martes, 6 de mayo de 2008

Día Internacional Sin Dieta


Por si hoy no queríais una taza, pues tomad taza y media, como se suele decir. Hoy toca entrada doble para celebrar el Día Internacional Sin Dieta. Hay días internacionales de todo, hasta de los profesores (bof, imaginaos :-), pero éste me ha parecido digno de ser señalado, celebrado y jaleado convenientemente. Os animo a hacer lo mismo.
Éste es el momento para meteros esos churros con alioli entre pecho y espalda. O esas empanadillas de callos. O incluso ese sorbete de morcilla, de postre. Para los amigos quebequeses, animaos con esa poutine au foie-gras que os guiña el ojo desde hace tiempo. Mañana será otro día, y vendrá con sus propias penas, o bikinis, o básculas, que es lo mismo.
Para festejar tan bonita fecha, he preparado la receta más cochinona que me ha venido a la memoria.
La culpa es de Marona, esa pecadora (léase con tono de púlpito).

Versión trasatlántica de su postre: las natillas (que aquí se llaman pudding) son de caramelo -toffee, que va bien con Toffifee-, más conocido aquí como butterscotch. Cuando me pese, te pediré daños y perjuicios, guapa ;-)


Feliz día a todos.

Festival del calabacín : menos es más

Si hay algo que caracteriza la vida canadiense y norteamericana en general, es el tamaño. Todo es grande, más grande. Think big.
Ya sé que esa última frase, escrita bajo la fálica foto de unos calabacines, puede resultar ligeramente subliminal, pero no os hagáis ilusiones: esto es un blog culinario, para las cochinadas no tenéis más que buscar en Google "Johny Boy and his huge zucchini" o algo similar, y podréis hacer otro tipo de lectura. Esto de Internet se está poniendo terrible. Un día estaba yo buscando material para mis clases, cuentos, concretamente, escribí en un motor de búsqueda "Jack y sus habichuelas mágicas" o algo así, y caray, no me esperaba yo ver tanto primer plano de las habichuelas de Jack.
Ejem, a lo que estábamos, decía que aquí todo es más grande. Los coches son más grandes, ver en las carreteras pickups , furgonetas y Hummers es normal. Las casas son más grandes. Los electrodomésticos son inmensos, grandes como coches de los años cincuenta, las cocinas parecen trasatlánticos varados en la playa, al lado de frigoríficos gigantescos.

Acostumbrada a coches diminutos, a las minúsculas cocinas de los pisos españoles, cuando llegué aquí la escala de las cosas me sorprendió.

Las raciones son desmesuradas, los platos son como bandejas, los cafés interminables, quizá por eso la gente obesa es también más obesa (aunque la epidemia de obesidad todavía no ha llegado de lleno a Quebec, donde la gente aprecia la buena cocina más que en el resto del país, al menos esa es mi impresión). En general, bigger is better en norteamérica. Hay resturantes que anuncian "la mayor pizza de Montreal" y no la mejor.

Esta obsesión con el tamaño, con obtener más cantidad - y no necesariamente más calidad- por tu dinero, me recuerda a esa broma en una de mis películas favoritas de Woody Allen (del que soy una gran admiradora), en "Annie Hall", en la que cuenta cómo ve él la vida. La vida según Woody es lo mismo que la comida de dos viejecitas en un restaurante, en la que una le dice a la otra : "La comida en este restaurante es horrible". Y su amiga le responde : "Ya lo creo. Y las raciones son tan pequeñas...".

Si os interesa esta parte del continente americano, hay un librito (que me recomendó una buena amiga) escrito por el sociólogo Vicente Verdú, fruto de su estancia de algunos años en Estados Unidos, en el que analiza desde un punto de vista ibérico los grandes rasgos de la vida en norteamérica. Se titula "El planeta americano" (1997), y recibió el premio Anagrama de ensayo. Que la palabra ensayo no intimide a nadie : está escrito de una manera informal, y es muy ameno de leer. Si bien no se puede extrapolar por completo a Canadá, tiene numerosos puntos en común.

**************

Como siempre, los angustiados crónicos empiezan a temer una falta de relación entre mi título -y sus calabacines, con perdón- y el contenido de esta entrada. Que no cunda el pánico.


Todo empezó cuando monsieur M., -zen él, pero norteamericano en el alma-, decidió que había que hacerse socios de Costco, una de esas gigantescas cooperativas (como es Makro en España), en la que uno paga para obtener el derecho de comprar. Dicho así suena como una mentecatez, y cuando lo medito detenidamente, me sigue dando la impresión de que somos un poco majaderos, pagando por comprar.

Monsieur M. no se estaba dejando llevar por una fiebre consumista, no, que él medita y lleva toda la vida eliminando el apego. Lo que le interesaban eran las fantásticas rebajas en esas herramientas de bricolaje que usa él para demoler paredes y cambiar la geografía de la casa hasta que yo necesite un mapa para ir al cuarto de baño. Se propone seguir reformando la casa hasta que esto se parezca al Escorial, y durante el mismo lapso de tiempo.

El caso es que yo le acompañé, y descubrí un mundo en el que la harina se compra por costales de a 25 kilos, los paquetes de cereales sirven para alimentar a una familia que desconozca por completo los métodos de contracepción, y en el que es imposible comprar un litro de leche, porque te venden un camión cisterna. Empezaba yo a desesperar de poder encontrar nada que echarme al carro, cuando vi la sección frutas y verduras: al fin. Me animé con un paquete de calabacines mexicanos (viva México), de a tres kilos el paquete.

Una vez en casa, sin más bocas que alimentar que la mía y la de monsieur M., me di cuenta de que tres kilos de calabacín es mucho calabacín. Y de que esta verdura se congela fatal. Y de que a mi señor marido la mencionada cucurbitácea tampoco es que le apasione.

Así que hemos pasado una entrañable semana comiendo crema de calabacín, tortilla de calabacín, soufflé de calabacín, muffins de calabacín, de los que daré la receta en "próximos episodios", y tarta salada de calabacín y roquefort, hela aquí.

En lugar de masa quebrada, que no me apetecía hacer en ese momento, y cuya versión industrial precocinada es bastante "atasca-arterias", probé a hacerla con pasta filo ( o masa phila) congelada -atajo don't make it, fake it-, una alternativa mucho menos grasa a la masa quebrada o al hojaldre congelado.

El único problema que presenta esta práctica masa es que los rollos congelados que se venden aquí contienen muchísimas hojas, y teniendo en cuenta de que en esta receta sólo se usaban cuatro y de que el resto de masa no se puede volver a congelar, me tuve que lanzar a hacer empanaditas de jamón y queso de pasta filo, strudel de manzana de pasta filo, bocaditos de aceituna y queso de cabra de pasta filo, empanaditas de atún de pasta filo y bocaditos de salsa pesto de tomates y queso con pasta filo. Es que esta pasta cunde que es una barbaridad.

Como aún me quedaba pasta, y yo no tiro nada, que soy estudiante, estaba ya pensando en envolver a uno de los gatos en pasta filo, cuando llegó monsieur M. y me cogió por los hombros : -"Cariño, esto tiene que cesar. ¿Por qué no te sientas un rato y te escribes medio capítulo de la tesina?"

Pero él lo dijo en francés, que suena aún más razonable. Terminé tirando el resto de pasta filo.






La tarta estaba muy buena, pero creo que en lo sucesivo me limitaré a comprar las verduras en el supermercado, tampoco es cuestión de divorciarse por culpa de una sobredosis alimentaria. Ultimamente, cuando llamo a monsieur M. a la mesa, se le pone una mirada un poco extraviada.

Os dejo, que tengo unos calabacines rellenos en el horno.


Definitivamente, a veces menos es más.

domingo, 4 de mayo de 2008

Papaya

Empezaré por avisos y noticias: como sigo teniendo una tesina por terminar, a la que se ha agregado un trabajo y los estudios en curso, no creo que pueda seguir escribiendo diariamente durante los próximos meses. Pero escribiré, escribiré. Me gusta demasiado, no os libraréis de mí.

Por un lado quizás sea mejor, estaba empezando a preocuparme el que pueda padecer de "postorrea". Tal y como podéis ver por la pancarta que he agregado a un lado de este blog, "Blogging without obligation", creo firmemente en hacer todo lo que pueda en la vida por puro placer, porque las obligaciones ya abundan. No quiero que escribir en este blog se convierta en algo fastidioso, como pasar la aspiradora. Así que si falto a la cita algún día, seguid visitándome, porque no estaré muy lejos. Y si nadie se pasa por mi cocina, no tiene mucho sentido cocinar, acabaré en las garras de los platos precocinados. Estoy segura de que no queréis que ocurra eso. Sssniff. (Tooma chantaje emocional :-)

*****************

Casi todas las frutas que se encuentran en Montreal durante los meses de frío (¡casi la mitad del año!) son inmigrantes, como yo. Y son también producto de la inmigración, ya que la gente que ha ido instalándose en el país ha ido trayendo sus costumbres culinarias, enriqueciendo las del país.

Cuando estamos lejos, las recetas de "la tierruca" (guiño a Noema) nos calman un poco la morriña. No podemos fabricarnos un acantilado con mar, pero sí que podemos hacer una tortilla de patatas, un marmitako, y durante un rato la casa huele... a aquella casa de antaño.
Este cajón de sastre culinario es estupendo para alguien a quien le gusta viajar, pero que no tiene dinero para hacerlo. Servidora. Hacer la compra se convierte en unas mini-vacaciones.

Una de esas frutas exóticas es la papaya, cada vez más fácil de encontrar en los supermercados montrealeses. Que sea buena... eso es otro cantar. La mayoría de estas frutas maduran en las estanterías de la tienda, muy lejos del sol tropical.

La primera vez que probé la papaya fue en unas vacaciones en las islas Canarias, y esa referencia gustativa me ha estropeado para siempre todas las papayas que he comido por estas latitudes. La papaya canaria legendaria de mi memoria fue recogida delante de mis ojos curiosos, pelada cuando todavía estaba caliente por el sol, y mezclada con zumo de naranjas frescas. Indescriptiblemente buena.

Esta papaya tiene el mismo aspecto que tenemos por aquí cuando termina el largo invierno: paliducha. La como en ensalada con el mencionado zumo, intentando saborear aquélla de mi memoria.

sábado, 3 de mayo de 2008

Pudding de Pan casi Perfecto

Leyendo una entrada de Marona en la que preguntaba qué hacer con un pan casero -con una pinta estupenda- que le salió un poco crudo, me acabo de acordar que hace tiempo que tenía en reserva esta receta de pudin (pudding para mis lectores quebequeses) de pan. Me lancé a hacerlo un día que tenía como una nostalgia de las torrijas que prepara mi madre... *suspiro*... y mucho pan seco.

Las fotos de este post datan de cuando acababa de recibir la cámara como regalo, no tenía la menor idea de cómo funcionaba, y probablemente las tomé en modo "paisaje", (mi habilidad con la electrónica es mundialmente conocida), así que no le hacen justicia a lo bueno que estaba.

Este pudin es también un clásico de la cocina de la abuela quebequesa, y es que en este gran pueblo que es el planeta Tierra tenemos muchas recetas en común.

INGREDIENTES:
(No os esperéis cantidades, yo lo hago todo a ojo. Mi unidad de medida universal: el "puñao")

- Sirope de arce o miel líquida

- Pan de edad madura :-)

- Canela, clavo, gengibre, nuez moscada

- Leche

- Huevo

- Pasas, ron, nata líquida (facultativo)



La preparación, similar a la de las torrijas, pero sin fritura, que es la ventaja de esta receta. El sabor es parecido, pero sin la grasilla. Espolvorear los cubos de pan con las especias, al gusto. Mezclar bien. Se bate el huevo con un chorrito de sirope de arce y otro, más generoso, de leche (os dejo decidir lo que entendéis por "chorrito"). Si os sentís un poco deprimidillos, añadidle otro chorrito de ron o de brandy. Ya que estáis, servios una copita. Si no pensáis poneros el "Speedo" para pasearos por la piscina, podéis soltaros el pelo y remplazar una parte de la leche por nata líquida. Empapar el pan y dejar que se remoje un rato (me encanta, doy las recetas igualito que mi madre : "un rato", "un buen chorro", "bien de leche..."). Si vais a añadir pasas, reservar una parte de leche (y ron, ¡hics!) y remojarlas con este líquido.

Una vez el pan remojado, añadir las pasas, nueces y demás tropezones que os apetezcan, mezclarlo y verter en una fuente de cake previamente engrasada. Hacer una breve zapateta y... ¡al horno! 180 grados, creo, durante...euh, un capítulo de libro y un rascado de orejas de gato, o, mm, ¿40 minutos? En todo caso, echarle un ojo tras 40 minutos, la superficie debería de haberse hinchado un poco y tomado un color doradito... pero para saber si está realmente listo, la prueba de pinchar el centro hasta que el palillo/cuchillo salga limpio es la mejor.

El resultado final es como uno de esos besos maternos en pleno carrillo. Un poco rústico, pero cuán agradable. Se corta en lonchas y se sirve caliente, regado con más sirope.

viernes, 2 de mayo de 2008

Don't make it, fake it: Spaghetti à la Corleone II


Hace tiempo que tenía ganas de comunicar la "buena nueva" culinaria (qué evangélica sueno, caramba) a la que me he convertido- parcialmente- desde que vivo en este lado del charco: el "don't make it, fake it", en traducción muy libre: "No cocines, haz como si cocinaras". Esta semana he descubierto un blog, del que hablo más abajo en este post, que me ha recordado que en la piel de toro esta tendencia es relativamente novedosa.

No sé yo si esto va a terminar formando una subcultura gastronómica como la slow food, en el fondo espero que no, pero es muy socorrido cuando uno tiene otras cosas que hacer en la vida además de cocinar, y no se resigna a no "tirarse el pegote" de asombrar a sus amigos/familia con platos deslumbrantes. O asín.

La cosa consiste en cocinar algo partiendo de ingredientes completamente o parcialmente preparados o precocinados. Los canadienses y estadounidenses han elevado esta habilidad para preparar comida pseudocasera al nivel de arte. Como me dijo doña Rosa -venerable cocinera peruana- en la cocina colectiva en la que participábamos ambas: -"Estos canadienses te lo preparan todo abriendo un par de latitas, no más".

Si bien doña Rosa exageraba un poco -aquí también hay gente que hace reducciones de balsámico, crujiente a la lavanda y muele su propio trigo para hornear su propio pan-, tenía razón en observar que los quebequeses cocinillas se sirven sin ningún pudor de conservas y congelados para abreviar y facilitarse la tarea.

Nada más lejos de mi intención que de hacer aquí una apología del enlatado versus el alimento fresco, ni hablar. Pero como ya habréis constatado los que me leéis desde hace un cierto tiempo, lo que yo propongo en este blog es cocina del día a día, guisotes realistas para gente que no tiene tiempo de reducir el balsámico o confitar a la madre que los parió, con perdón. Gente que tiene que currar ocho horas, ir a buscar a los enanos al cole, pasar por el Eroski y plancharse unas cuantas camisas. Y a la que le gustaría que le quedara un rato para ver el "Telediario", dormir ocho horas, depilarse el bigote o tener una vida sexual, aunque sea breve.

Tengo que confesar mi admiración por cocineros como Garbancita, que en su blog se define como gourmet y hace cosas como esferificaciones de frutas y crujientes de historias, bendita sea, pero yo tengo una tesina por hacer, una casa por repintar y un parterre lleno de malas hierbas, que, si no me ocupo de él, a finales de mayo el cartero tiene que acceder a nuestro buzón utilizando un machete amazónico.

No vayáis a creer que me convertí fácilmente, tuve que desprogramarme de toda una infancia viendo a mi madre -que trabajaba en casa, y con esto quiero decir que era ama de casa, profesión a tiempo completo sin sueldo- cocinar unas cosas de las que en la época no tenía ni la más remota idea del trabajo que daban. Mi madre se ha ganado el cielo a golpe de pasapurés, triturando tomate casero para los espaguetis. En su cocina se desconocía el tomate de bote.

Una vez me curré unos txipirones/calamares en su tinta (extrayendo las tintas a mano de cada criaturita, como hacía la amatxo, algo que linda más con la cirugía que con la gastronomía) delante de amigos quebequeses, y cuando les dije que mi madre hacía eso como plato de entre semana, me miraron como si todos los españoles hubiéramos perdido el juicio.

Hoy puedo decir que me he zambullido de cabeza en esta cultura norteamericana, utilizo mucho el congelador y pienso cómo ahorrarme etapas en la elaboración de una receta. Y estoy contenta de ver que hay gente como Falsarius Chef, y su muy divertido blog "Cocina para impostores", que están liberando al cocinillas ibérico de esta culpabilidad tan católica de hacerlo todo casero, y echan mano sin piedad de la lata de fabada.

Como las conservas están llenas de sal, conservantes e incontables guarrerías, aparte de ese metálico sabor a lata, que no me gusta nada, yo intento servirme sobre todo de congelados y conservas en bote de cristal o en Tetrabrik. Y de mis propios congelados de sobras. También leo con bastante atención las etiquetas, -son mucho más interesantes que cualquier novela de Ray Loriga- e intento comprar el bote con la lista de ingredientes más corta.

Así pues, a partir de ahora no os sorprendáis si os doy una versión alternativa "don't make it, fake it" de alguna receta; si os ayuda a ganar tiempo y os gusta el resultado me encantaría que me lo contarais.


***************


A lo que iba, la versión "Don't make it, fake it" de los espaguetis de ayer:

Para acelerar la cosa, podéis utilizar albóndigas precocinadas -aquí utilizo unas congeladas bastante decentes, de pollo, menos "colesterolosas" que otras marcas, o vegetarianas, de soja-. Si sois previsores, la próxima vez que hagáis albondiguillas caseras, reservaréis unas cuantas para congelar.

La salsa de tomate, un buen sofrito de bote u otra salsa para pasta con una base de tomate. (Mil perdones, pero hace ya tanto tiempo que emigré que no conozco lo que hay disponible en el mercado, para más precisiones preguntadle a Falsarius).

El toque deslumbrante: picáis bien de ajo y perejil frescos (o albahaca, si tenéis a mano), sofréis todo en buen aceite de oliva virgen y mezcláis este sofrito con la pasta recién escurrida. Entretanto, habréis calentado-descongelado las albóndigas, el secreto para darles más sabor como de "cocina de mamá" es calentarlas dentro de la salsa de tomate. Lo mezcláis todo, y ¡alehop!

Si os alaban lo bueno que está, guardaos el secreto. Un día, siempre podréis vengaros revelándolo: "Adiós, cariño. Por cierto, todos mis platos fueron fingidos."

jueves, 1 de mayo de 2008

Spaguetti à la Corleone


Cuando veíamos la película "El padrino", de Coppola, mi hermano parecía siempre fascinado por los enormes platos de espaguetis con albondiguillas que se preparaban los gánsters cuando se ocultaban de la policía. Ése es el motivo de que cada vez que preparo los muy clásicos "spaguetti and meatballs", pienso en los hombres de Vito Corleone, en mangas de camisa y encorbatados, revólver bajo el brazo y servilleta al hombro, sirviendo este plato viril.

Los que he preparado hoy son una mezcla de dos recetas: spaghetti aglio et olio y la mencionada arriba, he bautizado esta mezcla spaguetti à la Corleone :-).

A tavola!


Un desayuno saludable

Soy una gran fan del desayuno. Es mi comida preferida, y cuando no tengo ganas de cocinar, puedo almorzar o cenar cereales, o porridge, o tostadas... mmm.

Cuando vi que Ana, Mar y Bea proponían la iniciativa de publicar propuestas de desayunos saludables (porque es verdad que los ibéricos, en general, no toman mucho tiempo para desayunar), me apeteció contribuir con esta entrada.
Ellas sugieren que dediquemos las recetas a las madres, por aquello del mes de mayo, etc., etc.; yo que hice encanecer a la mía antes de los treinta más que dedicatorias lo que tendría que escribirle ahora son cheques para indemnizarla, pero bueno, va por tí, amatxo.

Tengo un grupito de amigos en Montreal que están tan ocupados como yo con el trabajo/estudios/etc., así que hemos cogido la costumbre de reunirnos al menos una vez al mes para desayunar tempranito. (La sección mexicana de este grupo no ha "cogido" la costumbre, que son chicas muy educadas, ellas han "tomado" la costumbre :-).
Es una forma muy agradable de mantenerse en contacto y empezar el día de buen humor. En torno a nuestros cafés, huevos escalfados, crêpes de frutas, nos contamos las últimas noticias y cotilleos.

Pero cuando me despierto en horario laboral canadiense, hacia las seis o siete de la mañana, mi estómago se muestra reticente y no hay manera de tragar nada complicado, no tengo hambre. No como monsieur M., que abre la boca antes que los ojos. Levantarse antes de las ocho es malísimo para la salud y va contra natura, proclamo. Un día habrá un estudio que lo pruebe.
El problema es que si no desayuno, noto la falta de carburante de una forma tremenda. Y para las once me quiero tragar toda una máquina expendedora de KitKat. O morder a mi director de tesina.
Así que en casa hemos adoptado una receta de desayuno completo, todo en un tazón. Se come fácilmente y rápido, casi sin abrir los ojos, y uno está bien alimentado hasta la hora de comer. Es nuestra versión del desayuno intravenoso, pero en más agradable. Se llama crème budwick, desayuno flower power donde los haya.



Nuestra versión (monsieur M. ha contribuido enormemente a esta receta) de la crème budwick (en el enlace podéis ver la receta tradicional, en francés):

INGREDIENTES
(Las cantidades dependen de la textura que queréis obtener, más líquido o más cremoso, depende de vuestros gustos)
  • Yogur natural (en mi caso, desnatado, pero la receta clásica es con queso fresco, tipo quark)

  • Cereales (muesli... etc.)

  • Germen de trigo

  • Semillas de lino molidas

  • Un chorrito de aceite de lino

  • Sirope de arce o miel

  • Plátano

  • Fruta fresca o congelada. Pueden ser bayas, como moras, frambuesas, arándanos... (yo tengo arbustos de frambuesas en el patio trasero, y suelo congelar para tener frambuesas todo el año) o frutas más fáciles de encontrar como pera, fresas, melocotón... a vuestro gusto.
En la batidora se baten primero las frutas troceadas (plátano incluido) y las semillas de lino molido (yo las muelo en el molinillo), con un chorrito de aceite de lino y otro de sirope, para endulzarlo al gusto. Con tanta fibra -lino, fruta, cereales- si aún andáis por la vida con cara de estreñidos después de desayunar esto, vosotros lo que necesitáis no es una dieta laxante, sino psicoterapia.

Si se quiere un desayuno de alto octanaje :-) se pueden añadir semillas de girasol (sin salar ni tostar, naturales) o de calabaza. A continuación se incorpora el yogur natural y se sigue batiendo hasta obtener una textura cremosa. Se sirve espolvoreado de nueces picadas y de germen de trigo, para una dosis extra de proteínas. Si vais a tener una jornada dura, podéis añadir vuestros cereales preferidos o un poco de muesli por encima.

Para los que pensáis trabajar descargando camiones, o como estibadores en el puerto, o estáis preparándoos para una competición de deporte rural vasco -pongamos-, coronad este desayuno de un huevo pasado por agua.

Este desayuno me ha ayudado a sobrevivir incontables jornadas horribles como profesora de adolescentes enloquecidos y ayudado a levantar a innumerables críos de primaria para que alcancen la fuente en el recreo.

La vida de superhéroe es dura. Y se afronta mejor habiendo desayunado.

Buen provecho.