jueves, 31 de julio de 2008

Less... S'more: del cámping y otros bichos


Verano en Quebec es sinónimo de calor húmedo, mosquitos, festivales, mudanzas y... cámping.

Este post me ha obligado a enfrentarme a mis propios demonios y mirar cara a cara mi relación de amor-odio con esa actividad tan curiosa llamada cámping. Os cuento.

Quebec es inmenso, y grandes regiones de la provincia son bosque salvaje deshabitado (o casi), al menos en comparación con España y muchos otros países europeos, con más densidad de población. Aquí uno puede pasearse en coche y no ver alma viviente ni ninguna casa durante kilómetros y kilómetros, especialmente cuando se toma una de esas carreteras secundarias de campo, que ni siquiera están asfaltadas (son pistas de grava) porque no hay suficientes contribuyentes en la región para justificar el asfalto, parece ser.

Tanto espacio salvaje e inhabitado hace que haya un gran número de magníficos parques naturales, pero que estos parques estén lo suficientemente lejos como para que no se pueda hacer el viaje ida y vuelta en un día desde Montreal. Monsieur M. y yo somos bastante aficionados a la randonnée pédestre (vamos, al senderismo, pero suena más chic en francés ;-) Lo cual nos lleva al... cámping.


El cámping. Esa fascinante manera de pasar las vacaciones cargando el coche hasta arriba con toneladas de fastidioso equipamiento extremadamente caro y voluminoso, equipamiento que permite comer mal y dormir mal durante el tiempo que dure la tortura, euh, la aventura.

No me malinterpretéis. Me gusta la naturaleza y soy perfectamente capaz de pasar un poco de incomodidad (un poco, no soy masoquista, no me excita la idea de una ducha fría, aunque la prefiera a la perspectiva de no ducharme) si la compensación es pasearme por paisajes increíbles. Pero habiendo crecido en una familia cuya idea del deporte era ir los domingos a preparar la paella en una chopera, descubrí bastante tarde lo de vivir de forma agreste y salvaje. Así que lo llevo... bueno, lo llevo. Como puedo.

Hay que decir que el cámping en Canadá no tiene gran cosa que ver con el que he experimentado en España: los terrenos son enormes, en pleno bosque, los vecinos están bastante lejos, uno acampa en un claro pero está rodeado de árboles y no ve a nadie. Las cabañas con servicios y duchas suelen estar impecables y bien equipadas. Nadie lleva el CD y lo pone a toda castaña por la noche, las motocross no están permitidas y si alguno monta escándalo o deja sucias las zonas comunes, lo echan de pasto a los osos. Lo de los osos también fomenta mucho la limpieza en otro sentido, si no dejas encerrada en el coche o en las papeleras especiales hasta la última miga de comida, te arriesgas a recibir una visita estresante en plena noche. Y no precisamente del oso Yogui.
Pero no todo es positivo, claro. Tras haber acampado en Nuevo Brunswick, Nueva Escocia, la isla del Príncipe Eduardo, Quebec y Ontario, puedo afirmar que este país tiene los mosquitos más malnutridos y xenófobos que he visto jamás (xenófobos, porque parecen adorar la sangre de inmigrante).

El hecho de que Canadá tenga una de las reservas de agua dulce más importantes del mundo, en forma de aguas subterráneas y de lagos, hace que toda este agua tranquila sea un paraíso para que los mosquitos pongan huevos y se reproduzcan a gusto. De ahí que todas las casas en Quebec tengan mosquiteras en puertas y ventanas. Sería una tortura vivir en el campo sin ellas. La gente que vive a la orilla de un lago suelen tener el porche completamente "blindado" antimosquitos, y es frecuente construir cenadores en el jardín, a prueba de bichos. Si no lo hicieran así, los quebequeses no podrían sentarse fuera entre junio y agosto, los meses del verano.

Gran invento, las mosquiteras.

Poco importa si acampas cerca del mar, los mosquitos, estos animalitos que viven en nube, te pican (más bien ME pican, a monsieur M. ni lo tocan) en cualquier centímetro de piel disponible. Y por cualquiera, quiero decir realmente CUALQUIERA: en la cara (párpados, labios, mejillas), en el cuero cabelludo (el pelo castaño les atrae especialmente, parece ser que les recuerda a los ciervos y alces, y yo debo de ser un magnífico castaño alce), a TRAVÉS del pantalón y la camisa.

Cuando acampamos, yo estoy obligada a taparme la cabeza con un pañuelo, y vestirme como una afgana que va a la compra: manga larga, pantalón largo metido dentro de los calcetines (porque si no, los mosquitos se meten por la pernera y te pican los tobillos, lo juro). Todo ello a treinta y tantos grados con una humedad tropical, mientras monsieur M. se pasea en pantalón corto y sin camisa. Lo quiero mucho, pero en esos momentos hay como una ola de resentimiento que me invade, mientras me rasco las picaduras y me rocío de asqueroso y tóxico repelente (Eau de Muskol, parfum, Québec) , que me hace pensar "Diossssss. Cómo lo odio."

Y eso sólo son los mosquitos. Los mosquitos son voraces, pero hay otras especies aún peores: la mouche noire o mouche à chevreuil (deer fly, mosca negra o mosca del ciervo). Estas moscas diminutas y de aspecto inofensivo, de la familia de los tábanos, pican y muerden al mismo tiempo, arrancando (literalmente) un pedacito de carne a su paso, de la que se nutren. El veneno que tienen produce una inflamación que da como resultado picaduras gigantes. En ciertas regiones de Quebec es tan problemático, que la gente se viste como los apicultores para ir a la pesca en los lagos. A veces hay tantas en el sotobosque, que los ciervos y alces salen corriendo a la carretera porque las picaduras les vuelven locos. Suele ser un motivo de accidente. Si Yogui viviera aquí en lugar de en Yellowstone, andaría tomando tranquilizantes, pobre. Y untándose de repelente.


Toda esta fauna local hace que el placer de acampar y la vida en plein air disminuya bastante, al menos en lo que a mí respecta. Pasar noches interminables con un mosquito en la tienda que me pica en la cabeza, mientras me rasco, y levantarme con los párpados semicerrados por la hinchazón de las picaduras, no contribuye a inspirarme ese sentimiento de comunión con la naturaleza. El extraño fenómeno que hace que llueva a mares cada vez que acampamos, tampoco ayuda. Y no creáis que la lluvia frena a los malditos mosquitos canadienses. Oh, no.

El verano pasado, tras una semana de suplicio en un cámping en la zona más espectacular de Cape Breton, en Nueva Escocia, me amotiné, amenacé con una vida marital extremadamente desagradable para el resto de nuestros días, y dormimos un par de noches en un bed & breakfast. Con mosquiteras. Aleluya.

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Para terminar con la nota "gastronómica", voy a hablaros de una cochinada tradicional en las acampadas norteamericanas. Estoy segura de que todos recordáis esas escenas de cámping en las pelis de terror de los ochenta en las que los alegres excursionistas tostaban marshmallows en la fogata de campamento, minutos antes de ser degollados por un psicópata suelto por los bosques. Aquí el psicópata sería rápidamente devorado por todos esos voraces insectos. En cuanto a los marshmallows tostados, están buenos, pero si los utilizáis en esta receta de s'more , están aún mejor.

El clásico s'more se prepara con un marshmallow tostado y fundido y una onza de chocolate, pero yo no estaba por hacer una fogata en casa y quería daros a conocer el no va más de la guarrería norteamericana: la crema de marshmallow para untar.

Hay madres estadounidenses que dan sándwiches de esto a sus niños. Y creen que es alimento. Lo juro.


Los envases tienen su toque pop, me hacen mucha gracia. La marca Fluff (sólo el nombre ya es genial, aconsejo a los nostálgicos del pop art que le echen un vistazo al sitio de la marca) propone el escalofriante (desde el punto de vista nutricional) "fluffernutter", sándwich de crema de marshmallow y mantequilla de cacahuete. Oh, my God.


He aquí mi s'more casero, con Nuttella y Fluff. Advertencia: saben mejor en cámping, rascándose las picaduras.

Tras profunda reflexión, he llegado a una triste conclusión : en lo tocante al cámping, para mí, menos es más (less is more,

o less... s'more).

martes, 29 de julio de 2008

"¡Paelha! ¡Torhos! ¡Fiestha! ¡Oléh!"

Esta semana tiene lugar otro de los numerosos festivales de verano de esta ciudad: les Francofolies, festival de la canción en francés (nada que ver con la hortera decadencia eurovisiva, muchos de los cantantes son de lo más interesante).

Doña Victoria Mérida Rojas, alias Victoria Abril , nos está honrando -y por momentos cansando- con su visita. A mí Victoria me gusta mucho como actriz, además esa imagen que proyecta de desparpajo y desfachatez me cae simpática -la desfachatez es un rasgo con el que me identifico mucho-, pero lo que me cansa ligeramente es el desdoblamiento de personalidad que le entra cuando hace entrevistas en la prensa francófona: ahí saca todos los clichés hispánicos habidos y por haber, y siendo perfectamente bilingüe, mete siempre una palabrilla en español en cada frase, para darse ese aura de exotismo que tantos discos vende. -Suspiro-. Ya os he contado la fatiga crónica que me entra con ciertos topicazos latinos.

Ahora que Victoria Abril se pasea por Montreal hablando en todo medio de comunicación que quiera oírla de su juventud francesa y su alma de gitana (?), he decidido yo también explotar mis orígenes y mis raíces vizcaínas puramente caló, y marcarme una paella para impresionar a la familia política.

La paella es un valor seguro en estas situaciones, y con fondo de ese disco de Enrique de Melchor que no pongo más que cuando viene la visita, exploto mi exotismo como una profesional, vamos, como "Vistoria". Ele la grasia.
Dicho y hecho: con un clavel entre los dientes y la peineta bien alta en la coronilla -sujeta con velcro, porque tengo el pelo muy corto para estos aderezos folclóricos-, saco la paella a la mesa con mucho clop, clop, clop taconero y mucho ibérico movimiento caderero.
Si me viera Arzallus.
Nunca he votado por él, pero me da no se qué abochornarlo. Pobre.


Paella que no tiene nada que ver con la que prepara mi santa madre y que he comido durante toda mi infancia, una paella de lo más vascota: el arroz bien blanquito, y grandes pedazos de rape o de congrio. La mía es amarillo neón. He conseguido encontrar una variedad de azafrán americano que, aunque con mucho menos sabor que el español (y la mitad del precio), consigue que el arroz brille en la oscuridad.

Pero me debo a mi público, que espera de mí una alta dosis de españolismo. Todavía no acabo de dominar lo de andar con el vestido de faralaes, y hay que decir que con la txapela por encima la peineta no me queda muy bien, pero como por aquí no tienen muchas referencias, tampoco se nota mucho.

Os dejo, que tengo mi curso de castañuelas.

domingo, 27 de julio de 2008

Tarta Murphy de albaricoques

« Quelle époque opaque! » ("¡Qué época opaca!")
(Le concombre masqué / El pepino enmascarado)

"Sonría. Mañana puede ser peor."
(Filosofía de Murphy)


LEY DE MURPHY
Corolarios:

Si algo puede salir mal, saldrá mal.

1. Nada es tan fácil como parece.

2. Todo lleva más tiempo del que usted piensa.

3. Si existe la posibilidad de que varias cosas vayan mal, la que cause más perjuicios será la única que vaya mal.

4. Si usted intuye que hay cuatro posibilidades de que una gestión vaya mal y las evita, aparecerá espontáneamente una quinta posibilidad.

5. Cuando las cosas se dejan a su aire, suelen ir de mal en peor.

6. En cuanto se ponga a hacer algo, se dará cuenta de que hay otra cosa que debería haber hecho antes.

7. Cualquier solución entraña nuevos problemas.

8. Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de tontos, porque los tontos son muy ingeniosos.

9. La naturaleza siempre está de parte de la imperfección oculta.

10. La madre Naturaleza es una lagartona.



No soy muy de exhibir mis pelusas ombligueras en público -sobre todo en blog público-, por eso cuando cuento algo que tiene que ver con mi vida personal, opto por uno de estos tres enfoques:

a. Cuento algo totalmente irrelevante y estúpido, que no desvela nada importante o

b. escribo algo que he dado en llamar "docuficción" o "documentira", es decir, una dosis de realidad aderezada con abundantes puñados de autoderrisión y una cierta cantidad de ficción para darle más saborcillo, o bien

c. (menos frecuente), me da uno de mis ya míticos ataques justicieros, y cual "concombre masqué", me pongo a despotricar tal que una suma pontífice a lo largo de un post normalmente demasiado largo y bastante infumable, que aún así, suele ser leído por un par de amables y pacientes personas. Me quedo a gusto, se me pasa la "montée de lait" (difícil de traducir, esta expresión quebequesa), ah.

Como habéis podido constatar por las citas a la cabecera de este post, mi sempiterno positivismo-buen humor-carácter de cheerleader (dotada de cerebro y celulitis) está de huelga hoy. Parece que voy a tener que renegociar la convención colectiva. Hombre, es normal que algún día que otro salga ensombrecido por nubarrones, sobre todo teniendo en cuenta que mi buen humor es sustentado naturalmente, sin dopajes (un poco de chocolate, no más).


Estoy que muerdo. La maldita tesina sigue sin terminarse, y si al menos el tiempo que he invertido fuera sinónimo de calidad de la obra...

Es verano, hace calor, y cuando hace un sol radiante me entran unas de esas ganas de irme a la piscina, a un lago, a andar en bici, en fin SALIRRRRR al mundo exterior, sin preocupaciones, silbando ligera cual personaje de "Verano azul"... todo menos estar pegada al ordenador revolucionando el mundo de la lingüística, mundo que, para ser sinceros, no me necesita en absoluto para ser revolucionado. Vale, vale, eso es ser adulto. Lo capto.

Cuando era una cría y suspendía las matemáticas para el verano, me sentía exactamente igual, en mi encerrona delante del libro atiborrado de cifras incomprensibles. Sólo que en aquellos tiempos las mates eran una tortura impuesta por las jerarquías superiores (mis padres, las monjas del cole... sí, yo fui a colegio de monjas durante tooodo lo que duró mi escolaridad, y, por supuesto, eso produjo mi decadencia moral generalizada, tendencia a la promiscuidad durante toda la veintena, mucha vida nocturna, mi ateísmo actual y un par de tatuajes).

Esta tortura de ahora es autoimpuesta, se supone que debería ayudarme a asumirla, ¿no? Pues bien, HOY NO. Quiero jugar al balón en la playa y dar saltitos en biquini, comer un helado y leer una buena novela. Una buena jornada playera de irresponsabilidad y descerebramiento.

(Respiro hondo). Vale, se terminó el pity party. En lugar de ir a la playa, lo que supone perder todo un día de trabajo, hago lo que suelo hacer cuando estoy estresada: un postre. Perderé sólo un par de horas, me refrescaré las ideas y haré feliz al coloso quebequés.


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Cuando llega la temporada de ciertas frutas a las que había echado tanto de menos, tengo que reprimirme, porque siempre que voy al mercado compro demasiado. Es como si me urgiera acumular esas frutas, amontonarlas en el frutero para apropiarme de lo poco que queda del verano. Los albaricoques pueblan el mercado, he comprado una caja descomunal y ya no sé muy bien qué hacer con ellos (tras comerlos naturales, en compota y en sorbete). Así que me da por hacer una tarta

La receta está adaptada ligeramente de la receta de mi tan utilizado sitio de Martha, remplazando la mantequilla por una grasa un poco más saludable, y disminuyendo el azúcar. Añado cardamomo molido y vainilla para perfumar la fruta.

A pesar de la humedad brutal que me hace sudar como si estuviera trabajando en la mina, me animo con una masa quebrada (con harina integral), y corto con mimo los albaricoques, que decorarán esta coquetona tarta.

Cuando sale del horno, se me escapa una "Oh" de profunda satisfacción: mi tesina será una mierda, pero al menos esta tarta es algo perfecto y completo en sí mismo. Con el azúcar espolvoreado sobre las rodajas de albaricoque espumeando y haciendo aromáticos borboritos, con el color dorado de la fruta, esta tarta brilla como un sol, como una tarde de verano.

En esas extasiadas reflexiones ando, con la tarta aún entre las manos enguantadas, pensando en ir a por la cámara para hacer una foto, cuando el molde desmoldable hace algo que NUNCA hace cuando la tarta está caliente, recién salida del horno: se desmolda solo, el anillo de las paredes se despega y baja por mi brazo cual enorme pulsera al rojo, quemando toda la piel a su paso. Pego un salto sorprendido, y veo mi fabulosa tarta caeer, caeeeer, dando una voltereta final y aterrizando con un muy poco poético "¡choflost!" en el suelo, evidentemente... por el lado de los albaricoques. De ahí el haber rebautizado la receta como "tarta Murphy de albaricoques", porque, resumiendo:

"La probabilidad de que una espléndida tarta de albaricoques recién hecha caiga al suelo por el lado de los albaricoques es directamente proporcional al esfuerzo que la preparación de dicha tarta haya costado: a más esfuerzo, más probabilidad".

"Eh, MEEEEEERRRRRRRRRRRRRDEEEEEE!!!!!!"- (el rugido me sale en francés, signo de mi evidente bilingüismo: una sabe que es bilingüe cuando al quemarse jura indistintamente en su lengua materna o en el otro idioma. No sé si hay estudios lingüísticos que prueben esta afirmación y, francamente, querida, me importa un bledo).

Normalmente intento no llevarme un mal rato por tonterías, si pierdo el metro, me digo que así tendré más tiempo para leer, cuando se me rompe una taza me río, ya sabéis... pero hoy, no me sale el positivismo. Acuclillada delante de mi desastre repostero, busco mi sentido del humor, y durante un par de minutos, no me lo encuentro. Debe de haberse ido a por tabaco, y eso que yo no fumo. El maldito.

Hace calor, sudo, llevo dos horas cocinando (dos preciosas horas que debería haber pasado trabajando), tengo las pantorrillas salpicadas -y quemadas- con pegajosa pulpa de albaricoque, Alfonso -mi gato- viene a oler ese pegote del suelo, con poco interés (si fuera una tarta de salmón, aún, pero fruta... bof).

En el orden general del universo nada de todo esto es grave ni importante, pero cuando monsieur M. llega del trabajo y entra en la cocina, contempla la imagen durante un momento (intentando contenerse la risa, el muy descastado) y me dice: -"¿Qué ha pasado?", me entra una llorera de ésas de crío de cuatro años, balbuceo algo sobre la tesina, y la tarta, tiendo hacia él unas manos pringosas y le muestro el brazo quemado, y menos mal que me da un abrazo de oso de los suyos, porque si no, lo castro.

Sé lo que está pensando (por algo llevamos diez años juntos): que esto es obra de las hormonas. Pero se guarda muy mucho de decirlo. Aprecia demasiado la vida. Recoge con mucha maña mi obra repostera mientras yo moqueo en un pañuelo, consigue reconstruirla lo suficiente para que la foto no salga tan mal (el macro enfocado en el único lado presentable), y nos sirve un pedazo a ambos, haciendo ruidos de deleite mientras se lo come. Mmmm. Es verdad que está buena, a pesar de los pelos de gato que se le han quedado pegados.


Hay días así.

"Qué época opaca".



sábado, 26 de julio de 2008

Vacaciones en la isla


"Los helados son algo exquisito, la pena es que no sean ilegales."
Voltaire

Un postre estilo "isla flotante" para los que pasamos el verano en una isla : la de Montreal, en pleno río San Lorenzo.
La isla que flota en este caso es una bola de helado de almendras y miel (comprado, que con estos calores no me apetecía trabajar demasiado), con almendras fileteadas por encima, en un océano de sopa de sandía con fresas y hierbabuena (preparada en un arranque de inventar algo que me baje la temperatura corporal).

La primera cucharada te arranca un ¡ahhh! de frescor.

miércoles, 23 de julio de 2008

La ventana indiscreta: pastel indiscreto en blanco y negro


Una de las cosas que encuentro estupendas de vivir en Quebec, es lo marcado de las cuatro estaciones. El invierno dura casi la mitad del año y es siberiano, la primavera pasa rauda y veloz, con su explosión de verde y de flores, el verano es caluroso, húmedo y casi tropical para alguien que viene de un clima moderado como yo, y el otoño, mi estación favorita aquí, sin lugar a dudas, es simplemente espectacular, como para que perdonemos los seis meses que vienen después.
Tras el invierno y todo el tiempo que se pasa en casa, la vuelta a la vida de patio trasero, jardín y barbacoas hace que uno recuerde algo que tenía olvidado: los vecinos. Yo no creo que los quebequeses sean tan individualistas como los pintan, lo que ocurre es que medio año enclaustrado en casa hace que tu "próximo prójimo" sea algo abstracto. En invierno lo ves raramente, cubierto como una momia y paleando su entrada lo más rápido posible.

Pero cuando llega el buen tiempo... ah, cuando llega, recobras consciencia de las ventanas de enfrente. Mis vecinas de enfrente son invisibles, vienen de algún país africano no identificado y para ellas salir fuera con el calor es simplemente absurdo. Son invisibles, pero no inaudibles: una de ellas tiene una risa 8 en la escala de Richter, y la otra... ehm, es multiorgásmica. No nos molestan, nos parece que sus razones para ser ruidosas son legítimas y levantan el ánimo, peor sería una pareja discutiendo día y noche.

También está doña P., mi vecina guatemalteca. Es quizás un poco más joven que yo y le paso de dos cabezas, pero no sé por qué en mi cabeza siempre lleva el título de "doña". Quizás porque tiene una cantidad de niños increíble, es extremadamente cortés y amable, tanto conmigo como con sus hijos, con unas buenas maneras un poco anticuadas, sus hijos son unos críos muy simpáticos. Cuando ando agachada arrancando malas hierbas, pasa ella, como mamá pato delante de su hilera de patitos, e intercambiamos saludos y breves comentarios sobre el tiempo. A veces le doy flores, pero creo que le haría más ilusión que le pusiera unas cuantas lavadoras, pobre. Nunca he visto a nadie lavar tanta ropa.

Esa es otra cosa que, junto con las ventanas, balcones y patios, recuperamos en verano: la cuerda de tender la ropa. Nunca había apreciado tanto tender la ropa fuera, como cuando empecé a vivir aquí y descubrí que a 20 bajo cero es imposible.

Marona bautizó su blog por lo cíclico de las estaciones y de los años que se suceden; no sé si a ella le gusta, pero a mí esos ciclos me encantan. Me encantan todos esos ritos y eventos que vuelven año tras año, me recuerdan que tengo suerte de estar viva y de volver a verlos.



Como nunca puedo resistir a asociar la realidad a la ficción, he aquí una película que me gusta volver a ver cuando llega el calor y vuelve la vida en el patio trasero : "La ventana indiscreta", de Hitchcock (del que soy, he sido y seré una gran fan). Gran película que asocio siempre al verano montrealés (pero no porque mis vecinos se dediquen a matar gente, al menos, no que yo sepa. De momento.)

Esta película me ha dado la idea de este pastel indiscreto en blanco negro. Pastel que preparé con la receta de base del sitio de Martha. Aunque en realidad mi pastel está compuesto de dos. El negro es la receta de pastel de Martha, con un toquecito añadido de chile en polvo, que va muy bien con el chocolate negro en polvo de ultracalidad que utilicé. El blanco está hecho según la misma receta, con polvo para preparar pudding de chocolate blanco en lugar del cacao negro. Se me había terminado la crema agria en el primero, así que la remplacé por yogur natural. A continuación, tras enfriarlos y desmoldarlos, los corté con mucho cuidado y los rellené de Devon custard cream, que aquí se encuentra en lata, directa from England, y los decoré con un hilito de chocolate blanco fundido y unas virutas.


Recomiendo una ración de este pastel y unos prismáticos, para observar tranquilamente las fechorías de tu vecino mientras te comes el postre. Nunca se sabe lo que puede estar haciendo.

lunes, 21 de julio de 2008

Té verde de verano


Este verano no hay ni tiempo ni dinero para grandes viajes. Así que hay que ser feliz en casa. No hace falta gran cosa, un té helado, un libro...
Hace sol, qué pereza más rica. Os dejo con esta imagen de té verde de jazmín,-es tailandés- , bebido en el patio trasero. Con deliciosa lentitud.

sábado, 19 de julio de 2008

HEMC 24: Helado de nectarina con jengibre... "à la québécoise"

Este mes, el ingrediente elegido para el evento de "Hecho en mi cocina" es el melocotón. Como aquí la temporada no ha empezado todavía -los melocotones en Québec empiezan en agosto, más tarde que en España, como es lógico, y son... de Ontario-, he utilizado lo que había disponible en el mercado: unas nectarinas.

Me apetecía participar a un HEMC, porque, como me pasa con muchos blogs, lo leo habitualmente, me da un montón de buenas ideas, pero nunca tengo el tiempo -ni la planificación- necesarios para enviar la receta antes de la fecha límite. Y es que, en cocina como en la vida, me temo, soy una "virtuosa de la improvisación": planeo lo estrictamente indispensable, y el resto, me las arreglo para inventar algo con los ingredientes que tengo en ese momento. Mi filosofía de graffitti de puerta de cuarto de baño público: When life gives you lemons, make lemonade.

Tras esta perla de sabiduría, os explico cómo se hace este helado. Por cierto, la culpable de que yo también -es que esto es una plaga en la "secta" de blogueros- me haya comprado una heladera es Vega, de la que me he inspirado (a partes iguales con el recetario que viene en el manual del aparatejo, sorry por la falta de originalidad). En Montreal tropical está haciendo tanto calor, que con ese síndrome habitual que me da cuando me compro un gadget de cocina nuevo, ahora estoy planeando hacer helado de TODO (sospecho que Vega también, a juzgar por sus recetas, je, je, je). Menos mal que la morcilla no es muy accesible por estos lares, si no, tiembla, monsieur M. Te hubieras tenido que sacudir un creativo sorbete de morcilla de puerro con su coulis de callos.

Mi heladera es una miniatura que hace una pinta (el Imperio contraataca... euh, creo que es un poco menos que un litro). Pero teniendo en cuenta que, como siempre, no he medido ni pesado nada, lo he hecho todo a ojo, he cambiado la mitad de los ingredientes de la receta del manual, y me ha quedado muy rico pero seré incapaz de repetirlo, os cuento lo que recuerdo haber hecho:



INGREDIENTES PARA UN HELADO ESTUPENDO (no es por tirarme el pegote, pero está muy, muy bueno):
  • Nata de soja, un chorro (es un poco más que un chorrito, pero menos que un chorretón, empezamos bien, ¿eh?). Éste es un helado completamente vegetariano/vegano, he sustituido la nata líquida por nata de soja, por lo de no taponarse las arterias a una edad demasiado temprana y enviudar antes de los cuarenta.

  • Nectarinas, unos 450 gramos, cortadas en trozos y congeladas -muy importante-.
  • Jengibre molido, una buena cucharada sopera (calculo), aunque esto va al gusto.

  • El toque quebequés: sirope de arce, un chorretón (vale, vale, la próxima vez uso una cuchara y tomo notassss), porque en casa no usamos mucho el azúcar. Con miel también tiene que quedar muy rico.
Metéis todos los ingredientes -fríos- en un robot de cocina o los batís con una batidora potente (porque las nectarinas están congeladas, así que cuidado con no "cansar" a vuestra batidora). Echáis la mezcla en la heladera, y alehop, helado. Para servir, se puede decorar con trozos de jengibre confitado (o una galleta de jengibre Walkers, que también le da alegría a la cosa, o ambos, si ya estáis que lo tirais).

Monsieur M. es un fanático del helado, al ritmo que se lo come voy a quemar el motor de la maquinita. Y hoy me he ganado un masaje de pies, seguro.

miércoles, 16 de julio de 2008

El secreto de la felicidad... no es ningún secreto

Imagen de Ed Polish & Darren Wotz


"Mira el feliz imbécil, nada le importa un comino. Ojalá yo fuera imbécil. ... Dios mío, puede que lo sea."
R. Fairchild

"Durante un tiempo intenté ser filósofo, pero tuve que dejarlo: la alegría siempre me invadía."
Oliver Edwards

«Iba a adquirir un ejemplar de "El poder del pensamiento positivo" y luego pensé: "¿Y qué bien me haría eso?"»
Ronald Shakes

«Me quedo atónito cuando la gente dice que quiere "conocer"el Universo cuando es tan difícil no perderse en Chinatown.»
Woody Allen

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La vida es corta pero ancha. Ése es uno de esos títulos de novela que me gustan. Y es muy cierto. Un comentario de Ana sobre el tan inexplicablemente popular libro "El secreto" me hizo pensar en las razones por las que la gente busca la clave de la felicidad en cosas como esa pseudofilosofía del pensamiento positivo.


Practicando mi acostumbrada "filofofez" (por lo fofo de sus cimientos intelectuales y su falta total de rigor), en un ataque de filosofía de cocina fui desmadejando el hilo hasta que llegué al famoso problema de la felicidad. La búsqueda de la felicidad, o la falta de ella. Creo que nuestra civilización va a pasar a la historia como la primera que tuvo el suficiente tiempo libre como para permitirse el lujo de buscar la felicidad personal, y que obtuvo muy pobres resultados.


Desde que nacemos, los afortunados occidentales tenemos prácticamente todas nuestras necesidades de base cubiertas (comemos todos los días, la mayoría incluso varias veces al día, tenemos ropa de sobra con la que cubrirnos y un techo bajo el que dormimos todas las noches, sin miedo a ser atacados, violados o bombardeados). Así que con ese punto de partida, ser felices ha llegado a convertirse en un estado lógico al que hay que acceder, un objetivo, ya que todos los demás objetivos que son los primordiales para la mitad del planeta (comer, vestirse, sobrevivir) y que dan sentido a sus jornadas, nosotros los damos por descontado.

Ahí es donde siento un hormigueo incómodo, donde me da la comezón "filófofa": en estos tiempos en los que la felicidad es la aspiración principal en las sociedades ricas, ser feliz... ¿se ha convertido realmente en una obligación? ¿Es la medida del éxito?


Otro hormigueo. Entre los que nos consideramos felices (y me incluyo en esta categoría)... ¿los hay que lo son por mala conciencia? ¿Es la nuestra una felicidad perfumada con un poco de culpabilidad? (En mi caso puedo afirmar tranquilamente que no, por razones personales de las que hablaré más abajo.)

Por otra parte, en ninguna otra época Occidente ha parecido tan desorientado como hoy. Dejando a un lado la religión, hacia la que una gran parte del planeta se ha vuelto con fuerza renovada y polarizada por el enfrentamiento Oriente-Occidente, en ningún otro momento histórico la gente ha parecido tan perdida. Imagino que no saber por dónde le da el aire y qué leñes hace uno en este mundo es una condición inherente al hecho de ser humano y -más o menos- racional. Pero el tener que buscarse la manduca antes daba un sentido inmediato a la existencia. Como dice Mafalda, tras ver media hora la tele, una llega a la conclusión de que si conduces un coche nuevo, bebes una cerveza fantástica y tienes un buen frigorífico, "pues tenés que ser muy tarado para no ser feliz".


El caso es que la gente aún corre como loca hacia cualquier cosa que de sentido a sus vidas y que aporte la tan ansiada felicidad. En los 60 la peregrinación era un poco diferente, era un momento de cambios mayores y se buscaba una forma de reemplazar las viejas religiones por una espiritualidad menos conservadora. En ese aspecto, curiosamente, parece que hemos retrocedido. Al menos en Norteamérica y en Oriente medio. Y Europa tampoco es que progrese a la velocidad de la luz. (No sé si habéis oido el jaleo que ha levantado la decisión de la Iglesia anglicana de aprobar la ordenación de las mujeres al obispado).


Cuando todas esas hordas de occidentales bienpensantes de izquierdas (dicho sea sin tono despectivo ninguno, sospecho que yo misma entro bastante en esa categoría) parten al galope a hacer voluntariado a Africa, América Latina, y vuelven extasiados por la sencilla alegría y la capacidad de felicidad de los habitantes de muchos países subdesarrollados (me niego a decir "en vías de desarrollo"), sólo están hablando de lo obvio: cuando uno no sabe si mañana le van a pegar un tiro o va a morir de SIDA, el momento presente es lo único que posee realmente, así que su valor aumenta. La precariedad y las condiciones de vida miserables hacen que el mero hecho de seguir vivo sea excepcional. No hay tiempo de perderse en patéticas reflexiones como: "¿Es la vida una mierda?"

Así que todos los occidentalitos que se lanzan a todo tipo de filosofías New Age, como un perro se lanza sobre un hueso, no necesitan realmente que un nuevo guru les recuerde el valor del momento presente, no. Un machete pegado al cuello o un kalashnikov a la sien cumplirían perfectamente esta función de revelación ultraterrena.

En mi caso personal, ni he alcanzado la iluminación ni el nirvana, ni quiero que todo lo anterior sea interpretado como suficiencia y "yo estoy de vuelta". Yo no sé nada que vosotros no sepáis ya. Aún me pregunto qué demonios hago aquí. Pero puedo decir sin lugar a dudas que soy feliz. Soy feliz como no lo he sido en mis primeros 25 años de vida, y esos años infelices me los debo en gran parte a mí misma. Soy tan feliz que la única nube en mi cielo permanentemente azul es que sé que, en algún momento, esta felicidad terminará. Otra comenzará después, quizá, pero será diferente. Porque el cambio forma parte del contrato. La enfermedad, la muerte, son algunas de las cláusulas obligatorias, y sé que vendrán. A su debido tiempo.

Para llegar a este estado no leí a Eckhart Tolle, ni seguí ningún cursillo. Simplemente me pasó algo muy poco original: vi morir a mi padre cuando yo aún estaba en la veintena, en esa edad en la que nadie piensa en enterrar a sus padres en lo inmediato, en la que te da la impresión de que tendrás mucho tiempo por delante para arreglar todos los malentendidos, y empezó la reflexión.

Como era la primera vez que veía morir a alguien, acompañar a una persona querida en su enfermedad es algo que te golpea como un buen puñetazo. Con las típicas revelaciones: la mortalidad, (la mía propia, pero sobre todo la de los demás) la enfermedad, el sufrimiento, vinieron y me dieron dos bofetadas. La gente a la que quiero no estará aquí para siempre. Yo tampoco. Sé feliz ahora, porque dentro de una hora puedes estar muerta. Suena desesperado, y tópico, pero no lo es. Ahí se terminó mi adolescencia (dio algunos coletazos finales, pero acabé por crecer), todos esos sentimientos victimistas y de injusticia, las sesiones de arrascamiento de ombligo. Porque podemos morirnos, oye. Y el camino puede ser lento y doler. Y yo perdiendo el tiempo mirándome las pelusas ombligueras hasta los veinticinco.

No es algo que se pueda aprehender intelectualmente, podéis leerlo y escucharlo, pero no es como experimentarlo. El día en que lleguéis a sentirlo en vuestras propias tripas, el día que recibáis las bofetadas, ese día lo habréis entendido realmente.


Esto no quiere decir que no me levante de mala gaita una mañana, que no tenga bajones, como todo el mundo. Pero nunca duran mucho. Mis broncas con mi pareja son breves y sumamente espaciadas, ambos sentimos que hay muy pocas cosas que merezcan enfadarse realmente con el otro. Evidentemente, el hecho de que monsieur M. vea las cosas de la misma manera ayuda mucho. A veces lamento lo lejos que está mi familia, el que cuando vuelva a ver a mis sobrinos habrán crecido mucho, y que lo habrán hecho sin que yo esté allí para verlo. Pero esos momentos se me pasan cuando pienso que al menos están bien, son felices. El mundo sigue girando y no me necesita para hacerlo.
Lo que he aprendido también me ha ayudado, sin duda, a no dedicar tiempo a gente que no me aporta nada. Cuando sabes que no es seguro que mañana vayas a seguir estando ahí, no pierdes el tiempo en chorradas. Cuando estoy realmente cabreada con un ser querido, pienso: "si esta persona me anunciara que tiene una enfermedad terminal mañana, todo esto, ¿tendría realmente tanta importancia?" 99 por ciento de las veces la respuesta es no. La idea es no esperar a que la persona agonice para tratarla lo mejor que nos sea posible.
Por eso todos esos gurus del pensamiento positivo me tocan las narices sobremanera. Lo único con lo que podemos contar con toda seguridad, son los cambios, lo imprevisto, lo de "la vida es eso que te pasa mientras tú hacías otros planes". Por supuesto que mirar el lado bueno ayuda. Lo cierto es que, si bien tenemos una gran influencia sobre nuestras vidas -y eso siempre depende de en qué país haya nacido uno, claro, cuanto más pobre y caótico, menos influencia-,a veces hay cosas que pasan por puro azar, o maldita mala suerte, sin más. Shit happens. Eso es la vida.

Buenas personas enferman de cáncer, perfectos hijos de p&*a gozan de una salud maravillosa, los accidentes existen. No podemos -ni debemos- controlarlo todo, con lo que tampoco podemos culparnos de todo. No se puede conseguir todo con la mera fuerza del pensamiento positivo, eso es pensamiento mágico, y uno lo deja atrás cuando llega a la edad adulta. Pero sí podemos -y debemos- aprender de las cosas difíciles que vivamos. Muchas veces no controlamos las circunstancias, lo único que controlamos es nuestra reacción ante ellas.

Misma idea, mejor expresada: poner las cosas en perspectiva. A mí me ayuda mi trabajo, en el que veo todos los días a familias con niños muy enfermos. Cuando me da un ataquito de lamentación, pienso en que soy capaz de andar, ver, oír, comer, respirar e ir al baño sin necesidad de ayuda, y en que mis sobrinos y familia también tienen esa suerte. Dicen por aquí que "quien se compara, se consuela", pero no es una cuestión de comparación, sino de apreciación. Y de derecho a abrir el buzón para quejarse.


Durante gran parte de mi adolescencia lei cosas como Burroughs, Bukowski, Plath... y cualquier autor atormentado que cayera en mis manos. Vale, es normal estar atormentado en la "dolescencia" (por dolor), cuando no te gusta nada sobre la faz de la Tierra, y en particular tu propia cara. Y esa gente por escribir, escribía bien.

Lo que empieza a parecerme más inquietante es cuando veo a gente de mi edad -y más mayores- autoproclamándose la conciencia de la humanidad, la voz de la lucidez. La infelicidad como postura estética, viniendo de alguien con más o menos las mismas condiciones de vida que yo, sin razones reales, me toca las narices, me da urticaria, me pone de una mala leche indescriptible. Como todas las afectaciones. Me parece una adolescencia demasiado prolongada.

A lo mejor es que veo en el curro a mucha gente con motivos reales de infelicidad, y a veces, cuando apenas puedo disimular la bola en la garganta que me produce el mirar a sus hijos enchufados a un respirador, son capaces de soltarme un chiste para facilitarme la tarea.


Debe de ser la edad. Lo descubrí cuando vi la película "Amores perros", y otras en la misma línea. Vi que lo que me había hecho disfrutar durante tanto tiempo, esa estética de la depresión, me resultaba mucho menos atractivo desde que había experimentado en mis propias carnes algunos motivos reales de infelicidad. Ahora soy una gran fan de las películas de dibujos animados y del cine musical. Veo en "My fair lady" y en "Wallee" virtudes que no podría encontrar en algunas películas de Bergman. A pesar de lo bueno que es.

Escapismo, dirán esos estetas de la desesperación. Disfrute, HUMOR, responderé yo, impertérrita. Hace tiempo que he empezado a desconfiar de la gente que se toma excesivamente en serio. Yo incluida.

Para terminar este enorrrme plastazo de post, lanzo algunas preguntas:
  • La infelicidad crónica: ¿es un síntoma de consciencia elevada? ¿Es uno realmente más consciente por pensar que nuestra generación, civilización, planeta, la vida entera, vaya, es una -con perdón- puta mierda? ¿La lucidez, necesita siempre antidepresivos? ¿O es ésta otra forma de ceguera?
  • Ser feliz, ¿es un forma un tanto vacuna - o bovina- de pasar por la vida? Los infelices crónicos, ¿tienen razón? Y si la tienen, ¿por qué en lugar de quejarse no fundan un partido, una ONG, dan un golpe de estado para salvarnos a todos de nuestra propia idiocia, se autoinmolan a lo bonzo en forma de protesta, en suma, pasan a la acción y dejan de tocarnos los cascabeles? (En mi opinión, la infelicidad como postura estética es una forma de justificar el estancamiento, de no responsabilizarse de nuestras propias vidas, de incapacidad o de falta de ganas de actuar, de cambiar.)
  • ¿Somos realmente más maduros, más adultos, cuando nos proclamamos felices con nuestra vida tal y como es, o sólo más conformistas, más inmovilistas? ¿Es la felicidad una forma de letargo?
Espero impaciente vuestras respuestas.

martes, 15 de julio de 2008

Tomates o... jitomates

Al fin los tomates están de temporada en Quebec, al fin están cultivados cerca del mercado y al fin huelen a tomate, saben a tomate...

Es el momento de hacer estupendas ensaladas y gazpachos con esta solanácea , cuyo nombre viene del náhuatl (otro alimento que los europeos debemos a Latinoamérica, y que en un principio era considerado venenoso). Los mexicanos lo llaman jitomate.

Do not feed the bears (II)


lunes, 14 de julio de 2008

Do not feed the bears

Las señales de tráfico canadienses son una de esas cosas que te llaman la atención cuando llegas. Sobre todo porque algunas de ellas son propias del país y bastante curiosas, como ésta, que me hizo tanta gracia, y que ahora adorna orgullosamente mi cocina (vaga alusión al apetito voraz y a la talla de las espaldas de monsieur M.):


Cada vez que la veo, en uno de mis ataques de semiótica crónica me pregunto: ¿Qué quiere decir exactamente? ¿Prohibido servir de alimento a los osos? (¿Tendrán miedo de que los turistas o los inmigrantes recién llegados se desnuden, se unten de miel y se sienten al pie de un árbol hasta que venga un oso a zampárselos?) ¿O será más bien una prohibición de servir alimentos a los osos? (Imagino que no querrán que los ciudadanos se paseen dejando cestos llenos de sándwiches, como en los dibujos animados del oso Yogui...)


No pienso infringir esta ley, a menos que un oso cargue directamente contra mí, en cuyo caso le lanzaré cualquier bocata que pueda llevar en la mochila, mi acompañante, si no me es excesivamente simpático, y la novela de bolsillo que siempre me acompaña, si estas cosas son susceptibles de entretenerlo mientras huyo despavorida.

sábado, 12 de julio de 2008

Montreal tropical

Ejerciendo de nuevo de reportera más dicharachera en Montreal, hoy os voy a dar un curso acelerado -estilo Coco, y los que han crecido con "Barrio Sésamo" saben de lo que hablo- sobre el clima en Quebec, porque merece la pena. Y lo ilustro con esta flor tropical que en estos momentos reina en mi jardín (en maceta, ¿eh? Que si la dejo fuera en invierno, le da un tabardillo).
Las cuatro estaciones en Montreal (no se puede decir en Quebec, porque es inmenso y el gran Norte es otro cantar) funcionan más o menos así (calentamiento global aparte):

Invierno: de noviembre (suelen verse los primeros copos de nieve el 1 de noviembre, es casi automático) a abril. Seis meses. Así, sin anestesia ni nada. Los quebequeses bromean diciendo que en Quebec las cuatro estaciones son: esperando al invierno, el invierno, el deshielo -después del invierno- y el verano, cinco minutos. Pero exageran un poco.

Primavera : es una patraña, y sí que dura cinco minutos (de abril a mayo). Aquí pasamos de la parka al bikini, casi sin transición. No es broma, al final del invierno no es raro ver gente esquiando en pantalón corto.

Verano: tres meses, de junio a agosto, el más caluroso suele ser julio. Y cuando hablo de calor, no sólo hablo de la temperatura -que puede alcanzar fácilmente los 32 graditos-, temperatura que no impresiona en ciertas regiones de España, sino de la humedad, que es tropical. 30 grados con una humedad de casi 80% se sienten como 40.

Otoño: De septiembre -que es más una prolongación del verano que otra cosa), a noviembre. Magnífico, espectacular, no tengo palabras para describirlo. Especialmente el mes de octubre. El próximo haré abundantes fotos, que lo describirán mejor que yo.
Este es un país de extremos. El clima en Quebec parece de Bilbao, los matices no existen, todo es a lo bestia. Un frío que te mueres, un calor que te mueres. Como hoy. Es un calor tropical, de monzón asiático. Uno se diría en la jungla camboyana. Caen unas tormentas alucinantes, la vasquita que aún hay en mí espera que refresquen un poco el ambiente, y no, minutos después del tormentón, sale el sol de nuevo y la humedad que ha dejado se eleva en nubecillas de vapor, dando aún más esa sensación de humedad selvática. Por eso mi planta de hibisco está tan hermosa, se debe de sentir como en casa.

Este clima continental extremo, de estaciones muy marcadas, continúa sorprendiéndome, después de casi una década. Pero creo que ya no podría vivir en un sitio en el que las estaciones no se diferenciaran, echaría de menos los cambios. Cambios de ropa, de deportes, de productos en el mercado, de recetas. Se diría que uno no vive en el mismo sitio, de lo diferente que es la vida (y el paisaje) según la estación. En julio es la locura de las ensaladas como plato único, lo que sea con tal de que esté frío.
Como le decía al amigo Paco de Viena, en Montreal en verano no es que el desodorante te abandone, es que se compra un billete y salta en el primer avión a Noruega. En toda mi vida sólo he vivido dos veces la experiencia de sudar mientras me ducho: en Granada en pleno verano, y aquí, ayer. Nosotros, como los austriacos, tampoco creemos en el aire acondicionado, tenemos esta vena un poco masoca y nos va el sufrimiento. Monsieur M., porque él está eliminando el apego, y yo, que no lo he eliminado para nada, porque tengo una sinusitis crónica.
Tenemos unos ventiladores que siempre están llenos de pelo de gato (decimos que son de mohair) y yo he introducido la moda del abanico en Montreal, que, como todo el mundo sabe, es algo típicamente vasco (qué pasa). En el metro es un gran tema de conversación con señoras desconocidas (creo que ya os comenté el gancho que tengo con las abuelas), y con los años ya le he cogido el tranquillo y, depende del humor del momento, me abanico con coquetería (abanico en diagonal, cubriendo parcialmente el rostro, batiendo pestañas, flap, flap, flap); con mala leche, el estilo que yo llamo de "señora gorda", porque se pone el abanico a la altura del escote y una se abanica con golpes secos contra el esternón, produciendo un sonido irritado, clac, clac, clac. Es un estilo de señora gorda porque me da la impresión de que con un escote generoso en carnes queda muy bien, muy autoritario.
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Esta semana hemos sobrevivido gracias a cosas como esta ensaladita de pasta integral, aceitunas, pimientos asados, cogollos de alcachofa, queso feta, tomates naturales y secos, pepino, salmón ahumado, tomate, albahaca y tomillo de mi jardín.

Cuando aprieta el calor en Montreal, y la humedad sube del río Saint- Laurent como en miasmas y nubes de bruma, nos alimentaríamos solamente de cosas como polos de naranja y gazpacho, vía intravenosa. Monsieur M. y yo somos muy aficionados al gazpachito. Hacemos cacerolas enormes que nos duran varios días. El toque final: un poquito de crujiente de jamón para decorarlo y darle un punto de sal.


Ahora mismo, mientras sudamos tirados en el sofá, andamos meditando cómo hacer un helado de tortilla para cenar. Y un mojito.

jueves, 10 de julio de 2008

Mi Big Fat Spanish Family


"Family love is messy, clinging, and of an annoying and repetitive pattern, like bad wallpaper."
Friedrich Nietzsche


"La felicidad es tener una familia grande, amante, que se preocupe por uno y que esté muy unida, en otra ciudad."
George Burns

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La idea para esta entrada me la dio en parte Noema, esa gemela espiritual que vive en Berlín. Todo empezó con un comentario en la entrada sobre monsieur M. y el Incidente Estético en la Optica. Ella mencionaba la película "My Big Fat Greek Wedding", y yo le comentaba que cuando mi quebequés de marido y yo vimos la película, nos recordó bastante a mi familia. Por aquello de que en mi familia, como en muchas familias españolas y mediterráneas, se practica algo que he terminado por llamar "hospitalidad agresiva".

Lo de meter en el mismo bote a los países mediterráneos, lo digo por experiencia, tras haber sido invitada por una familia marroquí, frecuentar y cenar con la familia de una colega de trabajo libanesa, y recibir en plena boca todo tipo de pastelitos preparados con amor por las madres de mis alumnos griegos, sirios, argelinos e italianos.

Todas ellas tenían algo en común con mi propia madre: todas parecían encontrarme demasiado flaca -y desde el punto de vista médico y estético, os aseguro que no es el caso-, todas ellas no aceptaban un no por respuesta a sus impulsos "nutridores" -de hecho, una vez que te han llenado la boca de pegajosos baklava a la fuerza, es difícil decir no, o simplemente articular palabra- y todas estaban dispuestas a arrancarle la cabeza de cuajo a cualquier profesora que tratara mal a sus niños. Y con el tiempo he llegado a la conclusión que los italianos, griegos y libaneses son algo así como españoles exacerbados: todos ellos practican la hospitalidad agresiva.

En las visitas veraniegas que monsieur M. y yo hacemos a mi Santa Madre, visitas para ella no lo suficientemente frecuentes, (no por nada me he ganado el título oficial de hija ingrata... y lo del chantaje emocional materno y la transmisión de culpabilidad a paladas también es muy mediterráneo), los dos hemos sobrevivido a varias indigestiones provocadas por comidas demenciales.

Ejemplo típico: día de calorazo espantoso, no muy habitual en la costa vasca, mi Santa Madre prepara una cazuela de alubias con todos sus sacramentos, como mandan los cánones. Para mi Santa Madre, la temperatura es un mero detalle que no hay que tomar en cuenta a la hora de comer. El hambre tampoco, ya que estamos, porque "comer y cantar, todo es empezar", como dice ella siempre.

Santa Madre: -"Comed, comed, chavalotes, que hay que alimentarse."

Hija ingrata (con gotas de sudor perlándome la frente sólo de mirar el platazo que tengo delante): - " Euh, ¿mamá? No sé si te has dado cuenta, pero hace 34 grados."

Monsieur M. (inquieto por el cariz que toma la situación, lleno de horror ante la idea de resultar un maleducado, pero aún más lleno de horror ante la idea de comerse un plato de alubias con chorizo y morcilla a semejante temperatura): -"Y Arantza está en la treintena avanzada y yo en alguna década que otra más tarde, no creo que ninguno de los dos vaya a crecer más... verticalmente."

Hija ingrata (nerviosa, ante ceño fruncido de Santa Madre): -"No creas, que apreciamos mucho todo el trabajo que te has tomado..."

El ceño se frunce aún más; lo miro, hipnotizada, sin poder quitarle el ojo de encima: -"... a lo mejor cuando se enfríen podemos hacer una ensaladita con ellas..." balbuceo débilmente.

Santa Madre (ahora de franco mal humor): -"Claro, si tampoco os comeréis las croquetas de pollo. Ni la merlucita empanada. A saber qué porquerías habéis picoteado por ahí. ¿Y qué hago con las torrijas que he hecho de postre? Porque si hubiera sabido que no ibais a comer como Dios manda, no las hago." (Y es que para mi madre, menos de tres platos y postre, no es comida de fundamento).
-"Pues hoy M. no prueba el arroz con leche, no señor. Si no tiene hambre para alubias, tampoco para dulces. No hay cocido, no hay postre." Y le quita el plato de delante con un movimiento brusco. (El hecho de que mi marido haya dejado atrás los cuarenta hace bastante tiempo, no es obstáculo para que mi madre lo castigue sin postre. Esto es verídico.)


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Incidentes como éste y otros en los que monsieur M. es conminado por mis entusiastas y numerosas tías a comer sardinas asadas sobre sarmiento a las once y media de la noche (el plato más fácil de digerir del mundo, teniendo en cuenta que en Canadá cenamos a las seis) y se las come ante mis ojos incrédulos y ni siquiera hay que llamar a un médico de guardia, todo ello regado con abundante vinito de La Rioja; otras cenas familiares con varios tíos que le palmean la espalda amistosamente y le pasan el porrón, la bota de vino, el chorizo de cantimpalo o la pata de jamón con un cuchillo (a él, que como yo, es "casi vegetariano"), o todo ello al mismo tiempo, hablando en un dialecto que él no comprende en absoluto -monsieur M. ha descubierto que la comprensión no es necesaria para tratar con mi familia; de hecho ellos jamás se escuchan unos a otros, basta con sonreir y beber y comer lo que te pongan en la mano, y todo irá bien-, así que él se deja arrullar por la riada de frases incomprensibles mientras mis tíos lo cuecen invariablemente.
Mis tíos son de los que cantan cuando beben. Y como no he visto nunca una reunión familiar en la que no beban, siempre se acaban arrancando una jotica, o una habanera. Cuando han entrado en calor, es terrible. Entre proyectos de formar un orfeón e ir de tournée al Canadá, y una rondita y otra de porrón, le sueltan todo el repertorio al "importado" de la familia, quien escucha con paciencia zen e intenta jalear cada canción como es debido.

O la boda de una amiga, en la que veo a mi muy canadiense marido forrándose a comer fritos, croquetas y jamón, los entrantes, vaya, y le explico pacientemente que se calme un poco porque aún queda un plato de carne, otro de pescado y lo que venga detrás, y él me responde, asombrado: -"Pero si yo creía que esto era la comida. ¿Quién puede comer tanto?" (Pregunta fútil en el País Vasco, el único pueblo capaz de hablar de comida mientras come. Los vascos nunca superamos la famosa fase oral. Si Freud levantara la cabeza...).

Recuerdo entrañables veladas en las que mi tía mueve a todo el mundo de cuarto con su estilo maniobras del ejército: le echa a mi reluctante tío a dormir al suelo, manda a todos los demás fuera de sus cuartos para que nosotros podamos dormir en su cama, ante nuestro bochorno total, nosotros que vamos siempre preparados cual jóvenes castores y lo único que queremos es una buena alfombra donde echar nuestros sacos y esterillas... que por otra parte son más cómodos que sus colchones demasiado blandos... tras dos horas de intentar razonar con ella, terminamos por no discutir más, callarnos, entrar en el cuarto asignado y dormir en el suelo de dicho cuarto.

Así que cuando llegamos a casa de la familia, mis tíos le agarran a monsieur M. por los hombros, uno le pone una txapela en la cabeza y el otro un vaso en la mano, y lo arrastran amablemente a la bodega, con un -"Nada, nada, hombre, tú deja que las mujeres se ocupen de la cena" (bienvenido al siglo diecinueve, marido), él vuelve la cabeza y me dirige una mirada mitad acorralada, mitad "bueno, si insisten", y dice a uno de mis tíos: -"Luis, tu vino es cohhhhonudo" (con su acento), una risotada de viril deleite sacude a la sección masculina de mi numerosa familia (-"Un cachondo, el canadiense, un cachondo. Oye, ¿tú conoces "Mirando al mar"?") y sé que cuando lo vuelva a ver, estará como una cuba.


martes, 8 de julio de 2008

Ensaladilla rusa y olé


Nada mejor que una ensalada rusa, plato típico español, preparado en Quebec, la provincia menos canadiense del Canadá, por una vasca, para celebrar la sacrosanta victoria del glorioso equipo de fútbol español en la copa de Europa.

Sobre todo que a mí el fútbol me da tan igual que podrían poner en órbita a todos los equipos europeos juntos, en un gran satélite blanco con hexágonos negros, y probablemente no notaría mucho la pérdida. Un espectáculo (porque contra el deporte no tengo nada) que provoca que una gran cantidad de personas adopten el comportamiento del eslabón perdido, nunca me ha parecido muy enriquecedor (con todos mis respetos hacia los aficionados que conservan sus capacidades de raciocinio).

Tampoco voy a dármelas de persona racional a ultranza, que los orígenes ibéricos tiran mucho (lo confieso: veo todos los días el encierro de San Fermín por Internet, tengo familia navarra y me educaron para apreciar esta locura colectiva, qué se le va a hacer... la de explicaciones que he tenido que soltarle a monsieur M. para justificar esta veta de primitiva brutalidad mía, y el pobre aún no lo entiende...)

Pero que no se diga, yo también festejo la cosa, con mucho retraso y mucha mayonesa, y un calor tórrido que hace que mis gatos se escondan en el sótano por la mañana, y no les vea los bigotes hasta bien entrada la tarde.

¡España, ra ,ra , ra! y... gora San Fermín! (si es que con la distancia lo mezclo todo).

lunes, 7 de julio de 2008

Amigos


"Mi patria son los amigos."

Alfredo Bryce Echenique (1939-) Escritor peruano.


(Foto de dos amigos, Mónica y Javi, en su visita a Quebec)
Los amigos tienen esa ventaja sobre la familia: el que los eliges eres tú. A veces, son ellos los que te eligen. Tanto en el primer caso como en el segundo, cuando abres la puerta a la amistad hay veces que no sabes que estás abriendo la puerta a una relación que durará más que muchas relaciones de pareja. Un amigo es alguien que lo sabe todo de ti, te conoce desde hace bastante tiempo y a pesar de ello te quiere. Un familiar es alguien que, sin saber todo de tí (y a veces, casi nada), te conoce desde que naciste y a pesar de ello te quiere.

Cuando llegué a Quebec, no sabía que venía para quedarme. Llegué con una mochila, un jersey peruano enorme con colores que podían parar el tráfico y un par de trenzas. Y muchas ganas de aventura, unas cuantas esperanzas, y un amor que acababa de empezar, del que no sabía gran cosa, salvo que había que darle una oportunidad. Llegué sola y sin amigos, y durante mucho, mucho tiempo, eché vivamente de menos a esos amigos. Ya hace casi diez años que tomé ese primer avión, y puedo decir que esa nostalgia de mis amigos acaba de empezar a disiparse.
Al principio, busqué amigos para llenar el vacío que habían dejado los que se quedaron en España, pero poco a poco me fui dando cuenta de que, como dicen en Quebec, "uno no puede tirar de las flores para que crezcan". Los amigos son una cuestión de tiempo, pero son también un encuentro acertado en el momento correcto en el sitio apropiado. Un cúmulo de circunstancias que no pueden crearse a la fuerza. Así que ahora ya no fuerzo los encuentros, pero me muestro abierta y disponible a lo que venga.


Aún veo cosas que me hacen pensar en tal o cual amigo o amiga, en cómo se reiría si lo viera, en como le gustaría. Pero eso ocurre de vez en cuando, se espacia cada vez más. Supongo que ése es el precio de la adaptación, del que ya hablé una vez, es imposible vivir feliz en el presente si no dejas ir un poco el pasado. Ése es también el precio de crecer y comenzar a ser capaz de definirte sin tener necesidad de verte a través de otros ojos.


Pero hoy tenía un ataquito de nostalgia, que empezó la otra tarde en la que estaba sentada en un muelle delante de un lago inmovilísimo, uno de esos atardeceres de aquí, con el espejo del agua delante y el ruido del bosque detrás de mí.


Y me han dado ganas de escribir este minihomenaje a esos amigos que forman parte de la persona que soy ahora, me han ayudado a atravesar partes de mi vida que no fueron muy fáciles, y han aguantado años y años de lamentaciones y quejas egocéntricas y se han mantenido fieles pese a todo (pobres Sumire y Txentxo, qué plasta les di); a los que me han cambiado sin saberlo y me han ayudado a ver la vida de otra manera, mucho más interesante y positiva, y a divertirme inmensamente mientras lo hacía (J.Jeleton); a los que me han mostrado que la amistad puede ser un fantástico "subproducto" nacido de algo diferente (aquí, me guardo los nombres para mí ;-); a esos que, sin que yo los eligiera conscientemente, me eligieron como amiga, así, en un tropezón casual, y me siento honrada por ello (Rafa, Montagne), y a los que, aunque la amistad haya nacido más tarde (Mónica, Diane L., Nico, María Fernanda, Jaëlle, Edith ;-), promete mucho para el futuro.


Esto de mencionar nombres (o pseudónimos ;-) y ponerme lacrimógena no es muy habitual en mí, así que aprovechad para cotillear, porque quién sabe cuándo las hormonas provocarán otro ataque semejante. (Típico, lo de la negación emotiva, muy de Bilbao: no es emoción, es SPM).


Con el tiempo, también he ido perdiendo algunos amigos.
Algunos, porque no hicieron los esfuerzos mínimos para conservar la amistad, que es un deporte en el que las dos partes implicadas deben sudar un poco. Otros, porque con los años y los cambios han derivado en una dirección y yo en otra, alejándonos ambos demasiado para mantener puntos en común. Ni yo ni ellos somos las mismas personas que hace una década. Al principio, me aferraba obstinadamente a esas amistades, intentando respetar esa idea de fidelidad que me es tan importante. Con el tiempo, me he resignado a dejarlos ir.


Siguiendo con las citas, hay una que dice algo así como que a los amigos, como a los dientes, los vamos perdiendo con los años, no siempre sin dolor. Creo que es de Ramón y Cajal. Pero yo no quiero perderlos todos, ¿eh? (ni los dientes, ni los amigos :-).


Voy a poner fin a esta entrada ya mismo, que me estoy poniendo pastosa. Os dejo una canción sentimental que viene muy a cuento para un post sentimental sobre la amistad.


Escuchadla, que va por vosotros.

sábado, 5 de julio de 2008

Sopa de tortilla

Hace ya tiempo que tenía esta entrada pendiente. Una amiga que vive en Berlín me recomendó esta película, en un intercambio cinéfilo para cocinillas ;-).

Cuál sería mi sorpresa cuando vi "Sopa de tortilla" ("Tortilla soup") y me di cuenta de que es un remake latino de "Comer, beber, amar". Aunque me gustó un poco más la primera versión de Ang Lee, ésta es una película simpática que dará muchas ganas de preparar una receta mexicana, o de buscar el restaurante mexicano más próximo. Me gustó especialmente ver a Raquel Welch, mayorcísima y estiradísima (las comisuras de los labios le llegan a las quijadas), pero aún rumbosa y coquetona.

La imagen que da de los estadounidenses de origen latino (especialmente de las tres hermanas protagonistas) es... no sé, un pelín tópica, pero me gustaría prestársela a mis respetables amigas mexicanas para que me dieran su opinión.


Tras ver la película, me animé a preparar unas fajitas de pollo, pero como la receta proviene de un sitio americano, probablemente es una triste versión gringa :-). Así que para versiones más auténticas, esperamos esos comentarios mexicanos (con referencia, claro, vengan esos enlaces de sitios de recetas mexicanos).

La ventaja de esta receta es que es muy rápida. Un buen atajo "don't make it, fake it", es congelar restos de pollo asado y cortado en tiras, pollo que puede descongelarse rápidamente. La acompañé de un guacamole que tenía ya preparado, dos tipos de salsa (que aquí se compran ya hechas, pero que son muy fáciles de hacer), verde -elaborada con tomatillos - y roja, nachos y crema agria.

Es un intento ibérico, así que sed indulgentes.