(Parte de esta historia y de sus personajes existen solamente en mi imaginación. Parte de ellos, sin embargo, son reales. Si alguna persona se reconociera en ellos, o reconociera sus palabras o acciones, debería pensárselo mejor antes de continuar tratando conmigo, porque probablemente todo lo dicho en mi presencia será utilizado con fines viles y deshonestos).
Hoy es la fiesta nacional de Canadá, así que aprovecho y os planto esta patriótica entrada. Si no os parece tan patriótica deberíais leer otra cosa, porque esto es lo mejor que puedo hacer en la materia. No soy la única que no está a la altura de la celebración, los quebequeses, irreductibles nacionalistas, tras celebrar SU fiesta nacional el 24 de junio, san Juan, este día lo dedican a su deporte incomprensiblemente preferido: mudarse. Esta locura merece una atención particular, así que esta otra historia la contaré en otra ocasión.Cuando afirmo en mi perfil que mi no nacionalismo es incurable, lo digo en serio. El gen ese que hace que a una se le humedezcan los ojillos al oír música folclórica, (en mi caso, más bien folklórika), se trague todos los partidos de su equipo o insista delante de quien quiera oírla que "el/la ____ de mi tierra era mejor", debía de ser recesivo en mi caso. Eso o a fuerza de vivir en varios irreductibles pueblos galos diferentes, he terminado por inmunizarme al tema, me explico: soy vasca , viví en Escocia durante cierto tiempo, y heme aquí, en Quebec. Sólo me falta Córcega y escribo un ensayo, lo juro.
Esta explicación preliminar es para que comprendáis mejor el relato que sigue.
(Imagen de Powerstock, MQ Publications)
Mi amiga Eddy me llama por teléfono para quedar, porque viene a cenar a casa. La idea era ponernos a hacer sushi caseros, aprovechando un flamante kit que recibió por su cumpleaños. Como es la cena, las dos tenemos nuestra jornada laboral entre pecho y espalda, ninguna de las dos tiene ni repajolera idea de cómo hacer sushi y que me veo limpiando pegotitos de arroz del suelo de mi prístina cocina a las doce de la noche, sin haber cenado gran cosa, le propongo pasar de la parte pedagógica del encuentro y encargar por teléfono el sushi ya hecho, y si ella insiste en lo pedagógico, siempre podemos deconstruir los rollitos maki para analizar su estructura. Mientras zampamos. Eddy se deja corromper fácilmente, acepta la moción y me dice antes de colgar que tiene ALGO que anunciarme.
ALGO que anunciarme. Oh, my God. OH. MY. GOD.
Inmediatamente me pongo a elucubrar. A la fuerza tiene que ser algo importante. Que Eddy saque tiempo para venir a verme y que tenga algo que anunciar, sólo puede querir decir una cosa. Bueno, quizá varias cosas:
a. Se casa. Hace poco ya anunció que estaba pensando en irse a vivir con su amorcito, pero Eddy es de las que se casan. Va a venir y ponerme un anillo delante de las narices, y yo voy a tener que hacer como si lo de prometerse y casarse fuera la experiencia última y maravillosa en la vida de cualquier mujer, para no aguarle la fiesta, y alegrarme por ella, que al fin y al cabo es a la que todo eso le parece importante. Mierda, me espera una tarde años cincuenta, y yo que no bebo alcohol. Empiezo a considerar el preparar unos mojitos. Y una despedida de soltera. ¿Tendré que comprar esas antenas que las mujeres se ponían en España cuando salían de bares, con penes o muñequitos de hombres desnudos?
b. Se ha quedado embarazada. Siempre les pasa a las buenas chicas creyentes, como ella. Basta que accedan al sexo prematrimonial, como para que venga Dios y las fulmine con una fertilidad exacerbada, el muy puñetero. A gente como yo eso no les pasa, de hecho es más bien lo contrario. Empiezo a preparar una lista mental para la baby shower.
c. (Menos probable). Eddy ha descubierto súbitamente que ella siempre ha sido un hombre encerrado en un cuerpo de mujer, ha dejado a Y., ha parado de depilarse, ha empezado a chutarse testosterona y ha decidido hacerse un implante de pene. Y viene a verme para que firme como persona allegada en los papeles del hospital. Empiezo a prepararme para acompañarla de tiendas a la sección masculina de Gap.
d. (Sumamente improbable). Viene a confesarme entre sollozos que hace ya mucho tiempo que está enamorada de monsieur M., que está cansada de fingir y de negar la realidad, y que en un momento de arrebato intentó provocarlo para que me fuera infiel. Me confiesa todo esto porque no puede mirarme a la cara tras tantas mentiras y necesita aligerar su carga.
Me preparo mentalmente para obtener un permiso de armas, comprar una escopeta para osos, tomar clases de tiro y acribillarla a balazos. Tras considerar brevemente esa posibilidad, un tanto complicada, y como quiera que yo estoy contra el uso de armas de fuego, decido ser razonable y buscar una de las catanas de colección de mi señor marido, comenzar por cortarle a él lo necesario para que pueda cantar como soprano en una coral, y presentarme luego en el apartamento de ella.

Finalmente Eddy viene a cenar, y entre rollito de California y rollito maki, y como empiezo a aplacarme un poco porque ahora recuerdo que a ella no le gustan los sushi con pescado crudo, ni los que tienen pescado ahumado o marinado, ni los que contienen nabo japonés en vinagreta, vamos, que no le gustan mucho los sushi y que estoy deglutiendo su parte, con la tripa bien llena y el ánimo tranquilo le pido que me cuente esa supernoticia.
Eddy (con gran alborozo): -"Ya he cumplido el plazo necesario de estancia en Canadá para optar a la ciudadanía. ¡Voy a pasar el examen de nacionalidad dentro de una semana!"
Yo (con arroz pegado a la mejilla y un cierto alivio de que la noticia no implique bodas, despedidas de soltera, bebés, implantes de pene o asesinato pasional consecuencia de infidelidad conyugal, todas ellas cosas que me ponen sumamente incómoda, pero con un poco de decepción al mismo tiempo): -"Ah. Qué bien."
Eddy (picada): -"¿Ah, qué bien? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? Tu entusiasmo es abrumador. Si te hubiera anunciado que tengo un tumor cerebral, espero que la reacción habría sido más intensa."
Yo (intentando masticar un trozo de alga nori y dar una imagen creíble al mismo tiempo) : -"Bueno, Ed, chica, que me alegro mucho por tí, felicidades y todo eso."
Eddy (poniéndose sarcástica): -"Sobre todo, no dejes que la emoción te ahogue." Mirando mi plato: -"Ni el sushi, ya que estamos."
Yo: -"¿Y qué más quieres que te diga? Ya sé que es importante, que tendrás derecho a voto, que serás una ciudadana en pie de igualdad con los demás, que pagarás más barata la universidad (yupi) y todo eso, pero hija, la simbólica de la cosa, como tal, pfff... qué quieres que te diga.
Yo de mi ceremonia de ciudadanía recuerdo que tuve una de las peores reglas de la historia, que canté el "Oh, Canadá" con un dolor en el bajo vientre como si me hubieran pateado los ovarios un escuadrón de la policía montada -ellos, y sus caballos-, que mientras el juez me estrechaba la mano, me felicitaba por pertenecer a esta increíble y gran nación y me daba el certificado de nacionalidad y un pin de la bandera, yo pensaba que tenía una pinta increíble de juez borrachuzo irlandés de película de John Ford, y que cuando tuve que jurar fidelidad a la reina con otros cien emigrantes, la mitad de ellos con turbante, monsieur M. mascullaba barbaridades antimonárquicas a mi lado, mientras el ujier nos vigilaba, con ojos llenos de sospecha. Sí que me alegré de obtener la nacionalidad, por lo del fin del proceso de integración y del maldito papeleo, pero lo celebré corriendo a casa, saltando al sofá y tragándome dos Tylenoles menstruales."
Eddy (me mira como si fuera a decir algo, duda, cambia de idea y pregunta, con un suspiro de cansancio): -"¿No tendrás un poco de pan por ahí, no? Voy a hacerme una tostada."