lunes, 2 de noviembre de 2009

La democracia, la identidad nacional y yo: qué dura es la vida del superhéroe


Día de elecciones municipales en Montreal. Nuestras opciones son más bien limitadas en lo tocante a candidatos, lo cual provoca unas abstenciones escalofriantes (61%) : tenemos un trío compuesto por el alcalde actual, Tremblay, que se encuentra sumergido hasta las orejas en la merde corrupta de la mafia de la construcción quebequesa, la señora Harel, una buro-tecnócrata de derechas que no parece muy dispuesta a cambiar nada, y Bergeron, un urbanista que al principio me hacía ligeramente tilín por sus ideas vagamente socialistas y refrescantes, pero del que han desenterrado un libro que escribió hace tiempo en el que exponía sus ideas sobre el atentado del 11 de septiembre, ideas que dan ganas de sacudirle algún medicamento fuerte ya mismo. Un antipsicótico, si es posible.

Porque sí, Quebec es bonito y civilizado, pero en todos los sitios cuecen habas. Aquí concretamente se cuecen langostas Thermidor, a bordo del yate de un empresario de bonito apellido italiano (ya, lo del mafioso de origen italiano es tan clásico que hasta suena cliché), empresario que cuando el ayuntamiento de Montreal saca a concurso la adjudicación de las obras públicas, él saca a pasear a nuestros democráticos representantes en su yate, y ¡alehop! Obra adjudicada por un precio que hubiera permitido construir un polideportivo en la luna. Y lo peor es que no hace distinciones: en su yate embarcan los miembros del partido en el gobierno tanto como los de la oposición. A bordo de ese yate hay tanto magno representante del pueblo poniéndose morado a canapés, que no sé cómo aún no se ha hundido. El dinero público que proviene de esos presupuestos inflados al helio paga los canapés, por cierto. Así que todos participamos, nosotros pagamos y ellos se lo comen, es un sistema bonito y equitativo.

Menos mal que la langosta aumenta el ácido úrico que es una barbaridad, así que les deseo a todos la gota, o una hipercolesterolemia como mínimo.

El caso es que ahí estoy, esperando más o menos pacientemente en la cola para votar, en mi collège electoral habitual. Monsieur M. espera detrás de mí, haciendo sudokus. Yo tengo abierta una novela tediosa y horriblemente escrita por Javier Sierra, en la que he perdido toda esperanza y hace diez minutos que no leo. En lugar de leer, miro a mi alrededor, y la uso para camuflarme. La mayoría de la gente en la cola es mayor de sesenta. Aunque soy consciente de que como muestra demográfica mi observación no tiene mucho peso, me parece mal signo. Espero un rato más, la cola avanza con una lentitud tremenda, probablemente por miedo a que la velocidad fatigue a los heroicos votantes, que en buena parte se apoyan en andadores.

Cuando llega mi turno, los dos ciudadanos que se ocupan de la mesa electoral con celo democrático encomiable (y un pelín exagerado), me hacen un gesto para que me acerque. Avanzo con una mezcla de esa inocentona satisfacción que me da siempre poder votar (no sólo por orgullo democrático, sino por los años que he tenido que pasar aquí congelándome el hispánico trasero antes de obtener el derecho a hacerlo), y con un poco de irritación, porque ahora que veo el ritmo al que procede esta mesa, no me extraña que hayamos esperado tanto. El señor que preside es un sexagenario con aspecto de sacristán. Me sonríe con benevolencia. Le devuelvo una sonrisa automática, de buenas maneras, un poco forzada, como la que reservo para mi higienista dental.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos: -"Bonjour! ¿Prueba de identidad, por favor?"

Le presento el permiso de conducir, que en Canadá es la prueba de identidad usual, ya que no existe el carné de identidad. Los inmigrantes nacionalizados tenemos una tarjeta de ciudadanía que también serviría como prueba de identidad, pero me toca las narices presentar un documento que no existe para los quebequeses "de pura cepa", y que en mi opinión, designa a los inmigrantes como ciudadanos de categoría diferente a los nacidos aquí. Todo eso no se lo cuento al señor sentado frente a mí.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos, ajustándose las gafas de leer, que penden de un cordón marrón que lleva al cuello, haciendo un gesto de esfuerzo olímpico mientras lee mi nombre, obedece ciegamente a la consigna de confirmar la identidad del futuro votante: -"¿Nombre y domicilio, por favor?"

Yo respondo, sucinta. Como pronuncio mi nombre como hay que pronunciarlo en el país de origen, la reacción automática del señor consciente de sus deberes ciudadanos es la desconfianza, que se pinta en su cara con la claridad de una valla publicitaria de autopista. La irritación automática debe de pintarse igual de claramente en la mía. Porque no es la primera vez, por supuesto. Y tengo una gran paciencia con la sorpresa, la curiosidad, la ignorancia crasa, incluso, pero no con la desconfianza. Alguien que desconfía de la diferencia por el mero hecho de ser diferente suele ser alguien que me toca las narices (y los principios), por lo general. Y no se me pone en el apéndice nasal desfigurar la pronunciación de mi nombre a la francesa (Agggannnnsszza) para que este moron del Montreal profundo se sienta más en terreno conocido (¿he mencionado que estoy en mi primer día de regla, en el que he esperado abundantemente de pie y que eso no suele ayudarme a ser más paciente?).

Señor ahora ultra-consciente de sus deberes ciudadanos, con tono interrogador: -"¿Perdón?"

Yo, progresivamente irritable y echando de menos mi ibuprofeno, repito mi nombre más despacio, con exactamente la misma pronunciación que al principio. Repito mi dirección.

Señor consciente en grado superlativo de sus deberes ciudadanos, mira la foto de mi permiso de conducir, me mira la cara, mira la foto de nuevo, y dice, con expresión ¡ajá-te-pillé!: -"No se parece mucho a la foto, madame. Ni su nombre se parece a lo que está escrito."

Yo, ahora en estado de irritación palpable y bastante esplendorosa: -"La fonética varía según el idioma. Y el pelo crece."

La mirada se me detiene, malvada, en su calva. -"El mío, al menos." (Ey, él se lo ha buscado. No le busques las cosquillas a una mujer con calambres abdominales).
Señor un poco más relajado en lo tocante a sus deberes ciudadanos, se bate en retirada, baja un poco la vista, me tiende mi permiso de conducir sonriente y hace un intento de simpatía: -"Es que tiene usted un nombre tan curioso... ¿de dónde viene?"

Yo, deseando sentarme con una mantita en el regazo : -"De Montreal, de la calle Foucher. Como ya le he dicho."

Señor, la sonrisa le disminuye una octava, me mira, perplejo: -"No, quiero decir, ¿de qué país?"

Yo, lacónica: -"De Canadá."

Monsieur M., que acaba de llegar a la mesa electoral vecina a la mía, ve el mini atasco que empieza a formarse detrás de mí y estira un poco el cuello para oír mejor. Lo miro con desenfado. Lo mío no es sadismo, es que cuando una lleva diez años pelándose el culo de frío para integrarse, aprendiendo la gramática infame del idioma con más excepciones ortográficas que conozco, acaba un poco harta de ser etiquetada de extranjera a perpetuidad.

Señor, aún irritantemente consciente de sus deberes ciudadanos, la sonrisa ahora visiblemente menos amplia, pero sin rendirse: -"Je, je, qué graciosa" (con una expresión que dice todo lo contrario), -"Ahora en serio, ¿de qué nacionalidad es usted?"

Yo, telegráfica e inmutable: -"Canadiense. Si no, no estaría aquí votando."

Monsieur M., que acaba de de introducir su voto en la urna, me oye, y me clava la mirada. Empieza a gesticular, señalando la salida y haciendo gestos de apremio.

El señor consciente de sus deberes ciudadanos abandona por completo sus esfuerzos por sonreír. Súbitamente, es todo business. Me da un lápiz (aquí hay que votar escribiendo una equis en la papeleta), marca mi nombre en la lista electoral y me indica la cabina de voto. Espera sin decir palabra a que marque mi papeleta tras el biombo de cartón, vuelvo a la mesa, le tiendo el lápiz, él retira el cartón que cubre la urna, mudo, yo voy a meter el voto, pero detengo el movimiento en el aire. He visto que la persona que espera dos puestos por detrás de mí, en la cola, es una mujer (o al menos, eso es lo que supongo) bajita, cubierta por completo con un chador. Sólo sus ojos asoman de entre la tela negra. El señor de la mesa mira con curiosidad por encima de hombro, para ver lo que me ha llamado la atención. Le pregunto, aún con mi papeleta doblada en la mano: -"Usted perdone, pero para votar, yo creía que identificarse era obligatorio."

Señor, sorprendido, sin ver muy bien adónde quiero llegar, recita maquinalmente: -"Y lo es, madame. Su nombre debe estar inscrito en la lista electoral, y debe justificarse con una prueba de identidad provista de foto: pasaporte, permiso de conducir, tarjeta del seguro médico o tarjeta de ciudadanía. Prueba que debemos verificar en la mesa confirmando su identidad."

Yo, frunciendo un poco el entrecejo: -"Pero imagino que la prueba de identidad con foto se exige a fin de comparar la cara del votante que se presenta a la mesa con la de la foto, tal y como su celo identificativo de hace un momento demuestra. ¿Se acuerda? Cuando usted parecía encontrar muy sospechosa mi abundancia capilar, monsieur."

Señor, que la verdad, al final se está mostrando más bien amable y paciente y que se desvive por informarme, convencido sin duda de que vengo de una república bananera y de que aún no comprendo los entresijos de la democracia: -"Así es." Asiente con la cabeza.

Yo, mirando brevemente a la misteriosa votante enmascarada, y bajando un poco la voz: -"Pues usted convendrá conmigo que a esa señora va a ser más bien difícil identificarla por comparación con la foto de su pasaporte."

Señor, con cara de niño que se ha hecho todos los deberes, me recita de nuevo: -"En Canadá, la ley electoral permite votar con una burka, o con un velo integral que permita ver sólo los ojos."

Yo, ahora ligeramente alucinada e ignorando a monsieur M., que agita los brazos al fondo de la sala, indicándome la puerta y el reloj frenéticamente, y sintiendo un resoplido del votante situado inmediatamente detrás de mí, un hombre joven que se me ha pegado un poco para oír mejor la conversación: -"Ah, vamos, que es legal votar con la cara tapada. Pero sospechoso cuando una se deja crecer el pelo o no pronuncia su nombre como usted cree que debería. Si yo llego a venir disfrazada de Spiderman, con los leotardos y la careta, usted me deja votar sin fastidiarme. Al fin de cuentas, ayer fue Halloween."

Señor, aún sorprendentemente paciente y con ánimo instructivo: -"Nononono. Una careta de Spiderman no es legal."

Yo, insistente y, llamémoslo por su nombre, tocahuevos: -"¿Pero un velo o una rejilla que cubre la cara sí? La lógica de la ley electoral se me escapa, caballero." Monsieur M. empieza a tener la cara roja, el aire inquieto y me indica de movimientos laterales de cabeza que intentan ser discretos al guardia de seguridad que empieza a mirarnos al señor responsable de la mesa y a mí, interesado.

Señor consciente de sus deberes ciudadanos, pero ahora un poco nervioso: -"Es que una burka o un chador no son disfraces. Es diferente. Es un asunto de creencias religiosas."

Yo, inspirando sonoramente, como siempre que se me saca a relucir la creencia religiosa como justificación infalible de todo tipo de majaderías: -"Oiga, si es un asunto de creencias, por creer, yo creo en Spiderman. He sido criada por un hermano mayor que utilizaba los cómics de la Márvel como Sagradas Escrituras. Yo he crecido creyendo firmemente en Spiderman, Batman, los 4 Fantásticos y la Patrulla X. Faltaría más. En Superman y el Capitán América no, por ejemplo. Demasiado de derechas, me ponían un poco de los nervios. Pero para mí, Magneto es el demonio, los mutantes existen, y el profesor Xavier es su profeta. Aleluya."

Ruido de asentimiento entusiasta del hombre de atrás. Me vuelvo y le echo una ojeada rápida. Tiene unos cuarenta años. Se inclina tímidamente hacia mí y pregunta: -"¿Y Flash Gordon?"

Yo, encogiéndome de hombros: -"Pues no, mire. A mí Flash es que no..."

Señor de la mesa electoral, cada vez más inquieto, estira el cuello, mira hacia la cola cada vez más larga a mis espaldas, e interrumpe: -"Yo no hago la ley electoral, señora. Si tiene algún comentario, siempre puede escribirle un correo al diputado de su distrito. Y ahora, si tiene usted la amabilidad de proceder a votar, por favor...", termina, con tono suplicante.

Yo, insertando finalmente la papeleta en la ranura: -"Perdone, no quería importunarlo, pero si llego a saber lo absurdo de la ley electoral en un país presuntamente laico, vengo a votar vestida de Catwoman".

Sonoros asentimientos del señor de atrás y de tres o cuatro mujeres de la cola y de colas vecinas, que no se han perdido ripio. Una se lanza, entusiasmada: -"Diga que sí. Lo que es obligatorio para un ciudadano, debería de serlo para todos sin excepción." Ruidos generales de la gente que nos rodea, que corroboran lo dicho. La pobre mujer en el chador empieza a tener la mirada un poco asustada. La miro un momento, con sonrisa tranquilizadora. A fin de cuentas, la mentecatez de nuestros dirigentes, que nunca han mirado en el diccionario lo que quiere decir "laico", no es culpa suya. Y estoy contenta de que se haya animado a venir a votar, con velo o sin él.

Otra mujer más mayor, un poco más lejos, añade, pensativa: -"Aunque no sé, con el otoño que nos está haciendo, unos leotardos de vinilo, qué mal cuerpo." Una al fondo grita con regocijo: -"¡Hulk!¡En harapos y pintada de verde!" Risillas.

Siento la manaza de monsieur M. que se me posa en el hombro. Con voz cavernosa me dice: -"Has terminado, ¿verdad? Porque hay mucha gente esperando. Ajjjjem."

Le doy las gracias al agitado señor de la mesa electoral, que ya empezaba a mirar al guardia de seguridad, y le deseo que tenga un buen día. Mientras nos batimos en retirada, escucho retazos de conversaciones en la cola: -"La Linterna Verde sí que molaba." -"Pero mira que eres hortera. Wonder Woman, en cambio..." -"Oye, pues todavía tengo la capa y la careta de Darth Vader. Tú me guardas el sitio en la fila, yo paso por casa a recogerlas y vuelvo. Como hay Dios."

Monsieur M. me agarra ahora de un codo, mitad caballeroso, mitad tirando de mí hacia la salida, y mientras corremos más que andamos, masculla: -"No vayas a tomarme a mal, te quiero, mon p'tit loup, pero mira que eres emmerdeuse".


Otra estupenda obra de Norman Rockwell

23 comentarios:

Miriam dijo...

Absolutamente genial, yo no tengo tanto morro ni tanta labia ni jarta de vino, y te juro que me gustaría. Aunque no pierdo la esperanza de ser como tú cuando tenga 80 años, a lo mejor para entonces tengo el valor... XD

Miguel-On dijo...

Anda que no eres nadie! menuda enreda.
Eres una artistaza.

besos

Ajonjoli dijo...

pero....¿esto pasó de verdad o ha salido de tu imaginación?
en cualquier caso, es genial.

José Antonio dijo...

¡Dios bendito¡ no he parado de reirme durante la lectura de tu post. La de veces que me planteado lo del burka y las carencias de una democracia que tiene siempre presente a lo políticamente correcto. jo, ji, ja.... sigo recordando y me entra do..lor... de..tri...paaaaaaaa ¡¡¡¡¡¡¡¡¡

Anónimo dijo...

Hace unos años se formó un escándalo importante en Francia, donde las mujeres deben aparecer descubiertas en las fotos de sus pièces d'identité. El caso es que la esposa del entonces presidente, Monsieur Chirac, intercedió ante el ministro del interior para que permitiese a una abadesa amiga suya salir en la foto con su velo, su toca y su canesú. Ignoro en qué terminó el asunto, pero me temo que los presidentes de su mesa electoral nunca sabrán si el pelo de la abadesa crece o no.

Bien hecho, emmerdeuse ;-)

Eva dijo...

No sé cómo la gente no se anima a votar. Deberían recetar este post como remedio para la abstención. Puede que el señor de la mesa no saltase de alegría, pero estoy segura de que al resto le debió parecer una de las mejores votaciones de su vida.

En cuanto a la señora del burka.. ¿saldrá también en la foto del carnet con él puesto? vamos, que si no puede mostrar el rostro, el fotógrafo no va a ser una excepción... en fin que ya desvarío.

Enhorabuena por la lección de sentido común.

An dijo...

Mr M te quiere Si XD espero que gane el mejor...ya me diras de donde sacas todos los carteles. SAúdos

MªJose-Dit i Fet dijo...

Me encanta leerte, siempre acabo con una sonrisa en los labios...y si...quien este libre de pecado...besitosssssss!!!!

Zarawitta dijo...

Jajaja, de verdad que he reído tanto de algo, que finalmente, no debería causarme tanta gracia. En cualquier país con o sin ley de burka sería lo mismo, ninguno nos de los gobernantes corruptos, o los "cuadrados" en inamovibles ciudadanos y servidores públicos. Pero me has dado una idea ¿Qué tal flash para representante de casilla y catwoman para senadora?

Ginebra dijo...

Vale, pero por muy superheroína que sea nunca nunca se ponga las bragas encima de los leotardos, eh.

Anónimo dijo...

Jajajajajajajaja....ay, ay ay, jajajajajajaj...la que necesita el Ibuprofeno soy yo del dolor de tripa de tanto reirme jajajajajaja (tengo que dejar de leerte a primera hora en la oficina, que me miran raro jajajaja)

Te lo juro por tooodoooosss los dioses del Olimpo, pagaba por verte!!

Un besazo niña!!

Maite

Ivana dijo...

menos mal que es la hora de comer, si no mi jefe me echaba!!
que bueno y que atrevida!
bravoo!

anta dijo...

La verdad es que eso que cuentas con tanta gracia, si te paras un poco a pensar, es para cabrearse pero bien. Las tolerancias religiosas suelen pedírsele a los no religiosos.
Los religiosos, por su parte, son bastante intolerantes.
Paradojas de la vida.

Esperanza.

Noema dijo...

En todos los sitios cuecen habas y las seguirán cociendo, y en casos como este me toca las narices especialmente. Cuando el funcionario de turno me explica a mí, por ejemplo, cuál es el orden correcto de MIS dos apellidos, o cómo se pronuncian, o que el número de mi carné de identidad no es el indicado sino el que él se saca de la manga.
En uno de los programas de Españoles por el Mundo el presentador le preguntaba a la hija adoptada de un matrimonio de española y sueco "¿tú sueca no pareces? ¿de dónde eres?" por tener rasgos asiáticos. Apaga y vámonos.
Lo siento, creo que el ibuprofeno hoy todavía no me ha hecho efecto.
Y estoy con Ginebra, si sales de superheroína, por favor, con estilo y sin las bragas sobre los leotardos, jeje.
Besos
PD: Creo que me gusta más el blog así, blanquito (¡seré racista!).

Maite (Mai) dijo...

Eres mi herooooooinaaa!!! Si señor! Ni te cuento el temita cada vez que tengo que hacer cualquier papel.. Nombre? María Teresa Martín de los Santos Alonso! toma! Dos horas de discusión y de explicaciones y total, para nada. AL final ponen lo que les da la gana porque no cabe (no cabe ni en España!) así que tarjeta de SSSS "Maria Martin" del banco "Maite Martin Santos" en el ayuntamiento Maite Martín do Santos (toma!) y una larga lista de identidades más... vaya, que como alguien me quiera seguir la pista en Austria no me encuentra ni el lobatón!

Y algo que me toca sufrir con frecuencia (igual da en el supermercado que en la administración) es el abuso_condescendiente_mediocre_grosero ante la falta de fluidez lingüística: una de mis frases más socorridas últimamente es la de "disculpe, pero soy extranjera, no idiota". Antes me avergonzaba mucho con estas situaciones pero cada día me resbala más la gente que va de ese palo... y para borde y chula, servidora.

Muchos besos y un placer leerte! Qué gustazo!

Lucía dijo...

Hola, Arantza! Me ha encantado tu entrada, me he reído con ganas!!! Bueno, y estoy de acuerdo con tu idea y la de comentarios anteriores: la democracia políticamente correcta es dura!!!

Gracias por deleitarnos con tus impresiones... el humor en días oscuros se agradece!

Por cierto, hice el fin de semana pasado tu receta de chile letal con carne. Delicioso!!! Aunque a mí me ardía todo el cuerpo :D... Un beso!

Ander dijo...

Toda una lección de democracia, amiga, y qué lenguaraz. Con tu relato me he acordado de la cara DE HORROR que puso mi profesora de comprensión auditiva en Pekín cuando le dije mi nombre y dos apellidos, pronunciados en su(s) idioma(s) de origen (Ander Permanyer Ugartemendia, toma ya, marcando las erres). Piensa que cuando vas a China te ponen un nombre chino, con sus tonos (el mío, «An De», virtud pacífica, con el que la verdad me siento bastante identificado...), y algo que se salga de esa norma les parece bárbaro. Aunque tengo que decir que en España mismo ponen la misma cara de horror cuando digo alguno de mis apellidos, en fin.

Arantza dijo...

A todos los amables lectores que han comentado : este post está etiquetado "docuficción". Lo que quiere decir que está inspirado de una buena dosis de realidad, y una parte de ficción. ¿Qué es verídico y qué es inventado" Aaaahhh... secretos de autor. Lo que sí que os diré es que estoy equipada con una gran labia natural. Me alegro de que os haya hecho reír. Y pensar. Espero.

Amable lector anónimo: firma, que me gusta saber con quién hablo. Aunque sea un pseudónimo. Anda.

Esperanza: tienes mucha, pero que mucha razón.

Ginebra: las bragas rojas por encima del leotardo azul, jamais de la vie. Pero el suje, sí.

Noema, Ander y Mai: para que veáis cómo esto de la identidad nacional cambiante/múltiple hay que vivirlo en las propias carnes cuando uno se va a vivir a otro país, sois las únicas que han reparado en la primera mitad de la historia. Y yo que quería provocar un momentillo de reflexión, ahora que los lectores españoles van a tener que asumir que ya hay españoles de pleno derecho de raza asiática, negra, árabe... vamos que los españoles tienen muchas caras, nombres, acentos, colores y religiones diferentes... así que lo de "Españoles en el mundo" y la idea preformada de la pinta "que debe" tener un sueco no me extraña. Yo ya vi en el programa de Montreal que a los presentadores... les falta un poco de mundo, vaya. Para pensar más y mejor sobre los pasionantes temas de la multiculturalidad y la interculturalidad, nada como leer a Michael Byram, ¿eh, Noema? :-).

Lucía: encantada estoy de que hayas probado el chile. A pesar (?)de los ardores ;-).

Arantza dijo...

... en la respuesta a Noema, Ander y Mai quería decir "apasionantes", y siento haberte incluído en el femenino plural, Ander, guapo. Ya sé que la Academia lo ha legalizado, pero no acaba de convencerme eso de cambiarte de sexo :-)
En cuanto al blog blanquito, a mí también me gusta más, el papel "pintado" que puse para este otoño me terminó cansando bastante. Una es más bien abigarrada y barroca, pero tampoco tanto.

Besazos a todos, y gracias por comentar. Sin vuestros comentarios no me apetecería escribir tan a menudo.

Ander dijo...

Jeje, tienes razón que con lo que más me he identificado es con lo de tu nombre, aunque a decir verdad, a pesar de que tiendo a pronunciar siempre mi primer apellido en un catalán normativo –y odio que en la meseta digan «Perman-ller»–, también creo que esto de los nombres y las identidades es más elástico y menos esencial de lo que tendemos a creer. En Pekín, a pesar de que yo soy Ander, me encantaba que se me dirigieran a mí con mi nombre chino: tiene un significado bonito, muchas connotaciones positivas para los chinos, se suavizaba un poco mi condición de extranjero –y además, hay una calle que se llama así en Pekín ^_^ –. Mi padre, Gaietà, es Cayetano fuera de Cataluña y en la familia de mi madre... Pero todo es relativo y depende de la opción de cada uno, del contexto, de connotaciones varias..; en mi familia, por ejemplo, hay dos Iñakis pero jamás serán «Ignacio»...
A pesar de tener aparentemente esto de las identidades tan claro, yo mismo empecé a cometer el mismo error de los reporteros de Españoles en el mundo justo al volver de China: una vez, en un restaurante chino, me atendió una chiquilla a la que le entré hablando en chino, pero me respondió con tono ofendido en un perfecto castellano. Sería hija de chinos, pero ella era tan española como yo. Tenía buenos motivos para estar mosqueada.

Ander dijo...

Ah, oye, y yo encantada de que me hables en femenino, faltaría más.

Maite (Mai) dijo...

jajaja... Arantza, con tu permiso, sigo haciendo leña con lo de los nombres que el comentario de Ander me lo ha recordado: conocí a mi chico en Madrid una noche de juerga (yo era de esas que mantenía que las noches de bar en bar eran para divertirse, bailar y cantar, pero no para ligar, que de noche todos los gatos son pardos... y toma, ya tenemos un gatitio de 3 años:-)A lo que iba; tropiezo con su pie 2 veces, y a la tercera nos ponemos a hablar... y tú de dónde eres... bla.. bla... y qué haces... bla... y cómo te llamas? Kunta, dice él... Toma ya! Kunta-kinte? contesto yo, mirando al maromo de 2 metros, rubio y crudito de piel que tenía delante. No, Kunta. Pasaron los días y mis amigos preguntaban: ¿Oye y cómo se llama ese chico tan majo con el que sales? Pues Austriquito. Pero tendrá nombre? Pues ni idea. Kunta o algo así. Respuesta: Kinte? Por fin, un día quedamos con su grupo de compañeros de la Escuela de Minas y de repente oigo: Gunterrrrr! Tiooooo qué pasaaaa! y yo: Acabáramos! Te llamas Gunterrr? Y porqué no me lo has dicho antes hombre!!!!

En fin, mil perdones a la anfitriona por sabotear la segunda parte de la historia que parece haberse quedado agazapada en las sombras nocturnas de la ciudad porque ¿eso es lo que hacen los superhéroes, no?. Después de todo tú ya lo has dicho: qué dura es la vida del superhéroe...

+ besos

María dijo...

Jua, jua.... Yo tengo también uno de esos apellidos compuestos que vuelven loca a la administración. Y eso que aquí están acostumbrados...
Me apellido Martínez de Artola Ansa.... Pero el "de" a veces se convierte en un guión, a veces desaparece....
Así tardé medio año en matricularme en la uni...
Conozco a un pintor que se apellida "Muniategiandikoetxea" que pensó en cambiar el apellido para fimar los cuadros y esculturas pero acabó pensando que si nadie se acordaba del apellido al menos sabrían que es el artista con el apellido impronunciable. ;-D
Saludos