sábado, 10 de enero de 2009

Crítica "constructiva" o el arte de evaluar

(Imagen de Ed Polish & Darren Wotz)

Empecemos el año con buen pie, y volvamos al trabajo con positivismo. Aunque soy totalmente "anticirculares" que la gente envía por correo electrónico, lo cierto es que hay veces (contadas) que se leen cosas divertidas. Ésta me la envió monsieur M., que tampoco suele practicar lo de enviar tonterías. Y lo que me reí.

Aprecié el humor de la cosa porque, como profe, la parte del trabajo que odiaba era la de evaluar. Evaluar es una gran responsabilidad, un arte y una maldición para que el que está obligado a hacerlo. Dependiendo del contexto, evaluar es también una forma de poder, y como toda forma de poder, hay que tener mucho sentido común y una cierta sabiduría para ejercerlo. Así que mi incomodidad ante la tarea de evaluar es bastante comprensible, creo que siempre he sido consciente del alcance que puede tener, y de lo poco que estamos a la altura la mayoría de los que la afrontamos.
Estos comentarios, que publico en versión original y en traducción libre (perpretada por una servidora), están escritos por los supervisores y gerentes de varios ministerios canadienses, y son extractos de las evaluaciones que se hacen por escrito del rendimiento en el trabajo de los funcionarios que trabajan en dichos ministerios. Por supuesto, los nombres de los empleados evaluados no aparecen. Afortunadamente para ellos.

(Commentaires des superviseurs cadres sur leurs employés lors des évaluations de travail aux divers ministères du Canada.
Ces commentaires sont tirés des rapports d'évaluation de rendement élaborés au gouvernement du Canada entre les années 1999 et 2002 et ont été obtenus en application de la loi sur l'accès àl'information après qu'on eut masqué le nom des personnes concernées:)


1) Travaille bien seulement quand il est sous surveillance constante et qu'il est coincé comme un rat dans un piège.
1) Trabaja bien solamente bajo constante vigilancia y cuando está acorralado como una rata en un cepo.

2) Je ne permettrais pas à cet employé de se reproduire.
2) Yo no permitiría a este empleado que se reprodujera.


3) Dans mon dernier rapport, il avait atteint le fond. Eh bien, il a recommencé à creuser.

3) En mi último informe, había tocado fondo. Pues bien, ha vuelto a empezar a cavar.


4) Il se fixe des niveaux de performance très bas et ne les atteint pas régulièrement.

4) Se fija niveles de rendimiento muy bajos y con regularidad no los alcanza.

5) Cet employé devrait aller loin. Et plus tôt il partira, mieux ce sera.

5) Este empleado llegará lejos. Y cuanto antes salga, mejor será.

6) Cet employé prive un village, quelque part, de son idiot.

6) Este empleado está privando en algún lugar a algún pueblo de su loco.

7) Pas le couteau le plus aiguisé du tiroir.

7) No es precisamente el cuchillo más afilado del cajón.

8) Un gros ignorant! 144 fois pire qu'un ignorant ordinaire.

8) ¡Un enorme ignorante! 144 veces peor que un ignorante normal.

9) A une mémoire photographique mais avec le capuchon de la lentille collé dessus.

9) Tiene una memoria fotográfica pero con el tapón de la cámara puesto.

10) Un organisme unicellulaire le bat au test de QI.

10) Un organismo unicelular le gana en el test de cociente intelectual.

11) A donné son cerveau à la science avant d'en avoir fini avec.

11) Donó su cerebro a la ciencia antes de acabar con él.

12) Est tombé de l'arbre généalogique.

12) Se cayó del árbol genealógico.

13) Les barrières sont descendues, les lumières clignotent mais le train n'arrive pas.

13) La barrera ha bajado, las luces parpadean pero el tren no llega.

14) Il dispose de deux cerveaux; le premier s'est perdu, l'autre est parti à sa recherche.

14) Dispone de dos cerebros; el primero se perdió y el otro se ha ido a buscarlo.

15) Si les cerveaux étaient taxés, il obtiendrait une ristourne.

15) Si hubiera impuestos sobre los cerebros, obtendría un descuento.


16) Un peu plus stupide et on l'arrose deux fois par semaine.

16) Un poco más imbécil y lo regamos dos veces por semana.

17) Si vous lui donniez un cent pour chacune de ses pensées, il vous rendrait la monnaie.

17) Si le dieran un céntimo por cada idea, devolvería el cambio.

18) En vous plaçant assez proche, vous pourrez entendre l'océan.

18) Si uno se sitúa lo bastante cerca de él, se oye el mar.


19) Certains boivent à la fontaine de la connaissance, lui, il se gargarise.

19) Los hay que beben en la fuente de la sabiduría, él hace gárgaras.


20) Dur de croire qu'il est arrivé premier parmi un million d'espermatozoïdes .

20) Difícil de creer que él es el que llegó el primero de un millón de espermatozoides.


Pues eso. Que viva la crítica constructiva.

jueves, 8 de enero de 2009

Thin thighs in thirty years: Crema de apio y manzana


Se terminaron las fiestas. De vuelta al trabajo, con el resto del crudo invierno por delante, y a nuestras espaldas, las cuentas y los kilos navideños acumulados. En mi caso, tengo en el horizonte entre tres y cuatro meses de gélido invierno canadiense , y de tesina intensiva a terminar a toda leche.

Con la maldita crisis que todos los telediarios se apresuran a recordarnos cada cinco minutos, la cuesta de enero nunca ha parecido más empinada. No pretendo deprimiros, pero si pensáis que la cosa está negra, no sabéis hasta qué punto puede estarlo aquí, en Quebec.

Porque encima de los centímetros añadidos a nuestras ya macizillas pistoleras, y de los gastos despendolados durante las fiestas, en Quebec existe una maligna tradición que empieza a ser realmente popular, durante los meses de enero y febrero. Una va de compras durante las rebajas, inocentemente, despreocupada, intentando encontrar a mitad de precio ese par de botas invernales fantásticas que le hicieron tilín antes de las fiestas, y, zas, ahí están, malignos, despiadados: los trajes de baño. Los biquinis. Los tangas. Los pareos.

Ya estoy viendo vuestras expresiones interrogantes, vuestro asombro: ¿biquinis? ¿bañadores? ¿en Canadá, en invierno? Efectivamente. Biquinis, bañadores, esos perniciosos y minúsculos pedazos de lycra, concebidos para humillar a cualquier mujer, por muy cargada de doctorados que vaya por la vida. Cada invierno, una vez la magia de la Navidad, oh blanca Navidad esfumada, los quebequeses de clase media que pueden permitírselo (y son bastantes, porque el viaje desde aquí no sale muy caro), ponen pies en polvorosa (o en más bien en nieve en polvo) y huyen del invierno una o dos semanas a Cuba, a México, o a la República Dominicana.

Aunque yo no pueda permitirme la migración al Caribe (aún soy estudiante, intentando revolucionar el mundo de la lingüística), alguna vez he cometido el error de probarme una de esas viles prendas de desvestir. Nada como un probador con sólo una luz fluorescente, proyectando sombras que vestida ya te avejentan, esa luz azulada que ilumina de forma despiadada cada variz, cada nódulo celulítico, cada pelo superfluo (a ver si os creéis que en pleno invierno, a veinte bajo cero, una se pasea por Montreal perfectamente depilada, cuando la única superficie de piel que se muestra al mundo es la porción de rostro situada entre las cejas y las fosas nasales) para hacerte sentir como una morsa ensalchichonada en un bustier y braguita a juego. Intentar embutirse en un biquini en pleno enero, cuando se tiene la tez verdosa por falta de luz solar, y la grasilla invernal que nos envuelve confortablemente, es un suicidio seguro a la autoestima. Cathy sabe de lo que hablo.

Así que este enero, queridos lectores, antes de subiros a una báscula y sucumbir a un ataque de lástima por vuestro grácil talle de junco, echado a perder por tanto polvorón y tanto cochinillo asado, pensad un momentito en mí, unos grados de miseria más al norte; en mí, chillando desde el probador a la vendedora que puede irse a freír donuts, que no pienso salir del probador -sin espejo- a mirarme en el espejo exterior, para que ella me diga lo bien que me queda el biquini a lunares que me estoy probando y del que las carnes me rebosan abundantemente, ante toda la concurrencia de maridos que espera fuera de las cabinas.

Como sé que este enero más de uno intentará poner en práctica algunos buenos propósitos , tales como ir al gimnasio mínimo tres veces por semana, dejar de fumar, beber menos cervezas y hacer la dieta del pomelo u otras sandeces análogas (ya sabéis lo que pienso de las dietas milagrosas), y que las revistas en estas fechas nos agreden con titulares como "Fuera celulitis" o "Pierde esa tripita con cinco minutos de ejercicios al día", he decidido echaros una mano con una receta sana, parte de un programa de adelgazamiento que sigo desde hace tiempo, y que es mucho más llevadero: "Muslos delgados en treinta años". Este programa consiste en comer de forma razonable (permitiéndose episodios de glotonería indecente) y disfrutar de la vida, y pensar que si se está a finales de la treintena o a principios de la cuarentena, en treinta años la vejez hará que perdamos la mitad de la masa muscular y nuestros muslos parecerán mucho más delgados (un poco colgones, eso sí, pero no se puede tener todo). Y que dentro de tres décadas todos estaremos suspirando por tener el cuerpo serrano que tenemos hoy.

La recetilla de hoy, (aquí, en francés) muy rica, utiliza como ingrediente de base el apio, esa verdura tan despreciada por muchos. Podría intentar vendéroslo diciendo que es una verdura depurativa, antiinflamatoria y antioxidante, llena de vitaminas C y B6, de fibra, de potasio, de ácido fólico y que tiene efectos calmantes, con lo que ayuda a controlar la tensión arterial demasiado alta. Pero la verdad es que yo no soy capaz de comer algo que sepa a rayos aunque me repita que es antioxidante. Lo que sí puedo deciros es que en esta crema, mezclado con manzanas (sí, manzanas en una sopa), da un resultado suave y aterciopelado, pierde ese amargor que es la razón por la que a mucha gente no le gusta, y sabe fresco y delicioso, y sííí, es bajo en calorías.


Imagen del apio tomada de organicpassion.info. La sopita es mía.

martes, 6 de enero de 2009

Los Reyes han pasado...


... y se las han arreglado para dejar un roscón, incluso a los que hemos sido buenos en Montreal. (Bueno, hay que decir que hemos sido TAN buenos, que hemos pasado toda una tarde currándonos el roscón, todo sea por la tradición.)


Espero que vosotros también hayáis sido buenos. Feliz día de Reyes.

lunes, 5 de enero de 2009

Chipirones transatlánticos: HEMC 29

El día de Nochevieja os conté el menú que había preparado para sumergir a mis amigos quebequeses en un océano de vasquitud, y las dificultades de encontrar algunos de los ingredientes de este menú a este lado del charco. Muchos de los lectores que comentaron ese post manifestaron su curiosidad por la reacción de mis invitados ante platos tan -para ellos- extraños como las gulas, los txipirones en su tinta o los caracolillos de mar. Pues bien, puedo deciros que no sólo se atrevieron a probarlo todo, sino que, ante mi gran sorpresa, todo pareció gustarles (vamos, que ninguno corrió a escupir nada en el baño).

Sigo pensando que si lo de revolucionar el mundo de la lingüística no termina de cuajar, aquí en Montreal puede tener futuro lo de abrirse un tascorro de pintxos. De los de verdad, con un mar de cáscaras de mejillones y serrín inundando el suelo del establecimiento, en ese estilo bárbaro que caracteriza los tascorros. Tendría que bregar un poco con las asépticas autoridades sanitarias de Quebec, sobre todo para justificar los jamones colgados del techo goteando grasilla tocinera sobre la concurrencia, pero yo creo que tendría futuro.
El mérito no lo atribuyo tanto a mi forma de cocinar (todo me quedó correcto, el pastel de pescado -abajo, izquierda- podría ser calificado de bastante bueno, pero nada que me procure un empleo en Arzak, vaya), sino a la mente abierta y curiosa de mis amigos, siempre sedientos de conocer otras culturas y de probar cosas nuevas. Hicieron muchas preguntas sobre la forma de preparar los platos y las ocasiones en las que se comen. Les conté todo tipo de mentiras (siempre me ha gustado la antropología creativa), como que los txipirones los comemos los vascos sólo en noches de luna llena y desnudos (a excepción de la txapela), o que antes de probar las gulas entonamos un cántico ritual golpeándonos el pecho con los puños. Todo sea por exportar nuestra cultura secular.

Lo que más éxito tuvo fue, sorprendentemente, los caracolillos de mar, quizá por lo simple de su preparación. Los chipirones impresionaron por su color, y por su efecto sobre el aparato digestivo (tuve algunas llamadas preocupadas el día de Año Nuevo).




Mi What-the-Dickens-Whisky-Fruitcake (del que aún no habíais visto una foto -arriba, derecha-, porque estaba "marinando" en las profundidades del frigo) fue muy bien acogido, a pesar de que algunas de las damas sugirieron que el año que viene debería cargar menos la mano en lo que al alcohol se refiere. Los caballeros presentes exclamaron, ultrajados: -"¡Ni hablar! ¡Está perfecto!". Lo que confirma mi impresión de que en lo que al whisky se refiere, las papilas masculinas están más curtidas que las femeninas.
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Curiosamente, por una de esas coincidencias del mundo blogueril, Pilar, de la cocina de Lechuza, ha propuesto los calamares como ingrediente del Hecho en mi Cocina de este mes de enero. El blog de Pilar merece la pena de ser visitado, porque se esfuerza en conservar y transmitir todas esas recetas de cocina casera con las que hemos crecido, que no por conocidas y modestas dejan de ser deliciosas, y nos las explica con una claridad ejemplar.

Este mes participo sólo por la coincidencia en la propuesta del HEMC y mi menu de Nochevieja, pero mi receta no propone nada innovador: es la clásica receta de chipirones en su tinta, la más simple que he encontrado. Me parecía interesante publicar el plato para dar la oportunidad a los lectores de este lado del Atlántico de aprender a cocinar este plato simple, sano, barato y espectacular. La receta, de Arguiñano, nuestro vasco impresentable internacional, podéis verla aquí. Yo añadí al sofrito para la salsa un pimiento verde, que parece ser el toque familiar (según consejos telefónicos de Santa Madre y Estoico Hermano).

Un saludo a todos y que los Reyes os traigan todo... lo que habéis merecido ;-).

domingo, 4 de enero de 2009

Short term shortbread



Éste es uno de los últimos dulces navideños de mis famosas cajas de surtido casero que voy a publicar (el último, creo que ya os lo imagináis). Maite, fiel lectora, me pidió no hace mucho una receta fácil de galletas, para alguien que, como ella, no ha probado a hacer nunca y acaba de comprarse unos cortapastas.

El muy escocés shortbread es probablemente una de las galletas más fáciles y más agradecidas de hacer. Y una de las más deliciosas. Y de hecho, ni siquiera necesita cortapastas. De sus propiedades atasca-arterias no hablaremos, corramos un tupido velo, aún es Navidad. Ya llegará la cuesta de enero con su festival de dietas, sus gimnasios llenos de desesperación y michelines. Por ahora, y hasta el el 7 de enero, San Michelín, let's eat, drink and be merry, qué demonios.

Los espectaculares moldes de shortbread que véis arriba son un regalo anticipado que recibí de monsieur M. Regalo totalmente desinteresado por su parte, ya que él odia la mantequilla y todo lo que huele o sabe a ella. Y es que al pobre monsieur M. le pasó un poco lo mismo que a Obélix con la poción: cuando era pequeño (y cómo me cuesta imaginarlo pequeño) se comió enterito un paquete de media libra. Él solo.

Ya sabéis lo que son los niños: dejas a uno de cinco años solo media hora en una habitación con un bloque de mantequilla, y zas, la has liado. Esas cosas no se olvidan fácilmente. A mí me pasó algo parecido con las ostras, que adoraba, hasta que me tragué una que llevaba demasiado tiempo en tierra firme, y me pasé unas navidades abrazada al retrete. Pero pasemos a asuntos más alegres.

Estos magníficos moldes de barro refractario son un regalo por haber terminado los primeros de mis numerosos estudios emprendidos. Aunque no os interese un pimiento, tengo que anunciarlo al universo entero: no, no he terminado la maldita tesina, pero acabo de terminar el máster en traducción. Es oficial, un hecho: ya soy traductora. Sólo me queda el monstruo de la tesina y seré también licenciada en lingüística. Confío en que dentro de pocos meses, ahora que mi pluriempleo académico se ha reducido un poco.

Bueno, pues ahí va la receta clásica. La forma no me quedó muy bien porque estrenaba los moldes y tendría que haberlos dejado un par de minutillos más en el horno, pero con lo golosos que son en mi familia política, tendré tiempo de perfeccionar la técnica.

SHORT TERM SHORTBREAD

(El nombre es por la rapidez de la receta, que no requiere muchas historias)

Ingredientes:

- 1/2 taza de mantequilla de buena calidad (unos 145 gr.) a temperatura ambiente. Crucial, si no queréis poneros de mala leche intentando reblandecerla. Lo mejor, dejarla toda la noche fuera del frigo. Yo uso salada, porque me gusta la pizca de sal en lo dulce, pero va a gustos. Y aquí la margarina no sirve. No sólo no sirve, es un sacrilegio.

- 1/3 taza de azúcar

- 1/4 de cucharadita de extracto de vainilla (opcional, pero más rico). Que sea natural, porfa. La vainilla artificial sabe a ambientador Glade. Y ya habrá algún listo que me preguntará si le he dado un lametón a un ambientador. Mis prácticas privadas no son asunto vuestro.

- 1 taza de harina blanca (no hay versión integral-sana-harekrishna-hare-rama de esta receta, chachos. Si queréis salud, mejor os hacéis una ensalada de berros y olvidáis los shortbread).

Elaboración:

Batir la mantequilla esté bien cremosa y ligera. Añadir el azúcar y seguir batiendo, hasta obtener una textura suave y untuosa. Añadir la esencia de vainilla. Ir mezclando progresivamente la harina hasta obtener una masa. Trabajar la masa en una superficie enharinada, hasta que todos los ingredientes estén bien incorporados y la masa sea suave.

Engrasar muy ligeramente una fuente de horno, y presionar la masa firmemente en ella. Pinchar toda la superficie con un tenedor, y hornear a 165 º unos 30-35 minutos, hasta que esté ligeramente dorada. Dejar que el shortbread se enfríe un poco en la fuente durante unos diez minutillos, y tras despegar los bordes con un cuchillo, dar vuelta a la fuente encima de una tabla de cortar. Cortar en rectángulos (si la fuente es cuadrada) o en triángulos (si es redonda) mientras aún esté tibio. Espolvorear con una pizca de azúcar si se desea. Saborear sin culpabilidad, saben mejor.

viernes, 2 de enero de 2009

Tartaletas de eggnog al ron

Ya sólo queda Reyes (en España, porque aquí no es festivo), y las fiestas se acabaron. Pero que no cunda la tristeza y el temor a los kilos ganados, aún tenemos motivos para celebrar.
Aunque sólo celebremos lo apañadito que es hacer un postre de sobras. En este caso, aproveché medio envase de eggnog que quedaba en la nevera, aunque si vosotros no habéis hecho, no es necesario poneros a preparar uno como ingrediente base. En el fondo, el eggnog no es más que un batido con huevo y ron, aderezado con especias. Para sustituírlo, no tenéis más que hacer una crema pastelera normal y corriente, con vainilla, y añadirle durante la cocción una cucharadita de ron, un poco de canela, nuez moscada y clavo, y ya tenéis el sabor navideño canadiense.
Por una vez, y contra mi costumbre, utilicé tartaletas de masa quebrada congelada. Y es que he trabajado tanto en mis cajas de galletas como regalo, que ya no me quedaba energía repostera para ponerme a hacer la masa. Y éste es un postre de sobras, al fin y al cabo.

Como habrá alguno al que la decoración le llame la atención, os daré el truquillo: más sobras. En este caso, de caramelos rayados de menta, de hacer el fudge. Los metéis a horno medio (180º) encima de un pedazo de papel de aluminio, y no dejáis de vigilarlos hasta que se fundan lo suficiente como para formar estas "pastillas", pero sin dejar que se quemen. No decoréis las tartaletas hasta el último momento, porque la humedad de la crema hace que los caramelos "destiñan" (ver foto). Lloran, los pobres, porque lo bueno se acaba.

jueves, 1 de enero de 2009

Feliz ano nuevo

No, no me he equivocado, tampoco es culpa del teclado, he escrito exactamente lo que quería escribir. Tras años de enseñar en la escuela primaria y en los collèges para adultos, y de recibir enternecedoras -pero erróneas- tarjetas de Navidad de mis alumnos, y de contenerme la risa porque a pesar de todo lo habían escrito con afecto (y sin diccionario); a pesar de constatar que tras meses de mis titánicos esfuerzos aún no eran capaces de escribir año como Dios manda, no he podido reprimirme: tenía que desearos un feliz esfínter a todos.

Ahora un poco de seriedad:

Que todos vuestros proyectos se realicen, que tengáis tiempo (y si no, lo busquéis, leñe) para pasarlo en buena compañía, que déis y recibáis todo el amor posible, que el 2009 sea todo lo que esperáis de él, y aún más.

Un beso nórdico.