
Hace tiempo que tenía ganas de comunicar la "buena nueva" culinaria (qué evangélica sueno, caramba) a la que me he convertido- parcialmente- desde que vivo en este lado del charco: el "don't make it, fake it", en traducción muy libre: "No cocines, haz como si cocinaras". Esta semana he descubierto un blog, del que hablo más abajo en este post, que me ha recordado que en la piel de toro esta tendencia es relativamente novedosa.
No sé yo si esto va a terminar formando una subcultura gastronómica como la slow food, en el fondo espero que no, pero es muy socorrido cuando uno tiene otras cosas que hacer en la vida además de cocinar, y no se resigna a no "tirarse el pegote" de asombrar a sus amigos/familia con platos deslumbrantes. O asín. La cosa consiste en cocinar algo partiendo de ingredientes completamente o parcialmente preparados o precocinados. Los canadienses y estadounidenses han elevado esta habilidad para preparar comida pseudocasera al nivel de arte. Como me dijo doña Rosa -venerable cocinera peruana- en la cocina colectiva en la que participábamos ambas: -"Estos canadienses te lo preparan todo abriendo un par de latitas, no más".
Si bien doña Rosa exageraba un poco -aquí también hay gente que hace reducciones de balsámico, crujiente a la lavanda y muele su propio trigo para hornear su propio pan-, tenía razón en observar que los quebequeses cocinillas se sirven sin ningún pudor de conservas y congelados para abreviar y facilitarse la tarea.
Nada más lejos de mi intención que de hacer aquí una apología del enlatado versus el alimento fresco, ni hablar. Pero como ya habréis constatado los que me leéis desde hace un cierto tiempo, lo que yo propongo en este blog es cocina del día a día, guisotes realistas para gente que no tiene tiempo de reducir el balsámico o confitar a la madre que los parió, con perdón. Gente que tiene que currar ocho horas, ir a buscar a los enanos al cole, pasar por el Eroski y plancharse unas cuantas camisas. Y a la que le gustaría que le quedara un rato para ver el "Telediario", dormir ocho horas, depilarse el bigote o tener una vida sexual, aunque sea breve.
Tengo que confesar mi admiración por cocineros como Garbancita, que en su blog se define como gourmet y hace cosas como esferificaciones de frutas y crujientes de historias, bendita sea, pero yo tengo una tesina por hacer, una casa por repintar y un parterre lleno de malas hierbas, que, si no me ocupo de él, a finales de mayo el cartero tiene que acceder a nuestro buzón utilizando un machete amazónico. No vayáis a creer que me convertí fácilmente, tuve que desprogramarme de toda una infancia viendo a mi madre -que trabajaba en casa, y con esto quiero decir que era ama de casa, profesión a tiempo completo sin sueldo- cocinar unas cosas de las que en la época no tenía ni la más remota idea del trabajo que daban. Mi madre se ha ganado el cielo a golpe de pasapurés, triturando tomate casero para los espaguetis. En su cocina se desconocía el tomate de bote.
Una vez me curré unos txipirones/calamares en su tinta (extrayendo las tintas a mano de cada criaturita, como hacía la amatxo, algo que linda más con la cirugía que con la gastronomía) delante de amigos quebequeses, y cuando les dije que mi madre hacía eso como plato de entre semana, me miraron como si todos los españoles hubiéramos perdido el juicio. Hoy puedo decir que me he zambullido de cabeza en esta cultura norteamericana, utilizo mucho el congelador y pienso cómo ahorrarme etapas en la elaboración de una receta. Y estoy contenta de ver que hay gente como Falsarius Chef, y su muy divertido blog "Cocina para impostores", que están liberando al cocinillas ibérico de esta culpabilidad tan católica de hacerlo todo casero, y echan mano sin piedad de la lata de fabada. Como las conservas están llenas de sal, conservantes e incontables guarrerías, aparte de ese metálico sabor a lata, que no me gusta nada, yo intento servirme sobre todo de congelados y conservas en bote de cristal o en Tetrabrik. Y de mis propios congelados de sobras. También leo con bastante atención las etiquetas, -son mucho más interesantes que cualquier novela de Ray Loriga- e intento comprar el bote con la lista de ingredientes más corta.
Así pues, a partir de ahora no os sorprendáis si os doy una versión alternativa "don't make it, fake it" de alguna receta; si os ayuda a ganar tiempo y os gusta el resultado me encantaría que me lo contarais.
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Para acelerar la cosa, podéis utilizar albóndigas precocinadas -aquí utilizo unas congeladas bastante decentes, de pollo, menos "colesterolosas" que otras marcas, o vegetarianas, de soja-. Si sois previsores, la próxima vez que hagáis albondiguillas caseras, reservaréis unas cuantas para congelar.
La salsa de tomate, un buen sofrito de bote u otra salsa para pasta con una base de tomate. (Mil perdones, pero hace ya tanto tiempo que emigré que no conozco lo que hay disponible en el mercado, para más precisiones preguntadle a Falsarius).
El toque deslumbrante: picáis bien de ajo y perejil frescos (o albahaca, si tenéis a mano), sofréis todo en buen aceite de oliva virgen y mezcláis este sofrito con la pasta recién escurrida. Entretanto, habréis calentado-descongelado las albóndigas, el secreto para darles más sabor como de "cocina de mamá" es calentarlas dentro de la salsa de tomate. Lo mezcláis todo, y ¡alehop!
Si os alaban lo bueno que está, guardaos el secreto. Un día, siempre podréis vengaros revelándolo: "Adiós, cariño. Por cierto, todos mis platos fueron fingidos."