martes, 14 de julio de 2009

El mejor empleo del mundo



Hoy parece que toca de nuevo entrada reminiscente. Es lo que tiene lo de carecer de vida social en el mundo exterior (ése en el que la gente hace otras cosas aparte de escribir tesinas y hornear bizcochos aromatizados al estrés), una termina por volver la vista hacia su no demasiado rico mundo interior, y desempolva recuerdos que hasta ahora dormían amontonados en una estantería mental.

Como el de mi primera experiencia laboral en Quebec. Durante unos meses, oh cuán breves, tuve el privilegio de ocupar un puesto codiciado: el mejor empleo del mundo. Vale, el sueldo no era lo que se dice deslumbrador (salario mínimo), y ahora ha sido desbancado por otro, pero en la época, lo fue.

Me explico: durante unos plácidos meses de mi tercer invierno canadiense, viví la vida soñada de tantos aspirantes a funcionarios: fui pagada por leer el periódico. Y ni siquiera tenía que hacerlo a escondidas, era mi trabajo. ¿Cómo lo conseguí? Por obra y gracia de un programa especial de integración para jóvenes y para inmigrantes, fui efectivamente integrada al mercado laboral. Yo era joven y era inmigrante, así que tenía todos los boletos para el sorteo.

El único "detalle" que no funcionó muy bien en este afán integrador del gobierno de Quebec, la minucia que convirtió la experiencia en una de las más surrealistas que he vivido en mi vida laboral (y he vivido bastantes, soy española), mi "Estupor y temblores"* personal, fue que un funcionario bienintencionado y bastante cerril insistió en meterme en el programa para jóvenes desertores escolares, esa juventud, divino tesoro, que no termina la escuela secundaria por múltiples razones.

Cuando le mencioné a modo de inciso que yo, no sólo había terminado la escuela secundaria, sino que tenía una licenciatura proveniente de una universidad europea, dotada de electricidad y agua corriente, el muy literal (y un tanto obstinado) funcionario afirmó que como aún no había recibido los papeles del Ministère de l'Éducation, du Loisir et du Sport du Québec (se llama así, lo juro) certificando la equivalencia de mi título universitario a uno quebequés, como -ya de paso- tampoco había recibido la equivalencia de mi título del bachillerato, y como tenía sólo la equivalencia de mi graduado escolar (gracias al cielo, si no, me hubiera colocado en un programa de alfabetización), pues yo legalmente no era poseedora ni de un maldito diploma de escuela secundaria, lo que -legalmente, insistía- le obligaba a colocarme en el programa para los que no han terminado de reventarse las espinillas. Firme aquí, señora, por duplicado, gracias, que tenga un buen día.

Y así me encontré en un programa de la YMCA (sí, sí, la de la canción, pero sin el buen rollo festivo-gay). La YMCA es en Canadá el todopoderoso de los organismos de ayuda comunitaria, y en lo que se dice ayuda, hace muy buen trabajo. El problema es que ése no era el tipo de ayuda que necesitaba yo en ese momento. De la noche a la mañana, me zambullí en un programa de reforma juvenil soft, y yo, ni era tan juvenil, ni necesitaba ser reformada (si excluímos los cuartos de baño de mi barraca montrealesa).

El programa consistía en tres semanas de formación general de base en un centro de la YMCA (pagadas), y en un año de prácticas en un ministerio de la función pública, a salario mínimo, en un puesto de chica para todo. Si entretanto uno decidía la vuelta al cole (que era lo que supuestamente se fomentaba), el programa continuaba pagando las horas de trabajo perdidas si se certificaba que las pasaba en la escuela.

La "formación general de base" era, efectivamente, muy de base. Consistía en cursos que iban desde la informática de base (o cómo usar Word), hasta la búsqueda de empleo (o cómo presentar un CV sin manchas de patatas fritas o pasar una entrevista de trabajo sin estar colocado, y no hablo del empleo), pasando por edificantes y prácticos módulos con títulos como: "Higiene personal de base" (lávate las axilas y cambia de muda antes de ir a trabajar, tus colegas te lo agradecerán) o "Gestión de un presupuesto" (hacer la compra de comestibles o de leche para el bebé es más urgente que correr a la licorería o comprar una libra de maría), pasando por "Taller sobre la autoestima" (o por qué tener antecedentes penales no es el fin de tu vida laboral), "Soluciona tu drogodependencia" (no fumo, no bebo, pero sé que mi relación con el chocolate es malsana, lo sé), y "Salud y vida sexual" (los condones existen, no es necesario ser madre de tres criaturas antes de los veinte).

En un par de días conocí a mis compañeros de fatigas: cuarto y mitad de jóvenes ex-delincuentes, de delincuentes aún en activo obligados a participar por el juez, de miembros de pandillas intentando salir de ellas, de pastilleros terminales que no se acordaban de si se habían quitado el pijama antes de salir de casa, de chavales perdidísimos que habían dejado la escuela porque la escuela los había dejado antes a ellos, y de majaderos con dos neuronas en funcionamiento, una de ellas moribunda. Todos ellos menores de 21. Me convertí en la abuela Cebolleta sobrecualificada del grupo. La hermana mayor adoptiva de una cuadrilla de mentecatos y yonquis robacoches.

Lo cual no quiere decir que no me encariñara con algunos de ellos, que por otra parte no eran tan mentecatos (aunque sí robacoches): Alexis, la minúscula chica griega de 18 años, inteligente y rápida como una ardilla, con tatuajes artesanales en las manos, hechos a boli Bic e imperdible, y con una cantidad de eyeliner que haría que el maquillaje de Amy Winehouse palideciera y pasara por discreto y natural, incluso el que aplica en sus días de jaco furioso.

Alexis había pertenecido a una pandilla callejera de Montréal Nord, un barrio sabrosón de esta ciudad, y cuando anunció a sus queridos amigos que los dejaba para intentar volver a la escuela, obtener el diploma de secundaria y encontrar un trabajo, la despidieron cariñosamente a patadas, aplicadas en grupo y a la cabeza. Cuando salió del hospital se apuntó al programa. El primer día se sentó a mi lado. Tras presentarse y oír mi acento me soltó inmediatamente todas las frases en español que había aprendido en la calle (frases que no pueden ser reproducidas aquí), me dijo que adoraba comer pupusas, me recomendó el mejor garito para comer spanakopita en Montreal, me contó su historia y me adoptó como hermana postiza, todo ello en cinco minutos. Agotador. Desde ese día, Alexis se aplicó a no "cagarla en el programa" (sus propias palabras) y a aprender a maquillarse como yo. Le presté un par de libros que debieron gustarle, porque nunca me los devolvió, y ella correspondió ofreciéndome con su voz ronca e increíblemente vieja su asistencia para encontrar "cualquier mierda que necesitara, pastillas, lo que sea" (de nuevo, sus propias palabras). Le di las gracias, guardé su teléfono en la mochila y me dije que nunca se sabe cuándo una puede necesitar ciertos contactos, a fin de cuentas, en eso consiste el networking.

Como soy más bien reservada en lo que a demostraciones físicas se refiere (mantengo mi espacio personal a toda costa y respeto el del prójimo), y tengo mucha costumbre de tratar con adolescentes en equilibrio precario a punto de estallar, la combinación de mi edad venerable (29), de mi trato cool, de no ser tocona y llevar un pelo cortísimo a juego del suyo (cuando entró en el hospital con la conmoción cerebral, le raparon el cráneo para poder suturarla) debió ser lo que hizo que Alexis me adorara a primera vista.

Yannick, otro compañerete de clase, tenía 20 años, un acné incontrolable, llevaba cuatro trabajando como friegaplatos en los chiringuitos de fritura más grasientos de Montreal (de ahí probablemente su acné incontrolable), y encontró la motivación para volver a los estudios en el fondo de una de esas enormes bolsas de basura que sacaba al callejón trasero del restaurante.

Después de una formación tan enriquecedora, entré a trabajar en el departamento de comunicaciones y relaciones públicas de un gran mastodonte ministerial : el ministerio federal de salud pública. Mi entrada triunfal la hice acompañada de Jonas, un compañero del curso. Jonas, 18 años y medio, un gusto fabuloso para la ropa y los complementos: gafas geniales, cinturones chulísimos, zapatos ultra chic, un hemisferio cerebral muerto al nacer y el otro sesteando plácidamente. Jonas, buen chico, si una le gritaba algo al oído, su cabeza hacía eco.

Siguiendo mi costumbre, intenté no hacer olas al entrar, así que le dejé a Jonas la iniciativa. Arlene, nuestra nueva jefa, secretaria del departamento, mujer vivaracha cerca de los cincuenta, la última subordinada de todo el escalafón de subordinados, acogía a los jóvenes de prácticas con una mezcla de desvelo y paciencia maternal y pura voluntad de echarles una mano, y otra parte de regocijo de tener al fin a alguien por debajo de su puesto, en la plúmbea jerarquía ministerial. Arlene nos otorgó una silla, una mesa y un ordenador artrítico a cada uno, y a los dos nos tocó compartir el exiguo cubículo gris sin ventana. Pronto descubrió que Jonas tenía menos luces que una fosa oceánica en plena noche, y la verdad es que en comparación a mi vecino de mesa, yo, con mi torpe francés recién aprendido, parecía un premio Nobel. Llevaba seis meses tomando clases de francés, y ya le corregía las faltas de los textos a Jonas, que había sido -supuestamente- alfabetizado en su lengua materna.

Durante el tiempo que trabajé junto a este chico, me entraron serias dudas sobre el sistema escolar quebequés, dudas quizás injustas, porque es más rápido matar a un asno a golpes de higos maduros que meter algo en la cabeza de alumnos como Jonas. En los primeros meses pasados en su compañía, mi yo pedagógico estaba convencido de que el pobre chico era un disléxico que nunca había sido diagnosticado. De esa hipótesis pasé a la del retraso mental mal tratado (si hubiera ido a una clase especial...). El hipotético retraso fue profundizándose, hasta el punto en el que, tras una conversación con Jonas a la hora del almuerzo, yo sentía que necesitaba pasar por la cámara de descompresión antes de hablar con alguien inteligente.

En los últimos meses en los que trabajamos juntos y me pasaba la vida haciendo su parte del trabajo, corrigiéndole los mismos errores una y otra vez, cubriéndole porque llegaba tarde, oyendo sus historias de conquistas de fin de semana y viéndole dormir -y babear, voto a bríos- apoyado en el calendario de mesa, ya sólo quería liquidarlo discretamente a golpes de perforadora.

El caso es que a nuestra llegada, después de oír mi glorioso acento, Arlene me explicó con gran cuidado -y una mezcla de aprensión, una dicción muy enfática y mucha lentitud- el manejo de dos piezas de maquinaria ultrasofisticada de la oficina: la cafetera y la fotocopiadora. Arlene estaba un poco desanimada, porque ya había bregado con chavales de prácticas del programa de integración que, mientras se integraban, habían desintegrado dos fotocopiadoras, todo su sistema de archivo, una impresora y la gramática francesa en varias cartas. Mi acento añadía a su inquietud, pensando que, además de enseñarme los rudimentos de la fotocopiadora, tendría que enseñarme a hablar. En cuanto a Jonas, Arlene vio rápidamente que no había nadie en el piso de arriba, vamos, que no había esperanza, y le puso a limpiar los archivos con una bayeta para el polvo y a distribuir el correo.

La inquietud de Arlene pareció apaciguarse un poco cuando pudo constatar que su protegida latina no sólo estaba familiarizada con el arcano arte de la fotocopia, sino que provenía de ¡oh, maravilla! un país europeo y civilizado (para Arlene la civilización equivalía directamente a Norteamérica, excluyendo México, y Europa, excluyendo la Europa del este). No quise extenderme explicando que mi experiencia con las fotocopiadoras provenía de mis años en la universidad. No creáis, ser tomada por una completa ignorante puede ser muy relajante, si a una no le pica el ego; a fin de cuentas, tenía un trabajo, ganaba un sueldo, estaba practicando el francés.

Se me informó de mi función vital: básicamente, yo era la chica de las fotocopias y de los cafés. Cada mañana tenía que fotocopiar la revista de prensa del ministerio, que consistía en un collage hecho a mano de todas las noticias relacionadas con la salud pública aparecidas en la prensa quebequesa, noticas de las que el departamento de comunicaciones debía estar al tanto (ya que respondían a las llamadas de los periodistas), así como la omnipotente directora general, gran Manitou del ministerio. Yo ejercía las delicadas tareas de fotocopiar y grapar los ejemplares precisos, hacer cafés y distribuírlos, y Jonas llevaba las fotocopias a cada sección, con una beatífica sonrisa resplandeciente de simpleza y una camisa extremadamente elegante. Mi tarea me ocupaba media jornada, y como después nadie parecía querer darme nada que hacer, me pasaba la tarde haciendo ejercicios de gramática en Internet. Así no me sentía culpable de perder el tiempo. Mi francés se mejoraba a marchas forzadas, mientras el de Jonas parecía fundirse como la nieve bajo el sol.

Una mañana invernal, una de las agentes de relaciones con la prensa llama anunciando que una gripe brutal la impide venir al trabajo. Presa del pánico, la otra agente gime que nunca podrá terminar a tiempo la revista de prensa, ya que tiene mucho que hacer. Se me ocurre proponer mi ayuda, ante el asombro de tres pares de ojos que creen que no he terminado la escuela secundaria y se reprimen un -"Ah, ¿pero tú sabes leer?".

Y he aquí el inicio de mi carrera estelar como lectora de periódicos profesional: mis colegas descubren, tras revisar mi trabajo, que no sólo sé leer, sino que lo hago en inglés y francés, con cierto criterio y extrema rapidez, y que soy perfectamente capaz de encontrar todas las noticias pertinentes para la revista de prensa. Recibo oficialmente mi nuevo título de encargada de la revista de prensa dotada de un cerebro. Jonas asciende a director general del café con leche y la fotocopia, y la responsabilidad le abruma.

Yo entro cada mañana cafelito en mano, recibo de manos del mensajero una pila de una docena de periódicos, que abro y leo de cabo a rabo, tras lo cual echo un ojo a las ediciones virtuales que en la época aún eran escasas. Preparo una revista de prensa sin tacha, y me queda tiempo para reorganizar por orden alfabético la biblioteca ministerial (que yace en el caos más abyecto), preparar una maqueta de revista de prensa virtual (primitivas, las fotocopias), y termino respondiendo al teléfono a los periodistas (mi acento no parece estorbar a nadie, todos están encantados de mis modales "tan europeos"(?), y haciendo fotos para la revista ministerial (cuando mi jefa descubre mi licenciatura en Bellas Artes).

Mis funciones de fotógrafa hacen que salga a menudo de mi cubo gris sin ventanas y me pasee en taxi por todos los grandes hoteles y salas de convenciones de Montreal, Quebec e incluso Otawa, que me ponga morada a canapés (las fotos duran un momento, las recepciones horas) y que lleve una vida sumamente agradable con un bolso lleno de vales para el taxi y bonos de restaurante, todo ello a salario mínimo.

Cuando tras seis meses de relajación funcionarial recibí los papeles que oficializaban mis títulos, y encontré mi primer trabajo como profe, hubo una parte de mí a la que casi le dio pena (no fue al bolsillo, os lo aseguro), una parte que recordó durante largo tiempo mis días tranquilos de lectora de periódicos, especialmente cuando tenía que afrontar a una horda de adolescentes enloquecidos por las hormonas: no por nada había trabajado medio año en el mejor empleo del mundo.

*****************

* (Gran novela autobiográfica de Amélie Nothomb y su experiencia absurda de trabajo en Japón. Impagable.)

12 comentarios:

Noema dijo...

Oh, chérie, ¿y por qué desvelaste tu verdadera identidad? Con ese puesto de trabajo podrías haber seguido tu tarea de heroína superwoman revolucionadora del mundo de la lingüística sin preocuparte de perder tu anonimato.
Por cierto, ¿has leído "La elegancia del erizo"? Algunas partes me han recordado a la historia.

Ella dijo...

Me ha parecido muy interesante este post, sobre todo por lo del programa especial para jóvenes y para inmigrantes. Aysss, me dan ganas de escribir algo sobre mis experiencias de trabajo en este país! Pero qué organizados que son por ahí!!

Zarawitta dijo...

¡Ahhhhhhhmmm! (Suspiro) Suena tan lindo si tan sólo pagaran un poco más...

Los trabajos ideales... tan lejos y tan cerca. Ni modo si uno quiere desarrollarse pocos trabajos idealmente tranquilos quedan a la mano.

PD Excelente fragmento, me dispongo a conseguir el libro.

Zarawitta dijo...

Nota*

Hablando de imigración, países no desarrollados y programas. DESbienvenida la noticia de visas para mexicanos a Canadá, ni modo eso nos han dejado décadas de migración indocumentada.

Aún así lindo Canadá...

Lo siendo ya no más comments políticos salió mi internacionalista.

Ginebra dijo...

Um... qué diferentes son España y Canadá. A usted la ponen a leer el periódico y a hacer fotocopias porque están convencidos de que no tiene titulación ni formación, y yo hago lo mismo con los chavales de prácticas sabiendo que todos tienen lo menos dos masters (y no del Universo). :-)

Anónimo dijo...

Guau!!! la de cosas que te pasasn oyes!!! jajajaja...
Pero en trabajo ese tener, tiene muy buena pinta, hasta lo del chiqui-sueldo se compensa con canapieses y vales de taxi!!! la panacea vamos...

Por cierto, conservas amistades entre aquellos adolescentes (hoy no tanto) conflictivos (ejem, ejem, ejem...)??

Besotes

Maite

Ginebra dijo...

Por cierto, lo de los días de chicas y playa... hay que joderse lo lejos que estamos las tres, eh.

María dijo...

Buen trabajo, sí señor. Por lo que veo lo de la titulitis se da en todo el mundo.
Saludos

CRIS dijo...

Ok, es brillante Amelie Nothomb pero acabo de terminarme su libro "Anticrista", ni se te ocurra, éste no le ha salido bien, ahórrate la pasta.
Un beso

Arantza dijo...

Noema, "ma belle" :-): yo no desvelé exactamente mi dentidad secreta, más bien fue la situación la que la desveló. Y por aquella época mi francés era aún un recién nacido, así que lo de revolucionar el mundo de la lingüística francesa aún estaba bastante lejos. Pero tienes razón: qué gran trabajo para escribir una tesina. O un blog. O una novela. O aprender a tejer en punto pelota.
Y no, no he leído "La elegancia del erizo", pero tu comentario me ha picado la curiosidad, y tras buscar un poco, he recordado que escuché una reseña muy elogiosa de ese libro en Radio Canadá. Así que lo leeré, porque el leit motiv de "chica sumergida en trabajo surrealista" siempre tiene su gracia.

Ella: el programa en sí era más bien una buena idea. La aplicación, sin embargo, no estaba tan bien organizada. Un programa de empleo que incluye a los inmigrantes tendría que prever lo mucho que se tarda en recibir los papeles de equivalencia de los títulos. Más que nada para evitar este tipo de situaciones absurdas.

Zarawitta: yo creo que la novela de Amelie te gustará. Y sí, este trabajo a veces aún me hace suspirar, especialmente cuando ando estresadilla. En cuanto a la decisión del gobierno federal de Canadá, capitaneado por nuestro "Bush canadiense", está siendo objeto de muchas críticas y público escarnio, y es que fue tomada por algún ridículo funcionario que pensó que los mexicanos sólo viajan para instalarse en otro país. No se le ocurrió que muchos ciudadanos canadienses de origen mexicano reciben la visita de sus familias en verano, o que una buena parte del turismo que llega a Quebec viene de México. Es lo que tienen las ideas preconcebidas, siempre se dan la vuelta y le escupen a uno en la cara.

Arantza dijo...

Ginebra: tal y como está la coyuntura laboral por las Españas en estos tiempos, yo no creo que esos trabajadores superdiplomados y mineralizados te guarden rencor. Al menos eres consciente de que están equipados con un cerebro, y no les hablas como si tuvieran un deficiencia mental. Y sí, leñe, qué lejos estamos, vamos a tener que organizarnos una versión "trash" de "Tú en Boston y yo en California", algo que haga que Disney se agite en su tumba...

Maite: ese curro era el sueño de mucha gente que conozco, que conste. En cuanto a lo de las amistades, igual ésa es una palabra un poco exagerada para definir la camaradería solidaria que sentí por mis coleguitas de curso. No, no he mantenido el contacto, aunque de vez en cuando sí que siento curiosidad por saber qué habrá sido de algunos, dónde habrán parado... (espero que no en la cárcel).

María: lamentablemente, en un país que acoge trabajadores de todo el planeta, se necesita un baremo para saber dónde colocar a la gente. Y aún más lamentablemente, el único baremo que se usa es el de los tútulos. Aunque las universidades quebequesas muestran cierta inteligencia, y convalidan cursos de algunos programas por experiencia.

Cris: a mí "Estupor y temblores" me encantó, la leí con regocijo malsano porque me lo prestaron justamente en medio de esta experincia laboral surrealista. Otras novelas de Amélie me han gustado o no, según. Y es que esta chica tiene la productividad literaria de una ardilla hiperactiva, así que es normal que el resultado sea un poco desigual. Pero su mala leche me encanta.

Sara dijo...

Leído! Ideal para pasar una tarde muy entretenida... y bastante más surrealista!

Abrazos Arantza!