lunes, 25 de mayo de 2009

Timbal de rigatoni: pasta con sabor a infancia



Se suele decir que la vida es una enfermedad incurable que termina siempre por matarnos, y es verdad. Éste no es un principio de post lo que se dice alegre, y parece no tener que ver gran cosa con la receta de hoy, pero cuando terminéis de leerlo (si tenéis la paciencia), veréis que sí. Como vasca de pro, soy capaz de relacionar prácticamente cualquier cosa con la comida.

Ayer, domingo, de nuevo tuve que decir adiós a otra persona, y esta vez fue a alguien de mi familia, así que aunque fue un adiós en la distancia (con un océano de por medio, muy a mi pesar), la persona de la que me despedí estaba paradojicamente más cercana.

Creo que una empieza a sentir que los años pasan cuando las pérdidas se suceden inexorablemente. En mi caso, espero que me den un respiro, porque últimamente es que no paramos. Y caray, vale que haya que morir un día, pero todos a la vez no, no se me atropellen, que hay sitio para todos. Y se me están poniendo los ojos como coles lombardas de tanto lagrimón funerario.

Así que la entrada de hoy es ombligocentrista y personal, con vuestro permiso. Necesitaba honorar de alguna manera, por muy fútil que sea, a mi tía Tere, TT. o tía Tula, como la llamaba en honor del clásico literario, sobrenombre que la hacía rabiar, porque "sonaba a vieja". Mi tía Tere era todo menos vieja, y eso que se nos ha ido septuagenaria, que es una edad respetable. Era una de esas tías de las de antes, las de ahora (entre las que me incluyo) no son lo mismo: tienen tatuajes, andan en moto y escuchan rock. Ella no necesitaba nada de eso para seguir siendo joven.

La tía Tere ponía cassettes de "Los 3 sudamericanos" en el coche cuando ella y mi tío me llevaban de fin de semana a su casa en La Rioja. Atravesábamos los viñedos escuchando "Pájaro Chogüi" (su favorita) a toda castaña.

Al no tener hijos, mi tía me acogía con todo el entusiasmo y la paciencia de alguien que no tiene que bregar con niños en la vida cotidiana. Me dejaba ponerme todos sus collares y sus vestidos de estampados imposibles, y probarme sus pamelas dignas de las carreras de Ascot. De su tocador siempre me fascinaba todo ese collarerío (mi madre no es muy amante de las joyas) y esa caja con jabones en forma de rosa y su perfume a juego. Ella sabía perfectamente dónde había andado, porque cuando salía de su cuarto con una densísima nube de olor a rosa flotando en torno a mí, sólo comentaba con una sonrisilla: -"Vaya, qué bien hueles."

Los fines de semana en casa de la tía eran de un lujo asiático para una niña pequeña; algo así como el equivalente a un fin de semana en el SPA de mi infancia. Mis tíos quizá no eran jóvenes y modernos, no tenían cassettes de Parchís (que era "lo más in" para los enanos de la época) ni video, pero a cambio me ofrecían toda su atención. Mi tía me servía el desayuno en la cama (algo que en casa no hacíamos), naranjas cortadas en medias lunas y chocolate con churros, un desayuno de una opulencia deslumbradora, al menos para mí, y lo comíamos sin prisa, los tres instalados en un improvisado picnic en pijama, en la cama de mis tíos.

La receta de hoy (foto de mi cuaderno, abajo), de Josée Di Stasio (en los enlaces de la columna de la izquierda, bajo la rúbrica "Recetas"), va estupendamente como homenaje a TT, que hacía los macarrones con chorizo más domésticos, ibéricos, grasosillos (en el buen sentido) y ricos que he comido jamás, y que los servía en raciones casi homicidas, de puro abundantes (ya os hablé de la hospitalidad agresiva típica de mi familia, hospitalidad que mi tía practicaba con entusiasmo abrumador). Si remplazáis las anchoas de la receta por unos pedacitos de chorizo, el resultado es exactamente ese tipo de pasta muy maternal, más seca que la pasta con salsa de tomate tradicional (al cocer en la salsa de tomate en lugar de en agua, la pasta absorbe mucho más sabor), casi dulce (la tía Tere creía firmemente en el azúcar como ingrediente de la salsa de tomate).
El nombre de este plato al horno, timbal, viene de la forma que tiene la pasta de formar un timbal que puede cortarse en rebanadas una vez frío (en las fotos aún estaba caliente). Se suele vender en los mercados italianos, y es una buena forma de comer pasta fría, sin cuchillo ni tenedor.


Es imposible resumir lo que fue Tere, y lo que fue especialmente para mí. Cualquier palabra suena inexacta, torpe. Sólo se puede pintar un esbozo, cuatro brochazos que den una idea de quién fue esa persona.

Mi tía era una mujer minúscula con los arrestos de un coronel de los marines, terriblemente miope y al mismo tiempo capaz de ejercer su antiguo oficio de modista cosiendo "de oído", alegre como un cascabel y con un sentido del humor a prueba de bomba atómica de varios megatones. Coqueta hasta el extremo (ahora ya sé de dónde me viene esa obsesión por la ropa), para ella toda mujer estaba más guapa con los labios pintados y teñida de rubia. Platino, aún mejor. No hay mal que con un buen tinte no pase, era su lema. Las dos estuvimos en eterno desacuerdo sobre este tema. Pero admiro su talante de "una puede estar sufriendo un martirio, pero no es excusa para salir hecha una facha".

Era la única capaz de comprender por qué a mis quince años yo necesitaba ese vestido/falda/pantalón ya mismo a pesar de tener un armario lleno, y la que me cosía cualquier cosa que le pidiera, a partir de uno de mis dibujos, por muy estrafalario que fuera, sin criticarme. Si yo me mostraba desagradablemente adolescente con mi madre durante una de las sesiones de prueba, los alfileres parecían desviársele de forma misteriosa, y un pinchazo oportuno solía interrumpir cualquier réplica respondona. Entendía maravillosamente mis vagas indicaciones sobre vestidos "a la Jackie O". Aunque no juzgara, me daba sus opiniones profusamente, eso sí. Y es que la tía tenía abundantes opiniones sobre muchas cosas, y las prodigaba sin miedo. "So, deal with it" sería para ella un epitafio perfecto.

Recuerdo haberme pasado por su casa con la cabeza semirapada y decolorada, el pelo blanco nuclear y un collar de perro rojo con tachuelas en el cuello (adolescencia difícil, sí), y haberme mirado sin hacer un sólo comentario peyorativo. Para ella lo importante era que yo estuviera lo bastante bien criada como para llevarle el encargo que me había dado mi madre. Que lo hiciera tatuada, desnuda o en patinete le daba absolutamente igual.

Mi tía era de esas mujeres españolas con la peculiar habilidad de dar la impresión de que el que manda en casa es el marido, pero sospecho que todas las órdenes que daba mi tío eran sugeridas por ella. Tras lo cual el pobre se aplicaba a ejecutarlas.

Tengo un par de imágenes en memoria de mi tío sudoroso, irritado y enrojecido, empujando un enorme sofá por todos los rincones posibles, mientras mi tía, siempre presa de una furia amuebladora-decoradora, decidía que finalmente el sofá estaba mejor donde lo habían puesto al principio. Con su habilidad costurera (y recicladora, mi madre ya se ha encontrado apoyada en unos cojines de raso color crudo, antaño su vestido de boda), era una de esas mujeres que te planta unas tremendas cortinas barroquísimas en menos de lo que se tarda en decir "flores de cretona".

Si es verdad que el cielo existe, y ya os he comentado lo que opino sobre el tema, probablemente mi tía Tere estará redecorándolo. Espero que a Dios le gusten los estampados, aunque tampoco creo que le deje meter baza.

31 comentarios:

Cora dijo...

Uff, hablabas de mí? Lo que te puedo decir es que en verdad parece que se ponen de acuerdo para irse todos al mismo tiempo, pero pasa todo pasa y los ojos vuelven a verse como eran (con tiempo entre otras tantas cosas).
Hospitalidad agresiva y amuebladora-decoradora que familiar me suena!!!
Besos

Dispersa dijo...

Un recuerdo para tu super-tía. Creo firmemente que esas tías "complices" deberían ser obligatorias en todas las familias... ¿o lo son ya?.
Un besuco.

natalika dijo...

Lo siento mucho, Arantza.

Si hubiera un Oscar de los obituarios te lo tendrían que dar directamente por esas dos últimas frases que nos has dejado ahí.

Entre tu tía Tere moviendo los muebles de sitio y mi aitatxo dejándose sus periódicos por todas partes desparramados, a uno que yo me se le van a dar una guerra que ni te cuento ;-)

Un beso muy gordo,
N.

sandra dijo...

Precioso post. Muy emotivo...

salvia dijo...

Hola chiquilla, lo siento mucho. Qué maravilla de mujer por lo que cuentas y qué precioso homenaje, es estupendo recordar los buenos ratos que hemos pasado con nuestros seres queridos. Muchíiiisimos abrazos transoceánicos.

Anónimo dijo...

Y espero que en el cielo (ya sabes tb lo que pienso al respecto) tengan unas ventanitas decoradas a su gusto para que pueda seguir mirando a su sobrina, me atrevo a decir, preferida.

Un beso y un abrazo

Maite (a mi Teresa me suena a monja, nunca me ha gustado, manias que tiene una)

Anónimo dijo...

Fiel y tan certero que duele.

Un abrazo.

R.C.

anta dijo...

Lo siento mucho. Ánimo y que se pase ya la mala racha.
Un abrazo.
Esperanza.

con Ka dijo...

Qué homenaje más bonito, seguro que tu tía está encantada :)
Desde aquí te enviamos un abrazo muy grande.

Mónica Carratalá dijo...

El día estaba triste, no lloraba por respeto. Cielo gris, agua gris. Su último suspiro, un torrente de burbujas que se abrían paso hacia la superficie. Todos los claveles sucumbían a la dulce marea que los llevaba hacia Portu. Todos... menos uno. Una sencilla flor se aferraba al lugar. Testaruda, desorientada, seguía sin partir. Un pequeño botón rojo en la inmensidad del océano. Una baliza bien amarrada al amor de su familia. Tardó mucho en darse cuenta que tenía que marchar, porque no quería ir. Sin prisa, con dulzura, saboreando los últimos momentos. Así se fue, así nos dijo adiós.

liuia drusilla dijo...

Lo siento mucho, guapa. Un besazo.

Noema dijo...

Vaya, ya lo siento, Arantza. Qué bonito homenaje, ya te lo ha dicho Natalika, pero es que esas dos últimas frases son estupendas.

Esos macarrones me han traído a la memoria los que hacía mi abuela paterna... también firme creyente de la salsa de tomate azucarada... y ¡qué ricos estaban, córcholis!

Un besazo con achuchón.

Ginebra dijo...

Lo importante es vivir de modo que al final te puedan dedicar un texto así. Beso

Chef dijo...

Y es que nos podemos poner fino con delicadas salsas o excelsos y caros ingredientes, pero al final... más tarde o más temprano nos volvemos a rendir a la pasta con tomate, sencilla infantil y con mucho queso, jajaja. Un saludo.
http://cheffrustrado.blogspot.com

Sara dijo...

Ya vendrán tiempos mejores, Arantza. Le has hecho un homenaje muy bonito con este post.

Abrazos.

Lía dijo...

Lo siento muchísimo, un gran abrazo Arantza.

Zarawitta dijo...

Recuerda, respira, profundo y adelante...

Esto después de llevarme unos largos días leyendo cada una de als entradas archivos de este blog.. compartiendo Sex&the city, tés, pérdidas, amores de película, ateísmo agnóstico, libros de chicas y conociendo un Montreal de 6 meses helados, todo siempre divertido e inteligente

Un abrazo...

La Lupe dijo...

Mando besos.

Y mi tía Cristito le echaba azúcar incluso al tomate de los huevos rellenos. Y misteriosamente estaban buenos.

maia dijo...

Me ha emocionado el post, precioso Arantza. Un abrazo y todo mi cariño desde Barcelona.

Marona dijo...

Pues desde aquí te envío un abrazo muy, muy gordo, de esos apretaos.

CRIS dijo...

Lo siento, lo único que puedo decir es que sí, a veces se pueden todos de acuerdo para irse al mismo tiempo y lo único que se puede hacer es vivr a fondo la vida y apreciarla más que nunca.
Un beso

Arantza dijo...

Cora: como veo que tú también estás en pleno maratón de mortalidad familiar, y que conoces el remedio a estas cosas, no diré nada. Sólo te mando un abrazo.

Dispersa: cómo me ha gustado esa definición: "tías-cómplices". Y es verdad, esas tías (y tíos) tienen la distancia suficiente como para no hartarse de sus sobrinos (como les puede pasar a veces a los padres, que tienen que lidiar con ellos en lo bueno y en lo malo), y qué bien vienen. A todas las tías y tíos que me estén leyendo: ejerced con entusiasmo, que váis a dejar huella. :-)

Natalika: gracias, guapa. Es curioso, como lo más cotidiano e intrascendente del carácter de una persona puede resultar entrañable cuando se va, ¿verdad?

Sandra, Salvia, R.C, con Ka, Sara, Zarawitta, Maia, Cris: gracias, me alegro de que os haya gustado. Era muy personal, y en fin, una no las tiene todas consigo con esto de exponer su ombliguillo en público (en un principio iba a ser un texto sólo para la familia), pero creo que puede servir de homenaje a todas esas personas que se os han ido a vosotros, (y sé que algunos habéis perdido a gente importante hace poco), por eso lo he publicado. Si a alguien le trae buenos recuerdos y le hace sonreír, objetivo conseguido.

Maite: bueno, en la época no creo que tuvieran muchas opciones de nombres, la cosa funcionaba a golpe de santoral. Menos mal que en el caso de mi tía preferida :-), no tenía nada de monjil :-).

Anta, Liuia, Lía, Marona: recojo todos vuestros abrazos y los de los demás lectores, y los besos, y los mantengo en reserva para cuando me hagan falta. O para cuando haga frío ;-).

Mónica: qué bien, lo de haberte conocido (esta chica es miembro de la familia), aunque sea en estas circunstancias. Y qué bonita tu descripción del momento, gracias. Es un poco como haber estado allí. A ver cuando nos vemos en persona. Un beso. Y otro a J.

Noema y Lupe: es verdad, lo del azúcar en la salsa de los macarrones es generacional. Yo creo que si se enteran en Italia, gritarían sacrilegio. Pero qué ricos están. Este plato al horno es sencillo e impresionantemente bueno. Añadí azúcar al tomate sólo por los recuerdos, porque no suelo hacerlo. Y el resultado fue tan doméstico, me trajo tantos recuerdos, que fue un poco como volver a comer sentada en la cocina de mi tía. Es lo que tiene la cocina, es mucho más que comida.

Arantza dijo...

Chef: uy, perdona. La respuesta de Noema y Lupe también va para tí. Un saludo.

Arantza dijo...

Ginebra: gracias, no veas el piropazo que me resulta tu comentario. Menos mal que creo que algunas de estas cosas se las dije antes de que se fuera. Porque también está bien que la persona sepa lo que significa para nosotros.

Maria Fernanda dijo...

Lo siento mucho Aran, espero que esta racha acabe ahi. Si quieres pasar unos días en Quebec para cambiar de aires ya sabes que aqui está tu casa. Un abrazote!

Arantza dijo...

María Fernanda y olé: gracias por la invitación, guapísima. Un capítulo de metodología y otro de análisis de resultados a punto de ser terminados me impiden aceptar ;-). Pero que sepas que de momento he prohibido oficialmente que nadie más se muera, al menos hasta que termine, porque me desconcentro mucho. Faltaría más.

María dijo...

Besos. Que en estas circustancias es lo único que consuela. (Bueno y una buena ración de azúcares)

elhombreamadecasa dijo...

Cuánta razón tenía tu tía: Hay que ir siempre hecho un pincel, se esté mejor o peor y se haga lo que se haga.

Besos y ánimo.

Arantza dijo...

Hombreamadecasa: ése es el espíritu ;-). Un saludo.

Eva dijo...

Lo lamento. Es una suerte haber tenido a alguien tan especial a tu lado y que te ha dejado tanto. Un abrazo.

Arantza dijo...

Eva: gracias, sí que es verdad que soy afortunada. Otro abrazo de vuelta.