poner una chocolatina entera encima de la galleta, como en la receta, las he mezclado con la masa, así la mantequilla de cacahuete y el chocolate se funden juntos, mmmmhh). En honor del día internacional sin dieta: hoy. Bonita conmemoración donde las haya. Si queréis celebrarlo pero no os apetece cocinar, podéis celebrarlo con un sándwich de plátano con miel.

Y que le den morcilla a la celulitis. Imaginaos que tras comeros este sándwich, salís de casa dándole rienda suelta a la culpabilidad, y, distraídas, os pilla un autobús al cruzar la calle. Francamente, sería bastante lamentable que vuestro último pensamiento antes de dejar este mundo fuera: "No tendría que haber comido todos esos hidratos de carbono".

domingo, 3 de mayo de 2009

De tetas y pedagogía


Hace un par de veranos, en mi última visita a las Europas, una ciudad del norte de España, un cuarto de baño en el piso fuertemente hipotecado de Estoico Hermano: me cepillo los dientes con la puerta cerrada, con la vana esperanza de procurarme unos muy necesarios minutos de soledad. La puerta se abre bruscamente. Dada la falta generalizada de pestillos que padecen los domicilios de mi familia española y el exotismo de esa extraña costumbre de llamar a las puertas cerradas, practicada tan poco por mi tribu, no me sorprendo mucho.

Sobrino Espitoso entra corriendo, llevando unicamente unos diminutos (porque él es flacucho, incluso para un niño de cuatro años) slips morados y verdes del increíble Hulk, slips que, por cierto, le compré yo en un ataque de "tíitis" aguda.

Sobrino Espitoso, bajándose los minúsculos calzoncillos y sentándose en el retrete a toda velocidad : -"¡Me meo! ¡Me meo!"

Eso de hacer pis sentado debe de ser producto de su educación. Estoico Hermano -o Recia Cuñada- no confían en lo certero de su puntería. ¿Será genético?

Mi momento de soledad fue breve. Cierro la puerta (conociendo a mi familia, y teniendo en cuenta que el cuarto de baño es un clásico aseo español, dotado de bidé, aún hay espacio para que Estoico Hermano venga a ducharse y Recia Cuñada entre con Bebé a darle un baño de asiento): -"Vale, vale, ¿quieres que llame a la abuela por teléfono? Debe de ser la única que no te ha oído."

Ruidito de tierno pipí infantil. Mientras me enjuago la boca, mirando pensativa mi reflejo, Sobrino Espitoso, igualmente pensativo, apoyando el mentón en una mano, me lanza esta pregunta: -"Tía Arantza, ¿tú tienes tetas?".

Lo miro, la boca ligeramente abierta y las comisuras aún llenas de pasta de dientes, un poco descolocada y ligeramente ofendida, y no precisamente en mi sentido del recato, sino más bien en el pundonor. Que vale que no posea un escote amuebladísimo y voluptuoso, pero coño, lo que se dice tener tetas, tengo.

Yo (abombando un poco el tórax): -"Pues claro que tengo."

Nos ha jodido, el niño. Pero no lo digo, porque estoy intentando no cargarme toda su educación en una semana de visita, y hoy ya me ha oído decir -y repetido en la mesa con gran regocijo - tres "joder" y un "hostias".

Sobrino Espitoso, aún sentado en el retrete, los calzoncillos en torno a los flacuchos tobillos, escrutándome el área pectoral sin ningún disimulo, se permite dudar: -"¿De verdad?". Hay que decir que su madre, Recia Cuñada, está equipada con un escote que provocaría la envidia de Sofía Loren. Hace treinta años también hubiera provocado su envidia (hay que precisar, porque cuando vi a Sofía en la entrega de los Oscar de este año, daba bastante miedo).

Jolín, vale lo de que esta generación está siendo criada sin toda esa horrible culpabilidad católica en lo tocante al sexo, pero caray, este niño tiene cuatro años. Según Freud, tiene que estar como mucho al principio de la fase de latencia, y no interesándose por las tetas de nadie.

Yo: -"Claro. Soy una chica. Las chicas tenemos tet--- pechos."

Sobrino Espitoso: -"Ya le había dicho yo a Iñigo Borja que tú eras una chica. Y no me creía. Me dijo que si fueras una chica, tendrías tetas y pelo largo."
Bonjour, ideas reductoras a los cuatro años.

Yo, cerrando el grifo: -"¿Iñigo B---?" (¿En qué demonios estarían pensando sus padres al bautizarlo así? ¿Estarían borrachos? ¿Qué ha pasado con nombres clásicos como Juan, Pablo?)
-"¿Tu amigo no sabe que las chicas también llevan el pelo corto? ¿Y los chicos el pelo largo? ¿Y que no todas las mujeres tienen tet--- pechos grandes?"
(Probablemente los padres son de la Falange, y le dejan ver reposiciones de "Los vigilantes de la playa". Eso explicaría el nombre. Y el modelo femenino reductor.) -"¿Tú no tienes amigas con el pelo corto en la ikastola ?"

Sobrino Espitoso, ligeramente escéptico: -"Mmh. Karmele tiene el pelo corto, pero yo creo que es un chico. No tiene tetas, y escupe más lejos que nadie."

Yo, secándome las manos con la toalla, lista para destruir prejuicios sexistas a tan tierna edad, toda triunfante de lógica adulta: -"Pero, a ver, tu amiga Karmele, cuando tiene que hacer pis, ¿a qué baño va? ¿Al de los chicos o al de las chicas?"

Sobrino Espitoso, aún no completamente convencido por mi lógica irrefutable: -"Uhm." Se rasca la cabeza, pensativo. Pausa larga. -"Tía, ¿me enseñas las tetas?", dice al fin, sentado en la taza, con expresión seria y científica.

Yo, mirándolo con asombro -adiós, fase de latencia-, me debato en cinco segundos con todos mis principios:

a) Los educativos (deformación profesional): la sana curiosidad científica debe de ser satisfecha con respuestas.

b) Los psico-comportamentales: más allá de la intención pedagógico-anatómica, está el problema de los tabús. Si digo no, y muestro incomodidad, voy a traumatizarlo de por vida, pobriño, va a pensar que la desnudez es algo vergonzoso, su vida sexual será un asco y todo por culpa de su tía, que no quiso enseñarle las tetas en su tierna infancia. Bueno, igual la relación de causa-efecto no funciona exactamente así, pero qué responsabilidad, madre.

c) Por otra parte, mis nobles propósitos pedagógicos van a parecer difíciles de explicar si alguien abre la puerta y me ve en el baño, enseñándole las tetas a mi sobrino.

d) Y lo de satisfacer la sana curiosidad científica tiene sus límites, leche. Que primero es "enséñame las tetas" y a los 15 igual va y me dice que tiene mucha curiosidad por saber en qué consiste la sodomía con un vibrador a cabeza triple -esto del acceso ilimitado a internet es terrible-, y yo en algunas cosas aún soy muy judeocristiana. Y mis instintos pedagógicos tienen sus límites.

Ahí le ando, debatiéndome, cuando en toda su aplastante lógica infantil me suelta: -"Cuando vas a la playa las enseñas, ¿no? Mamá las enseña. Como todas las chicas. Si eres una chica, claro..."

No sabiendo aún si es su lógica la que me ha convencido, o mi orgullo ligeramente picado, me levanto brevemente la camiseta, con expresión resignada. Sobrino Espitoso observa desapasionadamente, con interés taxonómico.

Yo, bajándome la camiseta, con tono concluyente: -"¿Ves? Tengo el pelo corto y soy una chica."

Sobrino Espitoso: -"Es verdad. Son más pequeñas que las de mamá. Pero tienes. Y son un poco más grandes que las de Conchi."
(Conchi es la canguro que va a buscarlo a la salida del cole. Veo que ella también ha caído. Este niño tiene su talento.) -"Pero las de la abuela son diferentes. Como más planitas."

Santa Madre es tan incauta como yo. Debe de ser de familia.

Dicho esto, se levanta, se sube el calzoncillo, tira de la cadena y sale corriendo del cuarto de baño, gritando: -"¡MAMA! ¡MAMAAAAAAA! ¡Tenías razón, tía Arantza es una chica, me ha enseñado las tetas!"

Recia Cuñada, desde la cocina, con tono cansado: -"¿Ella también?"

viernes, 1 de mayo de 2009

Comida coreana

He probado algo nuevo: comida coreana. La cocina coreana está a medio camino entre la japonesa y la china, y hasta ahora nunca había tenido la oportunidad de probarla.

Los coreanos tienen sus propios raviolis, claro, ya os conté que el mundo de los raviolis o dumplings es inmenso. Los suyos se llaman mandu. Los raviolis de todo tipo y procedencia son algo que me gusta mucho, así que los veréis aparecer regularmente en este blog, probablemente flotando en un caldo :-).
Al contrario que a Mafalda, a mí me encanta la sopa. Empecé a apreciarla realmente cuando vine a vivir a un país nórdico. Es mi comida reconfortante por excelencia.

Las sopas claras, con mucho caldo, son las que más me gustan, especialmente las vietnamitas, y la sopa won ton.

Esta sopa tenía un caldo cuya base sabía a ternera, a pollo, col, chalotas, salsa de soja y otras cosas no identificables. Muy buena. A pesar de que pagué un "precio estudiante". Es lo bueno de Montreal, se puede comer bien fuera de casa, por poco dinero.


Lo típico-típico en un restaurante coreano es el bulgogi, plato de carne salteada o a la parrilla, servida con verduritas y arroz, y el kimchi , una especie de chucrut coreano, que se come solo o acompañando otros platos, en muchas formas diferentes. Parece ser que las primeras referencias a la elaboración del chucrut provienen de China del norte y fue exportado hacia Europa mediante la expansión de los mongoles. Otra cosa que viene de China.

Yo pedí un bibimbap de pollo. No me entusiasmó mucho, me pareció muy salado, probablemente por la forma de fermentar algunas de las verduras. Pero pienso reincidir, la próxima vez en un restaurante a precio un poco menos estudiante. Por aquello de reunir más información para formarme una opinión más completa. Y llenarme la pancita, que diría mi amiga María.