martes, 15 de abril de 2008

La niña interior ha despertado, pero la señora mayor de fuera se acaba de desplomar

Hoy voy por una entrada puramente egocéntrica -bueno, todas lo son, pero normalmente se suele notar menos-. La razón: hoy cumplo 36 primaveras, y nunca mejor dicho.

Este post no es para recordároslo (aunque las felicitaciones, tarjetas, flores, cheques-regalo son bienvenidos :-), sino para constatar algo por escrito : ya no soy joven. Ojo, que no he dicho "soy vieja", sólo que ya no soy joven. Que no es lo mismo.

Es oficial, desde hoy, estoy más cerca de los 40 que de los 30, he pasado el ecuador, corro a comprarme lo que sea con retinol y liposomas.

Ya, ya, estáis pensando, qué exagerada, cómo dramatiza. Me consta que algunas de las lectoras/es de este bloc andan por mi misma edad, así que es mi deber -y salvación- generacional daros el toque para despertaros: ya no somos jóvenes, es un hecho. Get it, people.

Podemos seguir poniéndonos vaqueros (gracias al cielo por el tejido stretch), intentar patéticamente salir por la noche cuatro veces al año -no hablo por mí, yo salgo alrededor de dos-, sólo para encontrame (en mi caso) con mis ex-alumnos de secundaria (¡horror!) en los bares, esos bares en los que invariablemente, somos los más viejos, y de los que nos queremos ir alrededor de las doce porque, reconozcámoslo, nos dormimos. Yo, con este horario nórdico, a partir de las nueve empiezo a echar de menos mi bata de ositos, y pienso -triste- si echarán de nuevo en la tele el capítulo de Bones que me estoy perdiendo.
Podemos jugar al Nintendo e ir al gimnasio. En vano. Aunque me entreno fervorosamente, lo cierto es que como chocolate con tanto o más fervor.

Me enteré demasiado tarde de que había que embardunarse de protector solar aunque una no se quemara, y ahora tengo unas patitas de gallo (el tamaño es más como de pezuña de alce) que atestiguan que es verdad. Yo pensaba - y solía decirlo- que la treintena era la fase del esplendor femenino: todavía jóvenes para tener arrugas, pero demasiado viejas para tener acné. Hellooooo!!!! En mi rostro no tan lozano los dos problemas dermatológicos compiten por el terreno: todavía me levanto con unas espinillas monstruosas, y me he comprado mi primera crema antiarrugas-antiacné. ¿Y el esplendor? ¿Qué ha pasado con él?

También me enteré con retraso de que la celulitis se cría, instala y se queda a vivir como residente permanente en las cartucheras cuando una es preadolescente, así que en el régimen sin azúcar y los drenajes linfáticos tengo unos veintiseis años de retraso. Maldición.

En mi última visita al oculista, hace menos de un mes, me dio la sorprendente noticia de que mi miopía hasta ahora galopante, no sólo ha parado de aumentar, sino que ha disminuido. Veo media dioptría mejor que el año pasado. Yesss, al fin algo que mejora con la edad, exclamé con regocijo. No tan deprisa, me respondió el aguafiestas : eso quiere decir que le está comenzando a usted la presbicia, madame.

Porque esa es otra, cada vez oigo menos "Mademoiselle" dirigidos a mí en las tiendas, y muchos más "Madame", proferidos por una cajera que tiene unos... 19 años.

Otros indicios de que ya no soy joven: en un ataque de nostalgia impropio de mí (no la nostalgia, sino lo que me empujó a hacer), me compré el DVD de "La chica de rosa" ("Pretty in pink"), con Molly Ringwald. Tras terminar de verlo, con bastante esfuerzo, no sólo pensé que es una película lamentable, sino que la moda de los ochenta no le hacía ningún favor a nadie. Por eso no me he lanzado al revival de ahora. Una sabe que ya no es joven cuando ya ha llevado la ropa en la época en la que estaba de moda, y ahora vuelve. Me pillaron una vez, no me pillarán de nuevo. Nunca más, la permanente. Ni los aretes enormes colgando de las orejas. Ni muerta.

Indicio revelador donde los haya: no me gusta la música que chiflaba a mis alumnos de secundaria. No me gusta el hip hop, y apenas el rap (Public Enemy me hizo gracia al principio, por vanguardista), cuando l0s escucho me sorprendo a mí misma pensando carrozadas como -"Eso no es música, es ruido. Qué repetitivo." Y me da la urticaria feminista cuando veo los cantantes vestidos de traficantes y las acompañantes bailando vestidas -apenas- como putitas a quinientas pelas, sirviéndoles de decoración.


En conclusión: sólo me queda completar mi esplendorosa cultura leyendo todo lo que pueda y aprendiendo cinco o seis idiomas más, porque como yo no creo en la cirugía estética, mi única alternativa es volverme una cuarentona interesante. Delgada, no, pero interesante. Ya me he comprado un par de gafas de ésas con montura de profa de historia del arte contemporáneo, para cuando me ataque a fondo la presbicia.

También tengo planeado haber alcanzado el nirvana de aquí a los 45, porque estar en paz con el universo parece ser algo que rejuvenece mucho, según monsieur M. En todo caso, él no utiliza ninguna crema y está hecho un chaval. Pienso terminar de leer todos esos libros de autoayuda que me compré y que escondí en el ropero por vergüenza. Y empezar a meditar. Y hacer yoga. Y seguir con mis cursos de tai chi, que no te acercan necesariamente al nirvana, pero te esculpen un culo infernal, como el de mi amiga Sumire.

Pero sé que no sólo el aspecto es importante, qué os créeis.

Por algo dice la canción quebequesa: "C'est à trente ans que les femmes sont belles. C'est à trente ans, après, après, ça depend d'elles."
("Es a los treinta que las mujeres son bellas. Es a los treinta, después, después, depende de ellas".)

Ferland tenía razón. Al menos en parte.

lunes, 14 de abril de 2008

El día de la marmota


Esta entrada podría ser un homenaje al blog de Marona, "El tiempo de la marmota", o a la película extrañamente de culto (?) protagonizada por Bill Murray, "The groundhog day" ("El día de la marmota") , pero como esto es Canadá, nuestro día de la marmota particular es el día en el que descubrimos que teníamos una inquilina viviendo en nuestro parterre delantero. No sabemos si se llama Phil, pero lo que sí sabemos es que lleva unos tres años con nosotros, que le gusta el terreno -no se lo reprocho, soleado, sin abonos químicos, cerca del metro-, y que no parece nada dispuesta a mudarse.

Monsieur M. y yo, de naturaleza más bien pacífica, hemos intentado persuadirla con métodos no violentos. No hemos hecho sentadas silenciosas delante de su madriguera, no. Empezamos por el desalojo no sanguinario. Monsieur M. verificó que doña Marmota había salido a hacer recados, y rellenó el agujero (inmenso, he metido un palo de escoba dentro y no toco fondo) con sacos de tierra. Pensamos que al volver a casa y encontrar la puerta cerrada, nuestra vecina decidiría mudarse a las afueras. Pues no, una primavera tras otra ha dado señales de vida. Yo, un poco más radical, decidí declarar la guerra química y meter en la madriguera bolas de naftalina, cuyo olor me habían dicho que espantaba a los animales y volvía el túnel inhabitable. Pues parece que doña Marmota tiene sinusitis, igual que yo, porque el olor no le ha animado a irse.

Me han dado otros trucos, a cual más estrafalario : poner una radio encendida en la boca del túnel para que el ruido la asuste. Meter una linterna encendida. Meter un equipo de música con un CD de Céline Dion a toda castaña. Nada parece alejar a este tenaz animalito de su territorio.

Parece que con el tiempo, está incluso cogiendo confianza, y, al igual que nosotros, está haciendo reformas. No contenta con la gran entrada principal, en este deshielo se ha excavado dos salidas traseras y una boca de párking. Tengo un poco de miedo de no intervenir, si sigue así, se va a poner especulativa y se va a construir un centro comercial subterráneo.



El 2 de febrero es una de esas fechas incomprensibles en Norteamérica (USA y Canadá) : es el día de la marmota. Este primer sábado de febrero, miles de personas miran embobecidas la tele para ver si uno de estos roedores regordetes ve su sombra. Si la ve, el invierno durará aún un mes y medio. En Québec, teniendo en cuenta que la marmota en cuestión ronca, enterrada por al menos un metro de nieve, nadie pierde el tiempo en chorradas y la gente que puede se va una semana a Cancún.

Pero esta semana, nuestra vecina se ha despertado. Y está cavando industriosamente y eligiendo nuevas cortinas. Si viene a pedirme una tacita de sal, no sé qué voy a hacer.

Pancakes

Siempre es sábado por la mañana cuando preparo pancakes para desayunar. Y cuando no lo es, este desayuno hace cualquier triste lunes parezca un sábado. Los que he preparado esta vez tienen la virtud de unir lo guarrillo a lo sano, están hechos con harina multigrain (¿multicereales?). Aquí se venden todo tipo de mezclas ya preparadas (mezclar con leche y a la sartén), pero si os interesa prepararlos, la receta va aquí.
Suelo hacerlos cuando tengo invitados. Es una advertencia.

Con Nutella y dulce de leche



Con sirope de arce (y moras, y bleuets, mmm...)


Acompañarlos de un café, un periódico y de muy poca prisa.

domingo, 13 de abril de 2008

Bubble tea








Hace unos días, en una de mis exploraciones de "teófila", hice todo un descubrimiento.
Cual reportera dicharachera, decidí entrar en un salón de té que parece hacer furor entre los adolescentes del barrio chino.
Aparte de sentirme un poco vieja para estar allí (era la única que no llevaba pasadores de colores en el pelo y pulseras de plástico), me lancé a pedir un bubble tea, algo que hacía tiempo que tenía ganas de probar. Ahora ya se encuentra en los malls del centro de Montreal, pero tomarlo en un salón de té con pantallas de videojuegos en cada sofá y rodeada de adolescentes chinas con el flequillo teñido de verde me parecía mucho más apropiado.

El bubble tea en realidad no siempre contiene té (el mío sí). Aún así, su nombre es extrañamente representativo. Está preparado con algo que parece aproximarse al jugo de frutas natural (el mío era de mango), batido con leche (imagino que de soja, porque los asiáticos suelen ser intolerantes a la lactosa), y en el fondo hay unas bolas negras que parecen estar hechas de taro, un tubérculo similar en sabor a la batata, o de cassava (mandioca o yuca). Según la amable explicación del jovencísimo camarero.


Estas son las bubbles. Tienen una textura como la tapioca, es decir, gelatinosa. Son dulces. Al principio son una sorpresa, el té se sirve con una pajita enorme, por la que se absorben. Si no se ha prevenido al cliente, probablemente que el camarero va a tener que practicar la maniobra de Heimlich de vez en cuando.

Por cierto, que el nombre de este brebaje viene de boba tea, boba es la palabra en ciertos argots chinos para denominar un elemento (mejor dicho, un par de elementos) de la anatomía femenina. (Aquì, risita adolescente del susodicho camarero, acompañada de discretos ronquidos y resoplidos del grupito instalado en la mesa más cercana).

Este tipo de falta de imaginaciòn parece ser universal, hasta los chinos la padecen.

(Suspiro). Sì que debo de estar un poco mayor para beber esto.

viernes, 11 de abril de 2008

Me llaman "la collares"

Advertencia: ésta es una de esas entradas perfectamente inútiles que no os aportará absolutamente nada que pueda darle un sentido a vuestra existencia. Así que si tenéis algo mejor que hacer, como una colada de calcetines, escribir vuestro primer ensayo o la pedicura, podéis partir en paz. Y no, el título no alude para nada a la mujer de Franco, que le diable l'emporte.

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No soy nada matinal, creo que ya lo he dicho, aunque a vosotros no os importe un pimiento, y con razón. Me levanto en un estado semicomatoso que no desaparece hasta más o menos las siete y media o las ocho de la mañana, y eso, tras haber tomado al menos dos cafés. Es tardísimo en este país de nórdicos mañaneros enloquecidos, en el que hay atascos en los puentes de entrada a Montreal a las seis de la mañana.

Monsieur M., cuyo patrimonio genético es completamente opuesto al mío, se despierta "tarde" los fines de semana (seis y media o siete), sin despertador, por supuesto, y demencialmente en forma. Es de esas personas que pueden haber puesto tres lavadoras, salido a buscar el periódico, añadido un tabique de pladur, repintado el salón y haber hecho crêpes, antes de que yo ni siquiera haya cambiado de postura en la cama.

Debe de ser lo del zen, si no, no me lo explico; al principio me exasperaba ligeramente que yo acababa de encontrar la puerta del armario de la cocina para servirme el primer vaso de agua que me permite despegar la lengua del paladar, todo ello rascándome, (es que tengo esa mala costumbre cuando me despierto, pero intento rascarme como una dama, no vayáis a creer, al fin y al cabo soy una señora), y él pasando el aspirador como un poseso alrededor de mis pies. Menos mal que tenemos una buena comunicación en nuestra pareja. Al de dos cafés, eso sí.

En fin, que mi zen de marido me vio el otro día intentando desenredar un collar de la madeja de collares que tengo (porque me encantan los collares, cuanto más gordos, mejor), en mi estado semisonámbulo, -porque yo no seré matinal, pero intento mantener el estilo pese a todo, no renuncio a los complementos, ni hablar-, y me sugirió que encontrara una manera de organizar mi ferretería decorativa de forma compatible con ese estado de consciencia alternativa que es el mío cuando me visto. Creo que fue porque lo que me estaba oyendo exclamar era el tipo de vocabulario castellano que no quiere aprender.

Así que me he comprado un arbolito collarero. He colgado de él toda mi quincalla, y sólo faltan las luces de Navidad. No va nada con el espíritu japonés-fengshui del dormitorio, pero ya no digo palabrotas cuando intento condecorarme antes de salir corriendo.

Ahora salgo corriendo aún medio dormida, con una mala leche de escándalo, pero súper bien conjuntada. Llamadme "la collares".


jueves, 10 de abril de 2008

Pollo Korma nada original

Cuando estudié Bellas Artes comprendí que la originalidad completa no sólo es imposible, sino que a veces no es ni siquiera lo más deseable. Todo el mundo está influenciado por miles de cosas y en esta era de la hiperinformación e Internet, tenemos acceso a más información que nunca, más rápido que nunca. Estamos hechos de referencias, somos una especie de patchwork intelectual. La verdadera originalidad, la singularidad creativa total, murió cuando nacieron los medios de comunicación de masas (eso no es de McLuhan, es mío :-). Tendríamos que vivir en una cueva sin electricidad, para que no nos alcance ninguna influencia exterior. Yo ya tengo suficiente con vivir bajo cero seis meses al año.


Aún así, no deja de sorprenderme cómo uno puede escribir una entrada en el blog, y, un poco más tarde, leer que otro bloguero/a ha cocinado el mismo plato, pongamos, en Austria. O que alguien siente curiosidad sobre la misma especia en Barcelona. El mundo ya no es un pañuelo, ahora es un e-pañuelo.


Así que si alguno de los blogueros interesados en gastronomía lee algo que coincide con su tema del día, puede estar seguro de que no lo he hecho adrede (ni ha habido intento de plagio alguno, calma). Simplemente no he leído su blog antes de publicar. Si lo hubiera hecho, hubiera tenido la delicadeza de publicar mi entrada otro día, con un comentario sobre la coincidencia. Y puede enviarme un comentario con un enlace, estaré encantada de leerlo. Pero no pago derechos de autor.


Me da la impresión de que he pasado muchos días hablando de cosas chinas, así que hoy me apetecía continuar mi paseo por la India. He preparado pollo korma para cenar.

Acompañado de pappadums, claro.

PS: (Pensándolo bien, después de releerme, -no lo vuelvo a hacer, ugh- es harto probable que toda esa reflexión sobre la inexistencia de la originalidad no sea más que una velada excusa por mi falta total de originalidad, la futilidad e inutilidad de mis razonamientos, probablemente en su mayoría un refrito mental -involuntario- de todo lo que he podido leer en mi vida. Tengo que intentar leer sólo novelas Arlequín, así sabría que al parir una idea, seguramente no viene de mis lecturas. En fin, si los que pasáis por aquí no me leéis y sólo miráis las fotos, como me consta que hacen alguunas de mis ahem, amigas, no estáis malgastando vuestro tiempo. Lo mejor de esta entrada es, indudablemente, el pollo. Que era muy tolerable. Casi bueno.)

miércoles, 9 de abril de 2008

Pasaje a la India

Hoy daban en la tele una de esas películas que me gustan, pero que no se ven a menudo por aquí : "Pasaje a la India" ("A passage to India"), dirigida por el maestro David Lean, que ha dirigido otras dos de mis películas preferidas : "Doctor Zhivago" y "La hija de Ryan".

Esta película está basada en la gran novela de E. M. Forster, autor de otros títulos en los que se han basado otras grandes películas que también se cuentan entre mis favoritas, como "Una habitación con vistas" ("A room with a view"), "Maurice" y "Howards End".


Mi anglofilia es proverbial, lo sé, pero os aseguro de que lo que admiro de esta historia no es el "gran" (ahem!) pasado colonial de Inglaterra , sino precisamente la crítica audaz a ese colonialismo, crítica que en la época de Forster no estaba precisamente bien vista; eso y su firme creencia en la abolición de toda discriminación y desigualdad social (Mr. Forster era un poquito queer, en el sentido más afectuoso de la palabra). Siempre me ha gustado ese punto tan british de mezclar la tradición y el decoro más respetables con un poquito de sano desenfreno.
Esta peli, con sus inglesas un poco frustradas que se pasean en elefante, me ha dado ganas de un té apropiado para el momento: un té chai, o té masala chai. Este té es uno de los pocos tés que me gustan a pesar de estar aromatizado con "historias". El que he tomado hoy tiene cardamomo, clavo, canela, gengibre, anís estrellado y pimienta negra.


Si queréis preparar uno completamente casero, he aquí la receta. Su sabor especiado y un poco picante es estupendo para entrar en calor, sobre todo cuando uno lo bebe en una terraza aún sitiada por la nieve.