martes, 25 de marzo de 2008

En lo bueno y en lo malo

Emigrar es un poco como embarcarse en una relación amorosa, con sus alegrías y penas, sus emociones y sus preocupaciones. Al principio, en la fase del enamoramiento, cuando uno acaba de llegar y es aún un turista, todo es interesante, todo es novedad y aventura.

Cuando se lleva viviendo en el país un cierto tiempo, y se comparte lo cotidiano, con sus humores buenos y malos, sin el maquillaje de las vacaciones , cuando uno se codea con el país despeinado y recién levantado, empiezan las minúsculas decepciones, las sorpresas no siempre positivas, los ajustes y los roces. La comparación se vuelve en esa fase una mala costumbre que hay que esforzarse en erradicar.

Llega el momento (aunque en realidad no es un sólo momento, es un conjunto de momentos que se suceden inadvertidamente) en el que uno se da cuenta un día de que es un residente, un poco más tarde un ciudadano. En resumidas cuentas, de que se ha casado con el país que le ha acogido. Y como en todas las relaciones largas, uno puede decirse que no se ha perdido a sí mismo en este compromiso, que sigue siendo completo e intacto, pero ve bien que cuando mira atrás (y en el caso del emigrante, volver de visita a su país natal equivale, tristemente, a volver atrás, tiene siempre un sabor residual de retroceso), no es la misma persona. Pequeñas y múltiples adaptaciones de sí mismo que se han ido produciendo, de forma imperceptible pero inexorable, negociaciones y acuerdos, compromisos y cesiones, ganancias y pérdidas. Fusiones, escisiones, creaciones y destrucciones, aprendizajes y olvidos. El país que se ha dejado, él, no cambia, al menos no lo hace en la memoria, donde su imagen se congela y permanece intacta tal y como era el día que lo dejamos. Sin una arruga ni una cana.

Y el país que uno dejó tras de sí, como uno de esos primeros novios de adolescencia, en su presente no se parece tanto al recuerdo que se nos ha quedado en la memoria. Como no se volvería a besar la boca de ese primer romance, tampoco se siente pertenecer a nuestro punto de origen.

El de destino, como todas las buenas relaciones, tiene ese perfume un poco temporal, al fin y al cabo, si hemos emigrado allí, podríamos desplazarnos a otro sitio. Nos sentimos ambulantes, el desarraigo tiene esas ventajas, se aprende a vivir con raíces aéreas y móviles. Eso le fuerza a conquistarte un poco todos los días, a no darte por descontado, a seguir seduciéndote, a traerte sus flores, como ocurre en las buenas relaciones.

El país que extraño ya no existe, y en el país en el que yo existo, siempre seré un poco extraña. La única vuelta atrás posible, en caso de nostalgia, es la vuelta adelante.


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Uno de mis cómics favoritos, que adopté inmediatamente al llegar a Canadá : "For better or for worse". Es muy canadian, la autora es una ontariense. No siempre es gracioso, como la vida misma. Os recomiendo empezar a leerlo por los archivos.

http://www.fborfw.com/strip_fix/

6 comentarios:

Noema dijo...

Me has leído el alma...

Creo que tenemos algunas cosas en común: emigrante, profesora, lingüísta y traductora, cinéfila, fan de Northen Exposure, (y hasta ¿madrasta?). Como ves me he zampado tu blog en un pispás (que prefiero a santiamén).

Un saludo, Noema :-D

PD: Te encontré en un comentario de Marona y también soy "usual" de Ibán, ya se sabe, me lo dijo una prima de la hermana de mi vecina...

Arantza dijo...

Pues bienvenida, Noema.
Como has podido comprobar, soy bastante nueva en este mundo "blogueril". Empecé un poco por mantener la comunicación con los amigos (los que están en España, y los de aquí), y me estoy aficionando. Es un buen ejercicio. He visto en tu perfil que tienes la misma edad que yo, je, je, no me extraña que te gustara "Doctor en Alaska" ;-)
Léete el post de hoy, estoy segura de que tú también comiste Tigretones cuando eras pequeña.
Un beso, y espero volver a leerte.

Tonicito dijo...

Me gusta lo que cuentas, sobre todo la idealización del país de origen de la que pecamos, en mayor o menor medida, todos los expatriados.
El ser consciente de esa idealización es lo que me produce escalofríos cuando pienso en volver.
Un saludo, y enhorabuena por tu blog!
T.

Arantza dijo...

Pues gracias por tomarte la molestia de leerme.
Aunque no puedo decir realmente que idealizo España, -siempre fui bastante apátrida y cero nacionalista-, sino que la España de la que me acuerdo empieza a estar lejos de la realidad...
En todo caso, si estás pensando en volver, ya me contarás.

Hilda dijo...

Sigo leyendo tu blog... poco a poco.. y no se me quita la sonrisa...
Realmente te envidio (con envidia sana, por supuesto)...
yo soy una capricornio "cabritilla doméstica-atada al poste" y sin apenas libertad de movimiento...
cuando lo que realmente me gustaría (o sueño) es romper esa atadura y salir al Mundo...

Muchas gracias por tu blog..
Besos
Hilda

Arantza dijo...

Hilda: pues qué bien, ser productora de sonrisas... me gustaría poder ponerlo en mi currículum... ;-) Una tampoco está obligada a emigrar al otro lado del charco para ver mundo, tienes la suerte de vivir en un país que está cerca de Africa y de Europa a la vez... siempre se puede viajar.