sábado, 5 de julio de 2008

Sopa de tortilla

Hace ya tiempo que tenía esta entrada pendiente. Una amiga que vive en Berlín me recomendó esta película, en un intercambio cinéfilo para cocinillas ;-).

Cuál sería mi sorpresa cuando vi "Sopa de tortilla" ("Tortilla soup") y me di cuenta de que es un remake latino de "Comer, beber, amar". Aunque me gustó un poco más la primera versión de Ang Lee, ésta es una película simpática que dará muchas ganas de preparar una receta mexicana, o de buscar el restaurante mexicano más próximo. Me gustó especialmente ver a Raquel Welch, mayorcísima y estiradísima (las comisuras de los labios le llegan a las quijadas), pero aún rumbosa y coquetona.

La imagen que da de los estadounidenses de origen latino (especialmente de las tres hermanas protagonistas) es... no sé, un pelín tópica, pero me gustaría prestársela a mis respetables amigas mexicanas para que me dieran su opinión.


Tras ver la película, me animé a preparar unas fajitas de pollo, pero como la receta proviene de un sitio americano, probablemente es una triste versión gringa :-). Así que para versiones más auténticas, esperamos esos comentarios mexicanos (con referencia, claro, vengan esos enlaces de sitios de recetas mexicanos).

La ventaja de esta receta es que es muy rápida. Un buen atajo "don't make it, fake it", es congelar restos de pollo asado y cortado en tiras, pollo que puede descongelarse rápidamente. La acompañé de un guacamole que tenía ya preparado, dos tipos de salsa (que aquí se compran ya hechas, pero que son muy fáciles de hacer), verde -elaborada con tomatillos - y roja, nachos y crema agria.

Es un intento ibérico, así que sed indulgentes.

jueves, 3 de julio de 2008

Canadian Fast Food

Con el verano, el calor, la humedad tropical y los mosquitos, llegan los turistas a Montreal. Y en los escaparates de las tiendas de souvenirs a veces se ven cosas curiosas, cosas que, tras haber adoptado el país (y que el país me haya adoptado), me divierten, porque forman parte de un folclore canadiense que yo veo desde el punto de vista extranjero y local al mismo tiempo.
Como todo lo que tiene que ver con los animales salvajes que uno puede encontrar por el bosque. O que pueden encontrarle a uno, depende.

martes, 1 de julio de 2008

Oh, Canada!

(Parte de esta historia y de sus personajes existen solamente en mi imaginación. Parte de ellos, sin embargo, son reales. Si alguna persona se reconociera en ellos, o reconociera sus palabras o acciones, debería pensárselo mejor antes de continuar tratando conmigo, porque probablemente todo lo dicho en mi presencia será utilizado con fines viles y deshonestos).
Hoy es la fiesta nacional de Canadá, así que aprovecho y os planto esta patriótica entrada. Si no os parece tan patriótica deberíais leer otra cosa, porque esto es lo mejor que puedo hacer en la materia. No soy la única que no está a la altura de la celebración, los quebequeses, irreductibles nacionalistas, tras celebrar SU fiesta nacional el 24 de junio, san Juan, este día lo dedican a su deporte incomprensiblemente preferido: mudarse. Esta locura merece una atención particular, así que esta otra historia la contaré en otra ocasión.

Cuando afirmo en mi perfil que mi no nacionalismo es incurable, lo digo en serio. El gen ese que hace que a una se le humedezcan los ojillos al oír música folclórica, (en mi caso, más bien folklórika), se trague todos los partidos de su equipo o insista delante de quien quiera oírla que "el/la ____ de mi tierra era mejor", debía de ser recesivo en mi caso. Eso o a fuerza de vivir en varios irreductibles pueblos galos diferentes, he terminado por inmunizarme al tema, me explico: soy vasca , viví en Escocia durante cierto tiempo, y heme aquí, en Quebec. Sólo me falta Córcega y escribo un ensayo, lo juro.

Esta explicación preliminar es para que comprendáis mejor el relato que sigue.

(Imagen de Powerstock, MQ Publications)

Mi amiga Eddy me llama por teléfono para quedar, porque viene a cenar a casa. La idea era ponernos a hacer sushi caseros, aprovechando un flamante kit que recibió por su cumpleaños. Como es la cena, las dos tenemos nuestra jornada laboral entre pecho y espalda, ninguna de las dos tiene ni repajolera idea de cómo hacer sushi y que me veo limpiando pegotitos de arroz del suelo de mi prístina cocina a las doce de la noche, sin haber cenado gran cosa, le propongo pasar de la parte pedagógica del encuentro y encargar por teléfono el sushi ya hecho, y si ella insiste en lo pedagógico, siempre podemos deconstruir los rollitos maki para analizar su estructura. Mientras zampamos. Eddy se deja corromper fácilmente, acepta la moción y me dice antes de colgar que tiene ALGO que anunciarme.

ALGO que anunciarme. Oh, my God. OH. MY. GOD.

Inmediatamente me pongo a elucubrar. A la fuerza tiene que ser algo importante. Que Eddy saque tiempo para venir a verme y que tenga algo que anunciar, sólo puede querir decir una cosa. Bueno, quizá varias cosas:

a. Se casa. Hace poco ya anunció que estaba pensando en irse a vivir con su amorcito, pero Eddy es de las que se casan. Va a venir y ponerme un anillo delante de las narices, y yo voy a tener que hacer como si lo de prometerse y casarse fuera la experiencia última y maravillosa en la vida de cualquier mujer, para no aguarle la fiesta, y alegrarme por ella, que al fin y al cabo es a la que todo eso le parece importante. Mierda, me espera una tarde años cincuenta, y yo que no bebo alcohol. Empiezo a considerar el preparar unos mojitos. Y una despedida de soltera. ¿Tendré que comprar esas antenas que las mujeres se ponían en España cuando salían de bares, con penes o muñequitos de hombres desnudos?
b. Se ha quedado embarazada. Siempre les pasa a las buenas chicas creyentes, como ella. Basta que accedan al sexo prematrimonial, como para que venga Dios y las fulmine con una fertilidad exacerbada, el muy puñetero. A gente como yo eso no les pasa, de hecho es más bien lo contrario. Empiezo a preparar una lista mental para la baby shower.

c. (Menos probable). Eddy ha descubierto súbitamente que ella siempre ha sido un hombre encerrado en un cuerpo de mujer, ha dejado a Y., ha parado de depilarse, ha empezado a chutarse testosterona y ha decidido hacerse un implante de pene. Y viene a verme para que firme como persona allegada en los papeles del hospital. Empiezo a prepararme para acompañarla de tiendas a la sección masculina de Gap.

d. (Sumamente improbable). Viene a confesarme entre sollozos que hace ya mucho tiempo que está enamorada de monsieur M., que está cansada de fingir y de negar la realidad, y que en un momento de arrebato intentó provocarlo para que me fuera infiel. Me confiesa todo esto porque no puede mirarme a la cara tras tantas mentiras y necesita aligerar su carga.

Me preparo mentalmente para obtener un permiso de armas, comprar una escopeta para osos, tomar clases de tiro y acribillarla a balazos. Tras considerar brevemente esa posibilidad, un tanto complicada, y como quiera que yo estoy contra el uso de armas de fuego, decido ser razonable y buscar una de las catanas de colección de mi señor marido, comenzar por cortarle a él lo necesario para que pueda cantar como soprano en una coral, y presentarme luego en el apartamento de ella.


Finalmente Eddy viene a cenar, y entre rollito de California y rollito maki, y como empiezo a aplacarme un poco porque ahora recuerdo que a ella no le gustan los sushi con pescado crudo, ni los que tienen pescado ahumado o marinado, ni los que contienen nabo japonés en vinagreta, vamos, que no le gustan mucho los sushi y que estoy deglutiendo su parte, con la tripa bien llena y el ánimo tranquilo le pido que me cuente esa supernoticia.

Eddy (con gran alborozo): -"Ya he cumplido el plazo necesario de estancia en Canadá para optar a la ciudadanía. ¡Voy a pasar el examen de nacionalidad dentro de una semana!"

Yo (con arroz pegado a la mejilla y un cierto alivio de que la noticia no implique bodas, despedidas de soltera, bebés, implantes de pene o asesinato pasional consecuencia de infidelidad conyugal, todas ellas cosas que me ponen sumamente incómoda, pero con un poco de decepción al mismo tiempo): -"Ah. Qué bien."

Eddy (picada): -"¿Ah, qué bien? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? Tu entusiasmo es abrumador. Si te hubiera anunciado que tengo un tumor cerebral, espero que la reacción habría sido más intensa."

Yo (intentando masticar un trozo de alga nori y dar una imagen creíble al mismo tiempo) : -"Bueno, Ed, chica, que me alegro mucho por tí, felicidades y todo eso."

Eddy (poniéndose sarcástica): -"Sobre todo, no dejes que la emoción te ahogue." Mirando mi plato: -"Ni el sushi, ya que estamos."

Yo: -"¿Y qué más quieres que te diga? Ya sé que es importante, que tendrás derecho a voto, que serás una ciudadana en pie de igualdad con los demás, que pagarás más barata la universidad (yupi) y todo eso, pero hija, la simbólica de la cosa, como tal, pfff... qué quieres que te diga.

Yo de mi ceremonia de ciudadanía recuerdo que tuve una de las peores reglas de la historia, que canté el "Oh, Canadá" con un dolor en el bajo vientre como si me hubieran pateado los ovarios un escuadrón de la policía montada -ellos, y sus caballos-, que mientras el juez me estrechaba la mano, me felicitaba por pertenecer a esta increíble y gran nación y me daba el certificado de nacionalidad y un pin de la bandera, yo pensaba que tenía una pinta increíble de juez borrachuzo irlandés de película de John Ford, y que cuando tuve que jurar fidelidad a la reina con otros cien emigrantes, la mitad de ellos con turbante, monsieur M. mascullaba barbaridades antimonárquicas a mi lado, mientras el ujier nos vigilaba, con ojos llenos de sospecha. Sí que me alegré de obtener la nacionalidad, por lo del fin del proceso de integración y del maldito papeleo, pero lo celebré corriendo a casa, saltando al sofá y tragándome dos Tylenoles menstruales."

Eddy (me mira como si fuera a decir algo, duda, cambia de idea y pregunta, con un suspiro de cansancio): -"¿No tendrás un poco de pan por ahí, no? Voy a hacerme una tostada."

lunes, 30 de junio de 2008

Nos vamos de "chóping"

(Ciertas partes de esta historia son verídicas. ¿Cuáles? Vosotros decidís.) (Y está dedicada a Ana, como parte de su tratamiento ;-) Espero que le haga reír).

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Voy a hablaros de un teoría mía en lo que concierne a la moda : creo que la mayoría de la gente, tanto hombres como mujeres, se quedan atascados en un cierto estilo que adoptaron en una época de sus vidas, estilo que creyeron (en algunos casos justificadamente y en otros no) que les iba bien y en el que se quedaron congelados, en una fashion glaciación.

Esto le ocurre normalmente a la gente de mediana edad, aunque en los peores casos la congelación del estilo ocurre en la treintena. Sospecho que esto ya le ha ocurrido a monsieur M., cuyo estilo ha sufrido una calcificación progresiva, hasta fosilizarse en algún punto de los 80. Concretamente, en el punto de los vaqueros lavados a la piedra. Muy lavados.

Monsieur M. podría calificarse de hombre de mediana edad, aunque en su caso personal, me cuesta mucho aplicar el adjetivo "mediano" a nada que le concierna: físicamente es bastante colosal, con un torso -y un carácter, en ciertos momentos- que me recuerda mucho al de "Shrek", y su personalidad no podría ser tachada de nada inferior a "homérica". Mi marido es un mítico hombretón, un John Wayne quebequés, un increíble Hulk con mejor color y menos mal genio. Salvo cuando toca ir de compras. Algo que para él es el equivalente de una agradable sesión de tortura. Si se le da a elegir entre ir de tiendas o clavarle palillos encendidos entre las uñas, estoy casi segura de lo que eligiría...


Como hoy. Tras haber hecho unas cuantas piruetas, mi mejor demostración de danza del vientre, un par de pases de masaje tailandés y haber pedido porfavorporfavorporfavor a mi quebequés de marido que me acompañe al centro comercial, ha accedido graciosamente, con el cuello un tanto agarrotado por mis intentos de seductor masaje. Y la amenaza de volver a utilizar mi bata en polar a ositos durante tiempo indefinido. Y de volver a comprar calabacines (aún no se le ha olvidado el Infausto Incidente de los Calabacines). Lo de la bata se ve que no le ha gustado un pelo, pero cuando he mencionado los calabacines, el efecto ha sido instantáneo.

Así que hemos saltado en el coche, yo alegremente, hasta sentarme encima de una peladura de plátano que ha fermentado un par de días sobre el asiento del copiloto. Él se ha sentado en el del conductor, con un sonoro "crunch", tras el cual ha habido un breve momento de silencio. Nosotros somos así, intensos.

Mientras intentaba buscar algo donde meter la piel de plátano, le he dicho:

Yo: "-Mon choux à la crème chéri, vale lo de que utilices tu coche para producir compost orgánico, pero lo de que empiece a ponerse crujiente me inquieta un poco."

Monsieur M., con gesto de fastidio: -"Vaya, pues parece que al final yo también voy a necesitar ir de compras."

Yo (en pleno momento de éxtasis): -"¡¡¡Woooohoooouuu!!!!! ¡Has decidido tirar los calzoncillos patrióticos!"

(Monsieur M. y yo tenemos un delicado contencioso desde hace tiempo, acerca de unos calzoncillos -slips, para ser exactos, altos de cadera como los trajes de baño de los peores momentos de la princesa Estefanía de Mónaco- estampados con flores de lis -la bandera quebequesa-. Tras reírme abundantemente de semejante impulso nacionalista, se compró unos con hojas de arce -la bandera canadiense-, según él, "para equilibrar"; personalmente, sospecho que para fastidiar.)

Monsieur M.: -"No, acabo de sentarme encima de las gafas de leer". (Ya he dicho que mi hombre es madurito. Cuando elige su ropa interior, no. Pero cronológicamente, sí. Lo suficiente para la presbicia.)

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(Un cuarto de hora y varias vueltas al aparcamiento más tarde).

Yo (frotándome las manos ante la perspectiva de nueva montura de gafas sexy): -"Ya que tienes que encargar gafas nuevas, podrías cambiar de estilo, mon beignet d'amour. Porque hace lustros que llevabas las mismas. Una década, para ser exactos."

Monsieur M. (sin rastro de ironía y con sincera sorpresa en la voz): -"¿Y?... Eran cómodas."

Yo (pelín exasperada, lanzando golpe bajo): "...la bata de ositos también es muy cómoda."

Monsieur M., cabizbajo: -"Vale. Ayúdame a elegir."

Aquí es cuando empezamos a constatar nuestras diferencias lingüísticas y semióticas. Para mi legítimo consorte "ayúdame a elegir" quiere decir que yo permanezco discretamente a su lado, cual delicada flor de loto, dando mi asentimiento o disentimiento con discretos y elegantes movimientos de cabeza, mi grácil cuello cual tallo de bambú balanceado por el viento, mi comportamiento el de una geisha enamorada. Para mí, "ayudar a elegir" quiere decir reprimirme el ansia de hacerle a un lado de un empellón, agarrar una docena de monturas que me gustan, plantarle delante de un espejo y hacer que se las pruebe, repetidas veces. Tras lo cual las descartaría todas, eligiría otras, y vuelta a empezar. Durante el tiempo que dure este proceso, él debería mantener la compostura, sonrisa y silencio plastificado de un muñeco "Ken", dentro de lo posible.


Podéis imaginaros que con semejantes discrepancias semánticas, los dos juntos de tiendas es como King Kong contra Godzilla. Es mejor no acercarse a nosotros. Porque nos falta una miaja para ponernos a destruir Tokyo.
Lo de las gafas me ha presionado mucho, porque es como la ropa pero peor, nadie se pone lo mismo durante diez años, (... un momento ...ahora que lo pienso, monsieur M. sí), pero las gafas cuestan una pasta y se llevan durante muucho tiempo. Una buena elección es crucial.


Tras intentar atraer a monsieur M. hacia el siglo XXI, con el resto de nosotros, y de convencerle vigorosamente de que no elija una montura igualita a la del tío Junior de "The Sopranos" -qué gran serie- (he terminado diciéndole que eran unas gafas "antisexo", y parece haber pillado la idea, porque las ha depositado rápidamente en su soporte); tras numerosos forcejeos y tras contradecir a la chica que trabajaba en la óptica y que, maldita sea, no me estaba siendo de gran ayuda, he conseguido que elija una montura bastante coquetona. Cuando salíamos de la óptica, una hora más tarde, me ha dicho, orgulloso:

-"¿Ves? Soy perfectamente capaz de elegir solo. Tengo buen gusto, después de todo."

Criatura. Él todavía cree que los pijamas de poliéster que llevan los personajes de "Star Trek" son el no va más de la modernidad.

Y tirándome del brazo, me ha arrastrado a "Réno Dépôt".

sábado, 28 de junio de 2008

¡Prrrreeeeeemioooooooo!

Con ojitos húmedos de emoción y de alergia a las gramíneas (y nuca húmeda también, pero no de emoción, sino del 80% de humedad y los 30 grados con los que nos hemos levantado esta mañana), le agradezco a Cris el premio otorgado. Yo que nunca gané el pan, chorizo y vino de la tómbola durante las fiestas, ni el jamón, ni siquiera la muñeca chochona, al fin he ganado algo.

Como no hace mucho que empecé este blog, al principio, mientras aprendía cómo funcionaba esto, cuando leía los de otros blogueros y veía los premios, me daba la impresión de ser un mundo cerrado, una especie de "secta" en la que todos se conocen. Este premio me ha hecho darme cuenta de que... yo también he integrado la secta ;-) Secta en la que, por otra parte, he conocido virtualmente -que no carnalmente, calma- a gente encantadora, a los que voy inmediatamente pasarles la bola (¡je! estos premios me retrotraen a la época en la que intercambiaba pegatinas en el patio del colegio) :
  • Marona, especialista marmotil, cuya prima lejana ha hecho una madriguera en mi parterre, por sus fotos estupendas y la frescura de sus recetas y de su forma de contar. (Sé que tienes un empachillo de premios, prenda, éste va sin obligación ninguna).

  • Vega, porque siempre me interesa todo lo que cuenta (bueno, vale, una parte de la canción italiana un poco menos, esta chica me ha hecho escuchar cosas que nunca me hubiera creído capaz de escuchar sin estar bajo la influencia de estupefacientes)

  • y Violeta, alias Sumire, barriendo descaradamente para casa, porque es mi más vieja amiga (no quiere decir que seas vieja, reina mora, sólo que nos conocemos desde siempre), y porque escribe maravillosamente y también propone una música... peculiarrrrr.
... pues eso, daos por premiadas. Eah, terminemos el bombo y platillo, que me va a salir una urticaria.

The queen and I

"La princesa Ana es una chica muy activa. Le gusta el aire libre. Adora la naturaleza a pesar de lo que la naturaleza le hizo."
Bette Midler
Me preparo un tecito Earl Grey, y no me hace falta más para sentirme cercana a la familia real británica, ya veis, tengo la alucinación bastante fácil y asequible. Y anglófila, of course.

A pesar de ser republicana convencida y olé (para los amigos de este lado del atlántico, este republicanismo del que hablo no tiene nada que ver con la política de los USA, es el otro republicanismo), tengo un punto débil: Elizabeth, Liz para los amigos.

(Imagen de Ed Polish y Darren Wotz)

La reina Elizabeth me cae bien, aunque no haya tenido el gusto de conocerla (todo se andará...). Me gusta la familia real británica, como me gusta casi todo lo británico. Mejor dicho: me gusta que existan, que no es lo mismo. Me gustan su flemática compostura y su falta de vergüenza (pensad en las famosas conversaciones telefónicas de Camilla y Charles...). Me gustan sus escándalos, buenas maneras, titánicos sombreros, meteduras de pata y atuendos de caza (entre otros, el kilt del príncipe Charles y las sempiternas botas Wellington o wellies, que llevan todos en Balmoral), todo ello me proporciona gratos momentos de solaz y entretenimiento.

Por alguna razón que no llego a determinar, la familia real española no me permite el mismo esparcimiento y diversión. Curioso. Debe de ser que, con tanto matrimonio consanguíneo, la familia Borbón ya no tiene la genética muy fresca, que se diga. Y son unos sosos de tomo y lomo. Las lecturas de discursos del rey... yo despidiría a su profe de declamación ya mismo. He oído a gente recuperándose de un derrame cerebral en pleno reaprendizaje de la lectura con un logopeda leer con más dinamismo.

Cuando obtuve la nacionalidad canadiense, tuve que jurar fidelidad a Lizzy, ya que Canadá es un país que pertenece a la Commonwealth. Así que soy oficialmente su súbdita. Menos mal que me cae bien.

Esta simpática familia inglesa ha inspirado historias fantásticas, entre otras la estupenda novela de Sue Townsend, "The queen and I". Sue Townsend es la autora de los muy populares en mi juventud "Diarios de Adrian Mole".

En la Inglaterra de "The queen and I", el partido republicano gana las elecciones, con lo que el Reino Unido se convierte en una república y la familia real británica es enviada ipso facto a una casa de protección oficial, su nueva residencia. La reina Elizabeth comienza a cobrar su pensión de jubilada y a aprender a vivir con medios, er, ligeramente limitados. Y se las arregla bastante bien. El príncipe Philip, con menos capacidad de adaptación, termina con una depresión de caballo, deja de afeitarse y de ducharse y se pasa el día viendo la tele.

La idea de base de este libro da origen a situaciones de lo más pintorescas. Os lo recomiendo, vais a pasar un buen rato leyéndolo.

Esta semana acabo de terminar otro libro de la misma autora, "Number ten", en el que parte de una idea similar. Edward Clare, primer ministro británico, jefe del partido laborista, es cada vez más impopular y se le acusa de haber olvidado las condiciones en las que vive el pueblo llano inglés. Esto le motiva a salir de su cómoda residencia en el número diez de Downing Street, y a lanzarse en un viaje de incógnito por Gran Bretaña, disfrazado de mujer. Por supuesto, siendo humor británico, lo de travestirse va a terminar gustándole. En este viaje peculiar, el primer ministro descubre cosas como el programa de tele "Who wants to be a millionaire?", el cream tea y lo desastrosamente mal que funciona el sistema de salud pública. También descubre cómo aplicarse el colorete.
En mi opinión, (y es sólo eso, mi modesta opinión), este libro no es tan divertido como "The queen and I". Pero me he reído bastante con algunas de las escenas de la historia.


Y para terminar, algo sólo para auténticos anglófilos: "The queen". Si aún no la habéis visto, alquiladla, preparaos una tacita de té con galletas y disfrutad de la dirección de Stephen Frears y de la soberbia interpretación de Helen Mirren. Creo que si Liz fallece, podría remplazarla sin problema.

A mí este tipo de post siempre me da ganas de comerme unos scones con mantequilla y mermelada. Y sándwiches de pepino. ... os dejo, y por cierto,

God save the queen. Eso.

jueves, 26 de junio de 2008

Hacia rutas salvajes / Into the wild


Si hay algo que me gusta de Canadá y de Quebec en particular, es su gran amor por la naturaleza, la manera en que ésta forma parte de las vidas de los canadienses, como si aún quedara en esta gente un poquito del patrimonio de esos primeros colonos, que con una valentía y una voluntad admirables, vinieron a instalarse en tierras completamente salvajes y desconocidas, partiendo de cero.

Y cuando digo partir de cero, no es sólo una expresión: la "época de la colonización", como la llaman aquí, no está tan lejos en las memorias quebequesas, aún hay gente que recuerda los relatos del bisabuelo que participó en los trabajos para desbrozar Abitibi, por ejemplo. Dejando a un lado toda la culpabilidad história y la corrección política sobre los efectos de esa colonización en la población amerindia autóctona, efectos devastadores que aún perduran, siento una gran admiración por esa gente (a veces familias enteras) que dio el salto transatlántico buscando una vida mejor.

Si uno se pone a pensar en las condiciones de vida en las que sobrevivieron y prosperaron esos colonos, le entra una vergüenza terrible cuando piensa que para nosotros, niños mimados de Occidente, un corte temporal de electricidad o de agua potable nos parece penoso. Paco tiene razón cuando dice que cualquier abuela de hace 60 a 80 años sabía arreglárselas mejor que nosotros.

Ésa es una de las razones por las que los quebequeses me llenan de admiración: han conservado un espíritu pragmático que me parece a un tiempo muy norteamericano y la herencia de sus antepasados. Un ejemplo: aquí una gran mayoría de la gente sabe construir y hacer todo tipo de bricolaje y trabajos en casa. Por bricolaje no quiero decir colgar un cuadro, sino construirse una casa desde los cimientos, montar la electricidad y la fontanería solitos. Monsieur M. no es una rara avis, él se ha construído tres casas y ésta la está reconstruyendo prácticamente entera. Pero eso es algo que muchos quebequeses -y quebequesas- son capaces de hacer. A mis ojos, ese saber práctico les da un aura de autosuficiencia que envidio. Y yo que para impedir que la cisterna del retrete gotee, pido auxilio...

No es una casualidad que el símbolo del Canadá sea el castor, animal mañoso y espabilado donde los haya. Hasta aparece en las monedas.

Aparte de que la población de castores es muy importante en Quebec, causando a veces grandes problemas con sus presas a prueba de bomba (literalmente, a veces los de Obras Públicas tienen que dinamitarlas, por lo sólidamente construídas). En esta foto, una de las presas construidas por castores (tomada en nuestro paseíto campestre del sábado):


El árbol cortado de la orilla es uno de los muchos "masticados" por los castores. Industriosos animalitos...

En la caminata también vimos setas con aspecto peligrosísimo...

...y culebrillas.

Toda esta reflexión del principio sobre lo de sobrevivir en la naturaleza , fue provocada por una película que vi hace poco, "Hacia rutas salvajes" ("Into the wild"), de Sean Penn. Es la historia (basada en hechos reales) de un joven americano, Chris McCandless, que partió a la aventura en Alaska con la romántica idea de vivir sin ningún tipo de atadura material, cual animalillo silvestre, vaya. Comiendo las bayas y raíces que pudiera recolectar y los animales que pudiera cazar. He conocido gente aquí que ha acampado en pleno invierno quebequés en el bosque, que saben cazar y sobrevivir, y he escuchado un número suficiente de historias lamentables como para saber que una gran parte de la gente que muere en la montaña o en el bosque lo hacen por falta de conocimientos, de preparación y, sobre todo, de respeto por la naturaleza; por esa arrogancia que nos hace pensar que controlamos nuestro entorno, cuando la gran mayoría de nosotros no es capaz de hacer fuego con un mechero, ni os cuento ya sin él. En fin, todo lo que pienso sobre el tema se refleja muy bien en el blog de Paco, leed la entrada "La alternativa McCandless", muy recomendable.

La película de Sean Penn es una película muy decente, pero si el tema os interesa, un must sería leer los cuentos de Jack London, uno de mis clásicos preferidos, especialmente "To build a fire". Os hará ganar un nuevo respeto por la gente que es capaz de arreglárselas lejos de la civilización.